El pan nuestro

27 01 2010

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Cuando era joven, el panadero no salía casi nunca. Levantarse en plena noche para trabajar no deja demasiado tiempo para diversiones. Pero una vez, a los veinte años, fue invitado a la boda de un primo lejano. Allí la conoció. Se llamaba Estela y bailó, bebió y conversó con él hasta el fin de la fiesta. El panadero volvió a su casa acariciando el trozo de papel en el que ella había anotado su número de teléfono con un lápiz de ojos. La llamaría al día siguiente. La invitaría al cine. Sería la madre de sus hijos.

El alcohol, el sudor y los números apuntados en trozos de papel con lápiz de ojos no son una buena combinación. El panadero pasó la mañana siguiente intentando descifrar los originarios guarismos aletargados en aquel borrón. Y la tarde telefoneando a familiares y amigos que habían asistido o podían haber asistido a la boda. Todo fue inútil. Nadie la conocía. Nadie la recordaba. Nadie había reparado en ella.

En la madrugada, mientras amasaba, se lamentó de su suerte: sus panes llegaban a toda la ciudad, casi a cada casa. Pero él no era capaz de localizar a aquella mujer fascinante. Si él pudiera viajar con aquel pan y franquear cada puerta de cada edificio de cada calle hasta dar con ella… De pronto, sin apenas pensarlo, escribió su propio nombre y su número de teléfono en un papel. Completó el billete con una sencilla frase, “Llámame, Estela”, y, doblándolo cuidadosamente, lo agregó a la masa. Hacia el amanecer, cuando comenzaron a llegar los repartidores, no sabía en cuál de aquellas barras iba el mensaje. Eso resultaba indiferente. La ciudad no era tan grande, pero, aunque lo hubiese sido, el mensaje, si había de llegar a su destinataria, llegaría. Era cuestión de estadística o de destino o, sencillamente, de suerte.

Durante semanas, durante meses, realizó la misma operación. Luego pasaba la tarde pendiente del teléfono. La llamada nunca era para él. O, si lo era, se trataba de alguno de sus primos o de los amigos del barrio.

Los meses se convirtieron en años, pero la costumbre no varió jamás. Metódica, secretamente, el panadero introducía cada día en la masa un papel con su nombre y su teléfono y un único, exacto e infaltable mensaje: “Llámame, Estela”.

En ocasiones, el panadero se decía que era momento de cesar en la búsqueda. Pero ¿y si precisamente era ese el día en que la nota debía llegar a manos de Estela? Esa pregunta le aterraba. En otros momentos, fantaseaba con los posibles receptores: un niño que comía el bocadillo en el recreo, una ancianita que hacía sopas de pan, otra mujer también llamada Estela que procuraba que su marido no llegase a ver el papel, un señor circunspecto que se indignaba y bajaba a protestar a la panadería o le telefoneaba directamente a él, advirtiéndole (iracundo como sólo un señor circunspecto puede llegar a estarlo) que iba a denunciarle a las instituciones sanitarias.

Pero jamás llamó nadie. Pasó el tiempo y el panadero encontró una mujer a la que aprendió a querer. Se casó y tuvo dos hijos. Se divorció de aquella misma mujer y aprendió a no quererla. Sus hijos crecieron y le dieron algún nieto. Y él continuó, cada día, introduciendo en la masa la nota con su nombre, su número (ahora de un teléfono móvil) y aquellas dos palabras. Ya sin esperanza. Ya por costumbre. Como un rito, una pequeña superstición que, al fin y al cabo, le había traído suerte en casi todo, menos en lo único en lo que realmente la necesitaba.

Hoy, al salir del trabajo, se ha encontrado con su primo en un puesto de flores. Es su aniversario de boda. Tal día como hoy, hace 35 años, el panadero y Estela se conocieron. Mañana hará 35 años que la busca infructuosamente. Tal vez sea el momento de dejarlo. Pero también hoy, justamente hoy, al abrir la puerta de casa, suena el teléfono móvil. El panadero lee la pantalla. Llaman desde un número que no tiene grabado en la memoria del aparato. El corazón le da un vuelco. No obstante, justo antes de descolgar, se mira instintivamente en el espejo de la entrada, reflexiona un momento y rechaza la llamada.



Dentro de muy poco, en tu librería: Los días de mercurio (La iniquidad II)

22 01 2010

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Una historia de violencia en plena posguerra española



Cuentos para los malos tiempos

3 01 2010

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Para seguir con el espíritu navideño de estos días (yo prometí a alguien ser bueno y recomendar libros amables para estos días, a ver si así parece que me porto bien, ahora que vienen los Reyes), hoy nos vamos a Nueva York. Pero al Nueva York de finales del siglo XIX, porque lo que te traigo hoy es Cuentos de Nueva York, de O’ Henry, editados por Espasa en su mítica colección Austral. Son cuentos protagonizados por gente muy humilde, en general bastante pobre, de esa ciudad enorme y repleta de inmigrantes de diferentes culturas. En general, esos personajes se enfrentarán a grandes paradojas, normalmente relacionadas por el conflicto entre la pobreza y la consecución de la felicidad. Tú ya sabes que los únicos que piensan que el dinero no da la felicidad son los que lo tienen. Sin embargo, estos personajes, pese a su pobreza, se las ingenian para llegar siempre a buen puerto y en todos los cuentos acaba por salir el lado más noble y bueno  del ser humano. Como en el relato con el que comienza el volumen, titulado El regalo de los reyes magos, y que es también uno de los más célebres de O’Henry. Trata sobre una joven esposa que está empeñada en hacerle un regalo digno a su marido, una cadenita para su reloj. Pero ella no ha podido ahorrar el dinero suficiente. Lo único que le queda por vender es su hermosa cabellera, que muy bien servirá para hacer pelucas. No te cuento más, porque es una historia con sorpresa, como casi todas las del libro. Porque O’Henry es un maestro de la sorpresa, del desenlace inesperado. También lo es del humor. Su ironía a veces ralla en el sarcasmo. Pero el resultado es siempre optimista, esperanzador: a sus cuentos siempre subyace una fe a prueba de bomba en la condición humana.

O’Henry se llamaba en realidad William Sydney Porter y era un empleado de banca que tuvo que huir a México tras haber hecho un desfalco. Dejó en Estados Unidos a su hija y a su mujer. Pero, cuando esta enfermó, volvió para verla antes de su fallecimiento, fue detenido y condenado a prisión. Fue ahí, en la cárcel, donde empezó a escribir cuentos que publicaba en la prensa, para ganar dinero que enviar a su hija. Cuando salió a la calle se encontró con que era uno de los escritores más leídos del momento. Sus cuentos estaban de moda y la gente se volvía loca por sus libros. Sin embargo, no tuvo un final feliz. Pese al éxito, el alcohol y su mala administración hicieron que muriera en la indigencia antes de cumplir los cincuenta. Según la leyenda, cuando falleció, en 1910, tenía en los bolsillos sólo 23 centavos. Como ves, la vida de O’Henry ya es ella misma una novela.

Aunque fue uno de los escritores más célebres de su época, en España le conocemos poco y en Canarias menos. Sus cuentos, como ya te he comentado, están protagonizados por gente humilde y sencilla que busca soluciones a sus problemas y logra, pese a la precariedad económica, ser feliz. Quizá este tiempo de crisis sea buen momento para sumergirse en este universo narrativo del que uno sale siempre ganando una sonrisa.

Eso sí, esta semana vienen los Reyes y yo ya dejaré de portarme bien. Así que la semana que viene, prometo volver a provocar y a traerte sexo y violencia.

Cuentos de Nueva York, de O’Henry, Madrid, Espasa, 228 páginas.



Año Nuevo del Vendedor de Humo (Para un Catecismo Neoliberalista)

31 12 2009

Año nuevo que estás en la puerta,

aprovechadas sean tus crisis,

maximizado sea tu tiempo.

Despliéguese tu devenir

tanto en las bolsas como en los templos.

El ERE nuestro de cada día

dánosle hoy.

Perdónanos los intereses de nuestras deudas,

así como nosotros esperamos por los pagos de las instituciones.

No nos dejes caer en la deflación

y líbranos de pagar.

Amén.



Miopía

31 12 2009

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Me reprendes porque duermo con las gafas puestas. Inútil sería decirte que lo hago para no perderme ni un solo detalle de tu rostro cuando apareces en mis sueños.



Rodari

26 12 2009

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Estamos metidos de lleno en la Navidad y los más chicos están por ahí, pululando por la casa. Así que para hoy me he acordado de ellos (o más bien de sus padres, sus abuelos y sus tíos) y te traigo a un autor que, si no lo coneces ya, puede ser un gran descubrimiento. Te hablo de Gianni Rodari, quien, junto con Roald Dahl es, quizá, el principal autor infantil del siglo XX. Rodari era un maestro italiano, fallecido en 1980, que nos ha dejado un estupendo legado de cuentos humorísticos, con una absoluta tendencia al absurdo y bastante irónicos con el poder y los privilegiados. Para empezar, podríamos leer un librito muy breve, titulado Los negocios del señor Gato, en el que se cuentan las andanzas de un gato que quiere hacerse rico y monta una tienda de venta de ratones en lata. El problema es que, tras anunciar la novedosa mercancía, resulta que los ratones no están dispuestos a dejarse meter en la lata y va a tener que llegar a un acuerdo con ellos. Este libro está editado por Anaya, con ilustraciones muy divertidas de Montse Ginesta. Si te gusta y te quedas con ganas de más, también es muy asequible un libro editado por Editorial Juventud, con unas ilustraciones muy sencillas, pero lindas. Se trata de Cuentos por teléfono. ¿Por qué se titula así? Pues porque se trata de una serie de cuentos breves y muy divertidos que un viajante de comercio le cuenta por teléfono cada noche a su hija. Aquí hay más de sesenta cuentos muy rápidos en los que te encontrarás con casas hechas de helado, hombres de mantequilla, ascensores que suben hasta las estrellas y ratones que comen gatos. Pequeños prodigios de la imaginación que puedes contar por teléfono aunque no tengas tarifa plana. Pero, como son cuentos muy breves y muy jugosos, te ventilarás el libro enseguida. Así que, si todavía quieres más Rodari, cosa que suele ocurrir, hay otro librito delicioso: Cuentos para jugar, en el que conocerás a un Pinocho que se dedica a mentir como un bellaco, para cortarse la nariz y comerciar con la madera, a un millonario que se construye una mansión con billetes y monedas, o a un flautista de Hammelin que tiene que librar a una ciudad de una invasión, no de ratas, sino de coches. Es, además, un cuento interactivo: cada cuento tiene tres finales alternativos y el lector tiene que elegir uno de ellos.

Por último, un libro de Rodari para los padres. Bueno, para los padres, los maestros y, en general, cualquier persona que ande cerca de los niños y quiera fomentar su imaginación. Se trata de Gramática de la fantasía, el libro en el que Rodari recogió su experiencia de cuarenta años creando cuentos con niños en el aula y que explica algunas técnicas estupendas, contadas de una manera muy sencilla y agradable.

Rodari fue conocido en su tiempo como un hombre esencialmente bueno. Utiliza el humor para hacer reflexionar a sus lectores acerca de cosas importantes: la libertad, la solidaridad, el desapego de lo material, lo enriquecidos que salimos siempre del trato con los demás. Yo he comprobado que el encuentro con Rodari es siempre beneficioso. Así que no pierdas la oportunidad de apagar un rato el ordenador o la consola y jugar con tus hijos, tus nietos o tus sobrinos compartiendo estas historias que nos propone Gianni Rodari. Ya verás como vale la pena.

Gramática de la fantasía, Barcelona, Booket, 265 páginas.

Cuentos por teléfono, Barcelona, Editorial Juventud, 143 páginas.

Cuentos para jugar, Madrid, Alfaguara, 163 páginas.

Los negocios del señor Gato, Madrid, Anaya, 80 páginas.



Homotextualidad: “España, aparta de mí estos premios”, de Fernando Iwasaki

26 12 2009

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Mis amigos lo saben: soy generalmente refractario a las novedades editoriales, a no ser que se trate de reediciones de clásicos. Poco de lo que se edita hoy día atrae realmente mi atención. Será que en este país se publica una media de setenta y cuatro mil libros al año y que yo no empecé a devorar textos hasta los doce y aún me queda mucho Dostoievski y mucho Víctor Hugo y mucho Galdós por leer y que lo que se edita en los últimos años (incluyendo a los autores que antes me emocionaban) suele dejarme en la boca el mismo sabor a “está bien pero me lo podía haber ahorrado” que te dejan las comedias norteamericanas que ves un domingo de resaca y que olvidarás antes de llegar a casa. Por eso, cuando me encuentro con un buen libro escrito por un autor que aún respira, hago una fiesta, lo recomiendo a todo el mundo, no paro de citarlo y de comprarlo para regalo. Me empeño en que todos lo lean y me convierto en un pesado recalcitrante que no deja de decir: “No te lo pierdas. De verdad, vale la pena”. Mis amigos también saben eso, y por eso optan por leerse el libro en cuestión para que les deje tranquilos o por dejar de frecuentarme durante unas semanas hasta que se me pase.

¿A qué viene todo esto? A que he encontrado un libro que merece ser leído: España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki. Como su apellido te habrá hecho sospechar ya, Iwasaki es peruano.  Y sí, el libro va de premios. Y no, no es una parodia de César Vallejo (que aún quedan cosas sagradas, oiga) aunque sí que contiene mucho de sátira. Te explico: Iwasaki parte del hecho de que “gracias al tumulto de premios desperdigados por toda la geografía española, cientos de escritores latinoamericanos y no pocos aborígenes (en este caso españoles), pueden comer caliente, llegar a fin de mes e incluso comprarse un ordenador nuevo. Sin embargo, a nadie le gusta que salgan del armario esos cuentos premiados, precisamente porque son homotextuales. Es decir, el mismo texto refrito varias bases según las veces y viceversa”.

Ahí está explicado todo el secreto de este libro delicioso. Y, sin embargo, Cortázar ya te contó que en algún lugar hay un basural repleto de explicaciones, ya que no suelen servir de mucho. Es mejor que leas esos siete cuentos divertidísimos que son el mismo: el de un japonés (o japonesa, en el caso de un concurso convocado por un colectivo feminista) que ha vivido en España muchos años sin saber que la guerra que libraba (la civil o cualquier otra) hace tiempo que ha terminado, y salta, de pronto, a la vida pública sorprendiendo a todos y poniendo de moda todo lo que suene lejanamente a japonés, “como el manga, el kabuki, el karate y el flamenco”.  Desde un brigadista internacional a una lanzadora de cuchillos, pasando por el cocinero kamikaze del general Moscardó o un delirante tablado flamenco, todos los aislados y empecinados japoneses de estos cuentos aparecen de pronto como una excepción en la realidad española (ya de por sí bastante excepcional), para mostrárnosla en su lado más lúcidamente absurdo. De hecho, incluso el texto de las mismas bases y las actas del Jurado de los premios que esos cuentos obtienen te hacen desternillarte de risa. De verdadera antología es la del Premio de Relatos “Héroes de Toledo”, convocado por un ayuntamiento en el que gobiernan en coalición Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica. Todo un ejemplo de la más evidente esquizofrenia española. Iwasaki ya nos lo advierte en el prólogo: “Hay dos Españas y sólo es posible escribir para una de las dos”. Su elección es clara y rotunda, porque siempre escribe “para la España que sabe reírse de sí misma”.

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Como también saben mis amigos, soy un lector hedonista. Así que podría recomendar este libro porque está tremendamente bien escrito, porque es inteligente, porque es ácido, porque está plagado de guiños literarios, porque te hace pensar sobre la arquitectura de la ficción, ya que la deconstruye con acierto, porque es una estupenda parodia y una acertadísima sátira de la literatura hispana contemporánea y su aparato editorial. Pero no te lo recomendaré por nada de esto. Sólo lo haré porque te garantiza al menos tres carcajadas por página. Eso es más de lo que pueden ofrecer la mayoría de los libros de gente que respira.

Te aseguro que, después de disfrutar de este libro, te lanzarás sobre “todo lo que suene lejanamente” a Iwasaki. Palabra de hedonista.

España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, Madrid, Páginas de Espuma, 160 páginas.



La piel de Judas (Un cuento no navideño)

23 12 2009

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Por supuesto, tú mismo lo dijiste, no era fácil, pero aun así me pediste que procurara hacerlo. Claro que no me resultaba sencillo, y menos a dos días de Navidad: después de tantos años, de tantos favores, de haber sido precisamente yo quien te colocó donde ahora estás, no era fácil meterme en tu piel, cuando eras precisamente tú quien me incluía en eso que hoy llaman expediente de regulación de empleo y que es, en román paladino, la patada en el culo de toda la vida. Sin embargo, en cuanto salí de tu despacho me hice el firme propósito de intentarlo. Al fin y al cabo, como repetiste una y otra vez, fuiste mi pupilo todos estos años, yo te enseñé todo lo que sabes, yo te convertí en el hombre que eres. Tantas copas, tantas cenas, tantos fines de semana de cacería solos tú y yo, allá arriba, en esos montes cuya sombra se perfila contra el cielo estrellado. Incluso apadriné a tu hija y luché con los de arriba por defenderte cuando corriste el riesgo de pasar por lo que ahora estoy pasando yo. Sí, fuiste capaz de recordarme incluso aquello, cuando salvé tu empleo arriesgando el mío, cosa que no has sido capaz de hacer tú. Lo has edulcorado con la idea de poder gozar de la jubilación teniendo todavía edad para disfrutar de la vida; con las horas que podré dedicar a Lola y a los nietos; con la posibilidad de hacer ese viaje a Egipto con el que ella soñó siempre. Y quizá tuvieras razón. Eso fue lo que pensé: quizá tenga razón y todo esto sea bueno para mí. E, inmediatamente: tengo que intentar ponerme en su pellejo.  Para eso, lo primero era lo primero. Por eso volví atrás y te propuse que cenáramos juntos, para celebrarlo. Mientras recogías tus cosas, te mostraste algo sorprendido, ¿lo recuerdas? Te sorprendiste y me dijiste que ya organizaríamos algo por todo lo alto con el resto de la oficina. Sólo cediste cuando repuse que no, que prefería algo discreto y que eras el único amigo verdadero que me quedaba ya en la empresa.

Un rato más tarde nos dirigíamos en mi coche al restaurante de las afueras que yo había descubierto recientemente, ese al que nunca llegamos, y tú procurabas darme conversación mientras yo recordaba un cuento de Edgar Allan Poe que transcurría en una noche de Carnaval. Navidad, Carnaval, qué más daba. Me decía a mí mismo que nuestra amistad no podía ser una simple mascarada, que debía de haber existido algún momento en el que me apreciaste sinceramente. Aunque ya no importaba, en estos instantes en que la noche se iba cerrando sobre nosotros y las viviendas escaseaban a los lados de la carretera. Poco después fue cuando le ocurrió algo al motor y hube de parar en el arcén, en la carretera que bordeaba un barranco oscuro como conciencia de obispo. Te dije que no sería nada, pero vaya sí lo era, pensé en el momento en que abría el maletero para sacar herramientas y el chaleco reflectante. Cuando volví sin ellos, tú, inclinado ante el capó abierto te extrañaste un poco. Te lo noté en la cara. Te preguntaste por qué volvía sin el maletín de herramientas y sin el chaleco, pero no tuviste tiempo de expresar tu estupor, porque para ese entonces yo ya había hundido en tu garganta el cuchillo de montería. Y ahora estás aquí, en el patio de esta misma casa donde tantos fines de semana pasaron juntas tu familia y la mía, colgado del mismo gancho donde desollamos más de un jabalí, sanguinolento y ridículo como ellos, mientras yo intento vestirme de ti, meterme en tu piel que aún conserva cierta elasticidad, ponerme, de una vez por todas, en tu pellejo.



Imaginad una mañana de finales de noviembre…

18 12 2009

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La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, demontres, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros.

Truman Capote: Un recuerdo navideño.

Parece que el espíritu navideño se impone. Así que, como no soy muy aficionado a enviar felicitaciones, aprovecho la ocasión para traerte un regalito de Papá Noel y así quedo como un caballero. Esta vez quiero hablarte de Tres cuentos, un librito en el que la editorial Anagrama reúne tres relatos de Truman Capote, aparecidos antes en otros volúmenes y que tienen como nexo común estar inspirados en la propia infancia de este controvertido narrador y periodista, que estuvo muy marcada por el aislamiento y el sentimiento de abandono. Te explico: tras el divorcio de sus padres, Capote fue enviado por su madre a casa de unas tías lejanas, en un pueblecito del Sur de Estados Unidos (donde, por cierto, tendría como vecina a Harper Lee. Para saber más, lee su Mata un ruiseñor y fíjate bien en el personaje de Dill Harry). Luego pasaría a vivir con su padre, quien no tardaría en enviarlo a colegios militares para sacudírselo de encima. Esta infancia marcaría muchas de las obras de Capote (Otras voces, otros ámbitos o El arpa de hierba son claramente autobiográficas).

En Tres cuentos podemos leer Una navidad y El invitado de acción de gracias, en los que se narran, respectivamente, el reencuentro del protagonista con un padre al que no conocía y un desagradable episodio que le ocurre, cuando ese mismo padre se empeña en que invite a cenar a un compañero de clase que no para de martirizarle en el colegio.

Pero, de este libro, mi cuento favorito es, sin duda, el primero, titulado Un recuerdo navideño, que ya figuraba en Desayuno en Tiffany’s. En él se cuenta cómo viven la Navidad un niño de siete años, acogido en casa de unos parientes lejanos, y uno de esos parientes, una anciana solterona, con cierto retraso mental, que es la bondad y la ingenuidad personificadas. Pese a estar excluidos del discurso, pese a que nadie les preste atención salvo para reprenderles, pese a la pobreza, la anciana y el niño se las arreglan para ser felices, para vivir la fiesta navideña ya desde finales de noviembre, cuando comienzan a elaborar tartas que envían a completos desconocidos, como un viajante de comercio que un día pasó por allí o el propio Presidente Roosevelt. Es una historia aparentemente sencilla, contada en presente y apelando a la complicidad del lector, como si el relato se estuviera construyendo ante sus ojos y con su colaboración, en la que se habla de amistad, de lealtad y de cómo hallar belleza en las cosas más pequeñas. Un cuento inolvidable, de esos que se te quedan en el corazón para siempre. El propio Cortázar lo citaba como cuento inolvidable.

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Truman Capote es muy recordado por A sangre fría, pero, quienes conocen su obra, saben que ese es su libro más atípico. Vale la pena acercarse a ese otro Capote, el que nos habla acerca de los olvidados, los desclasados, las personas aparentemente sin importancia, que se las arreglan para encontrar la grandeza entre las cosas simples y también el que nos muestra con maestría cómo sucede uno de los hechos más cruciales de la existencia: la pérdida de la inocencia. Esto le inscribe en una tradición muy sureña que le hermana con Carson McCullers. Y qué forma mejor de iniciar el acercamiento  que estos Tres cuentos, ahora, en estos días en que quizá tienes un ratito libre. Después, si quieres seguir, puedes pedirte para Reyes Otras voces, otros ámbitos o sus Cuentos completos. Si te has portado bien, te mereces libros tan buenos como esos.

Tres cuentos, de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 120 páginas.



Aminatou ha vencido

18 12 2009

Decía, creo, Farabundo Martí que el tiempo está a favor de los pequeños. A veces basta un mes de coherencia y compromiso para hacer que tiemblen los cimientos del caos institucionalizado. Ya lo sabrás por los medios: Aminatou Haidar ha llegado a casa. No ha claudicado. Le han devuelto su pasaporte. No se ha dejado doblegar. Ha ganado esa complicada partida de ajedrez en la que se ha apostado la salud.

No solo eso. Ha conseguido que, por una vez, Europa se tome en serio la situación en el Sahara Occidental.

Yo, que soy un pesimista irredento, estoy sorprendido y feliz de haberme equivocado, pues pensaba que esto acabaría mal, con la muerte o la claudicación. Pero Haidar ha vencido. Ha demostrado lo que un solo individuo puede conseguir diciendo, simplemente: “No”. Y siendo consecuente con esa negativa.

Pero ahora es momento de no olvidar lo que allí ocurre. Ya que hemos recordado el problema, ¿por qué no pensar un poco más en él?



Donde les duela

11 12 2009

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Hablemos claro: al gobierno de Marruecos le da exactamente igual que Aminatou Haidar muera o no. Tiene enemigos poderosos, que lo protegen SIEMPRE. A los gobiernos occidentales puede que les moleste algo más, que incluso puedan llegar a lamentarlo sinceramente. Pero jamás se atreverán a enfrentarse directamente a Marruecos, ya que el poder de esos amigos de Marruecos, que al mismo tiempo lo son suyos, le permite cualquier barbaridad. Ya se sabe que las resoluciones de la ONU únicamente se cumplen dependiendo de a quién y a qué zonas del planeta afecten. También es bien sabido que la defensa de los derechos humanos es cosa del rojerío, de descamisados utopistas y culturetas de salón que no entendemos el funcionamiento de las cosas, los desinformados que pretendemos poner puertas al campo, como gustan tanto de decir los economistas. (Hablando de la defensa de los derechos humanos: en cuanto a ese prestigioso premio por la defensa de la paz, otorgado a un señor que esperábamos que hiciera mucho, pero aún no ha hecho, en la práctica, absolutamente nada, ni siquiera voy a comentarlo; no sé qué prestigio puede tener un galardón que hace años ya fue concedido a individuos como Henry Kissinger o Shimon Peres).

Sea como fuere, ningún gobierno europeo podrá hacer nada efectivo para solucionar esta situación. Ellos no están ahí para hacer justicia, para luchar por los derechos humanos o para defender la soberanía de un pueblo que habita en campos de refugiados, sino para cuidar de que los intereses de sus empresarios no peligren y de que la dinámica de mínima moralidad de la real politik continúe cumpliéndose sin sobresaltos.

Yo, como persona privada, puedo hacer bien poco. Puedo firmar manifiestos, participar en concentraciones para presionar a mi gobierno (que, igual que los anteriores gobiernos españoles y los que están por venir, tiene las manos atadas y la obligación de asentir con obediencia a las chulerías de patio de colegio del vecino de al lado). Sin embargo, eso no creo que le esté molestando o doliendo a ninguno de los que pueden decidir en este asunto.

Algo frustrado, he pensado en la posible eficacia de estos mecanismos de protesta. Al reflexionar sobre sus límites, he concluido que no es eso lo único que puedo hacer. Puedo, por ejemplo, negarme a consumir productos importados de ese país. Puedo, además, negarme a gastar mi dinero dentro de sus fronteras en una de esas escapadas turísticas que gustan tanto a muchos españoles. Por supuesto, el hecho de que yo deje de tomar unos tomates o de ir a Casablanca, al Rif o a Marrakech de vacaciones, no mermará demasiado la economía marroquí. Pero ¿y si muchos otros ciudadanos de Canarias, España y el resto de la Unión Europea hicieran lo mismo?

Pensando en cifras (para que los economistas no me llamen idiota): el sector agrícola es el más importante de ese país. En 2007, según la primera fuente que he consultado, visitaron Marruecos 7 500 000 de turistas, en su mayor parte ciudadanos europeos. Para 2010, la previsión es de 10 millones. ¿Sería la misma la postura de ese gobierno si peligraran esos diez millones de visitantes, esto es, de clientes?

Por otro lado, también me estoy pensando dejar de consumir productos de empresas que a su vez exportan productos a Marruecos, o manufacturan allá.  Sé que es difícil enterarse de estos detalles, pero a veces se trata simplemente de leer las etiquetas de los productos.

Lo lamentaré por el pueblo marroquí, que no tiene toda la culpa de los gobernantes que tienen. Pero más siento el estado actual de cosas por el pueblo del Sahara.

Al fin, me he decidido. Hagan otros lo que quieran o puedan. Por mi parte, he elaborado una consigna mental que voy a repetirme a mí mismo siempre que sea necesario:

Mientras Sahara sea marroquí, de Marruecos, ni el hachís.



Internacional

11 12 2009

Eso es lo que suele decirse de los jugadores de fútbol que son fichados por algún equipo de otro país. Uno suele oír que Fulanito ha sido tres veces internacional, mientras que Zutanito lo ha sido seis. Yo pienso que cuando se es internacional una vez, se es internacional para siempre. En fin. La cosa es  que parezca venir a cuento esta primicia: por primera vez, soy internacional. Ya tengo en las manos un ejemplar de Las fauces de Amial, editado por Progreso Editorial, de México, en su colección Piel de Gallina. Responsable del asunto: Arianna Squilloni. Considerable embellecedora del resultado: Cecilia Varela.

Portada de Cecilia Varela para Las fauces de Amial

Portada de Cecilia Varela para Las fauces de Amial

Las fauces de Amial es una novela de espantos (o de terror, o de miedo, o, simplemente, “malrrollera”) que transcurre en la conocida ciudad de Circe en 1920, durante una serie de desapariciones de niños, coincidentes con la llegada de Amial Cedrón, enigmática repostera que inaugura la confitería Cabello de Ángel. Por ahora, solo es posible adquirir el libro en México (defenderé mi ejemplar con uñas y dientes), pero pronto daré noticias de una posible edición española.

Y sí, estoy muy contento, sobre todo por lo bien acompañado que he estado preparando este trabajo y porque el resultado huele a lomo de ángel.



La buena convivencia

11 12 2009

Los espíritus han habitado siempre esta casa en la que vivo. Hasta ahora, gozábamos de una simbiosis conveniente para ambas partes. Era una especie de pacto tácito, pero jamás vulnerado: ellos no se manifestaban jamás en mi presencia, sino cuando yo salía o en las raras ocasiones en que podía permitirme viajar. A cambio, yo les procuraba alimento. Como es bien sabido, los fantasmas se alimentan de las cosas más repugnantes: el dolor, la decepción, el remordimiento, la nostalgia, la melancolía, la vergüenza. Cualquier jirón de miseria les resulta nutritivo.

Pero ahora soy feliz y hace tiempo que ayunan. El hambre les enoja y por eso ese frío repentino que inquieta el descansillo o la niebla blanda y hedienta que se arrastra por el corredor chirriando al rozar contra las baldosas.

Cualquier otro hubiera optado por mudarse. No obstante, algo en mi carácter suele tender al empecinamiento. Así que aquí estoy, aguantando los quejidos provenientes del interior del armario, las luces que se encienden o apagan solas, los portazos intempestivos, el llanto de ese bebé tras la puerta del trastero, hasta que se hagan a la idea y decidan ser ellos quienes emigren o el nuevo estado de cosas se imponga de manera definitiva y mueran, finalmente, de inanición.



Pequeñas alegrías

9 12 2009

Pequeñas alegrías

Sí, a veces uno se las lleva, incluso en este mundo que cada vez parece más feo y más aburrido, de vez en cuando ocurren cosas que te interesan y te producen una sonrisilla placentera. Son cosas que dan gustito y que en ocasiones (cada vez menos, hay que reconocerlo) vienen en forma de libro. Como este mes han sido dos y tienen el mismo tema, me refiero a ellas en esta única entrada, en la que intentaré ser más breve que nunca, ya entenderás por qué.

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Me llegan, al mismo tiempo, dos libros dedicados al microrrelato, la minificción, el minicuento o como quieras llamarlo. De hecho, uno de esos libros contribuye a averiguar, desde un punto de vista teórico, qué rayos son, concretamente, ese tipo de piezas narrativas minúsculas que algunos genios cultivaron premeditadamente desde el siglo pasado y unos cuantos nos empeñamos en pergeñar día tras día. El título es Los mundos de la minificción. Lo publica Aduana Vieja y está editado por Osvaldo Rodríguez, con ayuda de Juan Armando Epple y Fernando Moreno. En él figuran las ponencias que pudieron escucharse el pasado año en Las Palmas de Gran Canaria, en Minificción Literaria, unas Jornadas Internacionales de Literatura y Crítica organizadas por la ULPGC con la colaboración del Cabildo Insular. Las firman algunos escritores y estudiosos de merecido prestigio, como los tres mencionados, Francisca Noguerol, Alicia Llarena, María Isabel Larrea o Freddy Vilches Meneses, entre otros. Además, contiene una antología de minicuentos de autores de Canarias, Honduras, Argentina, Chile, Francia y Estados Unidos.

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Y, para antología, la segunda alegría: Por favor, sea breve 2. Nueve años después de la publicación de Por favor, sea breve, la escritora Clara Obligado y la editorial Páginas de Espuma (liderada por Juan Casamayor) vuelven a la carga, reuniendo microrrelatos de más de un centenar de autores bajo el signo de la hormiga y vindicando a Maximino “el Mínimo”, líder de la secta de los formicarios, “quienes hallaron en la pequeñez de la hormiga el origen del universo”. Un verdadero placer lleno de juegos, con firmas consagradas conviviendo con quienes ya están empezando a dar de qué hablar o lo harán en el futuro. Entre los más conocidos: Juan José Millas, Fernando Iwasaki (de quien te hablaré dentro de poco), Ana María Shua (de quien hablo todos los días), Juan Armando Epple (a quien releo cada semana), Pía Barros y Luisa Valenzuela (que vuelven a sorprenderme en cuanto las recuerdo), Luis Mateo Díez, José María Merino, Gabriel Jiménez Emán (el más visible de los invisibles) y hasta Ramón Gómez de la Serna. Con un excelente prólogo de Francisca Noguerol y bello como objeto como por su contenido.

Como nada es perfecto, ambos libros incluyen cuentos de cierto escritorzuelo calvo que ya conoces y al que puedes saltarte, puesto que ya has leído sus textos aquí. Pero, las cosas claras y el chocolate espeso, no es por eso por lo que escribo esta entrada, sino porque, sinceramente, estos dos libros me parecen no sólo necesarios, sino también interesantes y, por qué no reconocerlo, muy divertidos. Además, qué diantres, ambos huelen que dan gloria.



A solas con Roco

4 12 2009

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De entre todas las costumbres de Roco, la que más le agradó siempre era aquella que tenía de dormir en la cama con él, a sus pies. Sólo interrumpida por sus idas a la cocina, para comer o beber agua, la presencia del animal allí, dándole calor en la oscuridad del dormitorio, en medio de aquella otra oscuridad, más angosta y gélida, de la casa, le reconfortaba del goteo incesante de la cisterna, le tranquilizaba tras el sobresalto de los crujidos de los muebles. Siempre le extrañó la casa. Le provocaba temores estúpidos, aprensiones absurdas, inmotivados escalofríos repentinos, la irracional sensación de estar siendo observado desde la penumbra del pasillo. Por eso, cada vez que afloraban sus miedos, llamaba al perro o, simplemente, lo buscaba con la mirada o con la mano.

Esa madrugada, al despertar de la pesadilla, asomó la cabeza sobre el embozo y observó en el edredón el bulto de Roco, como siempre, junto a sus pies. De pronto, notó el aliento de un hociquillo frío, una lengua haciéndole cosquillas en el empeine. Lejos de incomodarle, eso le sosegó aún más, mientras encendía la luz de la mesilla y volvía a abrir el libro para intentar dormirse. Comenzó a leer y, como si temiera constituir un motivo de distracción, el animal dejó de lamerle y se le arrimó algo más. Se sintió tremendamente tranquilo al notar el lomo contra los dedos de sus pies, la respiración constante, el pelaje suave y tibio.  Notó cómo el sueño regresaba, cómo le pesaban nuevamente los párpados. Se volvió hacia la mesilla para dejar sobre ella el libro y volver a apagar la luz. Entonces, justo cuando pensaba en lo agradable que era el tacto del perro, vio asomar por la puerta del dormitorio la figura mansa de Roco, que regresaba de la cocina. Al verle se sobresaltó. Después, Roco, en lugar de subir a la cama, se le quedó mirando con una tristeza indecible, con algo parecido a la compasión.



Gone With The Rain

1 12 2009

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Era la mujer más dulce del mundo. Nunca imaginé que, precisamente por eso, nuestra relación no sobreviviría al otoño. Cuando comenzó a llover y le pedí que nos quedásemos en el parque, me miró completamente aterrorizada, intentando correr a guarecerse.

-Da igual que nos mojemos. No estamos hechos de azúcar –insistí, aferrando su mano.

-Tú no –acertó a decir antes de que el aguacero se la llevara de mi lado para siempre.



Una historia sencilla: el último Sciascia

27 11 2009

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Una historia sencilla fue el último libro de Leonardo Sciascia, quien lo entregó a su editor poco antes de morir en 1989. Sciascia sabía que iba a morir. Que el cáncer no le perdonaría (si quieres saber cómo encaraba esa circunstancia, te aconsejo leer El caballero y la muerte). Una historia sencilla es una novela negra muy breve (80 páginas), que transcurre en una pequeña localidad siciliana a lo largo de muy pocos días. Hasta su protagonista es pequeño. No se  trata de un detective, un inspector o un fiscal. Es un mero sargento, hijo de campesinos, cuya máxima aspiración es acabar la carrera de derecho que cursa en sus ratos libres. Pero el título es bastante irónico, porque, cuando finalices la lectura, te darás cuenta de que el argumento, de sencillo, tiene bastante poco.

Una víspera de fiesta, a última hora, se recibe en la comisaría la llamada de un hombre que dice haber encontrado “algo raro” en su casa. El inspector de guardia no le da demasiada importancia y se marcha de fin de semana, ordenando al sargento que vaya a echar un vistazo al día siguiente. Cuando este visita el lugar, se encuentra el cadáver del hombre que, aparentemente, se ha suicidado. Así, al menos, lo creen el inspector, el comisario y los carabineros. Pero para el sargento, un hombre humilde y poco valorado, las cosas no están tan claras y, desde sus posibilidades, irá empujando las diligencias hacia la teoría del homicidio, tras el cual se esconde una oscura trama relacionada con la mafia y el tráfico de drogas (palabras que, por cierto, no se pronuncian en ningún momento del libro). Lo que tiene de sencilla esta historia de mafiosos y corrupción es la manera, aséptica, elegante y eficiente con la que Sciascia despliega el argumento, seleccionando inteligentemente la información que te suministra y manteniéndote siempre pendiente de lo que ocurre. Su prosa, aparentemente sosegada y limpia, nos va empujando, sin embargo, siempre hacia delante.

sciascia2Esta última novela de Sciascia es quizá la ideal para que quienes no le han leído se sumerjan en su particular universo narrativo. Después de eso, podrías leer la inmediatamente anterior, El caballero y la muerte, o cualquier otra de sus novelas negras, como la sorprendente El contexto. También tiene novelas históricas, siempre ambientadas en Sicilia: Los apuñaladores y El consejo de Egipto, dos joyitas. Y más donde elegir: Todo modo, Los tíos de Sicilia… En cualquier caso, en cualquiera de sus treinta títulos hallarás a un autor agudo y hábil, preocupado por la ética y por el desvelamiento de los mecanismos del poder y la corrupción, por la reivindicación de las víctimas y la denuncia de los verdugos. En casi todas sus historias, uno acaba preguntándose quién mueve realmente los hilos, al servicio de quién se despliega el mal en una sociedad injusta. No en vano, esta última novela se abre con una cita de quien para mí es otro gran referente de la novela negra europea en esos años, Justicia, de Frederich Dürrenmatt, de quien un día de estos tengo que hablarte con más detenimiento: “Una vez más quiero sondear escrupulosamente las posibilidades que tal vez queden aún a la justicia”.

Aviso para navegantes: si madrugas al día siguiente, ni se te ocurra comenzarla para buscar el sueño.

Una historia sencilla, de Leonardo Sciascia, Barcelona, Tusquets, 80 páginas.



Para la era del simulacro: Desde el jardín

23 11 2009

512NCGFB4YL__SL500_AA240_Desde el jardín, publicado en 1970 por Jerzy Kosinski, dio origen a Bienvenido Mr. Chance, una película inolvidable de Hal Ashby, última interpretación para el cine de Peter Sellers, el famoso inspector de la saga de La Pantera Rosa.

Pero es mejor comenzar con el libro y conocer a Chance Gardiner. Chance es jardinero. De hecho, no sabemos nada más sobre él. Ha vivido siempre en una mansión donde ejerce esa labor de cuidar el jardín. No sabe quién es su padre. No consta en ningún registro civil. No ha salido jamás de la casa. Se viste con los trajes usados del amo. Pasa la vida viendo la televisión mientras cuida de las plantas. O sea: es un jardinero teleadicto. Lo que sabe del mundo, lo sabe por la tele. Hasta que un día muere el amo y Chance es desahuciado. Con su elegante traje de varias décadas atrás, una maleta y el mando a distancia de la televisión sale por primera vez al mundo en la ciudad de la capital norteamericana. Su desconcierto es tal que, cuando unos delincuentes juveniles se meten con él, Chance intenta cambiar de canal con un mando a distancia. Pero la casualidad hará que dé con un matrimonio de magnates de la bolsa, que le confunden con un empresario afectado por la crisis (sí: en el capitalismo ha habido crisis antes y las seguirá habiendo) y como tal lo presentan ante las autoridades económicas y políticas, incluido el presidente de Estados Unidos. Pero Chance sólo sabe hablar del cuidado de los vegetales, y cuando le preguntan sobre si vendrán nuevos tiempos, él habla de los ciclos de crecimiento de las plantas, por lo cual todos piensan que se trata de un nuevo oráculo de la economía. Comienzan las entrevistas televisivas y la celebridad de este señor tan extraño cuya identidad trae de cabeza al FBI, a la CIA, al KGB e incluso al presidente, que acaba teniendo una crisis de impotencia por causa de la preocupación. De la conciencia intranquila a la disfunción eréctil no hay más que un paso.

En fin: Desde el jardín es una acertada alegoría sobre la apariencia, la televisión y el poder en la época de los simulacros mediáticos. No deberías perdértela, si no lo conoces aún.

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Kosinski, que nació en Polonia en 1933, sobrevivió al Holocausto escondido en el seno de una familia católica. En Estados Unidos fue tan célebre como polémico, a raíz de su primer libro, El pájaro pintado. Después las polémicas ya no le abandonaron. Le acusaron de plagiaro, de tener “negros”, etc.  Él se vengó de sus acusadores con El ermitaño de la calle 69, un libro plagado de notas y referencias que supuso una tortura para sus críticos y una delicia para sus fans. De todos modos, parece ser que estas polémicas se debieron más a la envidia que a otra cosa. No es difícil envidiar a un señor que a su muerte, en 1991, había vendido unos 70 millones de ejemplares.

En cualquier caso, al margen de polémicas o éxitos de ventas, este es un libro que no se olvida fácilmente. Te hará reír y te hará reflexionar.

Desde el jardín, de Jerzy Kosinski, Barcelona, Anagrama.



Testimonios del caos: Chester Himes

14 11 2009

Proponerte que leas Un ciego con una pistola, del escritor afroamericano Chester Himes, es proponerte un paseo el Harlem neoyorquino durante una semana de un caluroso verano de finales de los sesenta, un lugar y una época convulsos, violentos y caóticos. Por tanto, se trata de un viaje peligroso. Pero en el recorrido vamos bien acompañados, porque seguimos a dos policías negros que tienen patente de corso para recorrer las callejuelas repartiendo leña. Son Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson, esto es, Sepulturero Digger Jones y Ataúd Ed Johnson, dos polis negros que sirven a la policía blanca y que están siempre entre la simpatía hacia los criminales que persiguen y la presión que reciben desde arriba para que sí, investiguen los crímenes, pero silben mirando al techo si la trama lleva a las tramas de corrupción o crimen organizado relacionadas con el poder del hombre blanco. Aquí asistimos a varios crímenes sin relación aparente, que los dos polis tienen que investigar, mientras diferentes grupos de lucha contra la segregación se enfrentan entre sí en duras revueltas en las calles del Harlem. Por supuesto, alcanzan un par de buenas palizas. Aunque estos dos también reparten lo suyo.

Conocedores de un código que sus jefes blancos ignoran, Grave Digger y Coffin Ed miran con una sonrisa amarga la realidad de su gente, intentando, sin conseguirlo, deshacer entuertos con la impotente actitud de quien sabe que los oprimidos yerran constantemente en los mecanismos con los que se oponen al sistema, dada la invulnerabilidad de quienes detentan el verdadero poder, el económico.

En algún momento de la novela, Anderson, el jefe de los dos policías negros, les pregunta si saben quién es el responsable de los recientes disturbios. Ellos, socarronamente le responden que siempre lo han sabido, pero que no pueden hacer nada, ya que está muerto. El responsable, en su opinión, es Abraham Lincoln: “No debió liberarnos si no quería darnos de comer”.  Cuando Anderson insiste en quién es el culpable, quién incita esa “anarquía insensata”, Grave Digger, simplemente, responde: “La piel”.

Esta es la sexta de una serie de diez novelas con Sepulturero y Ataúd (hay otras estupendas, como Algodón en Harlem y Todos muertos) y la última que Himes escribió antes de trasladarse a Alicante (el viaje debía de estar en proyecto, porque hay ya algún guiño a esa región, en el nombre de un comercio), donde falleció en 1984. La edita RBA en su colección de bolsillo, en una traducción realizada por Ana Becciu en 1978 (y que quizá habría que renovar) y con prólogo de Raúl Argemí, que entiende y comenta a Himes como nadie.

La biografía de Himes es tan interesante como sus libros: hijo de una familia de clase media, fue a la universidad pero se desvió por el mal camino y comenzó a meterse en líos. Le cayeron 20 años de cárcel por atraco a mano armada y fue justamente ahí, en prisión, donde comenzó a escribir. Escribió novelas políticas, novelas carcelarias (Por el pasado llorarás) y novelas, como esta, de género negro, donde se le considera uno de los clásicos; pero, sea cual fuere la orientación, el problema de la desigualdad social (racial) está normalmente de por medio. Como les ocurrió a otros (por ejemplo, Jim Thompson), mientras en Estados Unidos publicaba en pulp, en Francia la crítica le situaba entre los grandes.

¿Por qué este libro se titula Un ciego con una pistola? Pues porque Himes parte de la siguiente anécdota real: un ciego que, en el metro, sospecha que le intentan robar la cartera, saca una pistola y se lía a tiros con todo el tren. A partir de ahí, Himes reflexiona acerca de los movimientos de ese momento (oposición a la guerra de Vietnam, terrorismo en Oriente Próximo, los Panteras Negras, Malcolm X, etc.) y llega a la conclusión de que “toda violencia indiscriminada es como un ciego con una pistola”.

Así que si quieres una novela que hable con crudeza y con sinceridad sobre el racismo, la desigualdad y la injusticia, mientras andas en el ojo de un huracán que no te da un respiro, nada mejor que esta estupenda, caótica y, sin embargo, bella novela. Diálogos lacerantes, ironía, humor negro, historias truculentas, radiografía social: Un ciego con una pistola. Novela negra en estado puro.

Un ciego con una pistola, de Chester Himes, Barcelona, RBA, 285 páginas.



Para abordar el Pequod

8 11 2009

“Llamadme Ismael”, dijo la joven señora Ahab, convenientemente travestida, antes de enrolarse  en aquel barco en cuyo alcázar sabía al hombre que la fascinaba, obsesionado por todo aquello que no fuera ella.



Revival

28 10 2009

Fue una sorpresa encontrármelo este martes, en medio del ajetreo matinal de la zona de los bancos, mientras yo me dirigía a hacer una gestión y él, simplemente, no sé adónde, aunque ahora lo imagino. Alguna vez, hace mucho, Tomás y yo desarrollamos una leve amistad, una relación tibia entre solitarios. Los divorciados recientes que éramos entonces mitigaban el vacío de las alcobas en el otro vacío, más amable y etílico, de la barra del Roxy. Solíamos vernos los miércoles o los jueves, en aquel local decadente donde pasábamos varias horas bebiendo con algún otro parroquiano o solos, esnifando cocaína y pidiendo a Berto que pinchara canciones de Pink Floid, Supertramp, los Rolling o los Creedence mientras charlábamos sobre lo humano y lo divino, intentando olvidar que a ambos nos esperaba una cama fría donde intentaríamos dormir unas horas antes de ir a trabajar. Los fines de semana no nos veíamos, porque siempre había un asadero o una cena con amigos de verdad, una salida al campo, una obra de teatro, con suerte una querida. Nunca intercambiamos números de teléfono o direcciones de correo electrónico. Ni siquiera supimos jamás nuestros apellidos. Yo sabía que era abogado, que había tocado la batería en un grupo de rock y que tenía un hijo o una hija a quien veía cada dos fines de semana. Poco más. Nuestro contacto era Berto y nuestro territorio común el Roxy. Y, sin embargo, creo que nos apreciábamos sinceramente y que él disfrutaba tanto de mis charletas sobre libros y cine (esos saberes de Trivial Pursuit que los demás confunden con erudición) como yo con sus anécdotas sobre los juzgados y sus conocimientos sobre la era dorada del rock sinfónico.

No obstante, eso había ocurrido hacía algunos años. Luego habíamos ido dejando la cocaína, la soltería y, finalmente, el Roxy. No recuerdo si fue él o si fui yo el primero en abandonar aquellos hábitos; sólo que cuando comencé a verme con Laura los encuentros en lo de Berto fueron haciéndose más esporádicos, más breves, más desganados, hasta que un día caí en la cuenta de que llevaba semanas sin ir al Roxy y que no tenía ganas de volver por allí, no porque me resultara desagradable, sino porque ya no sentía necesidad de hacerlo.

No solía pensar en Tomás, pero le recordaba con simpatía. Por eso cuando nos encontramos anteayer por la mañana en la zona de los bancos, me alegró reconocer en él al pelirrojo del traje gris que agitaba su mano en la acera de enfrente. Estaba algo más pálido, algo más hinchado, pero, por lo demás, era el mismo cuarentón de sonrisa afable y gesto abierto. Crucé la calle (el banco al que iba está en esa acera) y, tras el abrazo, intercambiamos algunas frases amables, rememorando una vieja intimidad que realmente jamás tuvimos. Me preguntó por mi vida y yo le pregunté por la suya. Al parecer, estaba más tranquilo que nunca. Todo le iba sobre ruedas y se sentía equilibrado, centrado. Ya no bebía ni perseguía lolitas ni iba al Roxy. De hecho, me pidió que, si pasaba por allí, diera recuerdos suyos a Berto. Le dije que yo tampoco iba hacía mucho y que, si por casualidad él lo hacía, le saludara también de mi parte. “El tiempo lo pone todo en su sitio”, me dijo poco antes de que nos separáramos. Fui yo quien se marchó, porque se me hacía tarde para mis gestiones. Él se quedó allí, parado entre la gente que iba y venía.  Pero, cuando había caminado unos metros en dirección al banco, me volví y no pude verle. Sencillamente, ya no estaba allí. Ahora pienso que quizá nunca había estado.

He pensado durante varios días en ese encuentro. En el hombre que fui y en el hombre que soy, justo ahora que empiezo a tener esta crisis con Laura. En aquella frase, por lo demás nada insólita: “El tiempo lo pone todo en su sitio”.

No sé exactamente lo que me impulsó a hacerlo, pero anoche me excusé con Laura y fui al Roxy. Por el local no habían pasado los años: las mismas guitarras eléctricas y los carteles de grupos de Rock decorando las paredes. El neón negro, ya pasado de moda en los viejos tiempos, con el nombre del local sobre la barra. La pesada figura de Berto moviéndose entre la caja registradora y la cabina incrustada delante del office. Me reconoció al instante. Algo más le costó recordar mi nombre. Pero conservaba frescos todos los demás detalles. Para él, yo era cerveza o etiqueta negra con agua sin gas, chistes políticos, libros que él no había leído y Money y Wish You Were Here. No había demasiada clientela, así que, en mi honor, Berto se permitió pinchar a Pink Floid y servirse un chupito de Jack Daniel’s para acompañarme. Durante un rato, charlamos sobre cómo le iba el negocio, sobre cómo me iba a mí. Luego pasamos a los viejos tiempos, que ambos recordábamos con fingida nostalgia. Finalmente, le hablé del encuentro con Tomás y le di recuerdos suyos. Al principio, pensó que le estaba tomando el pelo. Así me lo dijo. Eso me dejó completamente desconcertado. Quizá Tomás y él habían tenido algún desencuentro, alguna discusión, alguna cuenta sin pagar que había enfriado sus relaciones.

-No –dijo-. Tomás y yo siempre nos llevamos de puta madre. Lo que no puede ser es que le hayas visto. Tienes que haberte confundido.

-¿Cómo me voy a confundir? –insistí-. Era Tomás. El de siempre.

-¿Tomás el abogado? ¿El que tocaba la batería?

-Sí.

-Pues no puede ser.

-¿Y por qué no?

Durante unos momentos pareció buscar las palabras adecuadas para responderme pero, de pronto, pareció recordar algo, fue al office y volvió unos momentos después con un periódico algo estropeado que puso ante mí. Lo había abierto por la página de las esquelas y, señalándome una con el dedo, me pidió que leyera. Aunque yo nunca había sabido sus apellidos, todos los datos coincidían. No cabía duda. Además, por si la había, la fotografía de tamaño carné mostraba el rostro de Tomás, el mismo rostro regordete (ahora menos pálido, menos sonriente) del hombre con quien yo había conversado el martes por la mañana. Miré la fecha del periódico: era del viernes pasado.

-Parece que fue un cáncer –decía Berto mientras yo intentaba atar cabos, con los ojos clavados en el papel-. Me enteré así, por la prensa, porque hacía años que no venía. Pero fui al velatorio, y le vi metido en la caja. Así que tienes que estar equivocado. No puede ser de otra manera.

-Eso es cierto: no puede ser de otra manera. Tengo que estar equivocado –le dije al fin, porque las otras explicaciones eran tan imposibles como abominables.

En este mismo instante, tengo esa esquela ante mí. Berto me permitió recortarla y llevármela para tener así al menos un dato verificable al que aferrarme. Porque, aunque sé que es imposible, que Tomás murió la semana pasada, también que el martes por la mañana vi a ese mismo Tomás, le di un abrazo y conversamos durante unos minutos. La miro ahora que Laura acaba de marcharse dando un portazo tras la enésima discusión, una de las tantas que presagian el principio del fin. Y yo me pregunto por qué vi el martes por la mañana a ese hombre que un día compartió su soledad conmigo. Por qué precisamente yo y por qué precisamente ahora que estoy a punto de ingresar nuevamente en el territorio que ambos explorábamos juntos. Ahora que, como siempre, las piezas del puzzle se van colocando. Ahora que, como siempre, el tiempo lo pone todo en su sitio.



Lavanderas

21 10 2009
Renoir. Las Lavanderas

Renoir. Las Lavanderas

Siempre me pareció poderosamente cautivadora la imagen de las lavanderas en el río, sus cuerpos arrodillados en la orilla remojando, restregando, retorciendo. Yo bajaba cada mañana a la ribera a observar sus evoluciones de ninfas rurales ignorantes de sí mismas, ajenas a la espectacular belleza que se extendía desde sus grupas a sus manos laboriosas, para subir luego a los escotes que alguna gota de agua tenía el privilegio de salpicar antes de descender por el valle existente entre sus pechos. Ese fue durante años mi pasatiempo favorito, hasta que un mal día la mayor de ellas se percató de mi presencia y me arrojó al rostro un frasco de lejía. No creo que esa fuera su intención, pero el líquido alcanzó mis cuencas, dañándome irreparablemente las pupilas. Desde entonces, mi pasión por las lavanderas no es la misma. No es que hayan dejado de parecerme una hermosa estampa, pero ya no paso las horas muertas espiando sus evoluciones. No sé. Quizá, sencillamente, lo que ocurre es que las miro con otros ojos.



Volvieron a estar allí

20 10 2009

Como ya sabrás, si sigues este blog, ayer tuvo lugar el III Memorial Dolores Campos-Herrero, una jam session de microrrelatos que Matasombras organiza cada año por estas fechas. Esta pequeña fiesta de la minificción (o la brevería, como prefería denominarla Dolores) resultó particularmente emocionante este año. A sala llena, tras la proyección de un vídeo de Campos-Herrero leyendo en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria en 2006, la jam comenzó con varios micros de la autora de Santos y pecadores por parte de Marisol Campos-Herrero.

Después, fue la sorpresa continua: una treintena de autores de ambos sexos, todas las edades y tendencias. Desde los más veteranos a los más jóvenes, desde los procedentes del periodismo a los más cercanos a la lírica, todos tuvieron a bien traer y compartir sus textos, haciendo que la ficción cabalgara a lomos de sus palabras por el patio de la sala Cuasquías. Anoche, allí, mientras se compartían cervezas y vinos, se escucharon textos de Dolores Campos-Herrero, Lisandro Rodríguez, José Manuel Brito, Antolín Dávila, Nayra Pérez, José A. Luján, Puri Santana, Isabel Suárez, Eduardo González Ascanio, Juan Carlos Domínguez Siemens, Michel Jorge Millares, Judith Bosch Molina, Maite Figueira, Sara Godoy, Juan Carlos de Sancho, Pepa Marrero, Guadalupe Alemán, Ruymán J. Jiménez, Moisés Morán Vega, César Socorro, Pepe Oribe, Antonio Vega, Teresa Delgado, Rayco Arbelo, Fernando Adrian Mítolo, Belkys Rodríguez, Juanjo Mendoza, Menchu Pérez Reyes, Pedro Kepa Hernando y Aquiles García. Hubo otras personas que quisieron venir pero a quienes les fue imposible en el último momento (viajes, trabajos, lejanías, pequeños problemas de salud), como Carlos Álvarez, Ángeles Jurado, Emilio González Déniz, Carlos de la Fe, Pepe Olivares, Maribel Lacave.

Quizá lo más hermoso de la noche fue constatar la pequeña avalancha de nuevos autores (algunos leían en público por primera vez) que vienen empujando fuerte de esta forma estética tan popular y tan poco comprendida.

A todos ellos (nuevos y consagrados) tanto Antonio Becerra como yo (esos dos espectros que aún somos Matasombras) deseamos darles las gracias, por su presencia y por demostrar  una vez más que, en medio de un mundo que a veces es algo gris y ajeno, aún nos queda algo para el mañana: la palabra.



La fiesta del microrrelato: III Memorial Dolores Campos-Herrero en el Matasombras de Cuasquías

15 10 2009

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Varias generaciones de narradores se darán cita en la sala Cuasquías para celebrar, como cada año por estas fechas, una lectura improvisada de microrrelatos. El III Memorial Dolores Campos-Herrero, llamado así en honor de la desaparecida escritora y periodista, está organizado por Matasombras y tendrá lugar el próximo lunes 19 de octubre, a las 20:30 horas en el emblemático local de la calle San Pedro, número 2, con entrada libre.

En esta ocasión, además de la lectura de textos de esta singular autora, por parte de Marisol y Chus Campos-Herrero, está prevista la intervención de los escritores Eduardo González Ascanio, Antolín Dávila, Ángeles Jurado, Nayra Pérez, Santiago Gil, Juan Carlos de Sancho, Puri Santana, Antonio Vega, Judith Bosch Molina, Sara Godoy, Manuel Estupiñán Verona, Michel Jorge Millares y Fernando Adrian Mitolo, junto a los organizadores del evento, Antonio Becerra y Alexis Ravelo.

Sin embargo, la convocatoria de esta jam session de microrrelatos tiene carácter abierto, ya que los organizadores invitan a todos aquellos autores que así lo deseen a intervenir sin aviso previo leyendo minicuentos de su propia creación,  siempre que se ajusten a las características de esta peculiar forma estética: textos narrativos en prosa con singularidad temática, que tiendan a la máxima concisión. En este caso, la organización establece como convención que la extensión de los textos será inferior a las quinientas palabras.

Dolores Campos-Herrero, fallecida el 20 de octubre de 2007, cultivó, entre otros, el género narrativo, especialmente, en su vertiente de la minificción, de la cual fue pionera en el ámbito insular, formando, además, a nuevos autores a través de sus talleres y colaborando con todas aquellas actividades que contribuyeran a popularizarlo.



Hilaridad

14 10 2009

Sueño con una mujer. Una mujer zurda. Una mujer zurda que ríe.

Golpeando el aire con una raqueta de tenis, la mujer pasea en traje de noche por un jardín inmenso y ríe.

La sigue de cerca un anciano que lleva babero en lugar de camisa y agita las manos intentando atrapar algo invisible en el aire que hay tras ella. El anciano, barbudo y calvo, se parece a Pablo Picasso, a Ernest Hemingway, a Ben Kingsley, a Milan Kundera en un mal día.

La mujer ríe y su risa es una golondrina que los sobrevuela antes de partir a países cálidos. Vuelve a reír y su risa se transforma ahora en millones de gotas de rocío que el viejo intenta atrapar infructuosamente. Ríe otra vez y su risa es un millar de moras que flotan a su alrededor unos instantes y de las cuales él consigue atrapar un puñado, antes de entregarse a la actividad de consumirlas con fruición, una por una, deleitándose como si cada una de ellas fuera la última.

La mujer continúa andando alrededor de los parterres y riendo una y otra vez. Y sus carcajadas se convierten en pétalos de rosa azul, en bombones de licor, en colibríes, ruiseñores o conejitos que comen tréboles, en azahares lanzados a manos de bellos adolescentes.

Pero el hombre ya no la sigue en su deambular por el jardín. Se ha quedado atrás, bajo un flamboyán, dándole la espalda, comiendo moras.

Ya no es un anciano. No está encorvado. Cuando se vuelve, sus arrugas han desaparecido. Su barba cana y rizada es ahora un uniforme manto de color azabache.

La mujer cesa de reír. Sus carcajadas se convierten  en una luminosa sonrisa. Deja de caminar y le mira con hermosos ojos color miel en cuya profundidad se adivina un paraíso esmeralda.

Ahora están uno junto al otro, pese a que ninguno de los dos ha hecho el menor movimiento (cosas de los sueños) y la mano de la mujer suelta la raqueta (que queda suspendida en el aire) para posarse levemente sobre la mejilla del hombre, que ríe con la alegría despreocupada de un niño, cada vez más ruidoso, cada vez más joven.

Al despertar, me pregunto si ella reiría para mí. En todo caso, tras inspeccionar concienzudamente mi rostro en el espejo, decido que ha llegado el momento de recortarme la barba.



A vueltas con los energúmenos seniles

10 10 2009

Hace unos meses publiqué una entrada en la que incluía un texto satírico dedicado al periodista (por llamarlo de alguna manera) José Rodríguez, director (por llamarlo de alguna manera) y propietario del periódico (por llamarlo de alguna manera) El Día. En su momento, nos reímos mucho con la gracia.

Ahora este ancianito, que avergüenza a todos los canarios en general y a los tinerfeños en particular, ha vuelto a hacer de las suyas con un par de editoriales (por llamarlos de alguna manera) en los cuales exhibe su particular visión de la Historia, la Geografía Política (e incluso la Física) y la Antropología. Me perdonarás si me niego a enlazar con su página web desde este blog. Me niego a hacerle el favor de aumentar el número de sus anonadados lectores. Si quieres saber de qué va la cosa, puedes informarte en Canariasahora, por ejemplo.

Pero como en marzo quizá no andabas por aquí aún, te remito a aquella entrada, titulada “¿Un nuevo peligro?”. Si quieres leerla, ahí continúa, para que puedas comprobar cómo, tristemente, en ocasiones es cierto el viejo adagio y  la realidad supera a la ficción. Eso no hará que este señor (por llamarlo de alguna manera) se retire, pero quizá te eches unas risas, lo que tampoco es paja.



Saki y la sonrisa de las bestias

7 10 2009

Se supone que los escritores, antes de morir, dejan una frase genial para la humanidad. Goethe, en su delirio, pidió, al parecer: “¡Luz, más luz!”. Y Cesare Pavese, justo antes de suicidarse, anotó en su diario: “No más palabras. Un gesto. No escribiré más”. La última frase que pronunció Hector Hugh Munro, el hombre que firmaba sus libros como Saki, la dijo en una trinchera de Beaumont-Hamel, en Francia, en la noche del 13 de noviembre de 1916 antes de que un tirador enemigo le pegara un tiro en la cabeza. Esa frase fue: “Put that damned cigarette out!”, que viene a ser, en román paladino , variedad canaria: “¡Apaguen ese maldito cigarrillo!”.

saki

Esta anécdota parece sacada de uno de sus propios cuentos, que suelen combinar lo macabro y lo horroroso con lo satírico y humorístico. Saki tiene un particular ingenio para el humor negro, así como para la intriga, que maneja soberbiamente. En sus cuentos hay continuas sorpresas, giros argumentales inesperados que provocan indistintamente la sonrisa y el escalofrío. Hay, además, una constante denuncia de la hipocresía de la sociedad victoriana, tan vacua como anquilosada.

Munro había nacido en 1870, en Birmania, donde su padre era policía colonial. Huérfano de madre (la corneó una vaca cuando él tenía dos años), lo enviaron más tarde a Inglaterra, donde fue educado por su abuela y sus tías, puritanas, ignorantes y severas. Quizá de ahí le vino el desprecio por las capas altas de la sociedad británica que recorre como un hilo conductor prácticamente toda su narrativa. Más tarde, a Munro le pareció buena idea volver a Birmania e ingresar, como su padre, en la policía. Pero a la malaria no le pareció tan buena idea y hubo de volver a Inglaterra, donde se dedicó plenamente a la literatura.

cuentos de humor

Anagrama reúne en Cuentos de humor y de horror veinte de sus relatos más célebres, muchos de ellos con Clovis, su cínico y agudo observador, como personaje principal. Es una interesante reunión de fantasmas indolentes, caníbales, que sonríen mientras cuentan sus iniquidades, gatos que hablan más de lo conveniente, damas encopetadas, tan necias como malignas, señores circunspectos tan malignos como necios y, en general, seres que no están donde deben estar, y haciendo cosas que no deberían hacer, como, por ejemplo, una hiena en medio de la campiña británica zampándose gitanillos.

En resumen, Cuentos de humor y de horror proporciona lo que su título promete: inquietud y risas a partes iguales, pero, al mismo tiempo, una ácida crítica social que, en último término, se convierte en reflexión sobre la condición humana. Jorge Luis Borges, Graham Greene, Tom Sharpe y Roald Dahl han manifestado su admiración por Saki. Por algo será.

Cuentos de humor y de horror, de Saki, Barcelona, Anagrama, 142 páginas.



Viajes perfectos

6 10 2009

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Soñó que por fin conseguía tomar ese vuelo al Caribe. La travesía transcurría con tranquilidad. El tiempo era sereno. Las turbulencias, mínimas. El interior del avión era más amplio, más confortable de lo habitual. Todo era perfecto. Faltarían unos minutos para llegar a su destino cuando se percató de la desaparición de los auxiliares de vuelo, quienes hasta ese momento se habían comportado de manera refinadamente amable. Poco después, escuchó, con pavor, la voz del comandante que surgía de los altoparlantes diciendo:

-Señores pasajeros, esto es una grabación…



Indignación

6 10 2009

Hay un señor bajito que se indigna. Se indigna por las pintas de los jóvenes de hoy, por sus modos inciviles, por su lenguaje degradado, por sus impúdicas demostraciones de afecto en público. Se indigna por las ancianas, que cotorrean incesantemente en los mercados o guardan silencio mirándole con húmedos ojos de cachorrillo cuando no encuentran asiento en la guagua y él sí. Se indigna por esa acera que el ayuntamiento nunca arregla y por las obras públicas que jamás-cesan-de-terminar-de-acabar.

Y le indignan sus vecinos. Le indignan porque cierran sus puertas o porque las mantienen abiertas; porque escuchan a Javier Solís o a Alfredo Kraus; porque canturrean coplas mientras friegan los platos o se empeñan en alimentar y cuidar canarios, gatos, perros, loros o cualquier otro bicho inmundo que no sirva más que para comer, ciscarse, armar escándalo o transmitir enfermedades (las peceras no suelen indignarle, pero sí le indigna la desagradecida indiferencia de los peces). También le indignan sus vecinos ancianos, que esperan como vírgenes edulcoradas la semanal y ruidosa peregrinación de hijos y nietos, pero no le resultan tan indignantes como los vecinos jóvenes y su persistente hábito de hacer el amor. A propósito, y dicho sea de paso, le indigna el desmesurado crecimiento de la población, las abortistas, las píldoras anticonceptivas, los diafragmas, los preservativos, el coito oral y el onanismo.

Pero las cosas que más le indignan no provienen de la vecindad, sino del exterior.

Le indignan la televisión, los fumadores, la clase política, los sindicatos, los conciertos al aire libre, la patronal, los conductores, los desheredados, los ciclistas, la clase media, los patinadores, el clero, los funcionarios, los inmigrantes y los de aquí.

Sus ataques de indignación son cotidianos, explosivos, expansivos. Cada mañana despierta con su diaria semillita de  sorda indignación contra algo o alguien, y la indignación va creciendo en su interior durante el día. Por la tarde, nada más llegar del trabajo, corre a su ordenador y escribe. Escribe largas cartas de queja, con profusión de mayúsculas, negritas y subrayados. Redacta manifiestos, confecciona archivos de Power Point e incluso graba vídeos reivindicativos, en los que denuncia con nombre y apellidos (cuando los sabe) a los causantes de su indignación. No tiene pruebas, pero no duda en acusarles, porque él-sabe-que-le-asiste-la-razón. Luego los envía masivamente (mantiene contactos con muchas otras personas, tan indignadas como él, que contribuirán a su difusión), los cuelga en las redes sociales y en alguno de sus numerosos blogs (que firma, eso sí, con pseudónimo).

Estos trabajos le dejan exhausto pero despiertan en él tal entusiasmo que, cuando llega la noche, con la satisfacción del deber cumplido, se dispone a llamar a su mujer para contarle sus últimos progresos en el liberador ejercicio de la indignación.

Pero no llega a hacerlo, porque, cuando está a punto de pronunciar su nombre, recuerda que ella ya no está. Lo que no consigue recordar, por más que lo intente, es cuándo se fue, en qué preciso instante decidió desaparecer. No consigue averiguar si su marcha ocurrió poco antes, o bien poco después, del momento en que él adquirió la costumbre de indignarse.



Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado

5 10 2009

Aún continúa abierto el plazo de inscripción para el Taller de Literatura Anroart (recuerda que se acaba el día 9), pero, si sólo dispones de 13 semanas y te interesa especialmente el cuento (relato breve contemporáneo, relato corto o como lo denomine el académico de turno), la próxima semana comienza la segunda edición de Factoría de Ficciones en la Biblioteca Pública del Estado. La matrícula es gratuita, pero las plazas limitadas.

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Tras el éxito de su primera edición, entre marzo y junio de este año (cuyos resultados serán publicados en breve en un volumen colectivo), el martes, 13 de octubre, a las 18:30, en la Biblioteca Pública del Estado de Las Palmas, dará comienzo Factoría de Ficciones, un taller de escritura creativa en torno al cuento contemporáneo. Factoría de Ficciones es una actividad destinada a adultos con inquietudes literarias e interés por el relato breve. Se propone como un acercamiento teórico-práctico al género, a través del análisis de las técnicas de algunos maestros eminentes y su aplicación a la propia producción de los participantes.

A lo largo de las trece semanas de duración del taller, se abordarán, entre otros asuntos, el paso del cuento tradicional al cuento literario, el punto de vista narrativo, el diálogo, el tratamiento temporal, las técnicas de asociación libre o la orientación hacia la minificción, mediante textos de autores consagrados, como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Juan José Arreola y Ambrose Bierce, y prestando especial atención al relato fantástico.

Por otra parte, se prevé el seguimiento digital de las creaciones elaboradas por los participantes, y su publicación en el blog http://factoriadeficciones.wordpress.com

Las sesiones tendrán lugar los martes, en horario de 18:30 a 20:30 y la inscripción es de carácter gratuito. Los interesados podrán solicitar información y matrícula en la Biblioteca del Estado en Las Palmas, calle Muelle de Las Palmas s/n, así como en los teléfonos 928 432343  y 928 431019 y el correo electrónico bibliolp.cultura@gobiernodecanarias.org.