Bibliotecas, borregos y totalitarismos

13 07 2010

Un amigo que reside en otra isla y que está implicado, con otras muchas personas, en la apertura de una biblioteca para la cual solamente falta la colaboración (no económica, sino inmobiliaria) de un ayuntamiento que, hasta ahora, no ha hecho más que remolonear en este asunto (porque, al parecer, no le parece “interesante”) me ha hecho preguntarme por qué me parecen importantes las bibliotecas. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me he puesto a pensar y el resultado es el texto que transcribo a continuación.

La biblioteca, de Maria Helena Vieira da Silva

La biblioteca, de Maria Helena Vieira da Silva

Borges imaginó el universo con forma de biblioteca. Lo hizo en La biblioteca de Babel, uno de sus muchos cuentos inolvidables, donde se nos describe una biblioteca compuesta de “un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio”. Esta hermosa metáfora borgeana (cuya arquitectura homenajeará Umberto Eco en El nombre de la rosa) no es exacta para quienes pensamos que el universo es caos. El hexágono es una forma geométrica demasiado perfecta. Prefiero pensar en la biblioteca humana que nos propone Ray Bradbury en Fahrenheit 451. En esa novela de 1953 se nos describe un mundo futuro en el que los inconscientes ciudadanos (ajenos a que sus autoridades están a punto de iniciar una guerra nuclear) viven pendientes de enormes pantallas caseras de televisión mediante las cuales interactúan con una programación completamente superficial, carente de todo contenido (elaborando este resumen brutal, se me ocurre que ese mundo se parece alarmantemente al nuestro). En esa sociedad los libros están prohibidos (como sabe todo dictador, los libros son peligrosos, porque hacen pensar) y la ley castiga severamente a quienes los imprimen, distribuyen, leen o almacenan. Las bibliotecas clandestinas son pasto de las llamas (el título de la novela hace referencia a la temperatura a la que arde el papel) en incendios que provocan, paradójicamente, los bomberos, y sus poseedores y mantenedores son perseguidos con toda la burocrática eficiencia de los estados policiales. Tras huir de la ciudad, el protagonista (un bombero que ha sido denunciado por almacenar y leer libros), se une finalmente a un grupo de hombres y mujeres que se han exiliado para salvaguardar los libros, en espera de tiempos mejores. Su plan es sencillo y genial: cada uno de ellos ha memorizado un libro y su misión es recordarlo y traspasar este recuerdo a un miembro de la siguiente generación, para que, tras el inminente holocausto nuclear (el fin de ese régimen analfabeto), cuando puedan volver a imprimirse libros, el patrimonio inmaterial de su contenido se conserve intacto. Esto es: cada uno de los miembros del grupo es un libro; su grupo es una biblioteca; la supervivencia de una sociedad justa implica la supervivencia de estos individuos, la cual implica la supervivencia de los libros, imprescindible para la democracia.

Frente a la probablemente infinita (y, por tanto, probablemente abominable) de La biblioteca de Babel (ese cuento estupendo que siempre me produjo un verdadero terror metafísico), esta biblioteca de Bradbury me resulta más amable, más conmovedora. En primer lugar, de modo intuitivo, estético, porque en ella no interviene la geometría. Pero, sobre todo, por el hecho de que son los seres humanos quienes la sustentan, quienes la hacen posible y la perpetúan. La biblioteca de Babel podría subsistir sin los hombres; la de Bradbury no. Y es que existe un hecho bastante evidente que, sin embargo, los poderes públicos suelen olvidar: una biblioteca sin lectores no es más que un almacén de libros.

Cuando yo era niño, las bibliotecas eran (o así me lo hicieron creer) lugares casi sagrados, míticos y solitarios, donde el saber silencioso acumulaba polvo en las estanterías y donde utilizar la palabra era casi un sacrilegio. Las bibliotecas de hoy, por suerte, son bulliciosas. Me complazco en comprobar que las bibliotecas son lugares llenos de vida, donde estudiantes y usuarios de Internet se cruzan con ociosos que leen la prensa y aficionados al cine que rebuscan en las mediatecas. Cualquier persona seria se indignará porque me parezca bien este hecho (algunos de los necios más grandes que conozco son tenidos por personas muy serias), pero eso indicará que no se ha parado a pensar en que todas esos usuarios, aparentemente interesados en asuntos extra-literarios, realizan sus actividades en compañía de libros: los ven, los frecuentan, los huelen y los rozan y, tal y como afirma la sabiduría popular, “el roce hace el cariño”. En las bibliotecas continúa existiendo la función, evidentemente primordial, de servir como lugar de conservación de libros, para que podamos leerlos, consultarlos o tomarlos en préstamo. Pero, además, la oferta se ha ampliado con múltiples actividades que agrupan a ciudadanos de todas las edades y capas sociales en torno a actividades de narración oral, clubes de lectura, talleres creativos, competiciones de juegos de mesa, exposiciones, conferencias y mesas redondas. O simplemente, son puntos de reunión. Ya que la vida bulle allí, allí se producen diarios encuentros. El lector que quiera hacer la prueba puede visitar cualquier biblioteca. Será testigo, como lo soy yo cada día, de cómo los adolescentes se hacen la corte con el pretexto del estudio, de cómo se encuentran viejos amigos que no se veían hacía años, o de cómo padres y madres jóvenes acuden a ellas acompañados de sus hijos. Las bibliotecas de hoy están vivas. Más vivas que nunca. Son un eminente centro de la vida civil. Y ello es debido a que la sociedad las reclama y las usa. Son los miembros de la sociedad civil (y no los poderes públicos) los que hacen que existan las bibliotecas tal y como cualquier amante de la difusión cultural las entiende. Los poderes públicos, sin embargo, cumplen una función (quizá debería decir la función, pues es, en mi opinión, esta su condición de existencia) imprescindible: garantizar la existencia de las infraestructuras necesarias para que toda esta vida sea posible. Y, así como he comprobado con alegría cómo por toda nuestra geografía se extiende una estupenda red de bibliotecas dependientes de todo tipo de instituciones (y gestionadas, por cierto, por personas cuya labor es inestimable, con una pasión a prueba de sueldos mínimos e inestabilidades laborales), también he comprobado con tristeza, cercana a la vergüenza ajena, que existen municipios y zonas que todavía no cuentan con su propia biblioteca. Porque nadie se ha preocupado de ello, porque se está más interesado en el bienestar económico que social, o porque se entiende el sector de la gestión pública de la cultura como algo más cercano a las actividades de “Ocio y Festejos” que como lo que realmente es: algo intangible, que no hace demasiado ruido (o, al menos, no tanto como unos voladores o un macro-concierto del último canchanchán de moda en esta temporada) pero cuya presencia es indispensable si se pretende vivir en una democracia sana en la cual sus miembros estén no solamente informados sino también formados, para que cuenten con un patrimonio intangible que les proporcione los parámetros necesarios para pensar por sí mismos y contribuir así al desarrollo y perpetuación de ese mismo patrimonio con su participación activa. A nadie se le escapa (mucho menos al totalitarismo del pensamiento único) que sin todo esto los ciudadanos no serían ciudadanos, sino simples borregos manejados a sus anchas por los poderes económicos y políticos.

No imagino el universo como una biblioteca, porque, como ya dije, la imagen que tengo del universo es caos. Pero todas aquellas herramientas que concibo para intentar poner algo de orden que me ayude a transitar por ese caos están contenidas en los libros. Por eso no concibo un mundo sin libros. Y, por supuesto, lo que jamás concebiré, es una sociedad justa (una sociedad madura, una sociedad con presente y con futuro) sin bibliotecas. Cuando recuerdo a Bradbury y su novela, un resorte que está en mi educación o en mi memoria sentimental o, simplemente en mi sentido de la estética (o de la ética), me lleva ineluctablemente a pensar que cada vez que alguien, por acción o por omisión, impide o, simplemente, obstaculiza la posibilidad de existencia de una biblioteca, está dando, consciente o inconscientemente, un decidido paso hacia el totalitarismo.



El Laboratorio Creativo de Anroart

12 07 2010

El pasado 8 de julio finalizó la primera edición del Taller de Literatura Anroart (TLA para los amigos). Hasta esa fecha y desde el pasado mes de octubre, una veintena larga de personas de ambos sexos y de todas las edades, se reunieron semanalmente durante dos horas (y trabajaron de forma individual muchas horas más) en este taller teórico-práctico de introducción a la narrativa.

Algunos de ellos son escritores en germen o autores clandestinos; otros ya han hecho sus primeras incursiones en el mundo literario, mediante volúmenes colectivos o premios de diversa índole. Pero a todos les une la misma curiosidad, el mismo afán formativo, la misma inquietud: la de crear mundos de ficción que se parezcan sospechosamente a este que transitamos juntos día a día.

Al hilo de mis peroratas interminables (y de algunas charlas interesantes, realizadas por profesionales de valía en sus respectivos campos) reflexionaron sobre algunos de los aspectos esenciales de la narrativa analizando textos eminentes, extrayendo las técnicas que les confieren singularidad y aplicándolas a sus propios trabajos.

El proyecto del TLA surgió el año pasado por estas fechas, de una conversación entre Jorge Alberto Liria, director de Anroart Ediciones y de quien esto escribe, en la que hablamos de dos necesidades importantes y complementarias:  la de proporcionar a los nuevos autores técnicas útiles para aumentar la calidad de sus originales y la de establecer un taller estable que permitiera profundizar en la materia que yo trato habitualmente en los talleres que imparto en otros foros.

El resultado de esa conversación fue un taller de ocho meses de duración, concebido como un curso de introducción a la escritura narrativa, siempre asumiendo una perspectiva no académica. Ese mismo taller que acaba ahora y en el cual se han tocado temas esenciales a partir de obras de importancia capital, desde el Poema de Gilgamesh a Veinticuatro horas en la vida de una mujer, pasando por El extranjero, Ficciones o La espuma de los días. Los aspectos estructurales del cuento y la novela (puntos de vista, desarrollo de conflictos, diseño de personajes, tratamiento del tiempo y del espacio, composición) se han combinado con algunos recursos que es imprescindible dominar (el diálogo, el monólogo, la organización argumental) y con diversas técnicas útiles (la prolepsis y la analepsis, la muñeca rusa y el cuento-receta, el Logo Rallye y el binomio fantástico), además de reflexionar sobre las especificidades técnicas de diversos subgéneros muy populares en la actualidad, como la novela negra o la novela histórica y todo ello complementado, además, por los seminarios ofrecidos por Sergio Hernández, Aitor Guezuraga, Ángeles Jurado, Nayra Pérez, Santiago Gil y Jorge Alberto Liria, sobre orto-tipografía, escritura cinematográfica, escritura en blog, poesía hispánica, periodismo literario y edición.

Ahora, al finalizar esta primera edición del TLA (esta experiencia piloto que no era más que el primer paso de un viaje que esperemos sea largo), hemos decidido no sólo que se trataba de algo útil, sino que además vale la pena continuar y ampliar la oferta. Por eso estamos trabajando en una programación más amplia y en un proyecto de más largo recorrido, que tenga como espina dorsal el TLA, pero englobe algunas otras materias: el Laboratorio Creativo Anroart. En breve inauguraremos un sitio web desde el cual informaremos de la programación de la próxima temporada y de las actividades previstas para el verano. Pero puedo adelantarte ya que la matrícula para la edición 2010-2011 del TLA se abrirá en la primera semana de septiembre.

Ha sido un curso de pequeñas satisfacciones semanales, de grandes sorpresas y de mucho aprendizaje, tanto para los participantes en el taller como para quien lo impartió. Sí, porque lo más importante de esta actividad ha sido, precisamente, la participación, el esfuerzo y la dedicación de quienes han hecho posible que este Laboratorio Creativo de Anroart (que aún no se llamaba así pero ya era lo que será) comenzara con tan buen pie. Desde aquí quiero expresar mi agradecimiento a todas y cada una de esas personas (incluidas las cinco que por motivos laborales o personales no pudieron finalizar la temporada). A quienes sí pudieron, aprovecho para decirles que nos veremos, espero, muy pronto, en el taller avanzado que comenzará en octubre, para continuar diciendo asombro donde los demás dicen solamente costumbre (conseguí llegar al final de esta entrada sin citar a Cortázar, pero ya saben que es difícil no citar a Borges).



Lo que me dio Saramago

20 06 2010

Ahora que ya no está quizá es el momento de pensar en él. No le conocí en persona, así que no puedo hablar de la persona (no soy de esos que se permiten llamar Tito a Agusto Monterroso o Gabo a Gabriel García Márquez; pienso, o siento, que ese privilegio debe estar reservado a su círculo más íntimo; que aunque uno llegue a amar a un escritor nadie tiene derecho a arrogarse una intimidad que no le pertenece). Pero sí que tengo una larga relación con él como lector suyo y no paro de pensar en estos días en cómo llegó José Saramago a mi biblioteca, para quedarse en ella ocupando uno de los anaqueles más respetables.

La culpa de que yo leyera a Saramago (como de que leyera a tantos otros) la tiene Antonio Becerra, quien regresó de un semestre de estudios en Portugal con un ejemplar de la edición portuguesa de El evangelio según Jesucristo e insistió en que debía leerlo. Entonces Saramago aún no vivía en Canarias y sólo unos pocos (cultos, inteligentes, con buen olfato, como Becerra) le habían leído. Por supuesto, según mi amigo, mi total desconocimiento de la lengua de Sa Carneiro no constituiría un inconveniente. En eso se equivocaba. Yo leería ese libro más tarde. Pero primero caerían en mis manos otros libros, conforme Saramago iba siendo publicado por Alfaguara y su obra se iba popularizando en nuestro ámbito cultural. Mientras aparecían nuevos títulos, yo iba haciéndome con algunos anteriores y, así, leí El año de la muerte de Ricardo Reis después de Todos los nombres, El Hombre duplicado antes que La balsa de Piedra, El ensayo sobre la ceguera inmediatamente tras Historia del cerco de Lisboa.  Y, al mismo tiempo, iba conociendo al hombre público que era Saramago, ese sereno crítico del poder, luchador contra el dogmatismo, contra el terrorismo ecológico, contra todo aquello que oliera lejanamente a injusticia.

Fue fácil acostumbrarse al Saramago escritor, a aquel novelista que imponía un estilo propio y personalísimo, en el que me sorprendía la fluidez y consistencia de su prosa, la transcripción de los diálogos directos insertándolos en los párrafos narrativos sin más marca que las mayúsculas iniciales y construidos de tal forma que nunca permitían confusión alguna, a los rincones de sus páginas en los que se escondían máximas inolvidables; fue fácil acostumbrarse a su relectura de temas clásicos que cobraban nueva vida o presentaban perspectivas inéditas al pasar por su crisol; también lo fue acostumbrarse a su labor incesante, a sus escasas pausas.

Como otros grandes, Saramago demostró que el gran público puede disfrutar de la “alta literatura”, sin necesidad de que el autor haga eso que los pedantes denominan “bajar el listón”. Confiaba en el lector, en su capacidad estética y crítica. Y el lector no le defraudó. Conozco a personas que son incapaces de imaginar la literatura sin Saramago, que tienen con sus libros una relación más sentimental que estética en la que cada título es como un regalo de un amigo íntimo (he visto cómo sucede lo mismo con Benedetti, con García Márquez, con Cortázar).

En cualquier caso, de todo cuanto me enseñó, de tanto cuanto a mí me regalaron sus libros, hay algo extraliterario, pero más importante que la literatura; una idea sencilla y hermosa que había sospechado en Orwell pero que no percibí con claridad hasta que Saramago me la regaló; una idea que es ahora ya mía para siempre y que, en esta época en que parece que las utopías ya han muerto, en que parece imposible vivir éticamente me reconforta y me da fuerzas para seguir adelante, frente a los horrores a los que nos enfrenta cotidianamente la realidad. Esa idea es la siguiente: basta con que un solo individuo diga “no”, para que los cimientos del edificio del totalitarismo se tambaleen.

Ese regalo era ya suficiente para que el encuentro con su literatura valiera la pena.



Cuestión de honor

14 06 2010

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Hoy te traigo una novela en la que hay sexo y violencia, aunque jamás nos permite ser testigos de ello, porque en este libro son más importantes otras cosas. El punto de partida es el siguiente: en plenas fiestas de carnaval, Katharina Blum, una mujer de 27 años, seria y trabajadora, que está empleada como ama de llaves para el abogado Blorna y su mujer, se presenta en casa del fiscal Moeding, amigo de su jefe, para confesar que ha asesinado a un periodista y pedirle que la detenga. Este es el arranque de El honor perdido de Katharina Blum, una novela que Heinrich Böll escribió en 1974. En forma de crónica redactada a partir de diferentes fuentes (declaraciones del abogado Blorna y el fiscal Moeding, así como de otros testigos, informes policiales y recortes de prensa) a partir de las investigaciones posteriores, se nos cuentan los cuatro días previos a este asesinato. Porque, se nos advierte desde el principio, todo ha empezado cuatro días antes, cuando en una fiesta privada, Katharina Blum ha conocido a un tal Adolf Schönner, a quien persigue la ley, y ha pasado la noche con él. Cuando Katharina es interrogada por las autoridades y alguien filtra la información a la prensa, un periódico sensacionalista tergiversa y exagera todo lo referente a Katharina Blum y la pone en la picota pública como mujer de costumbres relajadas (así se decía en aquella época) y cercana al mundo de la delincuencia.

Con continuos juegos temporales, con una diversidad de voces manejadas con eficacia por el cronista-narrador, asistimos al calvario que supone para una persona honesta y discreta, el hecho de que, primero la policía y luego la prensa, invadan su intimidad y analicen sus actos hasta el último detalle, juzgándolas con vehemencia y sacando luego las conclusiones que más les convengan.

Se trata de una ácida crítica a un mundo dominado por el sensacionalismo mediático (te sonará de algo), pero también a una sociedad (la alemana occidental de aquellos tiempos) que vive un brote antidemocrático provocado como reacción a la guerra fría. Recuerda que son los tiempos de la banda Baader-Meinhof y Ulrike Meinhof, a quien Böll defendió públicamente. Ese tema flota a lo largo de toda la novela, así como la doble moral burguesa, la utilización de la mujer como objeto, la importancia de la imagen, de lo que somos realmente en relación con lo que somos para los demás.

Pero también es una historia política, ya que el enfrentamiento entre el fiscal Moeding y el abogado Blorna, hasta ese entonces amigos, simboliza el enfrentamiento entre la autoridad reaccionaria y la social democracia. Y se trata, sobre todo, de una historia de amor, porque Katharina y Alfred Schönner, el delincuente, están realmente enamorados. Tienen tal flechazo que a la policía le cuesta creer que no tuvieran relaciones desde mucho antes.

Esta novela, una de las últimas de Böll, se aleja técnica, que no estéticamente, de las magníficas obras que le hicieron célebre, como Casa sin amo, Billar a las nueve y media y Opiniones de un payaso, novelas complejas en las que la posguerra alemana es frecuentemente expuesta a través de la interioridad de personajes que se automarginan con respecto al discurso oficial. Böll fue premio Nóbel en 1972 y una figura polémica, amada y odiada por unos y otros en dosis proporcionales (era católico, pero muy crítico con el catolicismo; era un burgués renano que criticaba a la burguesía renana; era un socialista no militante, tremendamente crítico con el socialismo). Sus artículos (que en España publicó Noguer en su momento) son muy clarificadores en este sentido.

A Heinrich Böll no hay que perdérselo. Es uno de los grandes del siglo XX. Y esta interesantísima novela corta es una magnífica manera de empezar si uno no lo ha hecho todavía. El honor perdido de Katharina Blum, de Heinrich Böll,  176 páginas. Uno de esos libros que nos gustan a ti y a mí, para leer rápido y pensar despacio.



Agonías insulares

5 06 2010

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Voy a comenzar confesando, ahora que estamos en la más estricta intimidad, uno de mis vicios: Miguel de Unamuno.

No sé si les ocurrirá igual a sus otros admiradores, pero yo me enganché a Unamuno por sus novelas. La tía Tula, Abel Sánchez, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, y las más conocidas, San Manuel Bueno, mártir y Niebla fueron algunos de mis libros de adolescencia. De ahí, es fácil llegar a Del sentimiento trágico de la vida o En torno al casticismo, o acabar dando con De Fuerteventura a París, para conocer al Unamuno poeta.

¿A qué viene todo esto? Pues a que hace poco se han celebrado en Gran Canaria unas jornadas en torno a Unamuno y a que, en el marco de esas jornadas se presentó un libro que se titula Las agonías insulares de Miguel de Unamuno, que es, ni más ni menos, una edición anotada de sus textos sobre Canarias. La edición está al cuidado de Bruno Pérez Alemán, un filólogo y poeta bastante joven que, debe de ser, en Canarias, una de las personas que más sabe sobre este imprescindible filósofo y escritor vasco.

¿Qué nos encontramos en Las agonías insulares de Miguel de Unamuno? En primer lugar (tras unas “Palabras liminares” de ese maestro que es, para toda mi generación, Eugenio Padorno), un esclarecedor estudio acerca de la relación de Unamuno con Canarias. Como es bien sabido, Unamuno conoció un exilio de unos meses en Fuerteventura en 1924. No tan conocido es el hecho de que ya hubiera estado en 1910 en Gran Canaria, recorriendo sus municipios, interviniendo en actos públicos donde pronunció tres conferencias y trabando amistad, entre otros, con Alonso Quesada, de quien prologaría El lino de los sueños.  Este estudio lo firma Bruno Pérez y viene a ser, creo, un resumen, asequible para el lector medio, de sus trabajos sobre don Miguel. Y después nos encontramos de todo: artículos, poemas, cartas, entrevistas, discursos, reflexiones. Absolutamente hasta la última palabra que el rector de Salamanca escribió en Canarias o sobre Canarias. Hay, incluso, un apéndice que incorpora dos textos inéditos, uno de ellos un diario que Unamuno ocultó por si le registraban mientras estaba confinado. No me negarás que la cosa tiene morbo…

Yo acabo de terminar de leer este libro y todavía estoy fascinado. No sólo porque brilla, como siempre, la inteligencia de Unamuno, su forma de jugar con las palabras (recuerda su “venceréis, pero no convenceréis”), su ironía y su pesimismo lúcido, sino porque en su forma de hablar a la sociedad insular de aquella época, vemos que esta se hallaba aquejada de algunos males que no parecen estar tan lejanos: el aislamiento, el riesgo de empobrecimiento espiritual si sólo nos preocupamos por el comercio y el turismo, la pérdida de tiempo en cuestiones localistas, como el pleito insular y los puertos francos (muy polémicas en 1910), mientras se pierden de vista los verdaderos problemas de la política, como la defensa a ultranza de la legalidad, el equilibrio y la justicia social.

Para botón, una muestra, así que reproduzco un pequeño fragmento en el que Unamuno se refiere a las quejas derivadas de polémicas relacionadas con el pleito insular y los puertos francos (si piensas que ya no se habla de estas cosas, que hemos progresado mucho, deberías echar un vistazo a los editoriales de la prensa insular):

Desde que llegué aquí (…), estoy oyendo hablar del problema local. Perdonad que un forastero un poco rudo, os diga que yo no he visto hasta ahora en ese problema sino querellas domésticas, luchas por distinciones, algo de vanidad colectiva, escapes del “aplatanamiento” y rencillas kabileñas. No dudo de la justicia de una porción de reclamaciones; pero muchas veces, en vez de acusar a la lentitud burocrática, no estaría de más mirar si no es peor la lentitud del propio espíritu. He oído quejarse de que hay hijos ilustres de esta tierra que se van y no vuelven. Yo comprendo, porque cuando voy a la mía, me apena ver las rencillas domésticas a que viven entregados.

También os quejáis de la política. Pero, ¿es que puede llamarse política a dar vueltas y más vueltas a una cosa y buscar en la Península abogados a quienes dais como honorarios un acta? Eso no es política. Nunca se ha llamado químico a un buhonero de drogas.

No reduzcáis vuestros ideales a la pequeñez de estas Islas; henchidlos con la grandeza del mar, que es el que debe brisar vuestros ensueños.

“Discurso de los juegos florales”, pronunciado en el Teatro Pérez Galdós el 25-VI-1910.

Para forofos de Miguel de Unamuno, para amantes de la buena literatura y para aficionados a la Historia. Pero, también, para todo aquel que quiera averiguar cómo veía este observador implacable a la sociedad canaria de entonces, que no era demasiado distinta a la nuestra. Quizá, viéndolos con sus ojos, entendamos mejor algunos de esos problemas de los que hablamos todos los días.

Las agonías insulares de Miguel de Unamuno, edición de Bruno Pérez Alemán, en Anroart Ediciones. 435 páginas para disfrutarlas, pero también para pensarlas.



Un semana de cretinos

22 05 2010

Hoy es el Día de la Biodiversidad y yo te voy a hablar de cretinos.

No, no voy a hablar de quienes han aprobado el nuevo catálogo de especies des-protegidas, que abre la veda para que constructores y políticos desaprensivos puedan pisotear más de 200 especies, sino de un libro de Roald Dahl. Como sabrás, coincidiendo con esa aprobación, han proyectado en nuestras pantallas de cine Fantástico señor Zorro, basada en un libro de Roald Dahl.

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No es la primera vez que se le adapta. Así, de memoria, recuerdo que hay versiones de cine de James y el melocotón gigante, Matilda y Las Brujas. De Charlie y la fábrica de Chocolate hay dos versiones. Por cierto, para los despistados, en España, Fantastic Mr. Fox se edita con el título de El Superzorro.  Y claro, ahora este Fantástico señor Zorro vuelve a ponerse de moda y creo que es buena oportunidad para que los papás y las mamás (y los tíos y los abuelos) aprovechen para poner en las manos de los más chicos libros de este verdadero genio.

Yo, por mi parte, voy a recomendar un libro que no tiene película (todavía). Es Los Cretinos (The Twits, para los de inglés). Los Cretinos son un matrimonio francamente desagradable. Son egoístas, sucios y crueles. El Señor Cretino se deja crecer una barba enorme para ocultar la maldad de su rostro y nunca se lava la cara. La Señora Cretino es igualmente fea. Cuando joven era guapa, pero se ha ido volviendo muy fea a lo largo de los años, como le ocurre a todas las personas que tienen malos pensamientos. Eso lo sabe todo el mundo: cuando la gente tiene malos pensamientos, se vuelve fea; si sus pensamientos son buenos, aunque no sean especialmente agraciadas, las personas nunca son feas, porque esas buenas ideas les resplandecen en el rostro. La Señora Cretino tiene, además, un ojo de cristal. Este matrimonio de malvados se pasa la vida haciéndose faenas: ella le pone a él su ojo de cristal en la jarra de cerveza; él le mete a ella una rana en la cama; ella le pone a él gusanos en los espaguetis. Además, tienen prisionera a una familia de monos, a los que mortifican continuamente. Y, los martes, matan pajaritos y hacen pastel de pájaro. (Ahora que lo pienso, estos cretinos se parecen bastante a los que han recortado el catálogo de especies protegidas en Canarias). Pero las cosas van a cambiar, porque llega de África el Pájaro Gordinflón, que va a ayudar a los monos y a los pájaros ingleses a librarse de los Cretinos.

Ahí están: Son los Cretinos. Piensan que todo les pertenece y maltratan a los animales

Ahí están: Son los Cretinos. Piensan que todo les pertenece y maltratan a los animales

Dahl era inglés, de ascendencia noruega. Fue petrolero y vivió en África, hasta la Segunda Guerra Mundial, cuando pilotó un caza de combate. Algo que pocos saben y que cuenta en un libro titulado Volando solo son sus peripecias durante la guerra. Por ejemplo, llegó a enfrentarse él solito con su Hawker Hurricane a seis cazabombarderos alemanes. Empezó a escribir en 1942, cuando le destinaron a Washington como agregado militar. No sólo escribió libros para niños. También escribió una serie de cuentos macabros, publicados con el título de Relatos de lo inesperado.

A mí me gusta Dahl porque es divertido, y porque habla de cosas feas en medio de las cuales surge la belleza. Por ejemplo, en ese universo horrible que es la casa de Los Cretinos, surge la belleza en la cooperación entre los monos, los pájaros ingleses y el Pájaro Gordinflón para defenderse de estos dos tiranos.

En muchos de sus libros, los protagonistas son niños muy pobres, húerfanos o desgraciados. Algunas veces, incluso, se encuentran en situaciones de maltrato. Pero todos ellos se enfrentan a los males del mundo utilizando su buena voluntad y sus habilidades personales, además de contar con la ayuda de algún adulto que les apoya y confía en ellos. Pienso en Charlie, en Matilda, en James. En el caso de Los Cretinos, son unos simpáticos animales quienes se defienden este matrimonio caprichosamente malvado.

Alguna vez he escuchado a algún moralista criticar los libros de Dahl porque son crudos o crueles. Lo que ocurre es que trata a los niños con respeto, confía en su inteligencia y en sus capacidades. Y las potencia creando ficciones fantásticas que tienen una enorme semejanza con el mundo real. Hay mucho humor negro y mucha reflexión acerca de la realidad. No hay ñoñerías en los libros de Dahl. No hay hadas con alitas ni ositos amorosos. Ni falta que hace. Se puede hablar sobre la lucha entre el bien y el mal, entre el egoísmo y la generosidad, entre el individualismo y la cooperación con los demás, sin necesidad de escribir cursilerías.

Así que si ya conoces a Dahl y te has perdido este libro, no dejes de buscarlo. Si aún no lo has leído, es una oportunidad estupenda para empezar a leer a este maestro. Luego puedes seguir con Agu trot, ¡Qué asco de bichos! o La maravillosa medicina de Jorge, además de los otros títulos que he mencionado.  Pero, para esta semana, una semana triste para quienes respetamos el medio ambiente y pensamos que nadie debe jugar con lo que no es suyo, Los Cretinos, de Roald Dahl. Alfaguara. 113 paginitas de diversión y de buena literatura que podemos compartir con los más chicos.



Cuentos del Rif

15 05 2010

Cuentos del Rif

Ayer se celebró, como cada año, la Maratón de Cuentacuentos en la Plaza de Las Ranas y por eso, en estos días, la isla está llenita de narradores orales, que son esos hombres y mujeres que nos fascinan y nos hacen sentir como niños utilizando el poder de la palabra: Pep Bruno, Pablo Albo, Ana Griot, Bonaí Capote o Antonio López son algunos de ellos. Escuchando a estos hechiceros, yo recordé una joyita que conocí el año pasado. Se trata de un libro titulado Cuentos populares del Rif. Contiene, principalmente, historias contadas por mujeres cuentacuentos. Lo firma Zoubida Boughaba Maleem y supone un serio trabajo de investigación realizado en el año 2002 en la zona de Alhucemas por esta escritora marroquí afincada en España. Resulta que en esa zona concreta, en el Norte de Marruecos, son las mujeres las que mantienen viva la tradición oral. Cuentan cuentos al atardecer, en los hogares, utilizando, además, fórmulas fijas para el comienzo y el final. La fórmula final a mí me parece muy hermosa: “Y después de andar por aquí y por allí, me puse el calzado y se me rompió”.

Lo que ha hecho Zoubida Boughaba ha sido, nada más y nada menos, que un arduo trabajo de campo, buscando a estas contadoras, seleccionando a las más representativas, entrevistándolas, grabándolas y fijando textualmente los relatos que cuentan. En total, se recoge en el libro el trabajo de seis contadoras, pertenecientes a varias generaciones, en un arco de edad que abarca desde los veinte a los sesenta y cuatro años. Creo que es justo citar aquí sus nombres: Fadela Najah, Mahjouba, Rahma, Fatima y Fahrida Tahrawi (que son madre e hija) y Karima Alganmi. Son mujeres esforzadas y sencillas, humildes trabajadoras y, en algún caso, analfabetas, que, al atardecer, narran cuentos que han sido transmitidos oralmente a lo largo de los años de madre a hija, de abuela a nieta. Y así es como está organizado el libro: breves semblanzas biográficas de las seis mujeres cuyos cuentos se recogen, el texto de los cuentos y, posteriormente, una sección de entrevistas a cada una de ellas.

Cosas que me llaman la atención de este libro: el variado y completo acervo de esta zona, que reúne en su repertorio cuentos en los que se alternan los de objeto mágico, los de metamorfosis (hay, por ejemplo, una niña que se convierte en paloma), las fábulas protagonizadas por animales (donde el erizo suele destacar por su sabiduría), los cuentos de enseñanza a través del humor, o los cuentos maravillosos (o de hadas), donde suele aparecer un personaje femenino malvado (en algunos se llama Karima y en otros Nunya) que corresponde al arquetipo de la bruja malvada y suele salir escaldada gracias a la astucia de los protagonistas; la belleza que uno sospecha escondida en la intimidad de esos hogares humildes, en los que las mujeres se reúnen en torno a un té para contar y escuchar estas historias; y, por último, la constatación de que el cuento tradicional no tiene carné de identidad, porque en este libro, con otro nombre y otros personajes, con detalles que adaptan el cuento a las costumbres de la región, hay cuentos que hemos conocido en versiones alemanas, francesas o rusas. Por ejemplo, podemos leer aquí versiones de La Cenicienta o de algún cuento erótico de Afanásiev. Lo que probablemente nunca sabremos es quién inspiró a quién.

Por tanto, un libro para descubrir un universo cultural que parece muy lejano y en realidad está tan cerca; para deleitarnos con historias que nos hacen reír, nos asustan o nos emocionan y para prestar atención a estas mujeres que, humilde y anónimamente, hacen que continúe vivo el cuento. Y, también, por qué no, para contribuir a ello, aprendiendo alguno y contándolos a quienes tengamos cerca, especialmente a los más chicos. Porque, eso que quede claro, el cuento tradicional vive en su transmisión oral; cuando dejamos de contarlo, muere.

Así pues, para esta semana, Cuentos populares del Rif, de Zoubida Boughaba Malleem, en Miraguano Ediciones, 235 páginas. Un libro para leerlo, pero también para contarlo.

Y después de andar por aquí y por allí, me puse el calzado y se me rompió.



Calenturas de los modernos

11 05 2010

Hoy ando caliente. No es que vaya necesitado, sino que voy a hacer algo que me fastidia bastante: recomendar un libro de un amigo. Sí, me fastidia, qué le vamos a hacer.

Aquí, en Canarias (supongo que ocurre lo mismo en todos lados) hay mucha costumbre de que los autores nos rasquemos la espalda con reciprocidad irritantemente minuciosa, como los burritos: yo te rasco a ti y tú me rascas a mí, sean los libros buenos o no. Y así no hay manera de saber si el libro que nos recomiendan es realmente recomendable o si nos lo están recomendando por hacer o por devolver un favor. Yo no juego a ese juego (mis amigos y mis posibles enemigos lo saben bien); no regalo los elogios y normalmente no recomiendo en público libros de mis amigos a no ser que realmente lo merezcan. Y este de hoy lo merece porque es, en mi opinión, no solo un libro necesario sino un libro muy útil que nos acerca de forma amena a unos autores que pertenecen a nuestra tradición cultural y que el gran público no conoce.

Y hecho este aviso para navegantes, el título del libro: La sonrisa de Ciprina, una antología que firma Antonio Becerra Bolaños. Noventa paginitas que nos traen a 18 autores con nombre, más un par anónimos, que escribieron en Canarias entre los siglos XVIII y XIX. Tú me dirás, con toda la ironía que seas capaz de reunir: “Vaya, otra antología… Qué divertido…” Pues sí que lo es, porque Ciprina es el nombre castellanizado de la diosa Afrodita, diosa del amor, la lujuria y la belleza, entre otras cosas, y los poemas reunidos en el libro son todos de temática erótica. Son poemas de María Joaquina de Viera y Clavijo (la hermana de José de Viera y Clavijo), Graciliano Afonso, Mercedes Letona de Corral, Agustina González y Romero, más conocida como La Perejila o Roque Morera, por citar a los más conocidos.

A mí, de esta antología, me llaman la atención varias cosas. Primero, la presencia de mujeres, que habían sido bastante olvidadas en los estudios sobre la literatura canaria de esa época. Segundo, un hecho que es casi un clásico: la abundancia de canónigos y eclesiásticos de toda índole, que son quienes, a mi entender, tienen los versos más subiditos de tono en el libro. Por último, el espíritu festivo y carnavalesco que preside la mayor parte de los textos. En ellos encontrarás formas muy creativas y divertidas de describir el encuentro amoroso o los rituales de galanteo. Como estamos en un blog que a veces visita gente menuda no puedo hacer ninguna cita directa, pero te lo aseguro: en muchos momentos de este libro te sonrojarás, te sorprenderás y soltarás más de una carcajada, porque algunos versos son realmente ingeniosos.

Antonio Becerra, para quien no lo sepa, es filólogo y escritor. Ha publicado algún notable libro de poemas pero se ha hecho más conocido por sus estudios sobre este periodo de la literatura canaria. Hace años ya editó Las bragas de San Grifón, un poema erótico-festivo del Abate Casti traducido por Graciliano Afonso. Fue precisamente la obra de Afonso, el autor más influyente de su época, el tema de su tesis doctoral. Y fue, al parecer, mientras estudiaba sus manuscritos en el Museo Canario, cuando Becerra se fue encontrando poemas y más poemas de diferentes escritores que abordaban la temática del ayuntamiento carnal y se le ocurrió la idea de hacer un estudio sobre el asunto.

Esta antología es, en mi opinión, un pequeño divertimento, un libro para disfrutarlo el fin de semana, a solas o con buena compañía. Pero existe en ella una ganancia secundaria: la de descubrir a algunos autores que forman parte de una tradición que va desde Cairasco de Figueroa hasta nuestros poetas actuales y que por olvido, por ignorancia o, simplemente, porque nadie se preocupó de hablarnos de ellos, son unos completos desconocidos para nosotros. Alguna vez en los últimos tiempos, he escuchado a algún crítico desinformado decir sobre alguna poeta reciente que es la primera que ha abordado la temática del erotismo en Canarias. Eso es una muestra de la utilidad de La sonrisa de Ciprina. No hay más que abrir esta antología para comprobar lo poco que sabemos de lo que escribían nuestras abuelas.

Así que aquí hay poesía, diversión y mucha erudición. Pero el conocimiento viene después. Ya, simplemente, por la poesía, vale la pena.

Ahí queda el envite: La sonrisa de Ciprina. El erotismo en la poesía moderna canaria. Antonio Becerra Bolaños. Anroart Ediciones, 90 páginas. Para leer en compañía o con una sola mano.



El enigma Orlando

2 05 2010

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Tengo ante mí un libro publicado en Alianza Editorial, con traducción de Borges y escrito por una de las firmas más interesantes del siglo XX: la maestra Virginia Woolf. El libro se titula Orlando, y es una novela publicada originalmente en 1928. Este libro me acompaña desde hace años (acaso diez) y me ha deparado momentos inolvidables. En la relectura más reciente, volvió a decirme cosas nuevas. Por eso creo oportuno referirme a él aquí y ahora.

La acción de Orlando comienza en el siglo XVI, donde conocemos a un joven y hermoso aristócrata británico que responde a ese nombre y sueña con cumplir el prototipo del escritor renacentista: ser soldado y ser poeta. Enseguida se mete en diversas aventuras (algunas de ellas galantes y cortesanas) y, en algún momento, es enviado como embajador a Turquía, donde se verá metido en una revuelta. Y, entonces, es cuando comienzan a ocurrir cosas raras, porque, en ese momento, cuando tiene treinta años y después de haber vivido experiencias muy interesantes, de haber vivido todo lo que hay que vivir, de haber atesorado todos los conocimientos necesarios para ser un hombre mejor, de pronto Orlando se duerme. Se duerme durante siete días con sus noches. Y, cuando se despierta, Orlando accede a un más alto grado de conocimiento, porque ya no es un hombre, sino que se ha convertido en una mujer. Como mujer, tras vivir durante un tiempo con unos nómadas gitanos, vuelve a Inglaterra y, ahora conocida como Lady Orlando se instala en la alta sociedad, frecuentando a todos los genios de su tiempo mientras intenta elaborar su obra literaria. Pero, claro, ¿cuál es su tiempo? Uno diría, por lo que conté más arriba, que su tiempo es el siglo XVI. Pero no. Porque también es el siglo XVII, y la Ilustración, y el siglo XIX, ya que, sencillamente, Orlando, ni ella misma sabe por qué, no envejece y, por tanto, no muere.

Esta novela es una extraña mezcla de novela fantástica, novela histórica, fábula moral, parodia del género biográfico y novela sobre escritores (ya que Orlando conocerá a Swift, a Pope, a Addison), bastante insólita en la obra narrativa de Woolf. Como sabrás, Woolf es una de las grandes innovadoras de la nueva novela, en la que juega constantemente con la forma, con el tiempo, con la inserción de monólogos interiores, etc. Poca experimentación formal hay aquí. Orlando es una novela narrada de forma lineal y sucesiva (como el tiempo, pues su asunto principal es, probablemente ese) en la que el interior del personaje es, en muchas ocasiones, un enigma. Esto es, estamos ante un libro muy diferente de Las Olas, de La señora Dalloway o de Una habitación propia. Pero en este brilla como nunca la prosa magistral de su autora, pasada, además, por el crisol de un vicioso de la sobriedad lingüística, como era Jorge Luis Borges.

Y, para finalizar, un chisme (yo sé que te gustan los chismes): parece ser que esta diferencia con respecto al resto de su obra, tiene que ver con que Virginia Woolf andaba, por esa época, manteniendo relaciones amorosas con Vita Sackville-West, una exótica y atractiva mujer y de la que, al parecer, Virginia estuvo muy enamorada. Si la leyenda es cierta, escribió este libro como un juego de espejos para Vita, y para demostrarle su afecto. Y la leyenda, probablemente, sea cierta, porque el libro está dedicado a ella.

Si es así, yo agradezco profundamente a Vita Sackville-West que sedujera a Virginia Woolf, porque eso produjo un libro mágico, tremendamente consistente y divertido y lleno de momentos deslumbrantes, en el cual encuentro más verdad que en muchos de sus libros denominados “serios”.

Así que ya sabes: si quieres disfrutar de un libro diferente y original: Orlando, de Virginia Woolf.  También hay un largometraje, bastante digno. Pero, primero, el libro. Verás lo que es bueno.

Orlando, de Virginia Woolf, Madrid, Alianza, 225 páginas.



Para finalizar el duelo

10 04 2010

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Hoy te traigo una novela que es la historia de un secreto. Es Los latidos del tiempo, una novela de Miguel Ángel Sosa Machín, que cuenta cómo Jeremías Ceres, un hombre de un pueblo que se llama Allora, le cuenta en 1937 este secreto a Ezequiel, su nieto, que en ese momento tiene diez años. El abuelo dice al niño que ha visto cómo las brigadas del amanecer asesinaban y sepultaban a un grupo de hombres en un lugar conocido como el barranco de El Burro. El viejo hace partícipe al niño de ese secreto y le hace prometer que no lo contará pero que no lo olvidará,  “porque un día vendrá alguien preguntando por esos desgraciados”. Ezequiel crecerá y se convertirá en hombre guardando esta verdad horrorosa hasta que, siendo ya anciano, escuche por casualidad un programa de radio  en el que están entrevistando a Águeda Castro, hija de un desaparecido en esa misma zona y época. Es entonces cuando Ezequiel Ceres se pone en contacto con esta mujer y cuando, por fin, comienza a investigarse una verdad que se ha mantenido oculta durante casi setenta años.

Se trata, como ves, de una novela sobre la llamada memoria histórica, esa cuenta que tenemos pendiente los españoles en general y los canarios en particular, ya que, como es sabido, en Canarias, la Guerra Civil consistió principalmente, desde las primeras semanas, en pura represión. Y trata sobre la memoria histórica ahora, sobre cómo los familiares de las víctimas prosiguen su búsqueda y se encuentran y trabajan solidariamente con algunos sectores de la sociedad civil que persiguen, sobre todo, esclarecer la verdad.

Me gusta especialmente la estructura de esta novela, que está dividida en cinco secciones centradas en personajes muy diferentes: la primera, que acabo de reseñar, focalizada en torno a Ezequiel Ceres y su familia; la segunda, titulada “Los ojos del miedo”, en la que nos acercamos a Damián Castro, un maestro nacional que será uno de las víctimas, y su familia, viendo cómo asume su mujer esta desaparición y cómo se enfrenta, sola, a una autoridad y una sociedad que, en lugar de auxiliarla, la humillan; otra sección, “La historia de nadie” es sumamente interesante, porque consiste principalmente en las confesiones de una mujer que está casada con uno de los asesinos (aquí nos damos cuenta de que lo horroroso es que estos crímenes no los cometieron monstruos, sino seres humanos como tú y como yo); en la cuarta parte, “La sombra de los muertos”, nos acercamos a esas personas, principalmente mujeres, que encabezan la búsqueda y han ido conformando las asociaciones por la recuperación de Memoria Histórica; por último, “Diario de campo” se centra en el grupo de investigadores (historiadores, arqueólogos, documentalistas) que excavan una de estas fosas comunes de las que últimamente hablamos tanto y que tanto miedo dan a algunos sectores de nuestra sociedad.

Esta estructura proporciona al relato una heterogeneidad de voces que lo convierten en una estupenda novela coral, en la que se nos cuenta una historia interesante, llena de amargura pero también de humanidad y de solidaridad. Los latidos del tiempo habla, también, sobre un fenómeno del que suelen hablar los psicólogos: el final del duelo, ese momento necesario en el cual podemos despedirnos del ser querido y quedar en paz. Además de la reflexión ética y social y del debate en torno a la memoria, van a interesarle al lector, sobre todo, los personajes, porque en Los latidos del tiempo hay personajes emocionantes, como el propio Ezequiel Ceres, Águeda y Sacramento, que lideran la lucha por la apertura de las fosas, o Verónica Alberto, la jefa de equipo de la excavación, que hace lo imposible por no implicarse emocionalmente en el objeto de su investigación.

Creo que Los latidos del tiempo es una novela bella, pero, al margen de la estética, pienso que se trata de un libro necesario, igual que lo es Viaje al centro de la infamia, en el que trataba la represión del colectivo homosexual durante el franquismo; son libros necesarios porque suponen darle una patada en la cara al silencio, un silencio que ha durado demasiado y que es necesario romper de una vez si pretendemos vivir en una democracia sana.

Los latidos del tiempo, de Miguel Ángel Sosa Machín, Cam-PDS, 281 páginas.



Para celebrar a los poetas

21 03 2010

Es el Día Internacional de la Poesía, y lo que toca es colgar aquí un poema para que lo recuerdes y te recuerdes leyendo poesía. Lo cierto es que la poesía está realmente ahí cada día y quienes la aman lo saben. Así que supongo que está celebración está más bien dirigida a quienes no son tan conscientes de ello.

En cualquier caso, me ha apetecido elegir, entre tantos, a Ángel González y entre tantos poemas suyos, este. Que lo disfrutes:

FIEL

Cuántas veces te has vuelto, en heliotropo

convertida,

a mirar lo que amabas, deslumbrada.

Así te he visto yo desde la sombra:

contempladora fiel, constante,

vencido el dulce gesto, y la mirada

absorta, densa

como un perfume,

y el sigiloso giro de tu rostro

dorándose en los últimos

resplandores de un sol que se alejaba.

De Otoños y otras luces.



Tres Delibes (entre muchos)

20 03 2010

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Con el fallecimiento de Miguel Delibes, me he percatado de una cosa: ha sido el único autor español de su generación que ha conseguido que las dichosas dos españas se pongan de acuerdo en una cosa: admirarle sinceramente.

Para esta semana, había prometido a Eva Marrero un Delibes (ya sabes que estas recomendaciones que cuelgo en Ceremonias se corresponden con las que hago cada sábado en A vivir Canarias, de Ser-Canarias, el programa que ella dirige y presenta). Me vi obligado a traerle, por lo menos, tres. Porque Miguel Delibes es inabarcable. Son muchísimas obras, con temas y estilos muy variados. Y se podría decir que hay un Delibes distinto en cada libro; su maestría, en mi opinión, consistía en eso: adaptaba perfectamente su estilo a la historia que debía contar. Y eso sólo pueden hacerlo los grandes.

Podríamos hacer un recorrido desde La sombra del ciprés es alargada hasta El hereje, pasando por El camino, La hoja roja, Diario de un cazador, Las ratas, Cinco horas con Mario, El príncipe destronado, o El disputado voto del señor Cayo. Son todos libros inolvidables. Pero, para resumir el asunto, se podría decir que en España hay tres tipos de lectores, a saber: quienes jamás han leído a Delibes, quienes han leído algo pero no se han adentrado más en su bibliografía, y, por último, quienes lo aman y conocen su trabajo en profundidad.

Para los primeros, aquellos que nunca leyeron a Delibes (porque son jóvenes o porque aún no han tenido tiempo), la obra que me parece idónea para empezar es una de las más célebres: Los santos inocentes. Una novela corta, emocionante, formalmente cautivadora, que nos acerca a una familia del ámbito rural extremeño, con su pobreza extrema y el dominio que unos señoritos establecen sobre ellos. Acercarse a la Régula, al Azarías, a Paco el Bajo es acercarse a una historia sencilla pero inolvidable. Quizá el lector viera en su momento la estupenda y premiadísima adaptación al cine de Mario Camus, película muy recomendable. Pero el estilo maravillosamente parco, poético y formalmente revolucionario (sí, he escrito “formalmente revolucionario”) de Delibes en esta novela merece que nos acerquemos a ella, la disfrutemos y la suframos.

Para los que ya leyeron Los santos inocentes o El camino o alguna otra de sus novelas rurales, hay un Delibes que se suele olvidar y que también es estupendo. El Delibes de 377 A, madera de héroe, que nos cuenta la historia de Gervasio García de la Lastra, vástago de familia de rancio abolengo a quien se cree destinado a ser un héroe, como sus antepasados, porque cuando escucha una marcha militar se le erizan los pelos y entra en una especie de trance. Como es lógico, se le encamina desde muy pronto hacia la carrera militar. Claro está, luego llegará la guerra civil y las cosas no resultarán tan sencillas, porque, como el niño ya sospechaba al comienzo de la novela, uno no puede ser héroe sin morirse. Es una novela extensa, muy completa, que comienza con un punto de partida bastante humorístico y nos va llevando, poco a poco, hasta el centro de un drama terrible, la guerra civil española, que Delibes vivió enrolado en la marina del bando nacional.

Y, para quienes ya conocen a Delibes y han disfrutado con sus novelas y con sus libros de artículos, hay una joyita muy poco conocida, que se publicó en 2002: Correspondencia, 1948-1986. Esto es, nada más y nada menos, la correspondencia entre Miguel Delibes y Josep Vergés, el fundador de editorial Destino, que fue, durante toda su vida, su única editorial. La correspondencia se inicia con la publicación de La sombra del ciprés es alargada, como una relación comercial y contractual entre autor y editor. Hay pequeños pleitos, sobre todo por dinero y por porcentajes. Pero, a través de ella, vamos viendo cómo se fraguan una amistad y una lealtad que durarían toda la vida. Además, hay pequeñas anécdotas, como la insistencia de Vergés en que La hoja roja es un mal título y que el libro no se venderá. En fin, es, creo, un libro hermoso que nos retrotrae a la época en que las editoriales eran fruto de una labor personal (y, en muchas ocasiones, apasionada) y no pertenecían a grandes corporaciones. Para los amantes de Delibes: una delicia.

Así pues, para resumir: quienes no hayan leído a Delibes: Los santos inocentes; quienes quieran conocer a un Delibes diferente: 377 A, madera de héroe; quienes deseen profundizar aún más: Correspondencia, 1948-1986 entre Delibes y Vergés. Todos en editorial Destino. Pero todos, sea cual fuere el caso del lector, una estupenda sorpresa.



Para redescubrir a Buzzati

13 03 2010

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Acantilado (que tiene buen ojo para estas cosas) ha rescatado un libro estupendo que llevaba más de 25 años sin editarse en España. Te hablo de Las noches difíciles, un libro de relatos de Dino Buzzati. Yo lo había leído en una vieja edición de Argos Vergara y, como estaba descatalogado, me daba mucha pena no poder recomendarlo, sobre todo a los jóvenes, que podrían disfrutarlo mucho.

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Las noches difíciles reúne 52 cuentos de Buzzati (y más, porque algunos de sus epígrafes reúnen varios textos todavía más breves) en los que nos enfrentamos a lo mágico y lo inesperado. Te voy a poner un solo ejemplo: el primero de los relatos, cuenta cómo el coco se le aparece a un incrédulo ingeniero. El hombre, molesto, reúne a las autoridades y las presiona para que se organice un pelotón especial de la brigada móvil para matar a este ser nocturno. La brigada lo consigue pero, al hacerlo, lo que mata es una parte importante de los sueños y la ilusión. Es, digamos, una alegoría de cómo el mundo civilizado acaba con ese mundo de la fábula, o de cómo el racionalismo profana el mágico mundo de la infancia.

En general, en Las noches difíciles hallaremos eso: noches complicadas, especiales, en las que personajes que pasean en la madrugada oyen pasos y al volverse no se encuentran a nadie o en las que la angustia proviene de las personas que tenemos cerca. Estas ficciones se mueven, sobre todo, en el terreno de los sueños, donde lo mágico es natural y lo que llamamos “normalidad” es causa de asombro.

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En Buzzati, según los críticos, hay tres influencias notables: la de Kafka (esto lo comparte con casi todo el mundo), la del surrealismo  y la del existencialismo francés. A eso añadiría yo su propio tiempo, porque Buzzati nació en 1906 y murió en 1971, fue, desde su adolescencia, periodista en el Corriere della Sera, corresponsal de guerra y se nota en él la preocupación política y social, tanto durante la Guerra Mundial como durante la Guerra Fría.

Buzzati obtuvo un éxito fenomenal y también ingresó en la Historia de la Literatura (la que los académicos escriben con mayúsculas) con una novela grandiosa, titulada El desierto de los tártaros (sobre la cual te debo un comentario), pero antes escribió otras novelas estupendas. La primera, Bárnabo de las Montañas (que Gadir reeditó hace poco en España), es una hermosa y sencilla historia sobre un joven guardabosques, una especie de Lord Jim de alta montaña. Y, sobre todo, escribió libros de relatos: Pánico en la Scala, El colombre, El perro que ha visto a Dios. Siempre sorprendente, siempre extrañado ante la realidad, siempre original, con giros inesperados sobre argumentos aparentemente clásicos y una escritura rápida, que no deja de estar influenciada por el periodismo, que nos incita a seguir leyendo hasta el final.

Curioso es que Buzzati jamás se consideró escritor, sino un periodista que de vez en cuando escribía novelas y relatos. Sin embargo, aún asombra a la crítica por su agudeza y su profundidad. Porque, eso sí, leer y disfrutar a Buzzati es fácil; entender lo que escribe hasta sus últimas consecuencias es otra cosa; como ocurre con todos los grandes, su obra es inagotable.

Como te decía, durante muchos años, en España solamente se reeditaba El desierto de los tártaros. Ahora, Acantilado, Gadir y otras editoriales están rescatando las obras descatalogadas de Buzzati. Es una excelente oportunidad para redescubrirlo o para descubrírselo a los jóvenes. Por ejemplo, con estas noches difíciles. 52 cuentos fantásticos. En todos los sentidos.

Las noches difíciles, de Dino Buzzati, Barcelona, Acantilado, 318 páginas.



Ponga a un canario en su biblioteca

5 03 2010

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Mi querido amigo /querida amiga:

Usted, que descubrió con ojo avezado el realismo mágico antes que nadie y maneja con facilidad varias generaciones narrativas, no sólo peruanas, argentinas y mexicanas, sino también cubanas, venezolanas, paraguayas, brasileñas.

Usted, persona de hábitos sibaritas, que ha mostrado a sus amigos y amigas las excelencias de escritores de lugares como Armenia, Congo Belga, Albania, Bosnia, Turquía y Eslovaquia.

Usted, lector o lectora perfectamente al día, que ya leía a los autores suecos antes de que llegara Larsson, que ya había asistido a la edificación de los pilares de la tierra antes de que se implantara su marina franquicia catalana y ya sabía de todos los secretos vaticanos antes de que el cine los expusiera al vulgo.

¿Va a dejar pasar la oportunidad de ser el primero o la primera entre los suyos en descubrir el nuevo fenómeno literario periférico? ¿Va a permitir que sea ese compañero de oficina estirado, esa vecina “moderna”, ese cuñado pedante, o esa primita resabiada quienes le descubran a estos nuevos e interesantísimos autores?

Piense que en este mundo global, en el que todo lo excéntrico parece tan céntrico y tan explorado, en el que parecen no quedar ya flores salvajes, existe aún una literatura periférica por descubrir, la cual, sin embargo, resulta intelectualmente asequible a su idioma y su cultura sin dejar de ser un producto genuinamente exótico. Me refiero (si está bien informado, lo habrá adivinado ya), a la literatura canaria.

Repare en las evidentes ventajas: alejamiento de la Metrópoli pero cercanía intelectual; africanidad pero en español; referentes americanos pero giros léxicos mucho más familiares para el lector ibérico; crisol de culturas, pero sin necesidad de viajar a Nueva York (carísimo), en caso de querer visitar el escenario de su novela preferida. Y, en cuanto a la moda sueca, recuerde que los canarios fueron los primeros españoles en plantar su semilla en el frío norte (Muchas veces, en sentido literal. Una demanda colectiva de paternidad en los años ochenta lo demuestra).

Y una vez pensado todo esto, no piense más y ponga a un canario en su biblioteca.

Después podrá hablar de la prosa recia de González Déniz, del rico universo de Antolín Dávila, de los deliciosos bocados narrativos de Dolores Campos-Herrero, de los grises ambientes de González Ascanio y las elegantes ficciones de José Manuel Brito.

Podrá hablar, también, de temas de candente actualidad: del polémico asunto de la memoria histórica, con las novelas de Miguel Ángel Sosa Machín como excusa; del pequeño drama de las anónimas víctimas de la crisis, haciendo lo propio con las de Santiago Gil.

Podrá hacer sonreír a sus amistades con los juegos naif de Juan Carlos de Sancho. O presumir de haber constatado primero que nadie la valía de relatistas y microrrelatistas, como la joven Ángeles Jurado o la todavía más joven Judith Bosch.

Si es amante de intrigas y violencias, tiene varios escritores negros entre los que elegir: algunos autóctonos, como Correa o Ravelo; otros afincados hace años en las Islas, como Lozano o Carlos Álvarez (no confundir con el cantante lírico).

Incluso dispone usted de varios ejemplares de canarios afincados en grandes ciudades, como Sabas Martín o José Carlos Cataño (una de cuyas novelas tiene como ganancia secundaria proporcionar un tema originalísimo de conversación, olvidado entre nosotros desde Leopoldo Azancot: el erotismo y el judaísmo).

Y la poesía… Ah, la poesía. Canarias, por si usted desconoce el dato, es tradicional territorio de poetas. Puede empezar por los más jóvenes: Pedro Flores, Tina Suárez, Federico J. Silva, Alicia Llarena, Verónica García, Silvia Rodríguez (no confundir con el cantautor), Cecilia Domínguez, Marcos Hormiga… Son tantos y tan interesantes que usted podrá hablar de uno cada día sin repetirse en mucho tiempo.

Imagínese en medio de esa reunión social en la que ya hace rato que corren el vino y la cerveza, captando la atención de todos al decir: “Recuerdo un poema de un poeta de Lanzarote que…”. Se convertirá enseguida en el centro de interés de sus potenciales amantes y en la envidia de sus rivales amorosos.

Pero, ya que será el primero o la primera en descubrirlos, aproveche su ventaja. Usted, que cuando apareció Mankell olisqueó enseguida a Sjöwall-Wahlöö, no pierda el tiempo y encuentre cuanto antes a los Millares y los Padorno y los de La Torre, a Arozarena y a Isaac de Vega, a Agustín Espinosa y García Cabrera, a Alonso Quesada y Domingo Rivero.

En esta tarea (puede que algo laboriosa, pero de indudable provecho) podrá ayudarse de utilísimos estudios de Jorge Rodríguez Padrón, Eugenio Padorno, Oswaldo Guerra, Antonio Becerra o Nilo Palenzuela, entre otros, sin olvidar a la decana de los estudiosos de la literatura canaria: doña María Rosa Alonso.

Piense en cómo presumirá de haber llegado antes que nadie a los protagonistas de la nueva ola canaria; en la soltura con la que transmitirá sus conocimientos acerca del mestizaje cultural, de la influencia del paisaje en la poética insular; piense en el asombro que despertará al decir a los neófitos: “Pero si los tenías ahí, ante tus narices: justo enfrente de África. Y no los conocías”.

No espere más. Ponga a un canario en su biblioteca.

Quizá al principio le cueste un poco y tenga que dirigirle la palabra a su librero o librera de confianza, porque tal vez (pequeñas desventajas de ser un pionero) hasta dentro de un tiempo no figuren en mesa de novedades. Mucho menos en supermercados, aeropuertos o en esa cadena de negocios que llevan nombre de maniobra textil (o de gesto insultante, si usted quiere) y apellido de gentilicio británico. Esos sitios, como bien sabe, van siempre en el furgón de cola de la cultura, a remolque de lo que ya otros han descubierto. No sea vulgar. Usted tiene demasiada clase para eso. Acuda a los sitios donde re-al-men-te están los libros y solicite a alguno de los autores mencionados en este aviso (que es también advertencia) o a otros canarios que su librero acaso ya conozca.

Porque sí, ya varios editores (ellos no son tontos) han puesto los ojos en diversos canarios y los han fichado. Y, por otro lado, desde hace tiempo los distribuidores (ellos tampoco son miopes) hacen llegar regularmente a cualquier rincón de España los libros de las editoriales canarias (sí, las hay: alguna tienen incluso luz eléctrica y teléfono).

Así pues, no espere más. Que cuando Babelia o El cultural lleguen, usted lleve ya un buen  rato ahí. Conviértase en un precursor, en un pionero, en un experto. No deje que se le eche encima lo irremediable y le coja despistado lo que ya se veía venir.

No dude un instante más. Ponga a un canario en su biblioteca. Hágalo hoy y enorgullézcase mañana. No sea esta vez de los últimos en enterarse.  Hágalo sin demora. Comparta, además, este mensaje entre personas de su círculo más íntimo. No se lo envíe a todas: sólo a aquellas que lo merecen. Se lo aseguro: se lo agradecerán.

Sin otro particular que comunicarle y esperando que la información proporcionada le sea de utilidad, aprovecha para enviarle un cordial saludo:

Bernardo Betancor.

(Becario Adjunto a la Cátedra de Pirobiología y Concatenaciones Diversas de la Universidad de Patafísica de San Expósito).



Porque vale la pena

3 03 2010

Qué diablos… Hay cosas que merecen difusión. Hoy me ha alegrado la mañana un artículo escrito (y leído en el programa El Correíllo) por una persona a la que aprecio y que menciona a otras personas a las que aprecio. Pero, el motivo de mi alegría no es ese, sino el mensaje que lanza: optimismo, luz, belleza cotidiana, que invoca de la solidaridad interpersonal, pero no esa solidaridad “con los más necesitados” sino esa solidaridad espontánea que habita, por ejemplo, en una sonrisa o un gesto amable, hacia las personas más cercanas. He pensado (en esta mañana que puede que se presente fría, lo cual me gusta, porque el fresco matinal suele presentar sus ventajas) que valía la pena difundirlo en la medida de mis posibilidades.

El artículo se titula “Cuento contigo”, lo firma Juan G. Luján en Canariasahora y puedes leerlo pinchando aquí.



Manual para supervivientes de naufragios

12 02 2010

Campos-Herrero

El libro que te traigo hoy es una triple alegría para mí. En primer lugar porque es de un autor cercano (y hacía tiempo que no hablábamos de los canarios). En segundo porque es de poesía (y hacía tiempo que no hablábamos de poesía) y en tercero porque el libro en sí es una completa delicia. Me estoy refiriendo a El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, editado por Baile del Sol, que se presentó esta misma semana.

Como ya sabrás, antes de su fallecimiento, Dolores Campos-Herrero dejó diversos originales en sus editoriales de confianza para que fueran apareciendo poco a poco posteriormente. Gracias a esas editoriales y al buen hacer de su familia (ejemplar en ese sentido), que ha tratado con sumo respeto estas disposiciones, podemos continuar disfrutando nuevas entregas de esa firma que a mí se me antoja imprescindible para entender el cambio de signo que dio la literatura en Canarias en los últimos treinta años. Es el caso de este libro sobre naufragios marítimos y sentimentales, cuya escritura data del año 2007. Es un libro de poesía, pero no es un libro en absoluto abstracto. Trata un tema muy concreto: el del drama humano que hay detrás de ese fenómeno de la inmigración ilegal, las muertes y supervivencias (anónimas para los mass media) durante las oleadas de pateras y cayucos. Partiendo de la crónica, localizada en precisas coordenadas espacio-temporales, Campos-Herrero conecta a estos nuevos náufragos con los de la tradición literaria que nos es cercana y de ahí pasa a tratar temas universales: el viaje, la educación sentimental, la desesperanza y el dolor, el amor y el erotismo, la muerte… Y así, con una poesía limpia, concisa, sincera, sin alharacas ni adornos innecesarios, nos lleva de la mano desde el drama social más inmediato a los asuntos ontológicos más cruciales.

Eso es, creo, una característica predominante en su obra: su extraordinaria pericia para abordar los temas más importantes de forma perfectamente accesible a cualquier lector, sin que la profundidad se vea menoscabada. Pasa con su literatura como con las mejores: se expresa con claridad y la leemos con fruición, pero nos abre una puerta a lo inexpresable, recordándonos aquello que decía el filósofo Ludwig Wittgenstein al hablar de las fronteras del conocimiento, de la mística: de lo que no se puede hablar, hay que callar. Por eso siempre he pensado que la literatura de Campos-Herrero tiende hacia lo mínimo, se orienta hacia el silencio porque quizá sea el único medio honesto para expresar lo inexpresable.

Así pues: El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, editado por Baile del Sol. Búscalo, léelo. Está garantizada la emoción. Y también está garantizada la reflexión. Pero, sobre todo, está garantizada la belleza.

El libro de los naufragios, de Dolores Campos-Herrero, Tegueste, Baile del Sol, 106 páginas.



Cuentos para los malos tiempos

3 01 2010

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Para seguir con el espíritu navideño de estos días (yo prometí a alguien ser bueno y recomendar libros amables para estos días, a ver si así parece que me porto bien, ahora que vienen los Reyes), hoy nos vamos a Nueva York. Pero al Nueva York de finales del siglo XIX, porque lo que te traigo hoy es Cuentos de Nueva York, de O’ Henry, editados por Espasa en su mítica colección Austral. Son cuentos protagonizados por gente muy humilde, en general bastante pobre, de esa ciudad enorme y repleta de inmigrantes de diferentes culturas. En general, esos personajes se enfrentarán a grandes paradojas, normalmente relacionadas por el conflicto entre la pobreza y la consecución de la felicidad. Tú ya sabes que los únicos que piensan que el dinero no da la felicidad son los que lo tienen. Sin embargo, estos personajes, pese a su pobreza, se las ingenian para llegar siempre a buen puerto y en todos los cuentos acaba por salir el lado más noble y bueno  del ser humano. Como en el relato con el que comienza el volumen, titulado El regalo de los reyes magos, y que es también uno de los más célebres de O’Henry. Trata sobre una joven esposa que está empeñada en hacerle un regalo digno a su marido, una cadenita para su reloj. Pero ella no ha podido ahorrar el dinero suficiente. Lo único que le queda por vender es su hermosa cabellera, que muy bien servirá para hacer pelucas. No te cuento más, porque es una historia con sorpresa, como casi todas las del libro. Porque O’Henry es un maestro de la sorpresa, del desenlace inesperado. También lo es del humor. Su ironía a veces ralla en el sarcasmo. Pero el resultado es siempre optimista, esperanzador: a sus cuentos siempre subyace una fe a prueba de bomba en la condición humana.

O’Henry se llamaba en realidad William Sydney Porter y era un empleado de banca que tuvo que huir a México tras haber hecho un desfalco. Dejó en Estados Unidos a su hija y a su mujer. Pero, cuando esta enfermó, volvió para verla antes de su fallecimiento, fue detenido y condenado a prisión. Fue ahí, en la cárcel, donde empezó a escribir cuentos que publicaba en la prensa, para ganar dinero que enviar a su hija. Cuando salió a la calle se encontró con que era uno de los escritores más leídos del momento. Sus cuentos estaban de moda y la gente se volvía loca por sus libros. Sin embargo, no tuvo un final feliz. Pese al éxito, el alcohol y su mala administración hicieron que muriera en la indigencia antes de cumplir los cincuenta. Según la leyenda, cuando falleció, en 1910, tenía en los bolsillos sólo 23 centavos. Como ves, la vida de O’Henry ya es ella misma una novela.

Aunque fue uno de los escritores más célebres de su época, en España le conocemos poco y en Canarias menos. Sus cuentos, como ya te he comentado, están protagonizados por gente humilde y sencilla que busca soluciones a sus problemas y logra, pese a la precariedad económica, ser feliz. Quizá este tiempo de crisis sea buen momento para sumergirse en este universo narrativo del que uno sale siempre ganando una sonrisa.

Eso sí, esta semana vienen los Reyes y yo ya dejaré de portarme bien. Así que la semana que viene, prometo volver a provocar y a traerte sexo y violencia.

Cuentos de Nueva York, de O’Henry, Madrid, Espasa, 228 páginas.



Rodari

26 12 2009

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Estamos metidos de lleno en la Navidad y los más chicos están por ahí, pululando por la casa. Así que para hoy me he acordado de ellos (o más bien de sus padres, sus abuelos y sus tíos) y te traigo a un autor que, si no lo coneces ya, puede ser un gran descubrimiento. Te hablo de Gianni Rodari, quien, junto con Roald Dahl es, quizá, el principal autor infantil del siglo XX. Rodari era un maestro italiano, fallecido en 1980, que nos ha dejado un estupendo legado de cuentos humorísticos, con una absoluta tendencia al absurdo y bastante irónicos con el poder y los privilegiados. Para empezar, podríamos leer un librito muy breve, titulado Los negocios del señor Gato, en el que se cuentan las andanzas de un gato que quiere hacerse rico y monta una tienda de venta de ratones en lata. El problema es que, tras anunciar la novedosa mercancía, resulta que los ratones no están dispuestos a dejarse meter en la lata y va a tener que llegar a un acuerdo con ellos. Este libro está editado por Anaya, con ilustraciones muy divertidas de Montse Ginesta. Si te gusta y te quedas con ganas de más, también es muy asequible un libro editado por Editorial Juventud, con unas ilustraciones muy sencillas, pero lindas. Se trata de Cuentos por teléfono. ¿Por qué se titula así? Pues porque se trata de una serie de cuentos breves y muy divertidos que un viajante de comercio le cuenta por teléfono cada noche a su hija. Aquí hay más de sesenta cuentos muy rápidos en los que te encontrarás con casas hechas de helado, hombres de mantequilla, ascensores que suben hasta las estrellas y ratones que comen gatos. Pequeños prodigios de la imaginación que puedes contar por teléfono aunque no tengas tarifa plana. Pero, como son cuentos muy breves y muy jugosos, te ventilarás el libro enseguida. Así que, si todavía quieres más Rodari, cosa que suele ocurrir, hay otro librito delicioso: Cuentos para jugar, en el que conocerás a un Pinocho que se dedica a mentir como un bellaco, para cortarse la nariz y comerciar con la madera, a un millonario que se construye una mansión con billetes y monedas, o a un flautista de Hammelin que tiene que librar a una ciudad de una invasión, no de ratas, sino de coches. Es, además, un cuento interactivo: cada cuento tiene tres finales alternativos y el lector tiene que elegir uno de ellos.

Por último, un libro de Rodari para los padres. Bueno, para los padres, los maestros y, en general, cualquier persona que ande cerca de los niños y quiera fomentar su imaginación. Se trata de Gramática de la fantasía, el libro en el que Rodari recogió su experiencia de cuarenta años creando cuentos con niños en el aula y que explica algunas técnicas estupendas, contadas de una manera muy sencilla y agradable.

Rodari fue conocido en su tiempo como un hombre esencialmente bueno. Utiliza el humor para hacer reflexionar a sus lectores acerca de cosas importantes: la libertad, la solidaridad, el desapego de lo material, lo enriquecidos que salimos siempre del trato con los demás. Yo he comprobado que el encuentro con Rodari es siempre beneficioso. Así que no pierdas la oportunidad de apagar un rato el ordenador o la consola y jugar con tus hijos, tus nietos o tus sobrinos compartiendo estas historias que nos propone Gianni Rodari. Ya verás como vale la pena.

Gramática de la fantasía, Barcelona, Booket, 265 páginas.

Cuentos por teléfono, Barcelona, Editorial Juventud, 143 páginas.

Cuentos para jugar, Madrid, Alfaguara, 163 páginas.

Los negocios del señor Gato, Madrid, Anaya, 80 páginas.



Homotextualidad: “España, aparta de mí estos premios”, de Fernando Iwasaki

26 12 2009

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Mis amigos lo saben: soy generalmente refractario a las novedades editoriales, a no ser que se trate de reediciones de clásicos. Poco de lo que se edita hoy día atrae realmente mi atención. Será que en este país se publica una media de setenta y cuatro mil libros al año y que yo no empecé a devorar textos hasta los doce y aún me queda mucho Dostoievski y mucho Víctor Hugo y mucho Galdós por leer y que lo que se edita en los últimos años (incluyendo a los autores que antes me emocionaban) suele dejarme en la boca el mismo sabor a “está bien pero me lo podía haber ahorrado” que te dejan las comedias norteamericanas que ves un domingo de resaca y que olvidarás antes de llegar a casa. Por eso, cuando me encuentro con un buen libro escrito por un autor que aún respira, hago una fiesta, lo recomiendo a todo el mundo, no paro de citarlo y de comprarlo para regalo. Me empeño en que todos lo lean y me convierto en un pesado recalcitrante que no deja de decir: “No te lo pierdas. De verdad, vale la pena”. Mis amigos también saben eso, y por eso optan por leerse el libro en cuestión para que les deje tranquilos o por dejar de frecuentarme durante unas semanas hasta que se me pase.

¿A qué viene todo esto? A que he encontrado un libro que merece ser leído: España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki. Como su apellido te habrá hecho sospechar ya, Iwasaki es peruano.  Y sí, el libro va de premios. Y no, no es una parodia de César Vallejo (que aún quedan cosas sagradas, oiga) aunque sí que contiene mucho de sátira. Te explico: Iwasaki parte del hecho de que “gracias al tumulto de premios desperdigados por toda la geografía española, cientos de escritores latinoamericanos y no pocos aborígenes (en este caso españoles), pueden comer caliente, llegar a fin de mes e incluso comprarse un ordenador nuevo. Sin embargo, a nadie le gusta que salgan del armario esos cuentos premiados, precisamente porque son homotextuales. Es decir, el mismo texto refrito varias bases según las veces y viceversa”.

Ahí está explicado todo el secreto de este libro delicioso. Y, sin embargo, Cortázar ya te contó que en algún lugar hay un basural repleto de explicaciones, ya que no suelen servir de mucho. Es mejor que leas esos siete cuentos divertidísimos que son el mismo: el de un japonés (o japonesa, en el caso de un concurso convocado por un colectivo feminista) que ha vivido en España muchos años sin saber que la guerra que libraba (la civil o cualquier otra) hace tiempo que ha terminado, y salta, de pronto, a la vida pública sorprendiendo a todos y poniendo de moda todo lo que suene lejanamente a japonés, “como el manga, el kabuki, el karate y el flamenco”.  Desde un brigadista internacional a una lanzadora de cuchillos, pasando por el cocinero kamikaze del general Moscardó o un delirante tablado flamenco, todos los aislados y empecinados japoneses de estos cuentos aparecen de pronto como una excepción en la realidad española (ya de por sí bastante excepcional), para mostrárnosla en su lado más lúcidamente absurdo. De hecho, incluso el texto de las mismas bases y las actas del Jurado de los premios que esos cuentos obtienen te hacen desternillarte de risa. De verdadera antología es la del Premio de Relatos “Héroes de Toledo”, convocado por un ayuntamiento en el que gobiernan en coalición Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica. Todo un ejemplo de la más evidente esquizofrenia española. Iwasaki ya nos lo advierte en el prólogo: “Hay dos Españas y sólo es posible escribir para una de las dos”. Su elección es clara y rotunda, porque siempre escribe “para la España que sabe reírse de sí misma”.

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Como también saben mis amigos, soy un lector hedonista. Así que podría recomendar este libro porque está tremendamente bien escrito, porque es inteligente, porque es ácido, porque está plagado de guiños literarios, porque te hace pensar sobre la arquitectura de la ficción, ya que la deconstruye con acierto, porque es una estupenda parodia y una acertadísima sátira de la literatura hispana contemporánea y su aparato editorial. Pero no te lo recomendaré por nada de esto. Sólo lo haré porque te garantiza al menos tres carcajadas por página. Eso es más de lo que pueden ofrecer la mayoría de los libros de gente que respira.

Te aseguro que, después de disfrutar de este libro, te lanzarás sobre “todo lo que suene lejanamente” a Iwasaki. Palabra de hedonista.

España, aparta de mí estos premios, de Fernando Iwasaki, Madrid, Páginas de Espuma, 160 páginas.



Imaginad una mañana de finales de noviembre…

18 12 2009

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La vida ya es bastante mala cuando tienes que prescindir de las cosas que te gustan a ti; pero, demontres, lo que más me enfurece es no poder regalar aquello que les gusta a los otros.

Truman Capote: Un recuerdo navideño.

Parece que el espíritu navideño se impone. Así que, como no soy muy aficionado a enviar felicitaciones, aprovecho la ocasión para traerte un regalito de Papá Noel y así quedo como un caballero. Esta vez quiero hablarte de Tres cuentos, un librito en el que la editorial Anagrama reúne tres relatos de Truman Capote, aparecidos antes en otros volúmenes y que tienen como nexo común estar inspirados en la propia infancia de este controvertido narrador y periodista, que estuvo muy marcada por el aislamiento y el sentimiento de abandono. Te explico: tras el divorcio de sus padres, Capote fue enviado por su madre a casa de unas tías lejanas, en un pueblecito del Sur de Estados Unidos (donde, por cierto, tendría como vecina a Harper Lee. Para saber más, lee su Mata un ruiseñor y fíjate bien en el personaje de Dill Harry). Luego pasaría a vivir con su padre, quien no tardaría en enviarlo a colegios militares para sacudírselo de encima. Esta infancia marcaría muchas de las obras de Capote (Otras voces, otros ámbitos o El arpa de hierba son claramente autobiográficas).

En Tres cuentos podemos leer Una navidad y El invitado de acción de gracias, en los que se narran, respectivamente, el reencuentro del protagonista con un padre al que no conocía y un desagradable episodio que le ocurre, cuando ese mismo padre se empeña en que invite a cenar a un compañero de clase que no para de martirizarle en el colegio.

Pero, de este libro, mi cuento favorito es, sin duda, el primero, titulado Un recuerdo navideño, que ya figuraba en Desayuno en Tiffany’s. En él se cuenta cómo viven la Navidad un niño de siete años, acogido en casa de unos parientes lejanos, y uno de esos parientes, una anciana solterona, con cierto retraso mental, que es la bondad y la ingenuidad personificadas. Pese a estar excluidos del discurso, pese a que nadie les preste atención salvo para reprenderles, pese a la pobreza, la anciana y el niño se las arreglan para ser felices, para vivir la fiesta navideña ya desde finales de noviembre, cuando comienzan a elaborar tartas que envían a completos desconocidos, como un viajante de comercio que un día pasó por allí o el propio Presidente Roosevelt. Es una historia aparentemente sencilla, contada en presente y apelando a la complicidad del lector, como si el relato se estuviera construyendo ante sus ojos y con su colaboración, en la que se habla de amistad, de lealtad y de cómo hallar belleza en las cosas más pequeñas. Un cuento inolvidable, de esos que se te quedan en el corazón para siempre. El propio Cortázar lo citaba como cuento inolvidable.

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Truman Capote es muy recordado por A sangre fría, pero, quienes conocen su obra, saben que ese es su libro más atípico. Vale la pena acercarse a ese otro Capote, el que nos habla acerca de los olvidados, los desclasados, las personas aparentemente sin importancia, que se las arreglan para encontrar la grandeza entre las cosas simples y también el que nos muestra con maestría cómo sucede uno de los hechos más cruciales de la existencia: la pérdida de la inocencia. Esto le inscribe en una tradición muy sureña que le hermana con Carson McCullers. Y qué forma mejor de iniciar el acercamiento  que estos Tres cuentos, ahora, en estos días en que quizá tienes un ratito libre. Después, si quieres seguir, puedes pedirte para Reyes Otras voces, otros ámbitos o sus Cuentos completos. Si te has portado bien, te mereces libros tan buenos como esos.

Tres cuentos, de Truman Capote, Barcelona, Anagrama, 120 páginas.



Donde les duela

11 12 2009

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Hablemos claro: al gobierno de Marruecos le da exactamente igual que Aminatou Haidar muera o no. Tiene enemigos poderosos, que lo protegen SIEMPRE. A los gobiernos occidentales puede que les moleste algo más, que incluso puedan llegar a lamentarlo sinceramente. Pero jamás se atreverán a enfrentarse directamente a Marruecos, ya que el poder de esos amigos de Marruecos, que al mismo tiempo lo son suyos, le permite cualquier barbaridad. Ya se sabe que las resoluciones de la ONU únicamente se cumplen dependiendo de a quién y a qué zonas del planeta afecten. También es bien sabido que la defensa de los derechos humanos es cosa del rojerío, de descamisados utopistas y culturetas de salón que no entendemos el funcionamiento de las cosas, los desinformados que pretendemos poner puertas al campo, como gustan tanto de decir los economistas. (Hablando de la defensa de los derechos humanos: en cuanto a ese prestigioso premio por la defensa de la paz, otorgado a un señor que esperábamos que hiciera mucho, pero aún no ha hecho, en la práctica, absolutamente nada, ni siquiera voy a comentarlo; no sé qué prestigio puede tener un galardón que hace años ya fue concedido a individuos como Henry Kissinger o Shimon Peres).

Sea como fuere, ningún gobierno europeo podrá hacer nada efectivo para solucionar esta situación. Ellos no están ahí para hacer justicia, para luchar por los derechos humanos o para defender la soberanía de un pueblo que habita en campos de refugiados, sino para cuidar de que los intereses de sus empresarios no peligren y de que la dinámica de mínima moralidad de la real politik continúe cumpliéndose sin sobresaltos.

Yo, como persona privada, puedo hacer bien poco. Puedo firmar manifiestos, participar en concentraciones para presionar a mi gobierno (que, igual que los anteriores gobiernos españoles y los que están por venir, tiene las manos atadas y la obligación de asentir con obediencia a las chulerías de patio de colegio del vecino de al lado). Sin embargo, eso no creo que le esté molestando o doliendo a ninguno de los que pueden decidir en este asunto.

Algo frustrado, he pensado en la posible eficacia de estos mecanismos de protesta. Al reflexionar sobre sus límites, he concluido que no es eso lo único que puedo hacer. Puedo, por ejemplo, negarme a consumir productos importados de ese país. Puedo, además, negarme a gastar mi dinero dentro de sus fronteras en una de esas escapadas turísticas que gustan tanto a muchos españoles. Por supuesto, el hecho de que yo deje de tomar unos tomates o de ir a Casablanca, al Rif o a Marrakech de vacaciones, no mermará demasiado la economía marroquí. Pero ¿y si muchos otros ciudadanos de Canarias, España y el resto de la Unión Europea hicieran lo mismo?

Pensando en cifras (para que los economistas no me llamen idiota): el sector agrícola es el más importante de ese país. En 2007, según la primera fuente que he consultado, visitaron Marruecos 7 500 000 de turistas, en su mayor parte ciudadanos europeos. Para 2010, la previsión es de 10 millones. ¿Sería la misma la postura de ese gobierno si peligraran esos diez millones de visitantes, esto es, de clientes?

Por otro lado, también me estoy pensando dejar de consumir productos de empresas que a su vez exportan productos a Marruecos, o manufacturan allá.  Sé que es difícil enterarse de estos detalles, pero a veces se trata simplemente de leer las etiquetas de los productos.

Lo lamentaré por el pueblo marroquí, que no tiene toda la culpa de los gobernantes que tienen. Pero más siento el estado actual de cosas por el pueblo del Sahara.

Al fin, me he decidido. Hagan otros lo que quieran o puedan. Por mi parte, he elaborado una consigna mental que voy a repetirme a mí mismo siempre que sea necesario:

Mientras Sahara sea marroquí, de Marruecos, ni el hachís.



Una historia sencilla: el último Sciascia

27 11 2009

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Una historia sencilla fue el último libro de Leonardo Sciascia, quien lo entregó a su editor poco antes de morir en 1989. Sciascia sabía que iba a morir. Que el cáncer no le perdonaría (si quieres saber cómo encaraba esa circunstancia, te aconsejo leer El caballero y la muerte). Una historia sencilla es una novela negra muy breve (80 páginas), que transcurre en una pequeña localidad siciliana a lo largo de muy pocos días. Hasta su protagonista es pequeño. No se  trata de un detective, un inspector o un fiscal. Es un mero sargento, hijo de campesinos, cuya máxima aspiración es acabar la carrera de derecho que cursa en sus ratos libres. Pero el título es bastante irónico, porque, cuando finalices la lectura, te darás cuenta de que el argumento, de sencillo, tiene bastante poco.

Una víspera de fiesta, a última hora, se recibe en la comisaría la llamada de un hombre que dice haber encontrado “algo raro” en su casa. El inspector de guardia no le da demasiada importancia y se marcha de fin de semana, ordenando al sargento que vaya a echar un vistazo al día siguiente. Cuando este visita el lugar, se encuentra el cadáver del hombre que, aparentemente, se ha suicidado. Así, al menos, lo creen el inspector, el comisario y los carabineros. Pero para el sargento, un hombre humilde y poco valorado, las cosas no están tan claras y, desde sus posibilidades, irá empujando las diligencias hacia la teoría del homicidio, tras el cual se esconde una oscura trama relacionada con la mafia y el tráfico de drogas (palabras que, por cierto, no se pronuncian en ningún momento del libro). Lo que tiene de sencilla esta historia de mafiosos y corrupción es la manera, aséptica, elegante y eficiente con la que Sciascia despliega el argumento, seleccionando inteligentemente la información que te suministra y manteniéndote siempre pendiente de lo que ocurre. Su prosa, aparentemente sosegada y limpia, nos va empujando, sin embargo, siempre hacia delante.

sciascia2Esta última novela de Sciascia es quizá la ideal para que quienes no le han leído se sumerjan en su particular universo narrativo. Después de eso, podrías leer la inmediatamente anterior, El caballero y la muerte, o cualquier otra de sus novelas negras, como la sorprendente El contexto. También tiene novelas históricas, siempre ambientadas en Sicilia: Los apuñaladores y El consejo de Egipto, dos joyitas. Y más donde elegir: Todo modo, Los tíos de Sicilia… En cualquier caso, en cualquiera de sus treinta títulos hallarás a un autor agudo y hábil, preocupado por la ética y por el desvelamiento de los mecanismos del poder y la corrupción, por la reivindicación de las víctimas y la denuncia de los verdugos. En casi todas sus historias, uno acaba preguntándose quién mueve realmente los hilos, al servicio de quién se despliega el mal en una sociedad injusta. No en vano, esta última novela se abre con una cita de quien para mí es otro gran referente de la novela negra europea en esos años, Justicia, de Frederich Dürrenmatt, de quien un día de estos tengo que hablarte con más detenimiento: “Una vez más quiero sondear escrupulosamente las posibilidades que tal vez queden aún a la justicia”.

Aviso para navegantes: si madrugas al día siguiente, ni se te ocurra comenzarla para buscar el sueño.

Una historia sencilla, de Leonardo Sciascia, Barcelona, Tusquets, 80 páginas.



Para la era del simulacro: Desde el jardín

23 11 2009

512NCGFB4YL__SL500_AA240_Desde el jardín, publicado en 1970 por Jerzy Kosinski, dio origen a Bienvenido Mr. Chance, una película inolvidable de Hal Ashby, última interpretación para el cine de Peter Sellers, el famoso inspector de la saga de La Pantera Rosa.

Pero es mejor comenzar con el libro y conocer a Chance Gardiner. Chance es jardinero. De hecho, no sabemos nada más sobre él. Ha vivido siempre en una mansión donde ejerce esa labor de cuidar el jardín. No sabe quién es su padre. No consta en ningún registro civil. No ha salido jamás de la casa. Se viste con los trajes usados del amo. Pasa la vida viendo la televisión mientras cuida de las plantas. O sea: es un jardinero teleadicto. Lo que sabe del mundo, lo sabe por la tele. Hasta que un día muere el amo y Chance es desahuciado. Con su elegante traje de varias décadas atrás, una maleta y el mando a distancia de la televisión sale por primera vez al mundo en la ciudad de la capital norteamericana. Su desconcierto es tal que, cuando unos delincuentes juveniles se meten con él, Chance intenta cambiar de canal con un mando a distancia. Pero la casualidad hará que dé con un matrimonio de magnates de la bolsa, que le confunden con un empresario afectado por la crisis (sí: en el capitalismo ha habido crisis antes y las seguirá habiendo) y como tal lo presentan ante las autoridades económicas y políticas, incluido el presidente de Estados Unidos. Pero Chance sólo sabe hablar del cuidado de los vegetales, y cuando le preguntan sobre si vendrán nuevos tiempos, él habla de los ciclos de crecimiento de las plantas, por lo cual todos piensan que se trata de un nuevo oráculo de la economía. Comienzan las entrevistas televisivas y la celebridad de este señor tan extraño cuya identidad trae de cabeza al FBI, a la CIA, al KGB e incluso al presidente, que acaba teniendo una crisis de impotencia por causa de la preocupación. De la conciencia intranquila a la disfunción eréctil no hay más que un paso.

En fin: Desde el jardín es una acertada alegoría sobre la apariencia, la televisión y el poder en la época de los simulacros mediáticos. No deberías perdértela, si no lo conoces aún.

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Kosinski, que nació en Polonia en 1933, sobrevivió al Holocausto escondido en el seno de una familia católica. En Estados Unidos fue tan célebre como polémico, a raíz de su primer libro, El pájaro pintado. Después las polémicas ya no le abandonaron. Le acusaron de plagiaro, de tener “negros”, etc.  Él se vengó de sus acusadores con El ermitaño de la calle 69, un libro plagado de notas y referencias que supuso una tortura para sus críticos y una delicia para sus fans. De todos modos, parece ser que estas polémicas se debieron más a la envidia que a otra cosa. No es difícil envidiar a un señor que a su muerte, en 1991, había vendido unos 70 millones de ejemplares.

En cualquier caso, al margen de polémicas o éxitos de ventas, este es un libro que no se olvida fácilmente. Te hará reír y te hará reflexionar.

Desde el jardín, de Jerzy Kosinski, Barcelona, Anagrama.



Testimonios del caos: Chester Himes

14 11 2009

Proponerte que leas Un ciego con una pistola, del escritor afroamericano Chester Himes, es proponerte un paseo el Harlem neoyorquino durante una semana de un caluroso verano de finales de los sesenta, un lugar y una época convulsos, violentos y caóticos. Por tanto, se trata de un viaje peligroso. Pero en el recorrido vamos bien acompañados, porque seguimos a dos policías negros que tienen patente de corso para recorrer las callejuelas repartiendo leña. Son Grave Digger Jones y Coffin Ed Johnson, esto es, Sepulturero Digger Jones y Ataúd Ed Johnson, dos polis negros que sirven a la policía blanca y que están siempre entre la simpatía hacia los criminales que persiguen y la presión que reciben desde arriba para que sí, investiguen los crímenes, pero silben mirando al techo si la trama lleva a las tramas de corrupción o crimen organizado relacionadas con el poder del hombre blanco. Aquí asistimos a varios crímenes sin relación aparente, que los dos polis tienen que investigar, mientras diferentes grupos de lucha contra la segregación se enfrentan entre sí en duras revueltas en las calles del Harlem. Por supuesto, alcanzan un par de buenas palizas. Aunque estos dos también reparten lo suyo.

Conocedores de un código que sus jefes blancos ignoran, Grave Digger y Coffin Ed miran con una sonrisa amarga la realidad de su gente, intentando, sin conseguirlo, deshacer entuertos con la impotente actitud de quien sabe que los oprimidos yerran constantemente en los mecanismos con los que se oponen al sistema, dada la invulnerabilidad de quienes detentan el verdadero poder, el económico.

En algún momento de la novela, Anderson, el jefe de los dos policías negros, les pregunta si saben quién es el responsable de los recientes disturbios. Ellos, socarronamente le responden que siempre lo han sabido, pero que no pueden hacer nada, ya que está muerto. El responsable, en su opinión, es Abraham Lincoln: “No debió liberarnos si no quería darnos de comer”.  Cuando Anderson insiste en quién es el culpable, quién incita esa “anarquía insensata”, Grave Digger, simplemente, responde: “La piel”.

Esta es la sexta de una serie de diez novelas con Sepulturero y Ataúd (hay otras estupendas, como Algodón en Harlem y Todos muertos) y la última que Himes escribió antes de trasladarse a Alicante (el viaje debía de estar en proyecto, porque hay ya algún guiño a esa región, en el nombre de un comercio), donde falleció en 1984. La edita RBA en su colección de bolsillo, en una traducción realizada por Ana Becciu en 1978 (y que quizá habría que renovar) y con prólogo de Raúl Argemí, que entiende y comenta a Himes como nadie.

La biografía de Himes es tan interesante como sus libros: hijo de una familia de clase media, fue a la universidad pero se desvió por el mal camino y comenzó a meterse en líos. Le cayeron 20 años de cárcel por atraco a mano armada y fue justamente ahí, en prisión, donde comenzó a escribir. Escribió novelas políticas, novelas carcelarias (Por el pasado llorarás) y novelas, como esta, de género negro, donde se le considera uno de los clásicos; pero, sea cual fuere la orientación, el problema de la desigualdad social (racial) está normalmente de por medio. Como les ocurrió a otros (por ejemplo, Jim Thompson), mientras en Estados Unidos publicaba en pulp, en Francia la crítica le situaba entre los grandes.

¿Por qué este libro se titula Un ciego con una pistola? Pues porque Himes parte de la siguiente anécdota real: un ciego que, en el metro, sospecha que le intentan robar la cartera, saca una pistola y se lía a tiros con todo el tren. A partir de ahí, Himes reflexiona acerca de los movimientos de ese momento (oposición a la guerra de Vietnam, terrorismo en Oriente Próximo, los Panteras Negras, Malcolm X, etc.) y llega a la conclusión de que “toda violencia indiscriminada es como un ciego con una pistola”.

Así que si quieres una novela que hable con crudeza y con sinceridad sobre el racismo, la desigualdad y la injusticia, mientras andas en el ojo de un huracán que no te da un respiro, nada mejor que esta estupenda, caótica y, sin embargo, bella novela. Diálogos lacerantes, ironía, humor negro, historias truculentas, radiografía social: Un ciego con una pistola. Novela negra en estado puro.

Un ciego con una pistola, de Chester Himes, Barcelona, RBA, 285 páginas.



Saki y la sonrisa de las bestias

7 10 2009

Se supone que los escritores, antes de morir, dejan una frase genial para la humanidad. Goethe, en su delirio, pidió, al parecer: “¡Luz, más luz!”. Y Cesare Pavese, justo antes de suicidarse, anotó en su diario: “No más palabras. Un gesto. No escribiré más”. La última frase que pronunció Hector Hugh Munro, el hombre que firmaba sus libros como Saki, la dijo en una trinchera de Beaumont-Hamel, en Francia, en la noche del 13 de noviembre de 1916 antes de que un tirador enemigo le pegara un tiro en la cabeza. Esa frase fue: “Put that damned cigarette out!”, que viene a ser, en román paladino , variedad canaria: “¡Apaguen ese maldito cigarrillo!”.

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Esta anécdota parece sacada de uno de sus propios cuentos, que suelen combinar lo macabro y lo horroroso con lo satírico y humorístico. Saki tiene un particular ingenio para el humor negro, así como para la intriga, que maneja soberbiamente. En sus cuentos hay continuas sorpresas, giros argumentales inesperados que provocan indistintamente la sonrisa y el escalofrío. Hay, además, una constante denuncia de la hipocresía de la sociedad victoriana, tan vacua como anquilosada.

Munro había nacido en 1870, en Birmania, donde su padre era policía colonial. Huérfano de madre (la corneó una vaca cuando él tenía dos años), lo enviaron más tarde a Inglaterra, donde fue educado por su abuela y sus tías, puritanas, ignorantes y severas. Quizá de ahí le vino el desprecio por las capas altas de la sociedad británica que recorre como un hilo conductor prácticamente toda su narrativa. Más tarde, a Munro le pareció buena idea volver a Birmania e ingresar, como su padre, en la policía. Pero a la malaria no le pareció tan buena idea y hubo de volver a Inglaterra, donde se dedicó plenamente a la literatura.

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Anagrama reúne en Cuentos de humor y de horror veinte de sus relatos más célebres, muchos de ellos con Clovis, su cínico y agudo observador, como personaje principal. Es una interesante reunión de fantasmas indolentes, caníbales, que sonríen mientras cuentan sus iniquidades, gatos que hablan más de lo conveniente, damas encopetadas, tan necias como malignas, señores circunspectos tan malignos como necios y, en general, seres que no están donde deben estar, y haciendo cosas que no deberían hacer, como, por ejemplo, una hiena en medio de la campiña británica zampándose gitanillos.

En resumen, Cuentos de humor y de horror proporciona lo que su título promete: inquietud y risas a partes iguales, pero, al mismo tiempo, una ácida crítica social que, en último término, se convierte en reflexión sobre la condición humana. Jorge Luis Borges, Graham Greene, Tom Sharpe y Roald Dahl han manifestado su admiración por Saki. Por algo será.

Cuentos de humor y de horror, de Saki, Barcelona, Anagrama, 142 páginas.



Un fogonazo: Veinticuatro horas en la vida de una mujer

1 10 2009

Por si andamos despistados: Stefan Zweig es un escritor austríaco nacido en 1881 y fallecido en Brasil en 1941, adonde había llegado huyendo del nazismo y donde se suicidó junto a su mujer, tras la caída de Singapur, pues no deseaban vivir en un mundo dominado por el totalitarismo.

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(Nota macabra: Cuando buscaba una foto del autor para mostrarla aquí, me encontré con una terrible, en la que vemos su cadáver y el de su esposa, cuando acababan de envenenarse, en su cama de la ciudad de Petrópolis. Nunca me gustó esa foto. Prefiero pensar a ese hombre en la plenitud de su militancia pacifista.)

Fue muy prolífico y muy popular en su momento y es muy célebre, entre otras cosas, como biógrafo. Vale la pena leer sus biografías de Magallanes, María Estuardo o Fouché, el secretario de Napoleón (sí, ese que según las malas lenguas, “consolaba” a Josefina durante las largas ausencias de Napoleón). Pero sus obras más célebres (y en mi opinión, más deliciosas) son sus cuentos (si puedes encontrarlo, no te pierdas “Leporella”) y sus muchas novelas cortas, que Acantilado está editando desde hace varios años. Te sonará una de ellas, Carta a una desconocida (hay dos versiones cinematográficas, además de muchas cursis imitaciones. La primera de las adaptaciones es un clásico imprescindible del maestro Max Ophuls), pero también firmó muchas otras, como esta que te traigo hoy: Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

24horas

Está ambientada en la época de entreguerras en la Costa Azul. La anécdota es sencilla: En un hotel de vacaciones, la huida de una mujer casada con su amante provoca un escándalo y, posteriormente, una agria polémica  entre los huéspedes, en la cual el narrador defiende el punto de vista de la adúltera. A raíz de ese enfrentamiento, una anciana dama  que también se hospeda allí, le cuenta, tras muchos reparos, una secreta, breve e intensa pasión vivida muchos años atrás, hacia un joven jugador arruinado con quien se encontrara en Montecarlo. La mujer, entonces viuda reciente, de mediana edad y posición elevada, se verá, casi sin darse cuenta, envuelta en una aventura en la que, más que actuar, se deja arrastrar por las circunstancias por primera (y única) vez en su vida. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una historia que habla sobre la naturaleza de la atracción y el enamoramiento, sobre la transgresión de los convencionalismos sociales, sobre la generosidad personal y sobre lo que ocurre cuando cabeza y corazón no se ponen de acuerdo.

Repito: la anécdota es sencilla. Seguro que otros contaron antes esta historia. Puede que muchos más la contaran después. Pero apuesto mi ejemplar ilustrado de La metamorfosis a que nadie la ha contado como Zweig.

Tres motivos para leer a Zweig: la elegancia de su estilo, su habilidad en el tratamiento de la psicología de los personajes y su diestro manejo de la intriga novelesca. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, en fin, un centenar de páginas de la más alta literatura, uno de esos libros que se convierten en algo inolvidable, un fogonazo de extremada belleza en medio de la plúmbea oscuridad.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Barcelona, Acantilado, 2007, 102 páginas.



Arozarena

1 10 2009

Aro

Tengo la sensación de que últimamente doy demasiadas malas noticias. Poco después del fallecimiento de José María Millares, se nos va otro de los grandes.

Rafael Arozarena era “el poeta” en el interesante grupo de los fetasianos (Isaac de Vega, Antonio Bermejo, José Antonio Padrón, Francisco Pimentel) y es el más conocido por el gran público, paradójicamente, por su narrativa. Pero Arozarena es, en mi opinión, tan popular como en realidad desconocido.

Popular por su novela Mararía, que, sospecho, es el mejor intento novelístico de creación de aquella mitología conductora propuesta por Espinosa, además de una novela inolvidable que aplica recursos cinematográficos en su esquema argumental (nunca pude pensarla sin recordar Ciudadano Kane) y cuyo arranque aún no tiene igual, en cuanto a eficacia, en la narrativa de las Islas. Desconocido porque el público ignora mucho del resto de su excelente trabajo. Apenas Cerveza de grano rojo. Poco de sus prosas (tiene cuentos que deberías leer, como “Abuela Paz” y “El extraño caso del timonel”). Casi nada de su poesía. Hoy la prensa habla de su Romancero canario,  de los años cuarenta, que remeda los intentos lorquianos. Pero habría que recordar Alto crecen los cardos, Aprisa cantan los gallos, El ómnibus pintado de cerezas, Silbato de tinta amarilla, Desfile otoñal de los obispos licenciosos, Amor de la mora siete… Títulos tan llamativos como epatantes son los poemas que albergan; poemas que oscilan temáticamente entre la isla y el individuo (en medio, todos los aspectos de la realidad), orientados a la potencialidad, ostentando una audaz libertad formal que hace guiños a Eluard, a Ungaretti, a Tzara.

Confieso que desde hace un tiempo, en la pila de libros que tengo en casa pendientes de lectura (esa pila que crece cada día) hay un ejemplar de la que fue una de sus últimas novelas: Los ciegos de la media luna. Aún no he podido leerla, pero sé que, cuando lo haga, seguramente no me defraudará. Nunca me ocurrió con ninguno de sus libros.

La última vez que le vi en televisión (en febrero de este año, en un reportaje con motivo del Día de las Letras Canarias), dijo algo parecido a que para escribir había primero que vivir, que uno no es escritor hasta que no ha cumplido setenta años. Desde entonces, pienso mucho en ello. Y cada vez estoy más convencido de que no le faltaba razón.



Desordenar la biblioteca 3

27 09 2009

Hubo otra categoría que no me dio tanto trabajo: ESCRITORES QUE HUBIERAN VIVIDO DE SU CÓNYUGE. Verlaine, por supuesto. Pero, antes, Juan Ramón Jiménez.

ANGLOSAJONES BORRACHINES MONTANDO ESCÁNDALOS EN OTRO PAÍS: Malcolm Lowry, Hemingway (lo traje desde los suicidas), Paul Bowles, Pound (otra vez el mismo impertinente), Durrell… Estos eran legión.

Cuando iba a comenzar con la categoría ALCOHÓLICOS, me paré en seco. Era el momento de servirme un ron y pensar bien en qué estaba haciendo. Había libros sobre las mesas, sobre el sofá y las sillas, en el suelo, en el aparato del televisor. La mitad de las estanterías vacías y las otras ocupadas sólo por el momento, ya que si se me ocurrían categorías que atañeran a otras circunstancias posibles (escritura en otro idioma distinto del propio, haber sido profesor universitario, haber sido traductor, haber sido impotente, haber sido periodista, haber pertenecido al Partido Comunista, haber sido conservador, haber sido bibliotecario, haber pasado hambre, haber tenido un importante desamor, haberse dado a la promiscuidad, haber sido adicto al café, a los opiáferos, a los barbitúricos, al tabaco, a la pornografía, haber crecido en horfandad, haber dejado huérfanos al morir, haber tenido éxito, haber tenido “negros”, haber hecho “de negro” para otros) el antes aparentemente inofensivo e incluso conveniente acto de ordenar mi biblioteca podría llegar a sumirme en una crisis nerviosa, anímica e, incluso, de personalidad, ya que el ron que estaba tomándome y el cigarrillo que acababa de encender me incluían a mí mismo en dos categorías, si no, a largo plazo, en la de los suicidas, además de participar de varias más. Y me imaginaba, el día de mañana, a un pobre diablo, con los libros que he logrado escribir (este mismo) en las manos, con cara de panoli en el centro de una biblioteca devastada por la indecisión. Así que vacié las estanterías que ya había llenado y comencé a colocar libros: Cuentos completos de Afhanasiev, después Rashomon, de Akutagawa, Marinero en tierra, de Alberti, La regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”…



Desordenar la biblioteca 2

27 09 2009

La primera: ESCRITORES QUE SE VOLVIERON LOCOS. Ahí podrían comenzar por ir, por ejemplo: Lucrecio, Pound, Hölderlin, Nietzsche. Pero ya surgían los primeros problemas de este nuevo método clasificatorio. De hecho, surgió una duda enorme al pensar en Paul Verlaine, porque no acababa de tener claro que lo de Verlaine con Rimbaud no hubiera sido una locura.

Aunque a Verlaine podría incluirlo en ESCRITORES QUE HUBIERAN TENIDO AL MENOS UNA EXPERIENCIA GAY-LÉSBICA-TRANSEXUAL-BISEXUAL. Me tocaba llevar allá a Pizarnik, a Marguerite Yourcenar, a Lorca, a Cernuda, a Mishima, a Safo (pero también al resto de los griegos clásicos, por si las moscas), a Kavafis, a Rimbaud. Pero, claro, ¿quién me decía a mí que otros no tan evidentes habían vivido experiencias no heterosexuales? Por ejemplo, Stefan Zweig, que me parece el autor más sospechosa y claramente femenino de la historia de la literatura.  Y Melville (lee cómo describe a Billy Budd, lee el capítulo de Moby Dick en que Ismael y el corpulento Queequeg se conocen y pasan la noche y la mañana abrazaditos y dándose calor mutuo mientras se cuentan sus vidas). Decidí dejar esta categoría en suspenso. La siguiente fue: AUTORES QUE SE HAYAN ARRUINADO MÁS DE UNA VEZ. Me traje a Melville, por supuesto. A Balzac, Cervantes, Jack London…

Había empezado mal. Tenía que haber comenzado por donde iba encaminado a hacerlo con las dos autoras que focalizaron la atención en el hecho biográfico. Así que me apresuré a establecer una nueva categoría: SUICIDAS. Entonces vi que tenía que hurtar autores a otras categorías ya establecidas: Lucrecio, Mishima, Pizarnik (vuelve a tu sitio, maga de los silencios), Jack London (aunque ahora se dice que no, pero hasta que no sea oficial…), Zweig (me lo traje para acá). Luego tendrían que estar Virginia Woolf, Plath (por supuesto), Hemingway, Kennedy Toole, Sándor Márai… Cielo santo: Mishima. No había contado con los japoneses. Directamente, me traje a casi todos los japoneses, entre los que destacaban, por supuesto, Akutagawa y Kawabata. De hecho, me cuesta recordar a algún autor japonés que no se haya suicidado, mención aparte de Ishiguro, demasiado británico para ser considerado japonés. (Dejé a Murakami cerca, por si las moscas llega alguna mala noticia).

Luego surgieron otras categorías: ESCRITORES QUE, POR CASUALIDAD, NO HUBIERAN NACIDO EN SU PAÍS. (Cortázar, Ítalo Calvino). ESCRITORES QUE SE HUBIERAN REÍDO DE TODO (Oliverio Girondo, Alfred Jarry, Raymond Queneau y Boris Vian, Quevedo, Dürrenmatt, fueron los primeros, antes de traerme a Cortázar de la categoría precedente). ESCRITORES QUE HUBIERAN SIDO INCOMPRENDIDOS EN SU ÉPOCA. Llegados a este punto, me negué a desordenar los estantes de mis suicidas, y me limité a empezar por Cioran, Quevedo (a quien me traje de la categoría anterior), Kafka, Proust, Anthony Burguess y Jim Thompson. Aunque después cogí los libros de Thompson y lo llevé a la categoría de ESCRITORES QUE SE HAYAN ARRUINADO MÁS DE UNA VEZ.

Otra circunstancia bastante común: la cárcel, el exilio, el confinamiento. Así que se imponía una nueva categoría: ESCRITORES QUE HAYAN SUFRIDO MEDIDAS JUDICIALES O SE HAYAN EXILIADO, VOLUNTARIA O FORZOSAMENTE. Chester Himes, O’Henry, Virgilio, Quevedo (hubo que moverlo nuevamente), Cervantes, Unamuno, Pedro García Cabrera, Federico García Lorca (definitivamente, decidí suprimir la categoría que se refería a las opciones sexuales; al fin y al cabo, tiene para mí una importancia igual a cero lo que la gente haga o prefiera hacer en la cama y cualquiera que base su obra en esas preferencias, me interesa menos que la neurastenia en el escarabajo pelotero, dicho sea por individuos como Jaime Baily), Miguel Bonasso, la mayor parte de la Generación del 27,  Solzchenisyn, Nabokov, Monterroso, Thomas Mann, Rilke, Pound (qué problema con Pound), la mitad del Boom Latinoamericano…



Desordenar la biblioteca 1

27 09 2009

No hablo de las bibliotecas públicas o pertenecientes a centros culturales o educativos. Esas disponen de unos seres generalmente malhumorados que se pasan la vida pidiéndote silencio y que, cuando les hablas, parece que te escuchan, pero en realidad están preguntándose qué harán hoy para almorzar o pensando en paradisíacas playas de las Islas Griegas. Me refiero a las otras, esas que tiene cada uno en casa. Esas, ¿cómo mantenerlas en orden?

No es frecuente, pero de vez en cuando ocurre. Finaliza tu temporada de exámenes o acabas una serie de artículos o terminas de escribir una novela o, simplemente, sacan de la parrilla el programa de televisión para el que trabajabas. Entonces toca recoger todos esos libros que has ido sacando y utilizando para preparar exámenes, redactar artículos, escribir novelas o, simplemente, buscar ideas con las que alimentar esa tonelada de guiones que antes debías entregar cada semana. Toca recogerlos y ponerlos en su sitio. Y es en esos momentos, cuando te replanteas el orden.

Hay quien ordena su biblioteca por temas. Esas personas lo pasarán fatal cuando les toca ubicar los Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau o el Tristam Shandy. Y ni quiero imaginar cómo lo pasarán cuando les toque ubicar El Quijote. También hay quien opta por atender al género (literario). Los imagino con sus ejemplares de Crimen, de las Iluminaciones o de Un bárbaro en Asia, con cara de tontos delante del anaquel, pensando en la seria posibilidad de mudarse a algún país frío, donde aún haya estufas de carbón que sea necesario alimentar.

No quiero ni siquiera mencionar las deficiencias de otros criterios, como el del tamaño, el color o el número de página, más arbitrarios, pero no menos inútiles que el de la nacionalidad del autor (¿qué hacer con Danilo Kis, con Vladimir Nabokov?) o la lengua en la que fueron escritos originalmente (Beckett, por ejemplo, incluiría dos categorías).

Por mi parte, hace años que mi amigo y censor Antonio Becerra (en una noche en que vaciamos, según recuerdo, tres cuartos de botella de Pernod) me dio un consejo que, hasta el día de hoy, he seguido a rajatabla: la literatura se ordena por estricto orden alfabético del primer apellido del autor. Punto.

Pero hace poco, en la última ocasión en que me tocó convertir mi salón (que hace las veces de biblioteca, cuarto de trabajo, comedor, sala de ver la tele, escuchar música o, si hay suerte y con quién, lugar de inicio de juegos amorosos) en un lugar habitable, recogiendo los volúmenes que pululaban por rincones inapropiados, tras haber sido extraídos de los anaqueles para su consulta o tras haber sido adquiridos (mediante compra, préstamo, robo u obsequio) en los últimos meses, di en la cuenta de una curiosa coincidencia. A causa del azar alfabético, Alejandra Pizarnik y Sylvia Plath no sólo compartían estantería, sino que se unían, así, muy amiguitas, contratapa contra tapa, en una Antología Poética de la primera y un ejemplar de Ariel de la segunda. Ya alguna vez me había llamado la atención cómo el alfabeto, mi incontinencia como comprador y/o mis lagunas bibliófilas hacían que Juan Marsé quedara junto a José Luis Martín Vigil, Poe tentarrujando lascivamente a Ezra Pound o Voltaire rozándose con Kurt Vonnegut. No obstante, las coincidencias biográficas de Pizarnik y Plath (ambas poetas hasta la médula; ambas desequilibradas; ambas suicidas) me llamaron la atención sobre cómo el alfabeto imita a la vida.

Una persona importante para mí me sugirió entonces un nuevo modo de ordenar mi biblioteca: el orden biográfico. Tras meditar sobre las ventajas e inconvenientes del nuevo sistema y tras mucho reflexionar (copa de vino en mano) sobre las circunstancias comunes en las peripecias vitales de muchos escritores, comencé a pensar en las posibles categorías, de las cuales paso a exponer las más importantes.