Zoologías 3

12 03 2010

Siempre me preocupó el hecho de no recordar mis sueños, porque mi terapeuta me decía  que eso se debía a un exceso de represión por parte del yo consciente. Según él, debía anotar detalladamente, en cuanto despertara, todo lo que consiguiera recordar. Un cuaderno o una grabadora en la mesilla de noche resultarían útiles para ese cometido. Pero, por la mañana, no conseguía recordar absolutamente nada. Eso me llenaba de una angustia indecible.

Pero, hace unos días, precisamente en la sala de espera de este mismo terapeuta, leí un artículo sobre el mosquitonírico. Ahora me siento más tranquilo.

Según el artículo, leído en una revista científica digna de crédito, el mosquitonírico (Chironomus Somni) es un mosquito no hematófago, frecuente en Europa, África y Asia. Revolotea por los dormitorios esperando la fase REM (sospecho que debe de ser muy respetuoso: nunca se acerca en la fase DELTA, ese momento mágico en el que, según los místicos, el microcosmos del humán es bañado por la luz de la conciencia universal). Entonces, se introduce en los sueños del durmiente y hurta algunas imágenes, determinados olores, fragmentos de pesadillas con los cuales se alimenta. Al despertar, el huésped no guarda memoria de la intervención de este particular parásito (me resisto a llamarlo así, más bien lo veo como uno de los miembros de una relación simbiótica), pero tampoco recuerda los fragmentos de sueños de los que ha sido despojado su subconsciente.

En 1994, estudiosos de la Universidad de Siam lograron capturar y estudiar detenidamente a un mosquitonírico. Diseccionado el sujeto, un potente microscopio reveló a los expertos el asombroso contenido de su vientre: bailarinas ciegas, apariciones de Lenin sobre el teclado de un piano, frailes de ocho brazos, hombres con cabeza de gallina que reían estruendosamente, aviones de caramelo, jarras de leche recién ordeñada derramándose sobre hermosos cuerpos adolescentes, rinocerontes con gafas, camisones grises cubriendo los horribles torsos de ministros octogenarios, teatros de la ópera abarrotados de borregos que defecaban en los patios de butacas, armarios que encerraban un mar tras sus puertas e infinidad de genitales de ambos sexos y variadas tonalidades y formas, pero todos hirsutos, desmesuradamente grandes e indefectiblemente amenazantes.

Los psicólogos dirán lo que quieran. Podrán recomendar hasta la saciedad que intentemos recordar nuestros sueños, que tengamos siempre papel y lápiz en la mesilla de noche o una grabadora preparada para intentar recordar esas erupciones nocturnas de la parte más profunda del volcán de nuestra identidad. Yo sé (ahora lo sé) que es un mosquitonírico, y no mi terapeuta, quien me salva de la locura.



Tres libros, este viernes, Club Prensa Canaria, 20:30

9 03 2010

Cam PDS presenta tres nuevos títulos de la colección Episodios Insulares (por supuesto, suena a Galdós y sabe a literatura hecha en Canarias), que  se inauguró en su día con La cruz del inglés, un libro de ese placer hecho escritor llamado Luis Junco, en el que se nos mostraba que nosotros también tuvimos nuestros 300 espartanos (la que se va a liar cuando los de Hollywood se enteren).

En esta ocasión, los títulos son La batalla de Tamasite, de Marcos HormigaEl tesoro del corsario, de Chema Hernández y La fuga, de ese calvo que tú y yo conocemos y que firma este blog.

El acto tendrá lugar el viernes, 12 de marzo, a las 20:30 en el Club Prensa Canaria. Luego no digas que no se te había avisado o que pensabas que era a otra hora, que nos conocemos. Viernes, 20:30, Club Prensa Canaria, tres libros de Cam PDS.

Nos vemos allí.



Ponga a un canario en su biblioteca

5 03 2010

canario

Mi querido amigo /querida amiga:

Usted, que descubrió con ojo avezado el realismo mágico antes que nadie y maneja con facilidad varias generaciones narrativas, no sólo peruanas, argentinas y mexicanas, sino también cubanas, venezolanas, paraguayas, brasileñas.

Usted, persona de hábitos sibaritas, que ha mostrado a sus amigos y amigas las excelencias de escritores de lugares como Armenia, Congo Belga, Albania, Bosnia, Turquía y Eslovaquia.

Usted, lector o lectora perfectamente al día, que ya leía a los autores suecos antes de que llegara Larsson, que ya había asistido a la edificación de los pilares de la tierra antes de que se implantara su marina franquicia catalana y ya sabía de todos los secretos vaticanos antes de que el cine los expusiera al vulgo.

¿Va a dejar pasar la oportunidad de ser el primero o la primera entre los suyos en descubrir el nuevo fenómeno literario periférico? ¿Va a permitir que sea ese compañero de oficina estirado, esa vecina “moderna”, ese cuñado pedante, o esa primita resabiada quienes le descubran a estos nuevos e interesantísimos autores?

Piense que en este mundo global, en el que todo lo excéntrico parece tan céntrico y tan explorado, en el que parecen no quedar ya flores salvajes, existe aún una literatura periférica por descubrir, la cual, sin embargo, resulta intelectualmente asequible a su idioma y su cultura sin dejar de ser un producto genuinamente exótico. Me refiero (si está bien informado, lo habrá adivinado ya), a la literatura canaria.

Repare en las evidentes ventajas: alejamiento de la Metrópoli pero cercanía intelectual; africanidad pero en español; referentes americanos pero giros léxicos mucho más familiares para el lector ibérico; crisol de culturas, pero sin necesidad de viajar a Nueva York (carísimo), en caso de querer visitar el escenario de su novela preferida. Y, en cuanto a la moda sueca, recuerde que los canarios fueron los primeros españoles en plantar su semilla en el frío norte (Muchas veces, en sentido literal. Una demanda colectiva de paternidad en los años ochenta lo demuestra).

Y una vez pensado todo esto, no piense más y ponga a un canario en su biblioteca.

Después podrá hablar de la prosa recia de González Déniz, del rico universo de Antolín Dávila, de los deliciosos bocados narrativos de Dolores Campos-Herrero, de los grises ambientes de González Ascanio y las elegantes ficciones de José Manuel Brito.

Podrá hablar, también, de temas de candente actualidad: del polémico asunto de la memoria histórica, con las novelas de Miguel Ángel Sosa Machín como excusa; del pequeño drama de las anónimas víctimas de la crisis, haciendo lo propio con las de Santiago Gil.

Podrá hacer sonreír a sus amistades con los juegos naif de Juan Carlos de Sancho. O presumir de haber constatado primero que nadie la valía de relatistas y microrrelatistas, como la joven Ángeles Jurado o la todavía más joven Judith Bosch.

Si es amante de intrigas y violencias, tiene varios escritores negros entre los que elegir: algunos autóctonos, como Correa o Ravelo; otros afincados hace años en las Islas, como Lozano o Carlos Álvarez (no confundir con el cantante lírico).

Incluso dispone usted de varios ejemplares de canarios afincados en grandes ciudades, como Sabas Martín o José Carlos Cataño (una de cuyas novelas tiene como ganancia secundaria proporcionar un tema originalísimo de conversación, olvidado entre nosotros desde Leopoldo Azancot: el erotismo y el judaísmo).

Y la poesía… Ah, la poesía. Canarias, por si usted desconoce el dato, es tradicional territorio de poetas. Puede empezar por los más jóvenes: Pedro Flores, Tina Suárez, Federico J. Silva, Alicia Llarena, Verónica García, Silvia Rodríguez (no confundir con el cantautor), Cecilia Domínguez, Marcos Hormiga… Son tantos y tan interesantes que usted podrá hablar de uno cada día sin repetirse en mucho tiempo.

Imagínese en medio de esa reunión social en la que ya hace rato que corren el vino y la cerveza, captando la atención de todos al decir: “Recuerdo un poema de un poeta de Lanzarote que…”. Se convertirá enseguida en el centro de interés de sus potenciales amantes y en la envidia de sus rivales amorosos.

Pero, ya que será el primero o la primera en descubrirlos, aproveche su ventaja. Usted, que cuando apareció Mankell olisqueó enseguida a Sjöwall-Wahlöö, no pierda el tiempo y encuentre cuanto antes a los Millares y los Padorno y los de La Torre, a Arozarena y a Isaac de Vega, a Agustín Espinosa y García Cabrera, a Alonso Quesada y Domingo Rivero.

En esta tarea (puede que algo laboriosa, pero de indudable provecho) podrá ayudarse de utilísimos estudios de Jorge Rodríguez Padrón, Eugenio Padorno, Oswaldo Guerra, Antonio Becerra o Nilo Palenzuela, entre otros, sin olvidar a la decana de los estudiosos de la literatura canaria: doña María Rosa Alonso.

Piense en cómo presumirá de haber llegado antes que nadie a los protagonistas de la nueva ola canaria; en la soltura con la que transmitirá sus conocimientos acerca del mestizaje cultural, de la influencia del paisaje en la poética insular; piense en el asombro que despertará al decir a los neófitos: “Pero si los tenías ahí, ante tus narices: justo enfrente de África. Y no los conocías”.

No espere más. Ponga a un canario en su biblioteca.

Quizá al principio le cueste un poco y tenga que dirigirle la palabra a su librero o librera de confianza, porque tal vez (pequeñas desventajas de ser un pionero) hasta dentro de un tiempo no figuren en mesa de novedades. Mucho menos en supermercados, aeropuertos o en esa cadena de negocios que llevan nombre de maniobra textil (o de gesto insultante, si usted quiere) y apellido de gentilicio británico. Esos sitios, como bien sabe, van siempre en el furgón de cola de la cultura, a remolque de lo que ya otros han descubierto. No sea vulgar. Usted tiene demasiada clase para eso. Acuda a los sitios donde re-al-men-te están los libros y solicite a alguno de los autores mencionados en este aviso (que es también advertencia) o a otros canarios que su librero acaso ya conozca.

Porque sí, ya varios editores (ellos no son tontos) han puesto los ojos en diversos canarios y los han fichado. Y, por otro lado, desde hace tiempo los distribuidores (ellos tampoco son miopes) hacen llegar regularmente a cualquier rincón de España los libros de las editoriales canarias (sí, las hay: alguna tienen incluso luz eléctrica y teléfono).

Así pues, no espere más. Que cuando Babelia o El cultural lleguen, usted lleve ya un buen  rato ahí. Conviértase en un precursor, en un pionero, en un experto. No deje que se le eche encima lo irremediable y le coja despistado lo que ya se veía venir.

No dude un instante más. Ponga a un canario en su biblioteca. Hágalo hoy y enorgullézcase mañana. No sea esta vez de los últimos en enterarse.  Hágalo sin demora. Comparta, además, este mensaje entre personas de su círculo más íntimo. No se lo envíe a todas: sólo a aquellas que lo merecen. Se lo aseguro: se lo agradecerán.

Sin otro particular que comunicarle y esperando que la información proporcionada le sea de utilidad, aprovecha para enviarle un cordial saludo:

Bernardo Betancor.

(Becario Adjunto a la Cátedra de Pirobiología y Concatenaciones Diversas de la Universidad de Patafísica de San Expósito).



Acto para cronopios y esperanzas (los famas serán bienvenidos si se portan bien)

3 03 2010

noname



Porque vale la pena

3 03 2010

Qué diablos… Hay cosas que merecen difusión. Hoy me ha alegrado la mañana un artículo escrito (y leído en el programa El Correíllo) por una persona a la que aprecio y que menciona a otras personas a las que aprecio. Pero, el motivo de mi alegría no es ese, sino el mensaje que lanza: optimismo, luz, belleza cotidiana, que invoca de la solidaridad interpersonal, pero no esa solidaridad “con los más necesitados” sino esa solidaridad espontánea que habita, por ejemplo, en una sonrisa o un gesto amable, hacia las personas más cercanas. He pensado (en esta mañana que puede que se presente fría, lo cual me gusta, porque el fresco matinal suele presentar sus ventajas) que valía la pena difundirlo en la medida de mis posibilidades.

El artículo se titula “Cuento contigo”, lo firma Juan G. Luján en Canariasahora y puedes leerlo pinchando aquí.



Zoologías 2

2 03 2010

Los buitres medianeros europeos suelen tener un vuelo torpe y corto, que jamás se alza más allá de los 20 metros de altitud, con frecuentes aleteos y encontronazos habituales cuando vuelan en manada, nada que ver con el alto y plácido vuelo del quebrantahuesos o del buitre calvo. El colorido de sus plumas es pobre, oscilando entre el gris perla y el marengo. Aparte de eso y de su torpeza, en poco más puede distinguírsele de cualquier otro carroñero alado, salvo en una particularidad que asombra a los estudiosos: no permiten bajo ningún concepto que ninguna otra ave ascienda más que ellos. Cuando algún ave rapaz (con frecuencia un águila o azor) invade inconscientemente su territorio, esperan hasta el descenso del intruso, motivado por la captura de una pieza o el necesario descanso, para lanzarse sobre él y picotearle las alas.



Zoologías 1

2 03 2010

En el cementerio de Almendral de Ríoseco existe aún una colonia de gusanos testúdicos, especie que, como es sabido, se alimenta exclusivamente de materia gris. No obstante, algunos expertos en medio ambiente han expresado su preocupación por la supervivencia del testúdico, al conocer el proyecto de implantación de un nuevo centro comercial en la localidad.



Los días de mercurio se puso de largo

28 02 2010

Foto: Thalía Rodríguez

Foto: Thalía Rodríguez

Ya está, ahora sí: Los días de mercurio (La iniquidad II) ha sido presentada en sociedad. Ya existe públicamente.

Ocurrió ayer sábado, 27 de febrero a las 13:00, en Negra y Criminal, la emblemática librería de la calle Sal, en Barcelona. Hubo vino y mejillones al mojo rojo (cortesía de Montse Clavé, la librera, de quien estoy degustando Manual práctico de cocina Negra y criminal), palabras de aliento por parte del librero, Paco Camarasa (quien decidió acompañar la presentación con una proyección de Casablanca, porque decía no disponer de nada más africano, pese a que yo no me parezco a Bogart ni Raúl a la Bergman) y apadrinamiento de lujo por parte del maestro Raúl Argemí. Además, otros amigos (Cristina, Gloria, Ibáñez, Salva, Chiki) contribuyeron a que este escritor afro-canario (según término políticamente correcto acuñado para la ocasión) se sintiera como en casa, o, para ser exactos, mejor que en casa. En el hecho de que se presentara en Negra y Criminal influye una circunstancia: uno de los pasajes del libro se desarrolla justamente allí, en ese edificio que fue, durante la posguerra, vivienda y almacén de un contrabandista, anécdota que conozco gracias a José Luis Ibáñez, quien sabe más que nadie que yo conozca de la historia de esa ciudad única que es Barcelona (por cierto, José Luis anda preparando un nuevo Ferrer. Si no has leído los anteriores deberías ir poniéndote al día).

portada dias de mercurio 1

Así que Los días de mercurio ya está ahí. Esta semana llegará a las librerías de Canarias y, dentro de muy poco, se presentará en otras ciudades, comenzando por Las Palmas de Gran Canaria y Santa Cruz de Tenerife.

Por si te has perdido noticias anteriores: es una novela publicada por Anroart Ediciones (esa editorial pequeña, pero valiente), la segunda de la serie que se inició con La noche de piedra, titulada La iniquidad. Se trata de una historia ambientada en una anónima ciudad de provincias durante los años cincuenta.  Su protagonista es un camarero de pasado turbio y presente agrio que extorsiona a un jefe local de Falange.

Aprovecho esta entrada para dar las gracias a todos aquellos que hicieron posible esta presentación (con la cual se cumple una de mis íntimas ilusiones): al Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria, que gestionó desinteresadamente la beca que hizo materialmente viable el viaje, a los amigos catalanes que me trataron tan bien como si yo fuera buena gente y a los canarios (Alberto, Rafa, Helba, Thalía) que también estuvieron allí, apoyando, como si yo les mereciera.  Hoy domingo, contento, orgulloso (y algo resacado) cuelgo esta entrada con agradecimiento, cariño y algo ya parecido a la nostalgia. También incluyo foto, con Paco y Raúl (y Salva y Casablanca al fondo) durante la presentación.



Comienza la cuenta atrás: Los días de mercurio (La iniquidad II), el próximo sábado en Negra y Criminal

20 02 2010

portada dias de mercurio 1

Soy un tipo con suerte. El próximo sábado, 27 de febrero, a las 13:00, se presenta Los días de mercurio (La iniquidad II) en un lugar emblemático para la novela negra en España: la librería Negra y Criminal, de Barcelona. Está en la calle de la Sal, número 5, muy cerca del mercado de la Barceloneta y, si visitas esa ciudad mágica no deberías dejar de acercarte a este rincón. Por supuesto, si lo haces el próximo sábado, a mediodía, mejor que mejor.

Pero no soy un tipo con suerte solamente por eso, sino porque, además, Los días de mercurio tiene un padrino de lujo: Raúl Argemí, fascinante escritor argentino afincado en España, de quien no deberías perderte libros como Retrato de familia con muerta y Penúltimo nombre de guerra.

Así que ya queda menos para que Los días de mercurio llegue a las librerías. Espero que, al menos, le eches un vistazo a las tapas, para ver si te interesa. Puedo adelantarte que es una historia de violencia en plena posguerra española. En ella hay chantajes, crímenes, sexo y mentiras, jefes de Falange homosexuales, maquis renegados y mujeres insaciables.

Si estás en Barcelona por esas fechas, estás invitado al festejo (suele haber vino y mejillones). Si no, Los días de mercurio te espera, dentro de muy pocos días, en tu librería. Puedes ir pidiéndola a tus libreros. Ellos te avisarán.



La fuga: nuevo libro

12 02 2010
Portada de La fuga

Portada de La fuga

Sí, dentro de poco, en tu librería, Los días de mercurio (La iniquidad II), pero, primero, algo para los más jóvenes: La fuga, un libro en la colección Episodios Insulares, de Cam-PDS, ilustrado por José Socorro. 2009 fue un año de trabajo intenso, y ahora coincide en el tiempo la maduración de varios de sus frutos.

La fuga trata sobre la espectacular evasión de los presos de Villa Cisneros en 1937, que motivó el chascarrillo de la Pasionaria: “Cierra la jaula, Queipo, que se escapan los canarios”. Entre ellos, estaba Pedro García Cabrera. Esa anécdota histórica es una prueba más de que la realidad supera a la ficción.

Ya avisaré, en su oportunidad, acerca de la presentación. Por ahora, te dejo la sinopsis, para ir abriendo boca.

contracubiertalafuga



Manual para supervivientes de naufragios

12 02 2010

Campos-Herrero

El libro que te traigo hoy es una triple alegría para mí. En primer lugar porque es de un autor cercano (y hacía tiempo que no hablábamos de los canarios). En segundo porque es de poesía (y hacía tiempo que no hablábamos de poesía) y en tercero porque el libro en sí es una completa delicia. Me estoy refiriendo a El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, editado por Baile del Sol, que se presentó esta misma semana.

Como ya sabrás, antes de su fallecimiento, Dolores Campos-Herrero dejó diversos originales en sus editoriales de confianza para que fueran apareciendo poco a poco posteriormente. Gracias a esas editoriales y al buen hacer de su familia (ejemplar en ese sentido), que ha tratado con sumo respeto estas disposiciones, podemos continuar disfrutando nuevas entregas de esa firma que a mí se me antoja imprescindible para entender el cambio de signo que dio la literatura en Canarias en los últimos treinta años. Es el caso de este libro sobre naufragios marítimos y sentimentales, cuya escritura data del año 2007. Es un libro de poesía, pero no es un libro en absoluto abstracto. Trata un tema muy concreto: el del drama humano que hay detrás de ese fenómeno de la inmigración ilegal, las muertes y supervivencias (anónimas para los mass media) durante las oleadas de pateras y cayucos. Partiendo de la crónica, localizada en precisas coordenadas espacio-temporales, Campos-Herrero conecta a estos nuevos náufragos con los de la tradición literaria que nos es cercana y de ahí pasa a tratar temas universales: el viaje, la educación sentimental, la desesperanza y el dolor, el amor y el erotismo, la muerte… Y así, con una poesía limpia, concisa, sincera, sin alharacas ni adornos innecesarios, nos lleva de la mano desde el drama social más inmediato a los asuntos ontológicos más cruciales.

Eso es, creo, una característica predominante en su obra: su extraordinaria pericia para abordar los temas más importantes de forma perfectamente accesible a cualquier lector, sin que la profundidad se vea menoscabada. Pasa con su literatura como con las mejores: se expresa con claridad y la leemos con fruición, pero nos abre una puerta a lo inexpresable, recordándonos aquello que decía el filósofo Ludwig Wittgenstein al hablar de las fronteras del conocimiento, de la mística: de lo que no se puede hablar, hay que callar. Por eso siempre he pensado que la literatura de Campos-Herrero tiende hacia lo mínimo, se orienta hacia el silencio porque quizá sea el único medio honesto para expresar lo inexpresable.

Así pues: El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, editado por Baile del Sol. Búscalo, léelo. Está garantizada la emoción. Y también está garantizada la reflexión. Pero, sobre todo, está garantizada la belleza.

El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, Tegueste, Baile del Sol, 106 páginas.



El pan nuestro

27 01 2010

Pan_Rustico

Cuando era joven, el panadero no salía casi nunca. Levantarse en plena noche para trabajar no deja demasiado tiempo para diversiones. Pero una vez, a los veinte años, fue invitado a la boda de un primo lejano. Allí la conoció. Se llamaba Estela y bailó, bebió y conversó con él hasta el fin de la fiesta. El panadero volvió a su casa acariciando el trozo de papel en el que ella había anotado su número de teléfono con un lápiz de ojos. La llamaría al día siguiente. La invitaría al cine. Sería la madre de sus hijos.

El alcohol, el sudor y los números apuntados en trozos de papel con lápiz de ojos no son una buena combinación. El panadero pasó la mañana siguiente intentando descifrar los originarios guarismos aletargados en aquel borrón. Y la tarde telefoneando a familiares y amigos que habían asistido o podían haber asistido a la boda. Todo fue inútil. Nadie la conocía. Nadie la recordaba. Nadie había reparado en ella.

En la madrugada, mientras amasaba, se lamentó de su suerte: sus panes llegaban a toda la ciudad, casi a cada casa. Pero él no era capaz de localizar a aquella mujer fascinante. Si él pudiera viajar con aquel pan y franquear cada puerta de cada edificio de cada calle hasta dar con ella… De pronto, sin apenas pensarlo, escribió su propio nombre y su número de teléfono en un papel. Completó el billete con una sencilla frase, “Llámame, Estela”, y, doblándolo cuidadosamente, lo agregó a la masa. Hacia el amanecer, cuando comenzaron a llegar los repartidores, no sabía en cuál de aquellas barras iba el mensaje. Eso resultaba indiferente. La ciudad no era tan grande, pero, aunque lo hubiese sido, el mensaje, si había de llegar a su destinataria, llegaría. Era cuestión de estadística o de destino o, sencillamente, de suerte.

Durante semanas, durante meses, realizó la misma operación. Luego pasaba la tarde pendiente del teléfono. La llamada nunca era para él. O, si lo era, se trataba de alguno de sus primos o de los amigos del barrio.

Los meses se convirtieron en años, pero la costumbre no varió jamás. Metódica, secretamente, el panadero introducía cada día en la masa un papel con su nombre y su teléfono y un único, exacto e infaltable mensaje: “Llámame, Estela”.

En ocasiones, el panadero se decía que era momento de cesar en la búsqueda. Pero ¿y si precisamente era ese el día en que la nota debía llegar a manos de Estela? Esa pregunta le aterraba. En otros momentos, fantaseaba con los posibles receptores: un niño que comía el bocadillo en el recreo, una ancianita que hacía sopas de pan, otra mujer también llamada Estela que procuraba que su marido no llegase a ver el papel, un señor circunspecto que se indignaba y bajaba a protestar a la panadería o le telefoneaba directamente a él, advirtiéndole (iracundo como sólo un señor circunspecto puede llegar a estarlo) que iba a denunciarle a las instituciones sanitarias.

Pero jamás llamó nadie. Pasó el tiempo y el panadero encontró una mujer a la que aprendió a querer. Se casó y tuvo dos hijos. Se divorció de aquella misma mujer y aprendió a no quererla. Sus hijos crecieron y le dieron algún nieto. Y él continuó, cada día, introduciendo en la masa la nota con su nombre, su número (ahora de un teléfono móvil) y aquellas dos palabras. Ya sin esperanza. Ya por costumbre. Como un rito, una pequeña superstición que, al fin y al cabo, le había traído suerte en casi todo, menos en lo único en lo que realmente la necesitaba.

Hoy, al salir del trabajo, se ha encontrado con su primo en un puesto de flores. Es su aniversario de boda. Tal día como hoy, hace 35 años, el panadero y Estela se conocieron. Mañana hará 35 años que la busca infructuosamente. Tal vez sea el momento de dejarlo. Pero también hoy, justamente hoy, al abrir la puerta de casa, suena el teléfono móvil. El panadero lee la pantalla. Llaman desde un número que no tiene grabado en la memoria del aparato. El corazón le da un vuelco. No obstante, justo antes de descolgar, se mira instintivamente en el espejo de la entrada, reflexiona un momento y rechaza la llamada.



Dentro de muy poco, en tu librería: Los días de mercurio (La iniquidad II)

22 01 2010

portada dias de mercurio 1

Una historia de violencia en plena posguerra española



Cuentos para los malos tiempos

3 01 2010

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Para seguir con el espíritu navideño de estos días (yo prometí a alguien ser bueno y recomendar libros amables para estos días, a ver si así parece que me porto bien, ahora que vienen los Reyes), hoy nos vamos a Nueva York. Pero al Nueva York de finales del siglo XIX, porque lo que te traigo hoy es Cuentos de Nueva York, de O’ Henry, editados por Espasa en su mítica colección Austral. Son cuentos protagonizados por gente muy humilde, en general bastante pobre, de esa ciudad enorme y repleta de inmigrantes de diferentes culturas. En general, esos personajes se enfrentarán a grandes paradojas, normalmente relacionadas por el conflicto entre la pobreza y la consecución de la felicidad. Tú ya sabes que los únicos que piensan que el dinero no da la felicidad son los que lo tienen. Sin embargo, estos personajes, pese a su pobreza, se las ingenian para llegar siempre a buen puerto y en todos los cuentos acaba por salir el lado más noble y bueno  del ser humano. Como en el relato con el que comienza el volumen, titulado El regalo de los reyes magos, y que es también uno de los más célebres de O’Henry. Trata sobre una joven esposa que está empeñada en hacerle un regalo digno a su marido, una cadenita para su reloj. Pero ella no ha podido ahorrar el dinero suficiente. Lo único que le queda por vender es su hermosa cabellera, que muy bien servirá para hacer pelucas. No te cuento más, porque es una historia con sorpresa, como casi todas las del libro. Porque O’Henry es un maestro de la sorpresa, del desenlace inesperado. También lo es del humor. Su ironía a veces ralla en el sarcasmo. Pero el resultado es siempre optimista, esperanzador: a sus cuentos siempre subyace una fe a prueba de bomba en la condición humana.

O’Henry se llamaba en realidad William Sydney Porter y era un empleado de banca que tuvo que huir a México tras haber hecho un desfalco. Dejó en Estados Unidos a su hija y a su mujer. Pero, cuando esta enfermó, volvió para verla antes de su fallecimiento, fue detenido y condenado a prisión. Fue ahí, en la cárcel, donde empezó a escribir cuentos que publicaba en la prensa, para ganar dinero que enviar a su hija. Cuando salió a la calle se encontró con que era uno de los escritores más leídos del momento. Sus cuentos estaban de moda y la gente se volvía loca por sus libros. Sin embargo, no tuvo un final feliz. Pese al éxito, el alcohol y su mala administración hicieron que muriera en la indigencia antes de cumplir los cincuenta. Según la leyenda, cuando falleció, en 1910, tenía en los bolsillos sólo 23 centavos. Como ves, la vida de O’Henry ya es ella misma una novela.

Aunque fue uno de los escritores más célebres de su época, en España le conocemos poco y en Canarias menos. Sus cuentos, como ya te he comentado, están protagonizados por gente humilde y sencilla que busca soluciones a sus problemas y logra, pese a la precariedad económica, ser feliz. Quizá este tiempo de crisis sea buen momento para sumergirse en este universo narrativo del que uno sale siempre ganando una sonrisa.

Eso sí, esta semana vienen los Reyes y yo ya dejaré de portarme bien. Así que la semana que viene, prometo volver a provocar y a traerte sexo y violencia.

Cuentos de Nueva York, de O’Henry, Madrid, Espasa, 228 páginas.



Año Nuevo del Vendedor de Humo (Para un Catecismo Neoliberalista)

31 12 2009

Año nuevo que estás en la puerta,

aprovechadas sean tus crisis,

maximizado sea tu tiempo.

Despliéguese tu devenir

tanto en las bolsas como en los templos.

El ERE nuestro de cada día

dánosle hoy.

Perdónanos los intereses de nuestras deudas,

así como nosotros esperamos por los pagos de las instituciones.

No nos dejes caer en la deflación

y líbranos de pagar.

Amén.



Miopía

31 12 2009

gafas

Me reprendes porque duermo con las gafas puestas. Inútil sería decirte que lo hago para no perderme ni un solo detalle de tu rostro cuando apareces en mis sueños.



Rodari

26 12 2009

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Estamos metidos de lleno en la Navidad y los más chicos están por ahí, pululando por la casa. Así que para hoy me he acordado de ellos (o más bien de sus padres, sus abuelos y sus tíos) y te traigo a un autor que, si no lo coneces ya, puede ser un gran descubrimiento. Te hablo de Gianni Rodari, quien, junto con Roald Dahl es, quizá, el principal autor infantil del siglo XX. Rodari era un maestro italiano, fallecido en 1980, que nos ha dejado un estupendo legado de cuentos humorísticos, con una absoluta tendencia al absurdo y bastante irónicos con el poder y los privilegiados. Para empezar, podríamos leer un librito muy breve, titulado Los negocios del señor Gato, en el que se cuentan las andanzas de un gato que quiere hacerse rico y monta una tienda de venta de ratones en lata. El problema es que, tras anunciar la novedosa mercancía, resulta que los ratones no están dispuestos a dejarse meter en la lata y va a tener que llegar a un acuerdo con ellos. Este libro está editado por Anaya, con ilustraciones muy divertidas de Montse Ginesta. Si te gusta y te quedas con ganas de más, también es muy asequible un libro editado por Editorial Juventud, con unas ilustraciones muy sencillas, pero lindas. Se trata de Cuentos por teléfono. ¿Por qué se titula así? Pues porque se trata de una serie de cuentos breves y muy divertidos que un viajante de comercio le cuenta por teléfono cada noche a su hija. Aquí hay más de sesenta cuentos muy rápidos en los que te encontrarás con casas hechas de helado, hombres de mantequilla, ascensores que suben hasta las estrellas y ratones que comen gatos. Pequeños prodigios de la imaginación que puedes contar por teléfono aunque no tengas tarifa plana. Pero, como son cuentos muy breves y muy jugosos, te ventilarás el libro enseguida. Así que, si todavía quieres más Rodari, cosa que suele ocurrir, hay otro librito delicioso: Cuentos para jugar, en el que conocerás a un Pinocho que se dedica a mentir como un bellaco, para cortarse la nariz y comerciar con la madera, a un millonario que se construye una mansión con billetes y monedas, o a un flautista de Hammelin que tiene que librar a una ciudad de una invasión, no de ratas, sino de coches. Es, además, un cuento interactivo: cada cuento tiene tres finales alternativos y el lector tiene que elegir uno de ellos.

Por último, un libro de Rodari para los padres. Bueno, para los padres, los maestros y, en general, cualquier persona que ande cerca de los niños y quiera fomentar su imaginación. Se trata de Gramática de la fantasía, el libro en el que Rodari recogió su experiencia de cuarenta años creando cuentos con niños en el aula y que explica algunas técnicas estupendas, contadas de una manera muy sencilla y agradable.

Rodari fue conocido en su tiempo como un hombre esencialmente bueno. Utiliza el humor para hacer reflexionar a sus lectores acerca de cosas importantes: la libertad, la solidaridad, el desapego de lo material, lo enriquecidos que salimos siempre del trato con los demás. Yo he comprobado que el encuentro con Rodari es siempre beneficioso. Así que no pierdas la oportunidad de apagar un rato el ordenador o la consola y jugar con tus hijos, tus nietos o tus sobrinos compartiendo estas historias que nos propone Gianni Rodari. Ya verás como vale la pena.

Gramática de la fantasía, Barcelona, Booket, 265 páginas.

Cuentos por teléfono, Barcelona, Editorial Juventud, 143 páginas.

Cuentos para jugar, Madrid, Alfaguara, 163 páginas.

Los negocios del señor Gato, Madrid, Anaya, 80 páginas.



Homotextualidad: “España, aparta de mí estos premios”, de Fernando Iwasaki

26 12 2009

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Mis amigos lo saben: soy generalmente refractario a las novedades editoriales, a no ser que se trate de reediciones de clásicos. Poco de lo que se edita hoy día atrae realmente mi atención. Será que en este país se publica una media de setenta y cuatro mil libros al año y que yo no empecé a devorar textos hasta los doce y aún me queda mucho Dostoievski y mucho Víctor Hugo y mucho Galdós por leer y que lo que se edita en los últimos años (incluyendo a los autores que antes me emocionaban) suele dejarme en la boca el mismo sabor a “está bien pero me lo podía haber ahorrado” que te dejan las comedias norteamericanas que ves un domingo de resaca y que olvidarás antes de llegar a casa. Por eso, cuando me encuentro con un buen libro escrito por un autor que aún respira, hago una fiesta, lo recomiendo a todo el mundo, no paro de citarlo y de comprarlo para regalo. Me empeño en que todos lo lean y me convierto en un pesado recalcitrante que no deja de decir: “No te lo pierdas. De verdad, vale la pena”. Mis amigos también saben eso, y por eso optan por leerse el libro en cuestión para que les deje tranquilos o por dejar de frecuentarme durante unas semanas hasta que se me pase.

¿A qué viene todo esto? A que he encontrado un libro que merece ser leído: España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki. Como su apellido te habrá hecho sospechar ya, Iwasaki es peruano.  Y sí, el libro va de premios. Y no, no es una parodia de César Vallejo (que aún quedan cosas sagradas, oiga) aunque sí que contiene mucho de sátira. Te explico: Iwasaki parte del hecho de que “gracias al tumulto de premios desperdigados por toda la geografía española, cientos de escritores latinoamericanos y no pocos aborígenes (en este caso españoles), pueden comer caliente, llegar a fin de mes e incluso comprarse un ordenador nuevo. Sin embargo, a nadie le gusta que salgan del armario esos cuentos premiados, precisamente porque son homotextuales. Es decir, el mismo texto refrito varias bases según las veces y viceversa”.

Ahí está explicado todo el secreto de este libro delicioso. Y, sin embargo, Cortázar ya te contó que en algún lugar hay un basural repleto de explicaciones, ya que no suelen servir de mucho. Es mejor que leas esos siete cuentos divertidísimos que son el mismo: el de un japonés (o japonesa, en el caso de un concurso convocado por un colectivo feminista) que ha vivido en España muchos años sin saber que la guerra que libraba (la civil o cualquier otra) hace tiempo que ha terminado, y salta, de pronto, a la vida pública sorprendiendo a todos y poniendo de moda todo lo que suene lejanamente a japonés, “como el manga, el kabuki, el karate y el flamenco”.  Desde un brigadista internacional a una lanzadora de cuchillos, pasando por el cocinero kamikaze del general Moscardó o un delirante tablado flamenco, todos los aislados y empecinados japoneses de estos cuentos aparecen de pronto como una excepción en la realidad española (ya de por sí bastante excepcional), para mostrárnosla en su lado más lúcidamente absurdo. De hecho, incluso el texto de las mismas bases y las actas del Jurado de los premios que esos cuentos obtienen te hacen desternillarte de risa. De verdadera antología es la del Premio de Relatos “Héroes de Toledo”, convocado por un ayuntamiento en el que gobiernan en coalición Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica. Todo un ejemplo de la más evidente esquizofrenia española. Iwasaki ya nos lo advierte en el prólogo: “Hay dos Españas y sólo es posible escribir para una de las dos”. Su elección es clara y rotunda, porque siempre escribe “para la España que sabe reírse de sí misma”.

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Como también saben mis amigos, soy un lector hedonista. Así que podría recomendar este libro porque está tremendamente bien escrito, porque es inteligente, porque es ácido, porque está plagado de guiños literarios, porque te hace pensar sobre la arquitectura de la ficción, ya que la deconstruye con acierto, porque es una estupenda parodia y una acertadísima sátira de la literatura hispana contemporánea y su aparato editorial. Pero no te lo recomendaré por nada de esto. Sólo lo haré porque te garantiza al menos tres carcajadas por página. Eso es más de lo que pueden ofrecer la mayoría de los libros de gente que respira.

Te aseguro que, después de disfrutar de este libro, te lanzarás sobre “todo lo que suene lejanamente” a Iwasaki. Palabra de hedonista.

España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, Madrid, Páginas de Espuma, 160 páginas.



La piel de Judas (Un cuento no navideño)

23 12 2009

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Por supuesto, tú mismo lo dijiste, no era fácil, pero aun así me pediste que procurara hacerlo. Claro que no me resultaba sencillo, y menos a dos días de Navidad: después de tantos años, de tantos favores, de haber sido precisamente yo quien te colocó donde ahora estás, no era fácil meterme en tu piel, cuando eras precisamente tú quien me incluía en eso que hoy llaman expediente de regulación de empleo y que es, en román paladino, la patada en el culo de toda la vida. Sin embargo, en cuanto salí de tu despacho me hice el firme propósito de intentarlo. Al fin y al cabo, como repetiste una y otra vez, fuiste mi pupilo todos estos años, yo te enseñé todo lo que sabes, yo te convertí en el hombre que eres. Tantas copas, tantas cenas, tantos fines de semana de cacería solos tú y yo, allá arriba, en esos montes cuya sombra se perfila contra el cielo estrellado. Incluso apadriné a tu hija y luché con los de arriba por defenderte cuando corriste el riesgo de pasar por lo que ahora estoy pasando yo. Sí, fuiste capaz de recordarme incluso aquello, cuando salvé tu empleo arriesgando el mío, cosa que no has sido capaz de hacer tú. Lo has edulcorado con la idea de poder gozar de la jubilación teniendo todavía edad para disfrutar de la vida; con las horas que podré dedicar a Lola y a los nietos; con la posibilidad de hacer ese viaje a Egipto con el que ella soñó siempre. Y quizá tuvieras razón. Eso fue lo que pensé: quizá tenga razón y todo esto sea bueno para mí. E, inmediatamente: tengo que intentar ponerme en su pellejo.  Para eso, lo primero era lo primero. Por eso volví atrás y te propuse que cenáramos juntos, para celebrarlo. Mientras recogías tus cosas, te mostraste algo sorprendido, ¿lo recuerdas? Te sorprendiste y me dijiste que ya organizaríamos algo por todo lo alto con el resto de la oficina. Sólo cediste cuando repuse que no, que prefería algo discreto y que eras el único amigo verdadero que me quedaba ya en la empresa.

Un rato más tarde nos dirigíamos en mi coche al restaurante de las afueras que yo había descubierto recientemente, ese al que nunca llegamos, y tú procurabas darme conversación mientras yo recordaba un cuento de Edgar Allan Poe que transcurría en una noche de Carnaval. Navidad, Carnaval, qué más daba. Me decía a mí mismo que nuestra amistad no podía ser una simple mascarada, que debía de haber existido algún momento en el que me apreciaste sinceramente. Aunque ya no importaba, en estos instantes en que la noche se iba cerrando sobre nosotros y las viviendas escaseaban a los lados de la carretera. Poco después fue cuando le ocurrió algo al motor y hube de parar en el arcén, en la carretera que bordeaba un barranco oscuro como conciencia de obispo. Te dije que no sería nada, pero vaya sí lo era, pensé en el momento en que abría el maletero para sacar herramientas y el chaleco reflectante. Cuando volví sin ellos, tú, inclinado ante el capó abierto te extrañaste un poco. Te lo noté en la cara. Te preguntaste por qué volvía sin el maletín de herramientas y sin el chaleco, pero no tuviste tiempo de expresar tu estupor, porque para ese entonces yo ya había hundido en tu garganta el cuchillo de montería. Y ahora estás aquí, en el patio de esta misma casa donde tantos fines de semana pasaron juntas tu familia y la mía, colgado del mismo gancho donde desollamos más de un jabalí, sanguinolento y ridículo como ellos, mientras yo intento vestirme de ti, meterme en tu piel que aún conserva cierta elasticidad, ponerme, de una vez por todas, en tu pellejo.



Imaginad una mañana de finales de noviembre…

18 12 2009

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La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, demontres, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros.

Truman Capote: Un recuerdo navideño.

Parece que el espíritu navideño se impone. Así que, como no soy muy aficionado a enviar felicitaciones, aprovecho la ocasión para traerte un regalito de Papá Noel y así quedo como un caballero. Esta vez quiero hablarte de Tres cuentos, un librito en el que la editorial Anagrama reúne tres relatos de Truman Capote, aparecidos antes en otros volúmenes y que tienen como nexo común estar inspirados en la propia infancia de este controvertido narrador y periodista, que estuvo muy marcada por el aislamiento y el sentimiento de abandono. Te explico: tras el divorcio de sus padres, Capote fue enviado por su madre a casa de unas tías lejanas, en un pueblecito del Sur de Estados Unidos (donde, por cierto, tendría como vecina a Harper Lee. Para saber más, lee su Mata un ruiseñor y fíjate bien en el personaje de Dill Harry). Luego pasaría a vivir con su padre, quien no tardaría en enviarlo a colegios militares para sacudírselo de encima. Esta infancia marcaría muchas de las obras de Capote (Otras voces, otros ámbitos o El arpa de hierba son claramente autobiográficas).

En Tres cuentos podemos leer Una navidad y El invitado de acción de gracias, en los que se narran, respectivamente, el reencuentro del protagonista con un padre al que no conocía y un desagradable episodio que le ocurre, cuando ese mismo padre se empeña en que invite a cenar a un compañero de clase que no para de martirizarle en el colegio.

Pero, de este libro, mi cuento favorito es, sin duda, el primero, titulado Un recuerdo navideño, que ya figuraba en Desayuno en Tiffany’s. En él se cuenta cómo viven la Navidad un niño de siete años, acogido en casa de unos parientes lejanos, y uno de esos parientes, una anciana solterona, con cierto retraso mental, que es la bondad y la ingenuidad personificadas. Pese a estar excluidos del discurso, pese a que nadie les preste atención salvo para reprenderles, pese a la pobreza, la anciana y el niño se las arreglan para ser felices, para vivir la fiesta navideña ya desde finales de noviembre, cuando comienzan a elaborar tartas que envían a completos desconocidos, como un viajante de comercio que un día pasó por allí o el propio Presidente Roosevelt. Es una historia aparentemente sencilla, contada en presente y apelando a la complicidad del lector, como si el relato se estuviera construyendo ante sus ojos y con su colaboración, en la que se habla de amistad, de lealtad y de cómo hallar belleza en las cosas más pequeñas. Un cuento inolvidable, de esos que se te quedan en el corazón para siempre. El propio Cortázar lo citaba como cuento inolvidable.

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Truman Capote es muy recordado por A sangre fría, pero, quienes conocen su obra, saben que ese es su libro más atípico. Vale la pena acercarse a ese otro Capote, el que nos habla acerca de los olvidados, los desclasados, las personas aparentemente sin importancia, que se las arreglan para encontrar la grandeza entre las cosas simples y también el que nos muestra con maestría cómo sucede uno de los hechos más cruciales de la existencia: la pérdida de la inocencia. Esto le inscribe en una tradición muy sureña que le hermana con Carson McCullers. Y qué forma mejor de iniciar el acercamiento  que estos Tres cuentos, ahora, en estos días en que quizá tienes un ratito libre. Después, si quieres seguir, puedes pedirte para Reyes Otras voces, otros ámbitos o sus Cuentos completos. Si te has portado bien, te mereces libros tan buenos como esos.

Tres cuentos, de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 120 páginas.



Aminatou ha vencido

18 12 2009

Decía, creo, Farabundo Martí que el tiempo está a favor de los pequeños. A veces basta un mes de coherencia y compromiso para hacer que tiemblen los cimientos del caos institucionalizado. Ya lo sabrás por los medios: Aminatou Haidar ha llegado a casa. No ha claudicado. Le han devuelto su pasaporte. No se ha dejado doblegar. Ha ganado esa complicada partida de ajedrez en la que se ha apostado la salud.

No solo eso. Ha conseguido que, por una vez, Europa se tome en serio la situación en el Sahara Occidental.

Yo, que soy un pesimista irredento, estoy sorprendido y feliz de haberme equivocado, pues pensaba que esto acabaría mal, con la muerte o la claudicación. Pero Haidar ha vencido. Ha demostrado lo que un solo individuo puede conseguir diciendo, simplemente: “No”. Y siendo consecuente con esa negativa.

Pero ahora es momento de no olvidar lo que allí ocurre. Ya que hemos recordado el problema, ¿por qué no pensar un poco más en él?



Donde les duela

11 12 2009

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Hablemos claro: al gobierno de Marruecos le da exactamente igual que Aminatou Haidar muera o no. Tiene enemigos poderosos, que lo protegen SIEMPRE. A los gobiernos occidentales puede que les moleste algo más, que incluso puedan llegar a lamentarlo sinceramente. Pero jamás se atreverán a enfrentarse directamente a Marruecos, ya que el poder de esos amigos de Marruecos, que al mismo tiempo lo son suyos, le permite cualquier barbaridad. Ya se sabe que las resoluciones de la ONU únicamente se cumplen dependiendo de a quién y a qué zonas del planeta afecten. También es bien sabido que la defensa de los derechos humanos es cosa del rojerío, de descamisados utopistas y culturetas de salón que no entendemos el funcionamiento de las cosas, los desinformados que pretendemos poner puertas al campo, como gustan tanto de decir los economistas. (Hablando de la defensa de los derechos humanos: en cuanto a ese prestigioso premio por la defensa de la paz, otorgado a un señor que esperábamos que hiciera mucho, pero aún no ha hecho, en la práctica, absolutamente nada, ni siquiera voy a comentarlo; no sé qué prestigio puede tener un galardón que hace años ya fue concedido a individuos como Henry Kissinger o Shimon Peres).

Sea como fuere, ningún gobierno europeo podrá hacer nada efectivo para solucionar esta situación. Ellos no están ahí para hacer justicia, para luchar por los derechos humanos o para defender la soberanía de un pueblo que habita en campos de refugiados, sino para cuidar de que los intereses de sus empresarios no peligren y de que la dinámica de mínima moralidad de la real politik continúe cumpliéndose sin sobresaltos.

Yo, como persona privada, puedo hacer bien poco. Puedo firmar manifiestos, participar en concentraciones para presionar a mi gobierno (que, igual que los anteriores gobiernos españoles y los que están por venir, tiene las manos atadas y la obligación de asentir con obediencia a las chulerías de patio de colegio del vecino de al lado). Sin embargo, eso no creo que le esté molestando o doliendo a ninguno de los que pueden decidir en este asunto.

Algo frustrado, he pensado en la posible eficacia de estos mecanismos de protesta. Al reflexionar sobre sus límites, he concluido que no es eso lo único que puedo hacer. Puedo, por ejemplo, negarme a consumir productos importados de ese país. Puedo, además, negarme a gastar mi dinero dentro de sus fronteras en una de esas escapadas turísticas que gustan tanto a muchos españoles. Por supuesto, el hecho de que yo deje de tomar unos tomates o de ir a Casablanca, al Rif o a Marrakech de vacaciones, no mermará demasiado la economía marroquí. Pero ¿y si muchos otros ciudadanos de Canarias, España y el resto de la Unión Europea hicieran lo mismo?

Pensando en cifras (para que los economistas no me llamen idiota): el sector agrícola es el más importante de ese país. En 2007, según la primera fuente que he consultado, visitaron Marruecos 7 500 000 de turistas, en su mayor parte ciudadanos europeos. Para 2010, la previsión es de 10 millones. ¿Sería la misma la postura de ese gobierno si peligraran esos diez millones de visitantes, esto es, de clientes?

Por otro lado, también me estoy pensando dejar de consumir productos de empresas que a su vez exportan productos a Marruecos, o manufacturan allá.  Sé que es difícil enterarse de estos detalles, pero a veces se trata simplemente de leer las etiquetas de los productos.

Lo lamentaré por el pueblo marroquí, que no tiene toda la culpa de los gobernantes que tienen. Pero más siento el estado actual de cosas por el pueblo del Sahara.

Al fin, me he decidido. Hagan otros lo que quieran o puedan. Por mi parte, he elaborado una consigna mental que voy a repetirme a mí mismo siempre que sea necesario:

Mientras Sahara sea marroquí, de Marruecos, ni el hachís.



Internacional

11 12 2009

Eso es lo que suele decirse de los jugadores de fútbol que son fichados por algún equipo de otro país. Uno suele oír que Fulanito ha sido tres veces internacional, mientras que Zutanito lo ha sido seis. Yo pienso que cuando se es internacional una vez, se es internacional para siempre. En fin. La cosa es  que parezca venir a cuento esta primicia: por primera vez, soy internacional. Ya tengo en las manos un ejemplar de Las fauces de Amial, editado por Progreso Editorial, de México, en su colección Piel de Gallina. Responsable del asunto: Arianna Squilloni. Considerable embellecedora del resultado: Cecilia Varela.

Portada de Cecilia Varela para Las fauces de Amial

Portada de Cecilia Varela para Las fauces de Amial

Las fauces de Amial es una novela de espantos (o de terror, o de miedo, o, simplemente, “malrrollera”) que transcurre en la conocida ciudad de Circe en 1920, durante una serie de desapariciones de niños, coincidentes con la llegada de Amial Cedrón, enigmática repostera que inaugura la confitería Cabello de Ángel. Por ahora, solo es posible adquirir el libro en México (defenderé mi ejemplar con uñas y dientes), pero pronto daré noticias de una posible edición española.

Y sí, estoy muy contento, sobre todo por lo bien acompañado que he estado preparando este trabajo y porque el resultado huele a lomo de ángel.



La buena convivencia

11 12 2009

Los espíritus han habitado siempre esta casa en la que vivo. Hasta ahora, gozábamos de una simbiosis conveniente para ambas partes. Era una especie de pacto tácito, pero jamás vulnerado: ellos no se manifestaban jamás en mi presencia, sino cuando yo salía o en las raras ocasiones en que podía permitirme viajar. A cambio, yo les procuraba alimento. Como es bien sabido, los fantasmas se alimentan de las cosas más repugnantes: el dolor, la decepción, el remordimiento, la nostalgia, la melancolía, la vergüenza. Cualquier jirón de miseria les resulta nutritivo.

Pero ahora soy feliz y hace tiempo que ayunan. El hambre les enoja y por eso ese frío repentino que inquieta el descansillo o la niebla blanda y hedienta que se arrastra por el corredor chirriando al rozar contra las baldosas.

Cualquier otro hubiera optado por mudarse. No obstante, algo en mi carácter suele tender al empecinamiento. Así que aquí estoy, aguantando los quejidos provenientes del interior del armario, las luces que se encienden o apagan solas, los portazos intempestivos, el llanto de ese bebé tras la puerta del trastero, hasta que se hagan a la idea y decidan ser ellos quienes emigren o el nuevo estado de cosas se imponga de manera definitiva y mueran, finalmente, de inanición.



Pequeñas alegrías

9 12 2009

Pequeñas alegrías

Sí, a veces uno se las lleva, incluso en este mundo que cada vez parece más feo y más aburrido, de vez en cuando ocurren cosas que te interesan y te producen una sonrisilla placentera. Son cosas que dan gustito y que en ocasiones (cada vez menos, hay que reconocerlo) vienen en forma de libro. Como este mes han sido dos y tienen el mismo tema, me refiero a ellas en esta única entrada, en la que intentaré ser más breve que nunca, ya entenderás por qué.

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Me llegan, al mismo tiempo, dos libros dedicados al microrrelato, la minificción, el minicuento o como quieras llamarlo. De hecho, uno de esos libros contribuye a averiguar, desde un punto de vista teórico, qué rayos son, concretamente, ese tipo de piezas narrativas minúsculas que algunos genios cultivaron premeditadamente desde el siglo pasado y unos cuantos nos empeñamos en pergeñar día tras día. El título es Los mundos de la minificción. Lo publica Aduana Vieja y está editado por Osvaldo Rodríguez, con ayuda de Juan Armando Epple y Fernando Moreno. En él figuran las ponencias que pudieron escucharse el pasado año en Las Palmas de Gran Canaria, en Minificción Literaria, unas Jornadas Internacionales de Literatura y Crítica organizadas por la ULPGC con la colaboración del Cabildo Insular. Las firman algunos escritores y estudiosos de merecido prestigio, como los tres mencionados, Francisca Noguerol, Alicia Llarena, María Isabel Larrea o Freddy Vilches Meneses, entre otros. Además, contiene una antología de minicuentos de autores de Canarias, Honduras, Argentina, Chile, Francia y Estados Unidos.

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Y, para antología, la segunda alegría: Por favor, sea breve 2. Nueve años después de la publicación de Por favor, sea breve, la escritora Clara Obligado y la editorial Páginas de Espuma (liderada por Juan Casamayor) vuelven a la carga, reuniendo microrrelatos de más de un centenar de autores bajo el signo de la hormiga y vindicando a Maximino “el Mínimo”, líder de la secta de los formicarios, “quienes hallaron en la pequeñez de la hormiga el origen del universo”. Un verdadero placer lleno de juegos, con firmas consagradas conviviendo con quienes ya están empezando a dar de qué hablar o lo harán en el futuro. Entre los más conocidos: Juan José Millas, Fernando Iwasaki (de quien te hablaré dentro de poco), Ana María Shua (de quien hablo todos los días), Juan Armando Epple (a quien releo cada semana), Pía Barros y Luisa Valenzuela (que vuelven a sorprenderme en cuanto las recuerdo), Luis Mateo Díez, José María Merino, Gabriel Jiménez Emán (el más visible de los invisibles) y hasta Ramón Gómez de la Serna. Con un excelente prólogo de Francisca Noguerol y bello como objeto como por su contenido.

Como nada es perfecto, ambos libros incluyen cuentos de cierto escritorzuelo calvo que ya conoces y al que puedes saltarte, puesto que ya has leído sus textos aquí. Pero, las cosas claras y el chocolate espeso, no es por eso por lo que escribo esta entrada, sino porque, sinceramente, estos dos libros me parecen no sólo necesarios, sino también interesantes y, por qué no reconocerlo, muy divertidos. Además, qué diantres, ambos huelen que dan gloria.



A solas con Roco

4 12 2009

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De entre todas las costumbres de Roco, la que más le agradó siempre era aquella que tenía de dormir en la cama con él, a sus pies. Sólo interrumpida por sus idas a la cocina, para comer o beber agua, la presencia del animal allí, dándole calor en la oscuridad del dormitorio, en medio de aquella otra oscuridad, más angosta y gélida, de la casa, le reconfortaba del goteo incesante de la cisterna, le tranquilizaba tras el sobresalto de los crujidos de los muebles. Siempre le extrañó la casa. Le provocaba temores estúpidos, aprensiones absurdas, inmotivados escalofríos repentinos, la irracional sensación de estar siendo observado desde la penumbra del pasillo. Por eso, cada vez que afloraban sus miedos, llamaba al perro o, simplemente, lo buscaba con la mirada o con la mano.

Esa madrugada, al despertar de la pesadilla, asomó la cabeza sobre el embozo y observó en el edredón el bulto de Roco, como siempre, junto a sus pies. De pronto, notó el aliento de un hociquillo frío, una lengua haciéndole cosquillas en el empeine. Lejos de incomodarle, eso le sosegó aún más, mientras encendía la luz de la mesilla y volvía a abrir el libro para intentar dormirse. Comenzó a leer y, como si temiera constituir un motivo de distracción, el animal dejó de lamerle y se le arrimó algo más. Se sintió tremendamente tranquilo al notar el lomo contra los dedos de sus pies, la respiración constante, el pelaje suave y tibio.  Notó cómo el sueño regresaba, cómo le pesaban nuevamente los párpados. Se volvió hacia la mesilla para dejar sobre ella el libro y volver a apagar la luz. Entonces, justo cuando pensaba en lo agradable que era el tacto del perro, vio asomar por la puerta del dormitorio la figura mansa de Roco, que regresaba de la cocina. Al verle se sobresaltó. Después, Roco, en lugar de subir a la cama, se le quedó mirando con una tristeza indecible, con algo parecido a la compasión.



Gone With The Rain

1 12 2009

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Era la mujer más dulce del mundo. Nunca imaginé que, precisamente por eso, nuestra relación no sobreviviría al otoño. Cuando comenzó a llover y le pedí que nos quedásemos en el parque, me miró completamente aterrorizada, intentando correr a guarecerse.

-Da igual que nos mojemos. No estamos hechos de azúcar –insistí, aferrando su mano.

-Tú no –acertó a decir antes de que el aguacero se la llevara de mi lado para siempre.



Una historia sencilla: el último Sciascia

27 11 2009

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Una historia sencilla fue el último libro de Leonardo Sciascia, quien lo entregó a su editor poco antes de morir en 1989. Sciascia sabía que iba a morir. Que el cáncer no le perdonaría (si quieres saber cómo encaraba esa circunstancia, te aconsejo leer El caballero y la muerte). Una historia sencilla es una novela negra muy breve (80 páginas), que transcurre en una pequeña localidad siciliana a lo largo de muy pocos días. Hasta su protagonista es pequeño. No se  trata de un detective, un inspector o un fiscal. Es un mero sargento, hijo de campesinos, cuya máxima aspiración es acabar la carrera de derecho que cursa en sus ratos libres. Pero el título es bastante irónico, porque, cuando finalices la lectura, te darás cuenta de que el argumento, de sencillo, tiene bastante poco.

Una víspera de fiesta, a última hora, se recibe en la comisaría la llamada de un hombre que dice haber encontrado “algo raro” en su casa. El inspector de guardia no le da demasiada importancia y se marcha de fin de semana, ordenando al sargento que vaya a echar un vistazo al día siguiente. Cuando este visita el lugar, se encuentra el cadáver del hombre que, aparentemente, se ha suicidado. Así, al menos, lo creen el inspector, el comisario y los carabineros. Pero para el sargento, un hombre humilde y poco valorado, las cosas no están tan claras y, desde sus posibilidades, irá empujando las diligencias hacia la teoría del homicidio, tras el cual se esconde una oscura trama relacionada con la mafia y el tráfico de drogas (palabras que, por cierto, no se pronuncian en ningún momento del libro). Lo que tiene de sencilla esta historia de mafiosos y corrupción es la manera, aséptica, elegante y eficiente con la que Sciascia despliega el argumento, seleccionando inteligentemente la información que te suministra y manteniéndote siempre pendiente de lo que ocurre. Su prosa, aparentemente sosegada y limpia, nos va empujando, sin embargo, siempre hacia delante.

sciascia2Esta última novela de Sciascia es quizá la ideal para que quienes no le han leído se sumerjan en su particular universo narrativo. Después de eso, podrías leer la inmediatamente anterior, El caballero y la muerte, o cualquier otra de sus novelas negras, como la sorprendente El contexto. También tiene novelas históricas, siempre ambientadas en Sicilia: Los apuñaladores y El consejo de Egipto, dos joyitas. Y más donde elegir: Todo modo, Los tíos de Sicilia… En cualquier caso, en cualquiera de sus treinta títulos hallarás a un autor agudo y hábil, preocupado por la ética y por el desvelamiento de los mecanismos del poder y la corrupción, por la reivindicación de las víctimas y la denuncia de los verdugos. En casi todas sus historias, uno acaba preguntándose quién mueve realmente los hilos, al servicio de quién se despliega el mal en una sociedad injusta. No en vano, esta última novela se abre con una cita de quien para mí es otro gran referente de la novela negra europea en esos años, Justicia, de Frederich Dürrenmatt, de quien un día de estos tengo que hablarte con más detenimiento: “Una vez más quiero sondear escrupulosamente las posibilidades que tal vez queden aún a la justicia”.

Aviso para navegantes: si madrugas al día siguiente, ni se te ocurra comenzarla para buscar el sueño.

Una historia sencilla, de Leonardo Sciascia, Barcelona, Tusquets, 80 páginas.



Para la era del simulacro: Desde el jardín

23 11 2009

512NCGFB4YL__SL500_AA240_Desde el jardín, publicado en 1970 por Jerzy Kosinski, dio origen a Bienvenido Mr. Chance, una película inolvidable de Hal Ashby, última interpretación para el cine de Peter Sellers, el famoso inspector de la saga de La Pantera Rosa.

Pero es mejor comenzar con el libro y conocer a Chance Gardiner. Chance es jardinero. De hecho, no sabemos nada más sobre él. Ha vivido siempre en una mansión donde ejerce esa labor de cuidar el jardín. No sabe quién es su padre. No consta en ningún registro civil. No ha salido jamás de la casa. Se viste con los trajes usados del amo. Pasa la vida viendo la televisión mientras cuida de las plantas. O sea: es un jardinero teleadicto. Lo que sabe del mundo, lo sabe por la tele. Hasta que un día muere el amo y Chance es desahuciado. Con su elegante traje de varias décadas atrás, una maleta y el mando a distancia de la televisión sale por primera vez al mundo en la ciudad de la capital norteamericana. Su desconcierto es tal que, cuando unos delincuentes juveniles se meten con él, Chance intenta cambiar de canal con un mando a distancia. Pero la casualidad hará que dé con un matrimonio de magnates de la bolsa, que le confunden con un empresario afectado por la crisis (sí: en el capitalismo ha habido crisis antes y las seguirá habiendo) y como tal lo presentan ante las autoridades económicas y políticas, incluido el presidente de Estados Unidos. Pero Chance sólo sabe hablar del cuidado de los vegetales, y cuando le preguntan sobre si vendrán nuevos tiempos, él habla de los ciclos de crecimiento de las plantas, por lo cual todos piensan que se trata de un nuevo oráculo de la economía. Comienzan las entrevistas televisivas y la celebridad de este señor tan extraño cuya identidad trae de cabeza al FBI, a la CIA, al KGB e incluso al presidente, que acaba teniendo una crisis de impotencia por causa de la preocupación. De la conciencia intranquila a la disfunción eréctil no hay más que un paso.

En fin: Desde el jardín es una acertada alegoría sobre la apariencia, la televisión y el poder en la época de los simulacros mediáticos. No deberías perdértela, si no lo conoces aún.

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Kosinski, que nació en Polonia en 1933, sobrevivió al Holocausto escondido en el seno de una familia católica. En Estados Unidos fue tan célebre como polémico, a raíz de su primer libro, El pájaro pintado. Después las polémicas ya no le abandonaron. Le acusaron de plagiaro, de tener “negros”, etc.  Él se vengó de sus acusadores con El ermitaño de la calle 69, un libro plagado de notas y referencias que supuso una tortura para sus críticos y una delicia para sus fans. De todos modos, parece ser que estas polémicas se debieron más a la envidia que a otra cosa. No es difícil envidiar a un señor que a su muerte, en 1991, había vendido unos 70 millones de ejemplares.

En cualquier caso, al margen de polémicas o éxitos de ventas, este es un libro que no se olvida fácilmente. Te hará reír y te hará reflexionar.

Desde el jardín, de Jerzy Kosinski, Barcelona, Anagrama.



Testimonios del caos: Chester Himes

14 11 2009

Proponerte que leas Un ciego con una pistola, del escritor afroamericano Chester Himes, es proponerte un paseo el Harlem neoyorquino durante una semana de un caluroso verano de finales de los sesenta, un lugar y una época convulsos, violentos y caóticos. Por tanto, se trata de un viaje peligroso. Pero en el recorrido vamos bien acompañados, porque seguimos a dos policías negros que tienen patente de corso para recorrer las callejuelas repartiendo leña. Son Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson, esto es, Sepulturero Digger Jones y Ataúd Ed Johnson, dos polis negros que sirven a la policía blanca y que están siempre entre la simpatía hacia los criminales que persiguen y la presión que reciben desde arriba para que sí, investiguen los crímenes, pero silben mirando al techo si la trama lleva a las tramas de corrupción o crimen organizado relacionadas con el poder del hombre blanco. Aquí asistimos a varios crímenes sin relación aparente, que los dos polis tienen que investigar, mientras diferentes grupos de lucha contra la segregación se enfrentan entre sí en duras revueltas en las calles del Harlem. Por supuesto, alcanzan un par de buenas palizas. Aunque estos dos también reparten lo suyo.

Conocedores de un código que sus jefes blancos ignoran, Grave Digger y Coffin Ed miran con una sonrisa amarga la realidad de su gente, intentando, sin conseguirlo, deshacer entuertos con la impotente actitud de quien sabe que los oprimidos yerran constantemente en los mecanismos con los que se oponen al sistema, dada la invulnerabilidad de quienes detentan el verdadero poder, el económico.

En algún momento de la novela, Anderson, el jefe de los dos policías negros, les pregunta si saben quién es el responsable de los recientes disturbios. Ellos, socarronamente le responden que siempre lo han sabido, pero que no pueden hacer nada, ya que está muerto. El responsable, en su opinión, es Abraham Lincoln: “No debió liberarnos si no quería darnos de comer”.  Cuando Anderson insiste en quién es el culpable, quién incita esa “anarquía insensata”, Grave Digger, simplemente, responde: “La piel”.

Esta es la sexta de una serie de diez novelas con Sepulturero y Ataúd (hay otras estupendas, como Algodón en Harlem y Todos muertos) y la última que Himes escribió antes de trasladarse a Alicante (el viaje debía de estar en proyecto, porque hay ya algún guiño a esa región, en el nombre de un comercio), donde falleció en 1984. La edita RBA en su colección de bolsillo, en una traducción realizada por Ana Becciu en 1978 (y que quizá habría que renovar) y con prólogo de Raúl Argemí, que entiende y comenta a Himes como nadie.

La biografía de Himes es tan interesante como sus libros: hijo de una familia de clase media, fue a la universidad pero se desvió por el mal camino y comenzó a meterse en líos. Le cayeron 20 años de cárcel por atraco a mano armada y fue justamente ahí, en prisión, donde comenzó a escribir. Escribió novelas políticas, novelas carcelarias (Por el pasado llorarás) y novelas, como esta, de género negro, donde se le considera uno de los clásicos; pero, sea cual fuere la orientación, el problema de la desigualdad social (racial) está normalmente de por medio. Como les ocurrió a otros (por ejemplo, Jim Thompson), mientras en Estados Unidos publicaba en pulp, en Francia la crítica le situaba entre los grandes.

¿Por qué este libro se titula Un ciego con una pistola? Pues porque Himes parte de la siguiente anécdota real: un ciego que, en el metro, sospecha que le intentan robar la cartera, saca una pistola y se lía a tiros con todo el tren. A partir de ahí, Himes reflexiona acerca de los movimientos de ese momento (oposición a la guerra de Vietnam, terrorismo en Oriente Próximo, los Panteras Negras, Malcolm X, etc.) y llega a la conclusión de que “toda violencia indiscriminada es como un ciego con una pistola”.

Así que si quieres una novela que hable con crudeza y con sinceridad sobre el racismo, la desigualdad y la injusticia, mientras andas en el ojo de un huracán que no te da un respiro, nada mejor que esta estupenda, caótica y, sin embargo, bella novela. Diálogos lacerantes, ironía, humor negro, historias truculentas, radiografía social: Un ciego con una pistola. Novela negra en estado puro.

Un ciego con una pistola, de Chester Himes, Barcelona, RBA, 285 páginas.