Ponga a un canario en su biblioteca

5 03 2010

canario

Mi querido amigo /querida amiga:

Usted, que descubrió con ojo avezado el realismo mágico antes que nadie y maneja con facilidad varias generaciones narrativas, no sólo peruanas, argentinas y mexicanas, sino también cubanas, venezolanas, paraguayas, brasileñas.

Usted, persona de hábitos sibaritas, que ha mostrado a sus amigos y amigas las excelencias de escritores de lugares como Armenia, Congo Belga, Albania, Bosnia, Turquía y Eslovaquia.

Usted, lector o lectora perfectamente al día, que ya leía a los autores suecos antes de que llegara Larsson, que ya había asistido a la edificación de los pilares de la tierra antes de que se implantara su marina franquicia catalana y ya sabía de todos los secretos vaticanos antes de que el cine los expusiera al vulgo.

¿Va a dejar pasar la oportunidad de ser el primero o la primera entre los suyos en descubrir el nuevo fenómeno literario periférico? ¿Va a permitir que sea ese compañero de oficina estirado, esa vecina “moderna”, ese cuñado pedante, o esa primita resabiada quienes le descubran a estos nuevos e interesantísimos autores?

Piense que en este mundo global, en el que todo lo excéntrico parece tan céntrico y tan explorado, en el que parecen no quedar ya flores salvajes, existe aún una literatura periférica por descubrir, la cual, sin embargo, resulta intelectualmente asequible a su idioma y su cultura sin dejar de ser un producto genuinamente exótico. Me refiero (si está bien informado, lo habrá adivinado ya), a la literatura canaria.

Repare en las evidentes ventajas: alejamiento de la Metrópoli pero cercanía intelectual; africanidad pero en español; referentes americanos pero giros léxicos mucho más familiares para el lector ibérico; crisol de culturas, pero sin necesidad de viajar a Nueva York (carísimo), en caso de querer visitar el escenario de su novela preferida. Y, en cuanto a la moda sueca, recuerde que los canarios fueron los primeros españoles en plantar su semilla en el frío norte (Muchas veces, en sentido literal. Una demanda colectiva de paternidad en los años ochenta lo demuestra).

Y una vez pensado todo esto, no piense más y ponga a un canario en su biblioteca.

Después podrá hablar de la prosa recia de González Déniz, del rico universo de Antolín Dávila, de los deliciosos bocados narrativos de Dolores Campos-Herrero, de los grises ambientes de González Ascanio y las elegantes ficciones de José Manuel Brito.

Podrá hablar, también, de temas de candente actualidad: del polémico asunto de la memoria histórica, con las novelas de Miguel Ángel Sosa Machín como excusa; del pequeño drama de las anónimas víctimas de la crisis, haciendo lo propio con las de Santiago Gil.

Podrá hacer sonreír a sus amistades con los juegos naif de Juan Carlos de Sancho. O presumir de haber constatado primero que nadie la valía de relatistas y microrrelatistas, como la joven Ángeles Jurado o la todavía más joven Judith Bosch.

Si es amante de intrigas y violencias, tiene varios escritores negros entre los que elegir: algunos autóctonos, como Correa o Ravelo; otros afincados hace años en las Islas, como Lozano o Carlos Álvarez (no confundir con el cantante lírico).

Incluso dispone usted de varios ejemplares de canarios afincados en grandes ciudades, como Sabas Martín o José Carlos Cataño (una de cuyas novelas tiene como ganancia secundaria proporcionar un tema originalísimo de conversación, olvidado entre nosotros desde Leopoldo Azancot: el erotismo y el judaísmo).

Y la poesía… Ah, la poesía. Canarias, por si usted desconoce el dato, es tradicional territorio de poetas. Puede empezar por los más jóvenes: Pedro Flores, Tina Suárez, Federico J. Silva, Alicia Llarena, Verónica García, Silvia Rodríguez (no confundir con el cantautor), Cecilia Domínguez, Marcos Hormiga… Son tantos y tan interesantes que usted podrá hablar de uno cada día sin repetirse en mucho tiempo.

Imagínese en medio de esa reunión social en la que ya hace rato que corren el vino y la cerveza, captando la atención de todos al decir: “Recuerdo un poema de un poeta de Lanzarote que…”. Se convertirá enseguida en el centro de interés de sus potenciales amantes y en la envidia de sus rivales amorosos.

Pero, ya que será el primero o la primera en descubrirlos, aproveche su ventaja. Usted, que cuando apareció Mankell olisqueó enseguida a Sjöwall-Wahlöö, no pierda el tiempo y encuentre cuanto antes a los Millares y los Padorno y los de La Torre, a Arozarena y a Isaac de Vega, a Agustín Espinosa y García Cabrera, a Alonso Quesada y Domingo Rivero.

En esta tarea (puede que algo laboriosa, pero de indudable provecho) podrá ayudarse de utilísimos estudios de Jorge Rodríguez Padrón, Eugenio Padorno, Oswaldo Guerra, Antonio Becerra o Nilo Palenzuela, entre otros, sin olvidar a la decana de los estudiosos de la literatura canaria: doña María Rosa Alonso.

Piense en cómo presumirá de haber llegado antes que nadie a los protagonistas de la nueva ola canaria; en la soltura con la que transmitirá sus conocimientos acerca del mestizaje cultural, de la influencia del paisaje en la poética insular; piense en el asombro que despertará al decir a los neófitos: “Pero si los tenías ahí, ante tus narices: justo enfrente de África. Y no los conocías”.

No espere más. Ponga a un canario en su biblioteca.

Quizá al principio le cueste un poco y tenga que dirigirle la palabra a su librero o librera de confianza, porque tal vez (pequeñas desventajas de ser un pionero) hasta dentro de un tiempo no figuren en mesa de novedades. Mucho menos en supermercados, aeropuertos o en esa cadena de negocios que llevan nombre de maniobra textil (o de gesto insultante, si usted quiere) y apellido de gentilicio británico. Esos sitios, como bien sabe, van siempre en el furgón de cola de la cultura, a remolque de lo que ya otros han descubierto. No sea vulgar. Usted tiene demasiada clase para eso. Acuda a los sitios donde re-al-men-te están los libros y solicite a alguno de los autores mencionados en este aviso (que es también advertencia) o a otros canarios que su librero acaso ya conozca.

Porque sí, ya varios editores (ellos no son tontos) han puesto los ojos en diversos canarios y los han fichado. Y, por otro lado, desde hace tiempo los distribuidores (ellos tampoco son miopes) hacen llegar regularmente a cualquier rincón de España los libros de las editoriales canarias (sí, las hay: alguna tienen incluso luz eléctrica y teléfono).

Así pues, no espere más. Que cuando Babelia o El cultural lleguen, usted lleve ya un buen  rato ahí. Conviértase en un precursor, en un pionero, en un experto. No deje que se le eche encima lo irremediable y le coja despistado lo que ya se veía venir.

No dude un instante más. Ponga a un canario en su biblioteca. Hágalo hoy y enorgullézcase mañana. No sea esta vez de los últimos en enterarse.  Hágalo sin demora. Comparta, además, este mensaje entre personas de su círculo más íntimo. No se lo envíe a todas: sólo a aquellas que lo merecen. Se lo aseguro: se lo agradecerán.

Sin otro particular que comunicarle y esperando que la información proporcionada le sea de utilidad, aprovecha para enviarle un cordial saludo:

Bernardo Betancor.

(Becario Adjunto a la Cátedra de Pirobiología y Concatenaciones Diversas de la Universidad de Patafísica de San Expósito).



Porque vale la pena

3 03 2010

Qué diablos… Hay cosas que merecen difusión. Hoy me ha alegrado la mañana un artículo escrito (y leído en el programa El Correíllo) por una persona a la que aprecio y que menciona a otras personas a las que aprecio. Pero, el motivo de mi alegría no es ese, sino el mensaje que lanza: optimismo, luz, belleza cotidiana, que invoca de la solidaridad interpersonal, pero no esa solidaridad “con los más necesitados” sino esa solidaridad espontánea que habita, por ejemplo, en una sonrisa o un gesto amable, hacia las personas más cercanas. He pensado (en esta mañana que puede que se presente fría, lo cual me gusta, porque el fresco matinal suele presentar sus ventajas) que valía la pena difundirlo en la medida de mis posibilidades.

El artículo se titula “Cuento contigo”, lo firma Juan G. Luján en Canariasahora y puedes leerlo pinchando aquí.



Manual para supervivientes de naufragios

12 02 2010

Campos-Herrero

El libro que te traigo hoy es una triple alegría para mí. En primer lugar porque es de un autor cercano (y hacía tiempo que no hablábamos de los canarios). En segundo porque es de poesía (y hacía tiempo que no hablábamos de poesía) y en tercero porque el libro en sí es una completa delicia. Me estoy refiriendo a El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, editado por Baile del Sol, que se presentó esta misma semana.

Como ya sabrás, antes de su fallecimiento, Dolores Campos-Herrero dejó diversos originales en sus editoriales de confianza para que fueran apareciendo poco a poco posteriormente. Gracias a esas editoriales y al buen hacer de su familia (ejemplar en ese sentido), que ha tratado con sumo respeto estas disposiciones, podemos continuar disfrutando nuevas entregas de esa firma que a mí se me antoja imprescindible para entender el cambio de signo que dio la literatura en Canarias en los últimos treinta años. Es el caso de este libro sobre naufragios marítimos y sentimentales, cuya escritura data del año 2007. Es un libro de poesía, pero no es un libro en absoluto abstracto. Trata un tema muy concreto: el del drama humano que hay detrás de ese fenómeno de la inmigración ilegal, las muertes y supervivencias (anónimas para los mass media) durante las oleadas de pateras y cayucos. Partiendo de la crónica, localizada en precisas coordenadas espacio-temporales, Campos-Herrero conecta a estos nuevos náufragos con los de la tradición literaria que nos es cercana y de ahí pasa a tratar temas universales: el viaje, la educación sentimental, la desesperanza y el dolor, el amor y el erotismo, la muerte… Y así, con una poesía limpia, concisa, sincera, sin alharacas ni adornos innecesarios, nos lleva de la mano desde el drama social más inmediato a los asuntos ontológicos más cruciales.

Eso es, creo, una característica predominante en su obra: su extraordinaria pericia para abordar los temas más importantes de forma perfectamente accesible a cualquier lector, sin que la profundidad se vea menoscabada. Pasa con su literatura como con las mejores: se expresa con claridad y la leemos con fruición, pero nos abre una puerta a lo inexpresable, recordándonos aquello que decía el filósofo Ludwig Wittgenstein al hablar de las fronteras del conocimiento, de la mística: de lo que no se puede hablar, hay que callar. Por eso siempre he pensado que la literatura de Campos-Herrero tiende hacia lo mínimo, se orienta hacia el silencio porque quizá sea el único medio honesto para expresar lo inexpresable.

Así pues: El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, editado por Baile del Sol. Búscalo, léelo. Está garantizada la emoción. Y también está garantizada la reflexión. Pero, sobre todo, está garantizada la belleza.

El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, Tegueste, Baile del Sol, 106 páginas.



Cuentos para los malos tiempos

3 01 2010

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Para seguir con el espíritu navideño de estos días (yo prometí a alguien ser bueno y recomendar libros amables para estos días, a ver si así parece que me porto bien, ahora que vienen los Reyes), hoy nos vamos a Nueva York. Pero al Nueva York de finales del siglo XIX, porque lo que te traigo hoy es Cuentos de Nueva York, de O’ Henry, editados por Espasa en su mítica colección Austral. Son cuentos protagonizados por gente muy humilde, en general bastante pobre, de esa ciudad enorme y repleta de inmigrantes de diferentes culturas. En general, esos personajes se enfrentarán a grandes paradojas, normalmente relacionadas por el conflicto entre la pobreza y la consecución de la felicidad. Tú ya sabes que los únicos que piensan que el dinero no da la felicidad son los que lo tienen. Sin embargo, estos personajes, pese a su pobreza, se las ingenian para llegar siempre a buen puerto y en todos los cuentos acaba por salir el lado más noble y bueno  del ser humano. Como en el relato con el que comienza el volumen, titulado El regalo de los reyes magos, y que es también uno de los más célebres de O’Henry. Trata sobre una joven esposa que está empeñada en hacerle un regalo digno a su marido, una cadenita para su reloj. Pero ella no ha podido ahorrar el dinero suficiente. Lo único que le queda por vender es su hermosa cabellera, que muy bien servirá para hacer pelucas. No te cuento más, porque es una historia con sorpresa, como casi todas las del libro. Porque O’Henry es un maestro de la sorpresa, del desenlace inesperado. También lo es del humor. Su ironía a veces ralla en el sarcasmo. Pero el resultado es siempre optimista, esperanzador: a sus cuentos siempre subyace una fe a prueba de bomba en la condición humana.

O’Henry se llamaba en realidad William Sydney Porter y era un empleado de banca que tuvo que huir a México tras haber hecho un desfalco. Dejó en Estados Unidos a su hija y a su mujer. Pero, cuando esta enfermó, volvió para verla antes de su fallecimiento, fue detenido y condenado a prisión. Fue ahí, en la cárcel, donde empezó a escribir cuentos que publicaba en la prensa, para ganar dinero que enviar a su hija. Cuando salió a la calle se encontró con que era uno de los escritores más leídos del momento. Sus cuentos estaban de moda y la gente se volvía loca por sus libros. Sin embargo, no tuvo un final feliz. Pese al éxito, el alcohol y su mala administración hicieron que muriera en la indigencia antes de cumplir los cincuenta. Según la leyenda, cuando falleció, en 1910, tenía en los bolsillos sólo 23 centavos. Como ves, la vida de O’Henry ya es ella misma una novela.

Aunque fue uno de los escritores más célebres de su época, en España le conocemos poco y en Canarias menos. Sus cuentos, como ya te he comentado, están protagonizados por gente humilde y sencilla que busca soluciones a sus problemas y logra, pese a la precariedad económica, ser feliz. Quizá este tiempo de crisis sea buen momento para sumergirse en este universo narrativo del que uno sale siempre ganando una sonrisa.

Eso sí, esta semana vienen los Reyes y yo ya dejaré de portarme bien. Así que la semana que viene, prometo volver a provocar y a traerte sexo y violencia.

Cuentos de Nueva York, de O’Henry, Madrid, Espasa, 228 páginas.



Rodari

26 12 2009

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Estamos metidos de lleno en la Navidad y los más chicos están por ahí, pululando por la casa. Así que para hoy me he acordado de ellos (o más bien de sus padres, sus abuelos y sus tíos) y te traigo a un autor que, si no lo coneces ya, puede ser un gran descubrimiento. Te hablo de Gianni Rodari, quien, junto con Roald Dahl es, quizá, el principal autor infantil del siglo XX. Rodari era un maestro italiano, fallecido en 1980, que nos ha dejado un estupendo legado de cuentos humorísticos, con una absoluta tendencia al absurdo y bastante irónicos con el poder y los privilegiados. Para empezar, podríamos leer un librito muy breve, titulado Los negocios del señor Gato, en el que se cuentan las andanzas de un gato que quiere hacerse rico y monta una tienda de venta de ratones en lata. El problema es que, tras anunciar la novedosa mercancía, resulta que los ratones no están dispuestos a dejarse meter en la lata y va a tener que llegar a un acuerdo con ellos. Este libro está editado por Anaya, con ilustraciones muy divertidas de Montse Ginesta. Si te gusta y te quedas con ganas de más, también es muy asequible un libro editado por Editorial Juventud, con unas ilustraciones muy sencillas, pero lindas. Se trata de Cuentos por teléfono. ¿Por qué se titula así? Pues porque se trata de una serie de cuentos breves y muy divertidos que un viajante de comercio le cuenta por teléfono cada noche a su hija. Aquí hay más de sesenta cuentos muy rápidos en los que te encontrarás con casas hechas de helado, hombres de mantequilla, ascensores que suben hasta las estrellas y ratones que comen gatos. Pequeños prodigios de la imaginación que puedes contar por teléfono aunque no tengas tarifa plana. Pero, como son cuentos muy breves y muy jugosos, te ventilarás el libro enseguida. Así que, si todavía quieres más Rodari, cosa que suele ocurrir, hay otro librito delicioso: Cuentos para jugar, en el que conocerás a un Pinocho que se dedica a mentir como un bellaco, para cortarse la nariz y comerciar con la madera, a un millonario que se construye una mansión con billetes y monedas, o a un flautista de Hammelin que tiene que librar a una ciudad de una invasión, no de ratas, sino de coches. Es, además, un cuento interactivo: cada cuento tiene tres finales alternativos y el lector tiene que elegir uno de ellos.

Por último, un libro de Rodari para los padres. Bueno, para los padres, los maestros y, en general, cualquier persona que ande cerca de los niños y quiera fomentar su imaginación. Se trata de Gramática de la fantasía, el libro en el que Rodari recogió su experiencia de cuarenta años creando cuentos con niños en el aula y que explica algunas técnicas estupendas, contadas de una manera muy sencilla y agradable.

Rodari fue conocido en su tiempo como un hombre esencialmente bueno. Utiliza el humor para hacer reflexionar a sus lectores acerca de cosas importantes: la libertad, la solidaridad, el desapego de lo material, lo enriquecidos que salimos siempre del trato con los demás. Yo he comprobado que el encuentro con Rodari es siempre beneficioso. Así que no pierdas la oportunidad de apagar un rato el ordenador o la consola y jugar con tus hijos, tus nietos o tus sobrinos compartiendo estas historias que nos propone Gianni Rodari. Ya verás como vale la pena.

Gramática de la fantasía, Barcelona, Booket, 265 páginas.

Cuentos por teléfono, Barcelona, Editorial Juventud, 143 páginas.

Cuentos para jugar, Madrid, Alfaguara, 163 páginas.

Los negocios del señor Gato, Madrid, Anaya, 80 páginas.



Homotextualidad: “España, aparta de mí estos premios”, de Fernando Iwasaki

26 12 2009

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Mis amigos lo saben: soy generalmente refractario a las novedades editoriales, a no ser que se trate de reediciones de clásicos. Poco de lo que se edita hoy día atrae realmente mi atención. Será que en este país se publica una media de setenta y cuatro mil libros al año y que yo no empecé a devorar textos hasta los doce y aún me queda mucho Dostoievski y mucho Víctor Hugo y mucho Galdós por leer y que lo que se edita en los últimos años (incluyendo a los autores que antes me emocionaban) suele dejarme en la boca el mismo sabor a “está bien pero me lo podía haber ahorrado” que te dejan las comedias norteamericanas que ves un domingo de resaca y que olvidarás antes de llegar a casa. Por eso, cuando me encuentro con un buen libro escrito por un autor que aún respira, hago una fiesta, lo recomiendo a todo el mundo, no paro de citarlo y de comprarlo para regalo. Me empeño en que todos lo lean y me convierto en un pesado recalcitrante que no deja de decir: “No te lo pierdas. De verdad, vale la pena”. Mis amigos también saben eso, y por eso optan por leerse el libro en cuestión para que les deje tranquilos o por dejar de frecuentarme durante unas semanas hasta que se me pase.

¿A qué viene todo esto? A que he encontrado un libro que merece ser leído: España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki. Como su apellido te habrá hecho sospechar ya, Iwasaki es peruano.  Y sí, el libro va de premios. Y no, no es una parodia de César Vallejo (que aún quedan cosas sagradas, oiga) aunque sí que contiene mucho de sátira. Te explico: Iwasaki parte del hecho de que “gracias al tumulto de premios desperdigados por toda la geografía española, cientos de escritores latinoamericanos y no pocos aborígenes (en este caso españoles), pueden comer caliente, llegar a fin de mes e incluso comprarse un ordenador nuevo. Sin embargo, a nadie le gusta que salgan del armario esos cuentos premiados, precisamente porque son homotextuales. Es decir, el mismo texto refrito varias bases según las veces y viceversa”.

Ahí está explicado todo el secreto de este libro delicioso. Y, sin embargo, Cortázar ya te contó que en algún lugar hay un basural repleto de explicaciones, ya que no suelen servir de mucho. Es mejor que leas esos siete cuentos divertidísimos que son el mismo: el de un japonés (o japonesa, en el caso de un concurso convocado por un colectivo feminista) que ha vivido en España muchos años sin saber que la guerra que libraba (la civil o cualquier otra) hace tiempo que ha terminado, y salta, de pronto, a la vida pública sorprendiendo a todos y poniendo de moda todo lo que suene lejanamente a japonés, “como el manga, el kabuki, el karate y el flamenco”.  Desde un brigadista internacional a una lanzadora de cuchillos, pasando por el cocinero kamikaze del general Moscardó o un delirante tablado flamenco, todos los aislados y empecinados japoneses de estos cuentos aparecen de pronto como una excepción en la realidad española (ya de por sí bastante excepcional), para mostrárnosla en su lado más lúcidamente absurdo. De hecho, incluso el texto de las mismas bases y las actas del Jurado de los premios que esos cuentos obtienen te hacen desternillarte de risa. De verdadera antología es la del Premio de Relatos “Héroes de Toledo”, convocado por un ayuntamiento en el que gobiernan en coalición Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica. Todo un ejemplo de la más evidente esquizofrenia española. Iwasaki ya nos lo advierte en el prólogo: “Hay dos Españas y sólo es posible escribir para una de las dos”. Su elección es clara y rotunda, porque siempre escribe “para la España que sabe reírse de sí misma”.

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Como también saben mis amigos, soy un lector hedonista. Así que podría recomendar este libro porque está tremendamente bien escrito, porque es inteligente, porque es ácido, porque está plagado de guiños literarios, porque te hace pensar sobre la arquitectura de la ficción, ya que la deconstruye con acierto, porque es una estupenda parodia y una acertadísima sátira de la literatura hispana contemporánea y su aparato editorial. Pero no te lo recomendaré por nada de esto. Sólo lo haré porque te garantiza al menos tres carcajadas por página. Eso es más de lo que pueden ofrecer la mayoría de los libros de gente que respira.

Te aseguro que, después de disfrutar de este libro, te lanzarás sobre “todo lo que suene lejanamente” a Iwasaki. Palabra de hedonista.

España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, Madrid, Páginas de Espuma, 160 páginas.



Imaginad una mañana de finales de noviembre…

18 12 2009

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La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, demontres, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros.

Truman Capote: Un recuerdo navideño.

Parece que el espíritu navideño se impone. Así que, como no soy muy aficionado a enviar felicitaciones, aprovecho la ocasión para traerte un regalito de Papá Noel y así quedo como un caballero. Esta vez quiero hablarte de Tres cuentos, un librito en el que la editorial Anagrama reúne tres relatos de Truman Capote, aparecidos antes en otros volúmenes y que tienen como nexo común estar inspirados en la propia infancia de este controvertido narrador y periodista, que estuvo muy marcada por el aislamiento y el sentimiento de abandono. Te explico: tras el divorcio de sus padres, Capote fue enviado por su madre a casa de unas tías lejanas, en un pueblecito del Sur de Estados Unidos (donde, por cierto, tendría como vecina a Harper Lee. Para saber más, lee su Mata un ruiseñor y fíjate bien en el personaje de Dill Harry). Luego pasaría a vivir con su padre, quien no tardaría en enviarlo a colegios militares para sacudírselo de encima. Esta infancia marcaría muchas de las obras de Capote (Otras voces, otros ámbitos o El arpa de hierba son claramente autobiográficas).

En Tres cuentos podemos leer Una navidad y El invitado de acción de gracias, en los que se narran, respectivamente, el reencuentro del protagonista con un padre al que no conocía y un desagradable episodio que le ocurre, cuando ese mismo padre se empeña en que invite a cenar a un compañero de clase que no para de martirizarle en el colegio.

Pero, de este libro, mi cuento favorito es, sin duda, el primero, titulado Un recuerdo navideño, que ya figuraba en Desayuno en Tiffany’s. En él se cuenta cómo viven la Navidad un niño de siete años, acogido en casa de unos parientes lejanos, y uno de esos parientes, una anciana solterona, con cierto retraso mental, que es la bondad y la ingenuidad personificadas. Pese a estar excluidos del discurso, pese a que nadie les preste atención salvo para reprenderles, pese a la pobreza, la anciana y el niño se las arreglan para ser felices, para vivir la fiesta navideña ya desde finales de noviembre, cuando comienzan a elaborar tartas que envían a completos desconocidos, como un viajante de comercio que un día pasó por allí o el propio Presidente Roosevelt. Es una historia aparentemente sencilla, contada en presente y apelando a la complicidad del lector, como si el relato se estuviera construyendo ante sus ojos y con su colaboración, en la que se habla de amistad, de lealtad y de cómo hallar belleza en las cosas más pequeñas. Un cuento inolvidable, de esos que se te quedan en el corazón para siempre. El propio Cortázar lo citaba como cuento inolvidable.

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Truman Capote es muy recordado por A sangre fría, pero, quienes conocen su obra, saben que ese es su libro más atípico. Vale la pena acercarse a ese otro Capote, el que nos habla acerca de los olvidados, los desclasados, las personas aparentemente sin importancia, que se las arreglan para encontrar la grandeza entre las cosas simples y también el que nos muestra con maestría cómo sucede uno de los hechos más cruciales de la existencia: la pérdida de la inocencia. Esto le inscribe en una tradición muy sureña que le hermana con Carson McCullers. Y qué forma mejor de iniciar el acercamiento  que estos Tres cuentos, ahora, en estos días en que quizá tienes un ratito libre. Después, si quieres seguir, puedes pedirte para Reyes Otras voces, otros ámbitos o sus Cuentos completos. Si te has portado bien, te mereces libros tan buenos como esos.

Tres cuentos, de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 120 páginas.



Donde les duela

11 12 2009

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Hablemos claro: al gobierno de Marruecos le da exactamente igual que Aminatou Haidar muera o no. Tiene enemigos poderosos, que lo protegen SIEMPRE. A los gobiernos occidentales puede que les moleste algo más, que incluso puedan llegar a lamentarlo sinceramente. Pero jamás se atreverán a enfrentarse directamente a Marruecos, ya que el poder de esos amigos de Marruecos, que al mismo tiempo lo son suyos, le permite cualquier barbaridad. Ya se sabe que las resoluciones de la ONU únicamente se cumplen dependiendo de a quién y a qué zonas del planeta afecten. También es bien sabido que la defensa de los derechos humanos es cosa del rojerío, de descamisados utopistas y culturetas de salón que no entendemos el funcionamiento de las cosas, los desinformados que pretendemos poner puertas al campo, como gustan tanto de decir los economistas. (Hablando de la defensa de los derechos humanos: en cuanto a ese prestigioso premio por la defensa de la paz, otorgado a un señor que esperábamos que hiciera mucho, pero aún no ha hecho, en la práctica, absolutamente nada, ni siquiera voy a comentarlo; no sé qué prestigio puede tener un galardón que hace años ya fue concedido a individuos como Henry Kissinger o Shimon Peres).

Sea como fuere, ningún gobierno europeo podrá hacer nada efectivo para solucionar esta situación. Ellos no están ahí para hacer justicia, para luchar por los derechos humanos o para defender la soberanía de un pueblo que habita en campos de refugiados, sino para cuidar de que los intereses de sus empresarios no peligren y de que la dinámica de mínima moralidad de la real politik continúe cumpliéndose sin sobresaltos.

Yo, como persona privada, puedo hacer bien poco. Puedo firmar manifiestos, participar en concentraciones para presionar a mi gobierno (que, igual que los anteriores gobiernos españoles y los que están por venir, tiene las manos atadas y la obligación de asentir con obediencia a las chulerías de patio de colegio del vecino de al lado). Sin embargo, eso no creo que le esté molestando o doliendo a ninguno de los que pueden decidir en este asunto.

Algo frustrado, he pensado en la posible eficacia de estos mecanismos de protesta. Al reflexionar sobre sus límites, he concluido que no es eso lo único que puedo hacer. Puedo, por ejemplo, negarme a consumir productos importados de ese país. Puedo, además, negarme a gastar mi dinero dentro de sus fronteras en una de esas escapadas turísticas que gustan tanto a muchos españoles. Por supuesto, el hecho de que yo deje de tomar unos tomates o de ir a Casablanca, al Rif o a Marrakech de vacaciones, no mermará demasiado la economía marroquí. Pero ¿y si muchos otros ciudadanos de Canarias, España y el resto de la Unión Europea hicieran lo mismo?

Pensando en cifras (para que los economistas no me llamen idiota): el sector agrícola es el más importante de ese país. En 2007, según la primera fuente que he consultado, visitaron Marruecos 7 500 000 de turistas, en su mayor parte ciudadanos europeos. Para 2010, la previsión es de 10 millones. ¿Sería la misma la postura de ese gobierno si peligraran esos diez millones de visitantes, esto es, de clientes?

Por otro lado, también me estoy pensando dejar de consumir productos de empresas que a su vez exportan productos a Marruecos, o manufacturan allá.  Sé que es difícil enterarse de estos detalles, pero a veces se trata simplemente de leer las etiquetas de los productos.

Lo lamentaré por el pueblo marroquí, que no tiene toda la culpa de los gobernantes que tienen. Pero más siento el estado actual de cosas por el pueblo del Sahara.

Al fin, me he decidido. Hagan otros lo que quieran o puedan. Por mi parte, he elaborado una consigna mental que voy a repetirme a mí mismo siempre que sea necesario:

Mientras Sahara sea marroquí, de Marruecos, ni el hachís.



Una historia sencilla: el último Sciascia

27 11 2009

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Una historia sencilla fue el último libro de Leonardo Sciascia, quien lo entregó a su editor poco antes de morir en 1989. Sciascia sabía que iba a morir. Que el cáncer no le perdonaría (si quieres saber cómo encaraba esa circunstancia, te aconsejo leer El caballero y la muerte). Una historia sencilla es una novela negra muy breve (80 páginas), que transcurre en una pequeña localidad siciliana a lo largo de muy pocos días. Hasta su protagonista es pequeño. No se  trata de un detective, un inspector o un fiscal. Es un mero sargento, hijo de campesinos, cuya máxima aspiración es acabar la carrera de derecho que cursa en sus ratos libres. Pero el título es bastante irónico, porque, cuando finalices la lectura, te darás cuenta de que el argumento, de sencillo, tiene bastante poco.

Una víspera de fiesta, a última hora, se recibe en la comisaría la llamada de un hombre que dice haber encontrado “algo raro” en su casa. El inspector de guardia no le da demasiada importancia y se marcha de fin de semana, ordenando al sargento que vaya a echar un vistazo al día siguiente. Cuando este visita el lugar, se encuentra el cadáver del hombre que, aparentemente, se ha suicidado. Así, al menos, lo creen el inspector, el comisario y los carabineros. Pero para el sargento, un hombre humilde y poco valorado, las cosas no están tan claras y, desde sus posibilidades, irá empujando las diligencias hacia la teoría del homicidio, tras el cual se esconde una oscura trama relacionada con la mafia y el tráfico de drogas (palabras que, por cierto, no se pronuncian en ningún momento del libro). Lo que tiene de sencilla esta historia de mafiosos y corrupción es la manera, aséptica, elegante y eficiente con la que Sciascia despliega el argumento, seleccionando inteligentemente la información que te suministra y manteniéndote siempre pendiente de lo que ocurre. Su prosa, aparentemente sosegada y limpia, nos va empujando, sin embargo, siempre hacia delante.

sciascia2Esta última novela de Sciascia es quizá la ideal para que quienes no le han leído se sumerjan en su particular universo narrativo. Después de eso, podrías leer la inmediatamente anterior, El caballero y la muerte, o cualquier otra de sus novelas negras, como la sorprendente El contexto. También tiene novelas históricas, siempre ambientadas en Sicilia: Los apuñaladores y El consejo de Egipto, dos joyitas. Y más donde elegir: Todo modo, Los tíos de Sicilia… En cualquier caso, en cualquiera de sus treinta títulos hallarás a un autor agudo y hábil, preocupado por la ética y por el desvelamiento de los mecanismos del poder y la corrupción, por la reivindicación de las víctimas y la denuncia de los verdugos. En casi todas sus historias, uno acaba preguntándose quién mueve realmente los hilos, al servicio de quién se despliega el mal en una sociedad injusta. No en vano, esta última novela se abre con una cita de quien para mí es otro gran referente de la novela negra europea en esos años, Justicia, de Frederich Dürrenmatt, de quien un día de estos tengo que hablarte con más detenimiento: “Una vez más quiero sondear escrupulosamente las posibilidades que tal vez queden aún a la justicia”.

Aviso para navegantes: si madrugas al día siguiente, ni se te ocurra comenzarla para buscar el sueño.

Una historia sencilla, de Leonardo Sciascia, Barcelona, Tusquets, 80 páginas.



Para la era del simulacro: Desde el jardín

23 11 2009

512NCGFB4YL__SL500_AA240_Desde el jardín, publicado en 1970 por Jerzy Kosinski, dio origen a Bienvenido Mr. Chance, una película inolvidable de Hal Ashby, última interpretación para el cine de Peter Sellers, el famoso inspector de la saga de La Pantera Rosa.

Pero es mejor comenzar con el libro y conocer a Chance Gardiner. Chance es jardinero. De hecho, no sabemos nada más sobre él. Ha vivido siempre en una mansión donde ejerce esa labor de cuidar el jardín. No sabe quién es su padre. No consta en ningún registro civil. No ha salido jamás de la casa. Se viste con los trajes usados del amo. Pasa la vida viendo la televisión mientras cuida de las plantas. O sea: es un jardinero teleadicto. Lo que sabe del mundo, lo sabe por la tele. Hasta que un día muere el amo y Chance es desahuciado. Con su elegante traje de varias décadas atrás, una maleta y el mando a distancia de la televisión sale por primera vez al mundo en la ciudad de la capital norteamericana. Su desconcierto es tal que, cuando unos delincuentes juveniles se meten con él, Chance intenta cambiar de canal con un mando a distancia. Pero la casualidad hará que dé con un matrimonio de magnates de la bolsa, que le confunden con un empresario afectado por la crisis (sí: en el capitalismo ha habido crisis antes y las seguirá habiendo) y como tal lo presentan ante las autoridades económicas y políticas, incluido el presidente de Estados Unidos. Pero Chance sólo sabe hablar del cuidado de los vegetales, y cuando le preguntan sobre si vendrán nuevos tiempos, él habla de los ciclos de crecimiento de las plantas, por lo cual todos piensan que se trata de un nuevo oráculo de la economía. Comienzan las entrevistas televisivas y la celebridad de este señor tan extraño cuya identidad trae de cabeza al FBI, a la CIA, al KGB e incluso al presidente, que acaba teniendo una crisis de impotencia por causa de la preocupación. De la conciencia intranquila a la disfunción eréctil no hay más que un paso.

En fin: Desde el jardín es una acertada alegoría sobre la apariencia, la televisión y el poder en la época de los simulacros mediáticos. No deberías perdértela, si no lo conoces aún.

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Kosinski, que nació en Polonia en 1933, sobrevivió al Holocausto escondido en el seno de una familia católica. En Estados Unidos fue tan célebre como polémico, a raíz de su primer libro, El pájaro pintado. Después las polémicas ya no le abandonaron. Le acusaron de plagiaro, de tener “negros”, etc.  Él se vengó de sus acusadores con El ermitaño de la calle 69, un libro plagado de notas y referencias que supuso una tortura para sus críticos y una delicia para sus fans. De todos modos, parece ser que estas polémicas se debieron más a la envidia que a otra cosa. No es difícil envidiar a un señor que a su muerte, en 1991, había vendido unos 70 millones de ejemplares.

En cualquier caso, al margen de polémicas o éxitos de ventas, este es un libro que no se olvida fácilmente. Te hará reír y te hará reflexionar.

Desde el jardín, de Jerzy Kosinski, Barcelona, Anagrama.



Testimonios del caos: Chester Himes

14 11 2009

Proponerte que leas Un ciego con una pistola, del escritor afroamericano Chester Himes, es proponerte un paseo el Harlem neoyorquino durante una semana de un caluroso verano de finales de los sesenta, un lugar y una época convulsos, violentos y caóticos. Por tanto, se trata de un viaje peligroso. Pero en el recorrido vamos bien acompañados, porque seguimos a dos policías negros que tienen patente de corso para recorrer las callejuelas repartiendo leña. Son Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson, esto es, Sepulturero Digger Jones y Ataúd Ed Johnson, dos polis negros que sirven a la policía blanca y que están siempre entre la simpatía hacia los criminales que persiguen y la presión que reciben desde arriba para que sí, investiguen los crímenes, pero silben mirando al techo si la trama lleva a las tramas de corrupción o crimen organizado relacionadas con el poder del hombre blanco. Aquí asistimos a varios crímenes sin relación aparente, que los dos polis tienen que investigar, mientras diferentes grupos de lucha contra la segregación se enfrentan entre sí en duras revueltas en las calles del Harlem. Por supuesto, alcanzan un par de buenas palizas. Aunque estos dos también reparten lo suyo.

Conocedores de un código que sus jefes blancos ignoran, Grave Digger y Coffin Ed miran con una sonrisa amarga la realidad de su gente, intentando, sin conseguirlo, deshacer entuertos con la impotente actitud de quien sabe que los oprimidos yerran constantemente en los mecanismos con los que se oponen al sistema, dada la invulnerabilidad de quienes detentan el verdadero poder, el económico.

En algún momento de la novela, Anderson, el jefe de los dos policías negros, les pregunta si saben quién es el responsable de los recientes disturbios. Ellos, socarronamente le responden que siempre lo han sabido, pero que no pueden hacer nada, ya que está muerto. El responsable, en su opinión, es Abraham Lincoln: “No debió liberarnos si no quería darnos de comer”.  Cuando Anderson insiste en quién es el culpable, quién incita esa “anarquía insensata”, Grave Digger, simplemente, responde: “La piel”.

Esta es la sexta de una serie de diez novelas con Sepulturero y Ataúd (hay otras estupendas, como Algodón en Harlem y Todos muertos) y la última que Himes escribió antes de trasladarse a Alicante (el viaje debía de estar en proyecto, porque hay ya algún guiño a esa región, en el nombre de un comercio), donde falleció en 1984. La edita RBA en su colección de bolsillo, en una traducción realizada por Ana Becciu en 1978 (y que quizá habría que renovar) y con prólogo de Raúl Argemí, que entiende y comenta a Himes como nadie.

La biografía de Himes es tan interesante como sus libros: hijo de una familia de clase media, fue a la universidad pero se desvió por el mal camino y comenzó a meterse en líos. Le cayeron 20 años de cárcel por atraco a mano armada y fue justamente ahí, en prisión, donde comenzó a escribir. Escribió novelas políticas, novelas carcelarias (Por el pasado llorarás) y novelas, como esta, de género negro, donde se le considera uno de los clásicos; pero, sea cual fuere la orientación, el problema de la desigualdad social (racial) está normalmente de por medio. Como les ocurrió a otros (por ejemplo, Jim Thompson), mientras en Estados Unidos publicaba en pulp, en Francia la crítica le situaba entre los grandes.

¿Por qué este libro se titula Un ciego con una pistola? Pues porque Himes parte de la siguiente anécdota real: un ciego que, en el metro, sospecha que le intentan robar la cartera, saca una pistola y se lía a tiros con todo el tren. A partir de ahí, Himes reflexiona acerca de los movimientos de ese momento (oposición a la guerra de Vietnam, terrorismo en Oriente Próximo, los Panteras Negras, Malcolm X, etc.) y llega a la conclusión de que “toda violencia indiscriminada es como un ciego con una pistola”.

Así que si quieres una novela que hable con crudeza y con sinceridad sobre el racismo, la desigualdad y la injusticia, mientras andas en el ojo de un huracán que no te da un respiro, nada mejor que esta estupenda, caótica y, sin embargo, bella novela. Diálogos lacerantes, ironía, humor negro, historias truculentas, radiografía social: Un ciego con una pistola. Novela negra en estado puro.

Un ciego con una pistola, de Chester Himes, Barcelona, RBA, 285 páginas.



Saki y la sonrisa de las bestias

7 10 2009

Se supone que los escritores, antes de morir, dejan una frase genial para la humanidad. Goethe, en su delirio, pidió, al parecer: “¡Luz, más luz!”. Y Cesare Pavese, justo antes de suicidarse, anotó en su diario: “No más palabras. Un gesto. No escribiré más”. La última frase que pronunció Hector Hugh Munro, el hombre que firmaba sus libros como Saki, la dijo en una trinchera de Beaumont-Hamel, en Francia, en la noche del 13 de noviembre de 1916 antes de que un tirador enemigo le pegara un tiro en la cabeza. Esa frase fue: “Put that damned cigarette out!”, que viene a ser, en román paladino , variedad canaria: “¡Apaguen ese maldito cigarrillo!”.

saki

Esta anécdota parece sacada de uno de sus propios cuentos, que suelen combinar lo macabro y lo horroroso con lo satírico y humorístico. Saki tiene un particular ingenio para el humor negro, así como para la intriga, que maneja soberbiamente. En sus cuentos hay continuas sorpresas, giros argumentales inesperados que provocan indistintamente la sonrisa y el escalofrío. Hay, además, una constante denuncia de la hipocresía de la sociedad victoriana, tan vacua como anquilosada.

Munro había nacido en 1870, en Birmania, donde su padre era policía colonial. Huérfano de madre (la corneó una vaca cuando él tenía dos años), lo enviaron más tarde a Inglaterra, donde fue educado por su abuela y sus tías, puritanas, ignorantes y severas. Quizá de ahí le vino el desprecio por las capas altas de la sociedad británica que recorre como un hilo conductor prácticamente toda su narrativa. Más tarde, a Munro le pareció buena idea volver a Birmania e ingresar, como su padre, en la policía. Pero a la malaria no le pareció tan buena idea y hubo de volver a Inglaterra, donde se dedicó plenamente a la literatura.

cuentos de humor

Anagrama reúne en Cuentos de humor y de horror veinte de sus relatos más célebres, muchos de ellos con Clovis, su cínico y agudo observador, como personaje principal. Es una interesante reunión de fantasmas indolentes, caníbales, que sonríen mientras cuentan sus iniquidades, gatos que hablan más de lo conveniente, damas encopetadas, tan necias como malignas, señores circunspectos tan malignos como necios y, en general, seres que no están donde deben estar, y haciendo cosas que no deberían hacer, como, por ejemplo, una hiena en medio de la campiña británica zampándose gitanillos.

En resumen, Cuentos de humor y de horror proporciona lo que su título promete: inquietud y risas a partes iguales, pero, al mismo tiempo, una ácida crítica social que, en último término, se convierte en reflexión sobre la condición humana. Jorge Luis Borges, Graham Greene, Tom Sharpe y Roald Dahl han manifestado su admiración por Saki. Por algo será.

Cuentos de humor y de horror, de Saki, Barcelona, Anagrama, 142 páginas.



Un fogonazo: Veinticuatro horas en la vida de una mujer

1 10 2009

Por si andamos despistados: Stefan Zweig es un escritor austríaco nacido en 1881 y fallecido en Brasil en 1941, adonde había llegado huyendo del nazismo y donde se suicidó junto a su mujer, tras la caída de Singapur, pues no deseaban vivir en un mundo dominado por el totalitarismo.

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(Nota macabra: Cuando buscaba una foto del autor para mostrarla aquí, me encontré con una terrible, en la que vemos su cadáver y el de su esposa, cuando acababan de envenenarse, en su cama de la ciudad de Petrópolis. Nunca me gustó esa foto. Prefiero pensar a ese hombre en la plenitud de su militancia pacifista.)

Fue muy prolífico y muy popular en su momento y es muy célebre, entre otras cosas, como biógrafo. Vale la pena leer sus biografías de Magallanes, María Estuardo o Fouché, el secretario de Napoleón (sí, ese que según las malas lenguas, “consolaba” a Josefina durante las largas ausencias de Napoleón). Pero sus obras más célebres (y en mi opinión, más deliciosas) son sus cuentos (si puedes encontrarlo, no te pierdas “Leporella”) y sus muchas novelas cortas, que Acantilado está editando desde hace varios años. Te sonará una de ellas, Carta a una desconocida (hay dos versiones cinematográficas, además de muchas cursis imitaciones. La primera de las adaptaciones es un clásico imprescindible del maestro Max Ophuls), pero también firmó muchas otras, como esta que te traigo hoy: Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

24horas

Está ambientada en la época de entreguerras en la Costa Azul. La anécdota es sencilla: En un hotel de vacaciones, la huida de una mujer casada con su amante provoca un escándalo y, posteriormente, una agria polémica  entre los huéspedes, en la cual el narrador defiende el punto de vista de la adúltera. A raíz de ese enfrentamiento, una anciana dama  que también se hospeda allí, le cuenta, tras muchos reparos, una secreta, breve e intensa pasión vivida muchos años atrás, hacia un joven jugador arruinado con quien se encontrara en Montecarlo. La mujer, entonces viuda reciente, de mediana edad y posición elevada, se verá, casi sin darse cuenta, envuelta en una aventura en la que, más que actuar, se deja arrastrar por las circunstancias por primera (y única) vez en su vida. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una historia que habla sobre la naturaleza de la atracción y el enamoramiento, sobre la transgresión de los convencionalismos sociales, sobre la generosidad personal y sobre lo que ocurre cuando cabeza y corazón no se ponen de acuerdo.

Repito: la anécdota es sencilla. Seguro que otros contaron antes esta historia. Puede que muchos más la contaran después. Pero apuesto mi ejemplar ilustrado de La metamorfosis a que nadie la ha contado como Zweig.

Tres motivos para leer a Zweig: la elegancia de su estilo, su habilidad en el tratamiento de la psicología de los personajes y su diestro manejo de la intriga novelesca. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, en fin, un centenar de páginas de la más alta literatura, uno de esos libros que se convierten en algo inolvidable, un fogonazo de extremada belleza en medio de la plúmbea oscuridad.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Barcelona, Acantilado, 2007, 102 páginas.



Arozarena

1 10 2009

Aro

Tengo la sensación de que últimamente doy demasiadas malas noticias. Poco después del fallecimiento de José María Millares, se nos va otro de los grandes.

Rafael Arozarena era “el poeta” en el interesante grupo de los fetasianos (Isaac de Vega, Antonio Bermejo, José Antonio Padrón, Francisco Pimentel) y es el más conocido por el gran público, paradójicamente, por su narrativa. Pero Arozarena es, en mi opinión, tan popular como en realidad desconocido.

Popular por su novela Mararía, que, sospecho, es el mejor intento novelístico de creación de aquella mitología conductora propuesta por Espinosa, además de una novela inolvidable que aplica recursos cinematográficos en su esquema argumental (nunca pude pensarla sin recordar Ciudadano Kane) y cuyo arranque aún no tiene igual, en cuanto a eficacia, en la narrativa de las Islas. Desconocido porque el público ignora mucho del resto de su excelente trabajo. Apenas Cerveza de grano rojo. Poco de sus prosas (tiene cuentos que deberías leer, como “Abuela Paz” y “El extraño caso del timonel”). Casi nada de su poesía. Hoy la prensa habla de su Romancero canario,  de los años cuarenta, que remeda los intentos lorquianos. Pero habría que recordar Alto crecen los cardos, Aprisa cantan los gallos, El ómnibus pintado de cerezas, Silbato de tinta amarilla, Desfile otoñal de los obispos licenciosos, Amor de la mora siete… Títulos tan llamativos como epatantes son los poemas que albergan; poemas que oscilan temáticamente entre la isla y el individuo (en medio, todos los aspectos de la realidad), orientados a la potencialidad, ostentando una audaz libertad formal que hace guiños a Eluard, a Ungaretti, a Tzara.

Confieso que desde hace un tiempo, en la pila de libros que tengo en casa pendientes de lectura (esa pila que crece cada día) hay un ejemplar de la que fue una de sus últimas novelas: Los ciegos de la media luna. Aún no he podido leerla, pero sé que, cuando lo haga, seguramente no me defraudará. Nunca me ocurrió con ninguno de sus libros.

La última vez que le vi en televisión (en febrero de este año, en un reportaje con motivo del Día de las Letras Canarias), dijo algo parecido a que para escribir había primero que vivir, que uno no es escritor hasta que no ha cumplido setenta años. Desde entonces, pienso mucho en ello. Y cada vez estoy más convencido de que no le faltaba razón.



Desordenar la biblioteca 3

27 09 2009

Hubo otra categoría que no me dio tanto trabajo: ESCRITORES QUE HUBIERAN VIVIDO DE SU CÓNYUGE. Verlaine, por supuesto. Pero, antes, Juan Ramón Jiménez.

ANGLOSAJONES BORRACHINES MONTANDO ESCÁNDALOS EN OTRO PAÍS: Malcolm Lowry, Hemingway (lo traje desde los suicidas), Paul Bowles, Pound (otra vez el mismo impertinente), Durrell… Estos eran legión.

Cuando iba a comenzar con la categoría ALCOHÓLICOS, me paré en seco. Era el momento de servirme un ron y pensar bien en qué estaba haciendo. Había libros sobre las mesas, sobre el sofá y las sillas, en el suelo, en el aparato del televisor. La mitad de las estanterías vacías y las otras ocupadas sólo por el momento, ya que si se me ocurrían categorías que atañeran a otras circunstancias posibles (escritura en otro idioma distinto del propio, haber sido profesor universitario, haber sido traductor, haber sido impotente, haber sido periodista, haber pertenecido al Partido Comunista, haber sido conservador, haber sido bibliotecario, haber pasado hambre, haber tenido un importante desamor, haberse dado a la promiscuidad, haber sido adicto al café, a los opiáferos, a los barbitúricos, al tabaco, a la pornografía, haber crecido en horfandad, haber dejado huérfanos al morir, haber tenido éxito, haber tenido “negros”, haber hecho “de negro” para otros) el antes aparentemente inofensivo e incluso conveniente acto de ordenar mi biblioteca podría llegar a sumirme en una crisis nerviosa, anímica e, incluso, de personalidad, ya que el ron que estaba tomándome y el cigarrillo que acababa de encender me incluían a mí mismo en dos categorías, si no, a largo plazo, en la de los suicidas, además de participar de varias más. Y me imaginaba, el día de mañana, a un pobre diablo, con los libros que he logrado escribir (este mismo) en las manos, con cara de panoli en el centro de una biblioteca devastada por la indecisión. Así que vacié las estanterías que ya había llenado y comencé a colocar libros: Cuentos completos de Afhanasiev, después Rashomon, de Akutagawa, Marinero en tierra, de Alberti, La regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”…



Desordenar la biblioteca 2

27 09 2009

La primera: ESCRITORES QUE SE VOLVIERON LOCOS. Ahí podrían comenzar por ir, por ejemplo: Lucrecio, Pound, Hölderlin, Nietzsche. Pero ya surgían los primeros problemas de este nuevo método clasificatorio. De hecho, surgió una duda enorme al pensar en Paul Verlaine, porque no acababa de tener claro que lo de Verlaine con Rimbaud no hubiera sido una locura.

Aunque a Verlaine podría incluirlo en ESCRITORES QUE HUBIERAN TENIDO AL MENOS UNA EXPERIENCIA GAY-LÉSBICA-TRANSEXUAL-BISEXUAL. Me tocaba llevar allá a Pizarnik, a Marguerite Yourcenar, a Lorca, a Cernuda, a Mishima, a Safo (pero también al resto de los griegos clásicos, por si las moscas), a Kavafis, a Rimbaud. Pero, claro, ¿quién me decía a mí que otros no tan evidentes habían vivido experiencias no heterosexuales? Por ejemplo, Stefan Zweig, que me parece el autor más sospechosa y claramente femenino de la historia de la literatura.  Y Melville (lee cómo describe a Billy Budd, lee el capítulo de Moby Dick en que Ismael y el corpulento Queequeg se conocen y pasan la noche y la mañana abrazaditos y dándose calor mutuo mientras se cuentan sus vidas). Decidí dejar esta categoría en suspenso. La siguiente fue: AUTORES QUE SE HAYAN ARRUINADO MÁS DE UNA VEZ. Me traje a Melville, por supuesto. A Balzac, Cervantes, Jack London…

Había empezado mal. Tenía que haber comenzado por donde iba encaminado a hacerlo con las dos autoras que focalizaron la atención en el hecho biográfico. Así que me apresuré a establecer una nueva categoría: SUICIDAS. Entonces vi que tenía que hurtar autores a otras categorías ya establecidas: Lucrecio, Mishima, Pizarnik (vuelve a tu sitio, maga de los silencios), Jack London (aunque ahora se dice que no, pero hasta que no sea oficial…), Zweig (me lo traje para acá). Luego tendrían que estar Virginia Woolf, Plath (por supuesto), Hemingway, Kennedy Toole, Sándor Márai… Cielo santo: Mishima. No había contado con los japoneses. Directamente, me traje a casi todos los japoneses, entre los que destacaban, por supuesto, Akutagawa y Kawabata. De hecho, me cuesta recordar a algún autor japonés que no se haya suicidado, mención aparte de Ishiguro, demasiado británico para ser considerado japonés. (Dejé a Murakami cerca, por si las moscas llega alguna mala noticia).

Luego surgieron otras categorías: ESCRITORES QUE, POR CASUALIDAD, NO HUBIERAN NACIDO EN SU PAÍS. (Cortázar, Ítalo Calvino). ESCRITORES QUE SE HUBIERAN REÍDO DE TODO (Oliverio Girondo, Alfred Jarry, Raymond Queneau y Boris Vian, Quevedo, Dürrenmatt, fueron los primeros, antes de traerme a Cortázar de la categoría precedente). ESCRITORES QUE HUBIERAN SIDO INCOMPRENDIDOS EN SU ÉPOCA. Llegados a este punto, me negué a desordenar los estantes de mis suicidas, y me limité a empezar por Cioran, Quevedo (a quien me traje de la categoría anterior), Kafka, Proust, Anthony Burguess y Jim Thompson. Aunque después cogí los libros de Thompson y lo llevé a la categoría de ESCRITORES QUE SE HAYAN ARRUINADO MÁS DE UNA VEZ.

Otra circunstancia bastante común: la cárcel, el exilio, el confinamiento. Así que se imponía una nueva categoría: ESCRITORES QUE HAYAN SUFRIDO MEDIDAS JUDICIALES O SE HAYAN EXILIADO, VOLUNTARIA O FORZOSAMENTE. Chester Himes, O’Henry, Virgilio, Quevedo (hubo que moverlo nuevamente), Cervantes, Unamuno, Pedro García Cabrera, Federico García Lorca (definitivamente, decidí suprimir la categoría que se refería a las opciones sexuales; al fin y al cabo, tiene para mí una importancia igual a cero lo que la gente haga o prefiera hacer en la cama y cualquiera que base su obra en esas preferencias, me interesa menos que la neurastenia en el escarabajo pelotero, dicho sea por individuos como Jaime Baily), Miguel Bonasso, la mayor parte de la Generación del 27,  Solzchenisyn, Nabokov, Monterroso, Thomas Mann, Rilke, Pound (qué problema con Pound), la mitad del Boom Latinoamericano…



Desordenar la biblioteca 1

27 09 2009

No hablo de las bibliotecas públicas o pertenecientes a centros culturales o educativos. Esas disponen de unos seres generalmente malhumorados que se pasan la vida pidiéndote silencio y que, cuando les hablas, parece que te escuchan, pero en realidad están preguntándose qué harán hoy para almorzar o pensando en paradisíacas playas de las Islas Griegas. Me refiero a las otras, esas que tiene cada uno en casa. Esas, ¿cómo mantenerlas en orden?

No es frecuente, pero de vez en cuando ocurre. Finaliza tu temporada de exámenes o acabas una serie de artículos o terminas de escribir una novela o, simplemente, sacan de la parrilla el programa de televisión para el que trabajabas. Entonces toca recoger todos esos libros que has ido sacando y utilizando para preparar exámenes, redactar artículos, escribir novelas o, simplemente, buscar ideas con las que alimentar esa tonelada de guiones que antes debías entregar cada semana. Toca recogerlos y ponerlos en su sitio. Y es en esos momentos, cuando te replanteas el orden.

Hay quien ordena su biblioteca por temas. Esas personas lo pasarán fatal cuando les toca ubicar los Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau o el Tristam Shandy. Y ni quiero imaginar cómo lo pasarán cuando les toque ubicar El Quijote. También hay quien opta por atender al género (literario). Los imagino con sus ejemplares de Crimen, de las Iluminaciones o de Un bárbaro en Asia, con cara de tontos delante del anaquel, pensando en la seria posibilidad de mudarse a algún país frío, donde aún haya estufas de carbón que sea necesario alimentar.

No quiero ni siquiera mencionar las deficiencias de otros criterios, como el del tamaño, el color o el número de página, más arbitrarios, pero no menos inútiles que el de la nacionalidad del autor (¿qué hacer con Danilo Kis, con Vladimir Nabokov?) o la lengua en la que fueron escritos originalmente (Beckett, por ejemplo, incluiría dos categorías).

Por mi parte, hace años que mi amigo y censor Antonio Becerra (en una noche en que vaciamos, según recuerdo, tres cuartos de botella de Pernod) me dio un consejo que, hasta el día de hoy, he seguido a rajatabla: la literatura se ordena por estricto orden alfabético del primer apellido del autor. Punto.

Pero hace poco, en la última ocasión en que me tocó convertir mi salón (que hace las veces de biblioteca, cuarto de trabajo, comedor, sala de ver la tele, escuchar música o, si hay suerte y con quién, lugar de inicio de juegos amorosos) en un lugar habitable, recogiendo los volúmenes que pululaban por rincones inapropiados, tras haber sido extraídos de los anaqueles para su consulta o tras haber sido adquiridos (mediante compra, préstamo, robo u obsequio) en los últimos meses, di en la cuenta de una curiosa coincidencia. A causa del azar alfabético, Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath no sólo compartían estantería, sino que se unían, así, muy amiguitas, contratapa contra tapa, en una Antología Poética de la primera y un ejemplar de Ariel de la segunda. Ya alguna vez me había llamado la atención cómo el alfabeto, mi incontinencia como comprador y/o mis lagunas bibliófilas hacían que Juan Marsé quedara junto a José Luis Martín Vigil, Poe tentarrujando lascivamente a Ezra Pound o Voltaire rozándose con Kurt Vonnegut. No obstante, las coincidencias biográficas de Pizarnik y Plath (ambas poetas hasta la médula; ambas desequilibradas; ambas suicidas) me llamaron la atención sobre cómo el alfabeto imita a la vida.

Una persona importante para mí me sugirió entonces un nuevo modo de ordenar mi biblioteca: el orden biográfico. Tras meditar sobre las ventajas e inconvenientes del nuevo sistema y tras mucho reflexionar (copa de vino en mano) sobre las circunstancias comunes en las peripecias vitales de muchos escritores, comencé a pensar en las posibles categorías, de las cuales paso a exponer las más importantes.



Hazme el favorcito

13 09 2009

Ceremonias, como sabes, es el blog personal de un escritor. Ese escritor es plenamente consciente de que los textos que publica en este sitio son susceptibles de ser citados o reproducidos por otros bloggers (o bloguers, o blogueros, o como hayamos convenido en denominarlos). Pero una regla no escrita, mas saludable, de estas cosas de las blogosfera es que lo educado es citar la fuente del texto e incluir un link, lo cual, amén otras ventajas, facilita el conocimiento de nuevos blogs a los usuarios de tu sitio.

Así que si, en algún momento, te apetece o te es útil utilizar alguna de las entradas de Ceremonias para tu blog (Ojo: para tu blog; en papel, ni se te ocurra) eres libre de hacerlo. Pero, por favor, compórtate de forma educada: cita la procedencia e incluye un link a este sitio.

Gracias por anticipado.



El hombre que despreciaba los micrófonos

8 09 2009

josemariamillares

Había nacido en 1921 y participado en algunos de los más importantes movimientos literarios de la segunda mitad del siglo XX en Canarias. Sufrió proceso y cárcel por los contenidos de Planas de Poesía, la mítica revista de la cual fue cofundador. Compartió vida con Pino Betancor, otra firma imprescindible. Era autodidacto y siempre me pareció deliciosamente irreverente y francotirador. Yo tomé contacto con sus versos en una edición de Liverpool realizada por Funámbula en 1990. Me sorprendieron y fascinaron aquellos extensos poemas inspirados por Liverpool o Hong Kong, plagados de imágenes que me sorprendían y me atraían, con un ritmo inasible e inimitable. Después conocí otros libros suyos, con estilos muy diferentes, pero siempre personalísimos: Celdas, Cuartos, Pájaros sin playa.

Sin embargo, no asistí en persona a ninguna de sus escasas apariciones públicas hasta este mismo año, cuando con motivo de la edición de Liverpool por la editorial Calambur (y coincidiendo con la concesión del Premio Canarias de Literatura) intervino en el Club Prensa Canaria. Recordaré siempre (lo recordaremos todos los que allí estábamos), cómo, en medio del acto, el octogenario se levantó de su silla de ruedas y, apartando los micrófonos pidió al auditorio que le fuera permitido, acaso por última vez, recitar poesía “como siempre se había hecho entre poetas”, despreciando micrófonos y permitiendo que fuera el aire el caballo sobre el cual cabalgara la palabra. Y así recitó de memoria uno de los poemas de Liverpool, ese libro que ha sido leyenda entre nosotros casi desde el mismo instante en que fue publicado por aquel veinteañero que él fue y que jamás había estado en las ciudades que evocaba y re-creaba con aquellos versos escritos “sobre la caliente oreja de un reloj moribundo”. No recuerdo haber sido testigo de gesto más poético que el de aquel día.

Ese hombre se llamaba José María Millares Sall y ha fallecido hoy en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.

Deja tras de sí una vida llena de poesía y, sobre todo, de libertad. Si aún no has leído nada suyo, quizá es buena oportunidad para que te acerques a Liverpool (a cualquiera de sus libros, pero sobre todo a Liverpool) y cruces este túnel de plomo para ser el primero en llegar con tu sangre a los muelles de Liverpool.



El quimérico inquilino: angustia en estado puro

29 08 2009

Trelkovsky, un tímido oficinista parisino de origen polaco, alquila un pequeño apartamento en un antiguo edificio, cuya anterior inquilina se ha suicidado arrojándose por la ventana. En cuanto Trelkovsky ocupa el inmueble, comienzan a suceder hechos aparentemente sin importancia, pero asombrosamente inimaginables. El protagonista no tardará en sentir que los vecinos le controlan, empujándole a asumir la personalidad de la suicida.

El quimérico inquilino

Este es el punto de partida de El quimérico inquilino, de Roland Topor, publicada en 1964. No cuento más sobre el argumento para no destriparla, pero a Trelkovsky le ocurren cosas que, te aseguro, no te gustaría que te ocurrieran a ti. Es una novela inclasificable, en la que hay humor negro e intriga, pero, sobre todo, un angustioso terror psicológico. No es un libro de casas encantadas y fantasmas al uso. Aquí el horror proviene de la influencia de los vecinos, personas de carne y hueso, correctas y hasta educadas, cuya casi invisible presencia va, poco a poco, torturando al protagonista, hasta que su identidad y cordura se van resquebrajando. Después de leer El quimérico inquilino, cada vez que un vecino golpee el techo para quejarse porque haces ruido, te acordarás de este libro, ejecutado con precisión de cirujano y frialdad despiadada de verdugo. Un libro para intrigarse y extrañarse, pero también para preguntarse quién eres realmente, qué es lo que hace que tú seas tú.

Roland Topor

El quimérico inquilino fue la primera novela de Topor, hasta entonces dibujante  e ilustrador, que formó, junto con Fernando Arrabal y Alejandro Jodorowski, el grupo Pánico. Además de escribir otros libros singulares (como La cocina caníbal), hizo sus pinitos como actor (encarna a Renfield en el Nosferatu de Werner Herzog, por ejemplo).

Último dato: en 1976, Roman Polansky hizo una estupenda adaptación cinematográfica, The Tenant (en España se estrenó con el mismo título que el libro), con una puesta en escena inmejorable y un reparto de auténtico lujo. Una película inolvidable que es muy recomendable ver después de haber leído la novela.

El quimérico inquilino, de Roland Topor, Madrid, Valdemar, 202 páginas.



Una historia fascinante

21 08 2009

Si eres amante de la literatura en general y de las novelas de aventuras y fantasía en particular, no deberías perderte esta historia en la que hay tiranos, combates entre colosos, hombres salvajes socializados por prostitutas, paladines que se unen para luchar contra ogros y toros salvajes, y largos viajes en busca de antiguos sabios que guardan el secreto de la inmortalidad. Es un libro que salió en bolsillo a finales del año pasado y que vale la pena tanto por su acción incesante como por su belleza poética.

Para ser exactos, es una nueva edición, pero el libro no es nuevo. De hecho, es el más viejo que existe: La epopeya de Gilgamesh, el texto literario más antiguo que se conoce (se supone que las primeras versiones orales son de 2300 a.C., aproximadamente). Está recogido en unas tablillas paleobabilónicas, en escritura cuneiforme, en lengua sumeria y acadia. Desde hace unos cien años, los estudiosos trabajan en la traducción de esos fragmentos, que se van incorporando a las versiones preexistentes.

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En el Gilgamesh está la primera ramera de la ficción, la primera amistad, la primera rebelión contra los dioses, la primera elegía, la primera reflexión sobre la muerte y la primera crítica al poder absoluto. Es un libro fascinante que entusiasmó, entre otros, a Rilke y del que Borges dijo que, probablemente, ya estuvieran contenidos en él todos los temas importantes de la literatura.

Después de leerlo, entenderás mejor otros libros. Incluida la Biblia, que “tomó prestado” al Gilgamesh el asunto del diluvio (si el personaje de Uta-napishti  no es el directo inspirador de Noé, que venga Dios y lo vea).

Esta edición, al cuidado de Andrew George, con prólogo de José Luis Sampedro y abundancia de ilustraciones, notas, cuadros cronológicos y aclaraciones acerca del laberíntico panteón de dioses babilónicos, se puede leer de dos formas: los amantes de la erudición pueden disfrutarlo con todos los estudios y aclaraciones que contiene. Pero los lectores interesados sencillamente en la buena literatura pueden ir directamente a leer La epopeya de Gilgamesh (no son más que unas cien páginas) y, siguiendo a Gilgamesh y a Enkidu en sus aventuras, disfrutar como enanos con esta historia de batallas, viajes, amores, amistad y fantasía, a la que por no faltarle, no le falta ni erotismo.

La epopeya de Gilgamesh, Barcelona, Mondadori De Bolsillo, 330 páginas.



Nada

18 08 2009

Manchette

Esta entrada no tiene nada que ver con Carmen Laforet.

Hace (calculo) unos quince años leí (por consejo del siempre sorprendente Antonio Becerra) una pequeña joya: Fatal, de un autor francés que por entonces desconocía: Jean-Patrick Manchette. Era la trepidante historia de una asesina que tenía el objetivo de cometer el perfecto asesinato de un burgués de provincias. Aquella novela me dejó sin aliento. Después (uno sigue leyendo y, a veces, hasta adquiere conocimientos) descubrí que Manchette, aparte de unas cuantas cosas más, era autor de diez novelas negras infaltables en cualquier buena bibliografía del género y precursor del polar, evolución a partir del black norteamericano y el noir francés, en la que la novela negra se inclina hacia sus vertientes más políticas. Seguro que te suena el estilo, porque sus evoluciones recientes andan cerca de Yasmina Khadra o Antonio Lozano. Además, Thompson, sobre cuya 1.280 almas hablé hace poquito en este mismo blog era considerado una especie de “padre espiritual” del polar.

Manchette es situacionista desde Hegel y Marx, crítico con los estereotipos sesentayochistas y lúcido crítico de las estrategias de la izquierda extrema, en la cual militaba.

Tardé mucho tiempo en volver a conseguir algo de Manchette, pero este año he tenido suerte. RBA, en su Serie Negra, ha publicado Nada,  que fue escrita en 1972, apareció en España en 1988 en Ediciones Júcar y estaba en paradero desconocido hasta ahora.

Nada

Nada cuenta el secuestro del embajador norteamericano por parte de un grupo izquierdista, ridículamente desnutrido e ingenuamente liderado por un anarquista catalán y un intelectual francés. Un joven alcohólico, un camarero, un mercenario y una prostituta militante (según sus propias declaraciones), completan la cédula de combatientes, que habrá de enfrentarse a un policía sin escrúpulos en cuyas manos ha sido puesta ilimitada capacidad de medios y maniobra.

La novela supone una reflexión sobre los errores del extremismo, imperdonables porque suponen un arma fácilmente instrumentalizable por parte del Estado al que combaten.

¿No te interesa la política? Pues vale. Tienes que leerla igualmente. Es una novela rapidísima, con la intriga perfectamente manejada desde las primeras páginas, un sentido del humor exquisito y un tratamiento de la violencia que raya en lo paródico con respecto a la novela negra habitual en esa época. No te desvelo más detalles de la trama. Pero te dejará sin aliento.

Nada, de Jean-Patrick Manchette, Barcelona, RBA, 2009, 186 páginas.



Inclasificable Vian: El Lobo-Hombre

16 08 2009

Aunque Boris Vian estuvo muy de moda en España en los ochenta y noventa, últimamente no se habla mucho de él, así que creo que es buena oportunidad para recomendarlo, sobre todo a los que ahora son veinteañeros. Combina bien con baños de sol, viajes en avión o cervecita con aceitunas en terrazas de verano.

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Lúdico, divertido, musical, ácido, desacralizador, cruzado patafísico contra la solemnidad y, sobre todo, profundamente poético, Vian es, a mi juicio, uno de los más interesantes escritores franceses de posguerra. En muy poco tiempo (murió a los 29 años), desarrolló una actividad frenética: músico, cantante, ingeniero, actor, novelista, crítico de jazz… Pero todo lo que hizo está presidido por un humor inimitable, un cinismo a prueba de tribunales y una imaginación desbordante.

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El Lobo-Hombre es una estupenda oportunidad para sumergirse en el sorprendente universo de Boris Vian. En estos cuentos, te encontrarás con ese lobo que está amargado porque se ha convertido en hombre, con un ladrón que le roba a un obispo el corazón (no es una historia de amor: el ladrón sabe que el obispo tiene “un corazón de oro”), con bailarinas que se excitan sexualmente atropellando al personal o con una ciudad que es una orgía continua y anónima, porque ha sido invadida por una niebla cegadora y afrodisíaca. Este cuento, en concreto, se titula “El amor es ciego” y te puedo decir que se trata de un cuento inolvidable, ideal para leer en pareja. Además de eso, golfos, juerguistas, músicos de jazz y cabareteras. En resumidas cuentas: un libro que es una farra perpetua y una sorpresa continua.

Ojo: se trata de un libro adictivo. Te engancharás y te pasarás la vida releyéndolo y recomendándolo. Y luego te sabrá a poco y te harás borisvianadicto, devorando sus inclasificables novelas: El arrancacorazones, La espuma de los días, El otoño en Pekín, Escupiré sobre vuestra tumba, Con las mujeres no hay manera, La hierba roja… Ahí, ya te habrás perdido para el mundo.

Advertencia final: si eres una de esas almas sensibles y delicadas, si eres una persona decente, ordenada y políticamente correcta, una de esas personas preocupadas que se toman las cosas en serio, será mejor que dejes en paz a Vian. Te ahorrarás más de un disgusto.

El lobo-hombre, de Boris Vian, Barcelona, Tusquets, 194 páginas.



La lucidez de los perdedores: 1280 almas

16 08 2009

Como cada verano, vuelve la novela negra. Por un lado, el aluvión de títulos desorienta. Por el otro, los folletines de título impactante y kilométrico son demasiado pesados para meterlos en la bolsa de la playa. Y, además, seguro que te has dejado atrás a más de uno de los grandes.

Jim Thompson y un gato

Jim Thompson y un gato

Para grande, Jim Thompson, un poco olvidado entre nosotros, pero con un lugar destacado entre los maestros de lo negro y criminal, junto con Dashiell Hammett, Raymond Chandler o James M. Cain. Vivió una vida bastante lamentable: hijo de un sheriff corrupto (hay algo de autobiográfico en sus obras) y de una india Cherokee maestra de escuela. La literatura clásica y el alcohol llegaron a su vida, al parecer, casi al mismo tiempo y no le abandonaron jamás. Fue petrolero, guionista de cine y muchas otras cosas más, pero siempre sin salir de la más absoluta miseria y del alcoholismo. Fugaz afiliado al Partido Comunista, represaliado durante la Caza de Brujas, fue guionista de Atraco perfecto y Senderos de gloria, creador del personaje de Ironside y sus novelas han dado películas estupendas, como Los timadores, de Stephen Frears o La huida, el mítico film de Sam Peckimpah.

1280 almas en la Zona Negra de Punto de Lectura

1280 almas en la Zona Negra de Punto de Lectura

Para recordar a Thompson te propongo leer la que muchos consideran su obra maestra, 1.280 almas, un viaje a Pottsville, un pueblucho del Sur profundo norteamericano, que tiene esa población: 1.280. Allí podrás asistir a las oscuras maniobras de Nick Corey, el sheriff del pueblo, al que todo el mundo toma por un pobre cretino, cuando en realidad un hombre frío, corrupto, ambicioso y, sobre todo, inteligente. Lo que en Canarias llamaríamos un sorrocloco. Al comienzo de la novela, Corey se enfrenta a varios problemas: un honesto (y por lo tanto, peligroso) rival en las elecciones, unos proxenetas de quienes cobra sueldo pero que se le están saliendo de madre, una esposa que lo agobia y que sabe demasiado sobre él, una amante que empieza a estorbarle… Aprovechándose de su apariencia de hombre simple, Corey se moverá a sus anchas para acabar con todos esos “problemas”, apelando a cualquier recurso, incluido, por supuesto, el asesinato.

Lo mejor es que la novela está contada en primera persona por el criminal. Thompson, maestro en eso de la construcción de personajes, se da una habilidad inigualable para meterse en su pellejo. Corey nos cuenta hasta el último detalle de lo que hace, pero haciéndose pasar siempre por un pobre diablo víctima de las circunstancias. Sin embargo, entre las líneas de su discurso reconocemos siempre al canalla maquiavélico que es. Escrita originalmente en slang (vertida a un español rural por el traductor, Antonio Prometeo Moya), la novela resulta tremendamente verosímil porque el léxico y las muletillas que usa el personaje resultan muy naturales y el estilo parece sacrificado a esa verosimilitud, aunque el lector iniciado encontrará más de una referencia a la literatura culta.

Entre las páginas de 1.280 almas hallarás intriga, violencia, sexo, humor negro y reflexión sobre las pasiones humanas, sobre el poder, sobre la corrupción, sobre la doble moral imperante en la sociedad en general y en la norteamericana en particular. Pero sobre todo una novela negra dura y rápida que atrapa desde las primeras páginas e intriga hasta la última.

Para finalizar, una anécdota: cuando la famosa Serie Noir francesa llegó al número 1000, lo celebraron publicando esta novela. Y una recomendación: si te gusta 1.280 almas, no te pierdas El asesino dentro de mí.

1.280 almas, de Jim Thompson, Madrid, Punto de Lectura, 235 páginas.



El palacio de los sueños

9 08 2009

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Todo lo que se muestra turbio y amenazante, o lo que puede llegar a serlo al cabo de los siglos, manifiesta su proyecto primero en los sueños de los hombres.

Ismaíl Kadaré. El palacio de los sueños.

Aparecida en 1980, El palacio de los sueños es considerada por muchos como la obra maestra de Ismaíl Kadaré, posiblemente el autor albanés de mayor proyección internacional. Entre sus muchos galardones, el más reciente ha sido el Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Pero los galardones, como ya te habrá mostrado la experiencia y el dinero que te has gastado en libros infumables, son completamente indiferentes. Lo que cuenta es el texto. Y este es un texto, en mi opinión, imprescindible.

Ismaíl Kadaré

Ismaíl Kadaré

El asunto de esta ficción es el siguiente: en el Imperio Otomano del siglo XIX,  Mark-Alem comienza a trabajar en el Tabyr Saray, el palacio de los sueños, un complejo y siniestro organismo estatal encargado de recavar, analizar, clasificar y, en su caso, censurar, los sueños de los súbditos del Imperio, que están obligados a hacer un informe diario de sus vivencia oníricas.

A través de los ojos de este funcionario y de su ascenso en los diferentes departamentos de este ministerio, en el que se encuentra con diversos enigmas e intrigas, se va desplegando una sólida alegoría sobre el poder, el totalitarismo y la cosificación del individuo a través de la burocracia. Aunque oscila entre lo fantástico, lo político y lo filosófico, la historia está contada con eficacia, con una acción que avanza continuamente y en la que los pasajes más poéticos están insertos perfectamente en una trama que jamás se detiene.

Es una novela inquietante, lúcida, sorprendente y bella. Si eres un lector iniciado, te recordará a Kafka y a George Orwell. Si no, la disfrutarás igualmente, porque la intriga está muy bien manejada y atrapa al lector casi desde las primeras páginas. En todo caso, cuando uno lee El palacio de los sueños descubre que no es un libro más, que no será fácil olvidarlo.  Eso no ocurre todos los días, así que es mejor aprovechar la oportunidad.

El Palacio de los sueños, de Ismaíl Kadaré, Madrid, Alianza, 2007, 226 páginas.



¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?, o la literatura como juego.

9 08 2009

perecGeorges Perec, historiador y sociólogo francés hijo de judíos polacos (su padre murió como soldado y su madre en Auschwitch), formaba parte del Oulipo, el Taller de Literatura Potencial, fundado en 1960 en torno a Raymond Queneau y al que pertenecieron, entre otros, Italo Calvino o Marcel Duchamp.

Los miembros de la Oulipo eran tremendamente cultos, pero alegremente irreverentes. Experimentaban con el lenguaje y los estilos literarios. Aunque su novela más celebre es La vida, instrucciones de uso (en la que se cuentan las historias de los habitantes de un edificio de viviendas con la estructura del salto del caballo en el ajedrez), Perec destacó por escribir novelas en forma de lipograma. Un lipograma es un texto en el que no figura nunca una o más vocales. Con este procedimiento escribió la singular La disparition, una supuesta novela de detectives en la que lo que el detective está buscando es la letra e, que no aparece en ningún momento en el libro (en español se tradujo como El secuestro y la que desaparece es la letra a).

Georges Perec

Georges Perec

Ahora se ha traducido por primera vez al español ¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?, una novela muy divertida y breve, escrita con mucho desparpajo y bastante sentido del humor, en la que se nos cuentan los intentos de un grupo de bohemios antimilitaristas de librar a un soldado de ir a la Guerra de Argel. Lo primero que se plantean es romperle un brazo y tirarlo por una escalera. De ahí hacia arriba, el disparate está servido, sobre todo cuando el intento de defenestración se convierte en una juerga general. En fin, una novela golfa y humorística.

Pero también se puede leer de una segunda forma: tiene una lectura alternativa en la cual, siguiendo un índice propuesto por Perec, vamos siguiendo las figuras retóricas y licencias poéticas que van apareciendo página a página.

El lector puede escoger cualquiera de las dos maneras de leerla o las dos, pero en cualquiera de ellas, hay un libro divertidísimo para disfrutarlo a carcajada limpia.

Antimilitarismo, ingenua solidaridad, sociedad civil rebelándose contra la injusticia, pero, sobre todo, el sabor de una narrativa donde la literatura se da cita con el juego y la amenidad, conviven en este libro cuyo título te costará recordar pero cuya lectura difícilmente olvidarás.

¿Qué pequeño ciclomotor de manillar cromado en el fondo del patio?, de Georges Perec, Barcelona, Alpha Decay (colección Alfanhuí), 2009, 85 páginas.



Interlocutores de Dios

3 08 2009

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Ha sucedido en Tel Aviv. Un desalmado ha entrado en un centro juvenil para gays y lesbianas y la ha emprendido a tiros, hiriendo a una decena larga de personas y asesinando a dos: un joven de 26 años y una chica de 16.

Este hijo de perra aún no ha sido detenido. Iba encapuchado y vestido de negro y se le busca, al parecer, por todos los medios. Pero no será difícil encontrarle. Bastará con buscar a un sinvergüenza, catecúmeno de una de las tres religiones del libro (aunque seguramente sea un judío conservador, como el que acabó con la vida de Isaac Rabin), que piensa que todo el mundo debe ser tal y como una doctrina intelectualmente andrajosa y anacrónica por definición dice que hay que ser, y se comporta como si fuera el propietario exclusivo de la verdad. Razonar con él será imposible y, para más pistas, es muy probable que tras sus ademanes de macho de-los-de-toda-la-vida, se adivine fácilmente el trauma de una homosexualidad latente que no ha sabido aceptarse a sí misma. Y, sobre todo, este inútil será “defensor de la familia”.

Todos estos salvajes tienen ese denominador común: son defensores de la familia, de una familia tipo, un determinado concepto de familia, generalmente sometida a la autoridad de un pater familias (hombre, por supuesto) y consagrada a perpetuar unos valores tan anquilosados como espurios. Apelan a un ente abstracto denominado tradición (sustituye en sus argumentaciones a la racionalidad), cuyos contenidos varían sutil pero arbitrariamente dependiendo de los intereses que persiga el oráculo defensor-de-la-familia que ande de guardia ese día.

Defensores de la familia tenemos también unos cuantos por aquí. Son homófobos, contrarios a los matrimonios homosexuales y a la adopción por parte de parejas gays y lesbianas. Utilizan nociones sospechosas, como la de raza, patria o nacionalidad, y acusan de ideológicos a conceptos de la moderna sociología, como el de género (sí, los he oído decirlo sin ningún tipo de rubor en un canal de televisión que se llama Intereconomía TV). Se oponen (apelando, curiosa e incongruentemente, a los recursos de la democracia, los cuales  estiran a su antojo) a las cosas más dispares, como la eutanasia, el aborto, los métodos anticonceptivos, la educación para la ciudadanía, la laicidad de los centros educativos, la investigación con células madre, la integración de inmigrantes o la diversidad cultural. De igual modo confunden lo liberalista con lo libertario, y usurpan el término “libertad” para titular así a sus publicaciones. Y exigen (eso es lo más llamativo), tolerancia para las más variadas formas de intolerancia. Por eso no sienten ninguna vergüenza al organizar asociaciones pro vida al mismo tiempo que abogan por la pena de muerte; al exigir la presunción de inocencia para sus partidarios mientras piden la reinstauración de la cadena perpetua; al clamar por su derecho a difamar a diestro y siniestro (falseando, en caso necesario, hechos históricos y datos científicos) a la misma vez que llevan a los tribunales a los periodistas que destapan sus insidias. Son los de siempre: los defensores de la familia, de la tradición, del como está mandado, los que apelan a la libertad de credo para imponernos el suyo. Son (o piensan que son) los interlocutores de Dios: ayer impidieron que alguien tuviera una muerte digna, hoy disparan contra jóvenes que desean vivir su sexualidad de forma coherente con su vida pública, mañana puede que estén en tu playa, exigiendo que se oculten esos pechos que ellos desean sobajear.

Los de aquí casi nunca empuñan un M16. Disparan insultos, decretos, peticiones, protestas públicas (sí, han descubierto que existen las manifestaciones), protagonizan torpes insumisiones a las leyes progresistas. Pero en el fondo son los mismos: esos que emiten reportajes incitando al odio contra quien ellos consideran “no-normal” (como si ellos fueran normales en pleno siglo XXI) y confunden la mierda con la pomada en un discurso imbécil que les legitima como exclusivos poseedores de la verdad. De esa verdad dictada por Dios (o sus subordinados directos, porque creo que en agosto libra) que permite a un canalla tomar un arma y abrir fuego contra quienes no son ni tan ignorantes ni tan reprimidos como él.

En Israel o en España, me es indiferente, el que toma el fusil o el que lo azuza son mismo perro con distinto collar. Ambos me producen similares arcadas.



La carretera, de Cormac McCarthy: para cuando aún estemos vivos

8 06 2009

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Un hombre y un niño recorren a pie una carretera que atraviesa de Norte a Sur el territorio de los Estados Unidos en una época, no muy lejana en el futuro, en que la vida en el planeta se ha extinguido casi por completo. La esperanza no es más que un vago incentivo. Lo único que les queda es el irracional empeño por sobrevivir. Sobrevivir al hambre y el agotamiento, sobrevivir al frío y a la enfermedad, sobrevivir a los grupos de maleantes y caníbales que deambulan por ese mundo sembrado de poblaciones y cadáveres calcinados, donde la luz del sol no es más que una espectral sospecha tras una eterna lluvia de ceniza. Sobrevivir porque ellos son el último signo de civilización, porque, tal y como el hombre le hace recitar al niño, son ellos quienes “llevan el fuego”.

El hombre sabe que debe adiestrar al niño en los hábitos del superviviente, pero sin permitir que nada perturbe su candor y, sobre todo, evitando que se resquebraje una fe que él mismo no profesa. Tentado por el suicidio, acosado por las múltiples carencias y peligros a los que ambos están sometidos, el hombre se debate constantemente entre su propia y necesaria crueldad y la temeraria bondad del pequeño, nacido tras la hecatombe.

Ese es el argumento de La carretera, de Cormac McCarthy. Se trata de una singular novela de eterna postergación (como El castillo, como El desierto de los tártaros), apocalíptica, hipnótica y poética, tremendamente plástica y reflexiva, en la que el inventario y la manipulación de los objetos toman el mismo papel central y simbólico que en Robinson Crusoe. Está escrita a rápidos párrafos que cierran secuencias completas, donde el norteamericano hace alarde de su habitual habilidad para interpolar con naturalidad en el relato los monólogos y, sobre todo, los diálogos de los personajes, verosímiles y, a la vez, sorprendentes. Se hace leer con fascinación, con horror, con emoción, como un largo poema sobre la inocencia, la memoria, la muerte, la solidaridad, la existencia de Dios y muchos otros temas, entre los cuales destaca, como suele suceder en la obra de McCarthy, la misma condición humana, la pregunta sobre cómo continuar siendo un ser humano en un mundo donde “no hay interlocutores de Dios”.

 

 

La Carretera, de Cormac McCarthy (Trad. de Luis Murillo Fort), Barcelona, DeBolsillo, 2009, 210 páginas.

 



Ejercicios de estilo

16 05 2009
Raymond Queneau

Raymond Queneau

En 1947, Raymond Queneau, surrealista, patafísico y miembro del Oulipo (grupo de investigaciones de literatura potencial), a quien el mundo debe, entre otras cosas importantes, la desternillante Zazie en el metro, publicó el inagotable Ejercicios de estilo, donde cuenta una misma anécdota, por lo demás, bastante pedestre, con 99 estilos diferentes.

La inspiración le había llegado a Queneau, según atestigua en el Prefacio a la edición de 1963, tras escuchar una interpretación del Arte de la Fuga, pensando en la obra de Bach “como construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en trono a un tema bastante nimio”.

En esa misma edición, Quenau añadía una lista de ejercicios de estilo posibles que él no había ejecutado y que lanzaba como propuesta al lector.

Caligrama de Carelman para la edición ilustrada de "Ejercicios de estilo"

Caligrama de Carelman para la edición ilustrada de "Ejercicios de estilo"

Hace unas semanas, en una de las sesiones de Factoría de Ficciones, tocamos el tema de este libro y leímos algunos de los ejercicios de Queneau. Luego surgió la propuesta, por parte de Andrés Sánchez Sanz, uno de los talleristas, de sortear algunos epígrafes de esa lista de ejercicios de estilo posibles entre los participantes de nuestro taller, para que cada uno elaborara un texto a partir de la premisa que le hubiera tocado en suerte. Los resultados fueron variados y divertidos. Hubo quien incluso elaboró caligramas y collages. Como homenaje a Raymond Queneau (a quien, creo, no se conoce suficiente en nuestro ámbito y nuestra época), inserto a continuación mi propio texto, escrito a partir de la premisa “Reglas de un juego”.

Para jugar al Juego de la Línea S

 

El juego se desarrollará en el autobús de la Línea S, preferentemente atestado y en horas de mediodía.

El objetivo del juego será encontrar y ocupar el último asiento libre.

Los jugadores subirán al vehículo ataviados de las más variadas formas.

Una vez alcanzado el objetivo se premiará al ganador con la posesión del mencionado asiento (por supuesto, sólo hasta el fin del trayecto. Los participantes se abstendrán, especialmente, de intentar desatornillarlo de sus anclajes con el fin de llevárselo a casa).

Obtendrá diez puntos adicionales aquel jugador de menos de treinta años que lleve sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta y abrigo llamativo. Sin embargo, si este jugador es cuellilargo y respondón, esos diez puntos se reducirán a ocho.

En el caso de que exista sospecha de que el jugador ha obtenido la victoria realizando maquiavélicas maniobras de distracción (por ejemplo, la de provocar una discusión con otro jugador, de mediana edad, a quien haya acusado de empujarlo) se le amonestará posteriormente con severidad la Plaza de Roma, frente a la estación de Saint Lazare, afeándole, además, cualquier fallo en su indumentaria, tal como la ausencia de un botón en su estrafalario atuendo.

 



Cronopios sueltos por la calle Torres

10 05 2009
Foto: Nayra Pérez

Foto: Nayra Pérez

Calle Torres, en Las Palmas de Gran Canaria, hace unas semanas, en el trancurso del concurso de escaparates literarios, convocado por el Cabildo. De pronto, acercarnos al escaparate de Soda Sola, porque nos habían dicho que estaba dedicado a Cortázar. Y allí, efectivamente, diversas ediciones de Rayuela, de Bestiario o de Los autonautas de la cosmopista, pero también, y sobre todo, esta rayuela colorida prolongando el escaparate hacia la calle, o la calle hacia el escaparate. No sabemos con exactitud si se debe al buen gusto de quienes regentan el negocio o si los cronopios, esas criaturas verdes y húmedas, han vuelto a hacer de las suyas. En cualquier caso, se rumorea que el alumnado del cercano colegio de Las Dominicas han agradecido mucho esta excepción lúdica. Hoy me llega esta foto, por cortesía de Nayra Pérez y aprovecho para mostrarla para solaz de cortazarianos y rayuelistas empedernidos. Uno no puede evitar pensar que a Cortázar le hubiera gustado el sencillo homenaje y que, sin duda, habría sacado unas cuantas fotografías.