Archive for the ‘Cuentos’ Category

Tratado de los lugares vacíos

Miércoles, Mayo 14th, 2008

El absoluto silencio en un lugar que fue pensado para estar siempre abarrotado de gente. Esa paradójica ausencia es la expresión máxima de la tristeza. Por eso procuro frecuentar los sitios naturalmente inhóspitos, donde mi condición de isla es más lógica, menos evidente.

Otro viejo cuento con palabras nuevas

Lunes, Abril 21st, 2008
(Inspirado por Sueño del aposento rojo, de Tsao Hsue-King, recogido por Jorge Luis Borges en Libro de los sueños)

Soñé que estaba ante una casa exactamente igual a la mía.

Cuando me acercaba al umbral para inspeccionarla más detenidamente (no podía ser que los rosales y los geranios del jardincito fuesen iguales hoja a hoja, pétalo a pétalo), una mujer idéntica a mi esposa me adelantó y abrió la puerta. De pronto se volvió:

-¿No piensas entrar? –me dijo.

Una vez frente a ella, la mujer cambió, sin embargo, de actitud:

-Oh, perdóneme. Creí que era mi esposo.

-Pero, si soy yo… –le respondí.

Ella, con algo de alarma, me dijo que no. Que yo me parecía bastante, pero que no era él. Ella lo hubiese distinguido entre miles de hombres idénticos a él, por el brillo de sus ojos, el destello de la sonrisa. Dicho esto, se despidió y entró en la casa.

Un momento después, me decidí a penetrar en la vivienda  y, comprobé que era, también por dentro, igual a la mía: la misma biblioteca con los mismos libros en el salón, el mismo pasillo atestado de fotos enmarcadas pendiendo de las paredes, el mismo dormitorio, en cuya cama yacía un hombre exactamente igual a mí. Observé a ese otro yo que dormía, algo inquieto, mascullando algunas palabras ininteligibles.

En ese instante, la mujer idéntica a la mía entró en la habitación con la bandeja del café y me dijo:

-¿Ves? Ese sí es mi marido.

Puso la bandeja sobre la mesa de noche, le dio un beso en la frente al durmiente y salió del cuarto.

El otro se despertó y vio la bandeja a su lado y después me miró.

Entonces me desperté, al notar el beso que mi mujer depositó en mi frente antes de salir del dormitorio.

Vi la bandeja del café a mi lado, alargué la vista y vi a un hombre, idéntico a mí, que me observaba.

Aldonza

Miércoles, Abril 16th, 2008
Don Quijote murió sin saber que Aldonza Lorenzo soñaba desde niña con tener un caballero andante que le diera título de señora de sus pensamientos, al cual caballero, en sus sueños, tuvo a bien poner la cara de aquel distinguido caballero cercano, de nombre Alonso y apellido Quijada, o Quesada o Quejana, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben.

(Inspirado por un texto de Marco Denevi)

Correspondencia

Miércoles, Abril 16th, 2008

En estos tiempos de impaciencia comunicativa, de incontinencia cibernética, él continúa recibiendo, cada 7 de abril, una carta de Laura. La primera la acogió con estupor y rabia, pensando en una broma pesada de algún desalmado. Pero luego abrió el sobre y leyó, en el papel azul que a ella tanto le gustaba, sus palabras de amor y nostalgia escritas en aquella letra menuda de colegiala, con los puntos de las ies formando un corazón diminuto. Poco a poco, fue acostumbrándose al insólito hecho de la anual carta de Laura, sin matasellos, en su buzón. Siempre en el mismo papel. Siempre con la misma tinta burdeos. Con el mismo trazo fino de estilográfica. Con los te amo y los tuya para siempre precediendo a la firma.

Así han pasado quince años y hoy, en lo más grave de su enfermedad, ha llegado la última. Esa carta postrera que como tal se declara y en la que anuncia que se verán pronto, que se le hará interminable la espera, pero que, al anochecer del día 9 estarán, al fin, juntos.

Ahora sabe que le quedan únicamente dos días para reunirse con ella, para fundirse con ella, para el cese de la nostalgia.

Inquieto pero reconfortado, guarda esa última misiva junto a su corazón y piensa en lo consolador que ha sido recibir aquellas cartas del mientras tanto durante todos estos años, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Laura.

Cuento ofimático

Lunes, Abril 14th, 2008
Aún lo amaba, pero ya no era lo mismo. Los años no pasan en balde y el roce hace el desgaste. Resignada, se refugió en la red (como él lo había hecho en sus tertulias) intentando hallar en chats, foros y blogs aquellos cosquilleos en la boca del estómago que él ya no conseguía provocarle. Como trabajaba desde casa, no le costaba demasiado sacar un par de horas al día para frecuentar a sus nuevas amistades telemáticas, que a veces habitaban en ciudades desconocidas, tan lejanas que para ella eran poco más que un nombre y algunos tópicos cercanos a la leyenda. Y un día apareció hector45 y ella descubrió en aquel hombre una inédita familiaridad. Como si la hubiera estado observando desde siempre. Como si se conocieran de toda la vida. Hector45, casado, de mediana edad, con hijos y desencantado como ella, pero, como ella, fiel a quien había estado a su lado tantos años, amaba los mismos libros, las mismas películas, similares estilos musicales y fue estableciendo con naturalidad los lazos de una intimidad que la hacía esperar ansiosa la hora de la mañana en que él se conectaba. Dejó de visitar otros foros y otros chats, igual que, según le dijo, había hecho hector45. Y comenzó la infidelidad. Una infidelidad sin encuentros físicos y en la que ni siquiera había cámaras, ni fotos, ni micrófonos, sino sólo palabras. Palabras que la excitaban y hacían que sus manos se convirtieran en las manos de su amante, o en su boca, o en su miembro, para celebrar las ceremonias de una pasión que hasta hacía poco  no se sentía capaz de revivir. Acordaron no verse nunca. No caer en la tentación de telefonearse o pedirse más datos que los justos para saber, cada uno de ellos, que existía otra persona en el mundo. Siguieron enamorados, lascivos y tiernos en la intimidad de sus respectivos cuartos de trabajo: hector45, visitándola cada mañana; ella, esperando con ansiedad la diaria visita, la periódica conversación, el cotidiano orgasmo, la renovada sensación de placer culpable y gozo consolador. Incluso jugaron a juegos que iban un poco más allá, como la propuesta de hacer el amor con sus respectivos cónyuges a una misma hora determinada y prometerse pensar el uno en el otro, como si fuera con el telemático amante y no con la propia pareja, con quien se cohabitaba. Al principio, ella tuvo, en alguna ocasión, miedo a que su marido la descubriera, pero, finalmente, acabó descuidando esa circunstancia porque, cosas de la vida, hector45 se conectaba siempre a la hora exacta en que él estaba en la oficina.

La heroína secreta

Jueves, Abril 10th, 2008

Con creciente satisfacción, el general paseó en compañía de sus oficiales por la ciudad recién conquistada, contemplando ruinas y cadáveres mientras sus soldados ultimaban el saqueo. Pensando en las odas que los poetas nacionales compondrían en su honor, no reparó en una humilde flor que, entre cascotes y miembros cercenados, había sobrevivido al fragor de la batalla. Sí la vio, en cambio, un joven teniente, destinado a ser el único poeta inmortal que aquella época convulsa daría a la nación, quien se prometió a sí misma recordarla para escribir la que, al pasar los años, sería su obra más celebrada.

Viejo cuento con palabras nuevas

Jueves, Abril 10th, 2008

La policía aún investiga.

Los datos, por ahora, son los siguientes: el pintor, como acostumbraba, se encerró al anochecer para trabajar en su estudio, que disponía de un solo acceso, amén la ventana enrejada. Según sus diarios, se proponía, esa noche, dar los retoques definitivos a su última obra: “Casa de campo con puerta cerrada”. Cuando por fin se le echó en falta, fueron avisados policía y bomberos para forzar el acceso al estudio, que aún permanecía cerrado desde dentro. Sin embargo, no se halló rastro del artista. La paleta y el último pincel utilizado yacían en el suelo, con restos de pintura ya seca, ante el lienzo finalizado, como evidencias de una desaparición apresurada y, probablemente, violenta. Pero no había rastro físico del pintor o de su indeseable pero posible cadáver.

Nadie ha podido todavía arrojar luz sobre estas increíbles circunstancias, esta insólita desaparición que trae de cabeza a investigadores y agentes de seguros. Tampoco nadie se ha percatado de que en la casa representada en su óleo postrero, la puerta permanece abierta. 

Evidencias

Jueves, Abril 10th, 2008

Después de años de terapia, valerianas, somníferos, masajes relajantes y lecturas supuestamente soporíferas, averiguó al fin que la causa de su insomnio era el temor a no volver jamás a despertarse.

Mahmudiya

Lunes, Marzo 31st, 2008

El espectro me visita cada noche desde hace algún tiempo. He llegado a aceptarlo con naturalidad, pero se me hace imposible acostumbrarme. ¿Cómo va uno a acostumbrarse a que alguien salga de las profundidades del armario en medio de la madrugada y se siente al borde de su cama? 

Eso es exactamente lo que hace el espectro, una niña de unos catorce años, de apariencia persa y hermosos ojos negros. Aparece cada noche, recorre con sus pies descalzos los dos metros escasos que separan el armario de mi lecho y se sienta. Después orienta lentamente su rostro hacia mí y llora durante unos minutos, antes de regresar por donde ha venido. Nunca hablamos. Ambos sabemos que no podríamos entendernos.

 El espectro no tiene nombre. Quizá si tuviera nombre nos importaría a todos y nos importaría más. Escribiríamos artículos de opinión en nuestros periódicos con ese nombre en el título, probablemente sólo el de pila, para apelar a la íntima implicación del lector en su drama. Empapelaríamos las calles y los cristales de nuestros autos con su foto. Nos pondríamos lazos de algún determinado color para recordarla. Pero no tiene nombre. O lo tiene, pero a nadie le ha interesado averiguarlo.  

El espectro va vestido con los andrajos de lo que un día debió ser un pijama infantil. A través del lamparón que hay en uno de sus hombros se adivinan las quemaduras que le cubren el pecho y la espalda. Sus muslos y su entrepierna están manchados de sangre seca y oscurecida por el tiempo y el horror.  Yo sé quién es y cuál es el origen de sus heridas. Sé por qué viene a visitarme cada noche. Por qué llora. Por qué sufre. Por qué siempre, justo antes de desaparecer, se vuelve nuevamente y señala con la cabeza hacia el este, intentando que recuerde que otros como ella, siguen allí, recorriendo ese corto camino que más pronto que tarde acabará convirtiéndoles también en espectros.  

Sé todo eso y, sin embargo, lo olvido cada mañana.  

Únicamente en la noche, cuando el silencio permite su recuerdo, esa niña existe. Aunque sólo sea en la soledad de mi cuarto. En el preámbulo a mis pesadillas. En el infierno de mi remordimiento.

Cabeza de falo

Domingo, Marzo 30th, 2008

… porque te conozco bien y sé que no dejarás pasar la oportunidad. ¿Crees que no me doy cuenta? Te he observado mirarla como al despiste, pero lamiéndole bien el cuerpo con los ojos, desde los pies a los pechos, sin dejarte atrás las nalguitas, siempre prietas en esas minifaldas que se pone. Sí, hombre, no disimules con esa cara de zorrito bueno, que aquí ya sabemos quién se guinda a las gallinas.

Ella se hace la tonta, pero también te mira y sólo está esperando a que tú escojas el momento de atacarla. Al principio se resistirá, claro. Pero acabará sucumbiendo a tus besos en su cuello, a tu forma de acariciar sus caderas. Si es que siempre se te dio bien…

El único problema hubiese podido representarlo Marcos. Para ella no, por supuesto. Esas cosas acaban notándose y a todos se nos cae de maduro que Marcos no debe ser ningún portento en el terreno horizontal. Sólo hay que ver la cara de hastío que pone Liliana cuando él toma la palabra en las terrazas. Todos, incluso tú, escuchan interesados. Todos menos ella y, quizá, yo. Aunque, que conste, mi desinterés no se debe a que Marcos me aburra, sino a que me parece mucho más divertido comprobar que Liliana sigue esperando tu iniciativa.

También puede ser que me equivoque y que tú hayas adoptado ya las medidas necesarias. En ese caso, a lo mejor llevas semanas derramándote sobre ese cuerpecito de nínfula, en algún piso alquilado a medias en el sur. No me extrañaría, pero tampoco me importa pues, bien mirado, a mí todo este asunto no me toca en exceso. Ni siquiera Marcos le confiere demasiada importancia. Él seguirá al margen, queriéndola a ella y queriéndote a ti. No cambiará nada el hecho de que se entere, cosa que ocurrirá, porque a veces, en la terraza, se le ve ya un guiño de sospecha, pese a que se calle y pida otro cubata como si en realidad pidiese confesión. No me vengas con eso de qué cosas se te ocurren. Para qué disimular. Ella no dirá que no. Marcos tampoco. Busca la oportunidad esa noche en que a él le toque trabajar y tú salgas solo. Es cosa de tocar y de pasaba por aquí. Ella te recibirá en bata, nerviosa, simulando sorpresa. Tú, por tu parte, fingirás haber pensado que Marcos estaba en casa. Ella sabrá que mientes y tú sabrás que ella lo sabe, así que te dejarás convidar a una copa y ahí empezará el juego del hombre de mundo que en realidad es un tipo sensible y necesita comprensión. The rest, is silence, como dijo Guillermito. Y yo pasaré esa noche en casa, leyendo cualquier novela de Bioy, desvelada, pero no esperándote, porque no llegarás hasta que Marcos salga del trabajo y llegue al catre para encontrar a Liliana que duerme sonriente como nunca antes.

Tú entrarás y aún estaré leyendo y fumando. Simularé que acabo de despertarme pero el cenicero repleto me delatará. Mientras hago chocolate para los churros que habrás comprado por el camino, me dirás que has pasado la noche en el Babel y yo te creeré, deseosa de hacerlo, como siempre.

De Segundas personas.

Vals triste

Domingo, Marzo 30th, 2008

…un último latido, un último dejo de color, rojo penetrante, rosa punzante, un suspiro, una niña que se aleja. V. Nabokov. Lolita.

 Sólo soy un pobre vals que vaga por la Galería Nacional a la espera de que alguien se pare a observar a mi amada y me entone ante ella. Deseo inútil, por lo demás, pues sé que ella no se percatará de mi presencia, que no podrá oírme, que nunca lograré hacerle sentir mi tres por cuatro en su interior, que jamás me bailará. Y, claro, cómo habría de hacerlo si ella es toda imagen, toda escena.

Por añadir detalles a mi martirio, diré que mi amor es la joven representada en un cuadro titulado Pubertad por Edvard Munch. Él es el causante de todos nuestros sufrimientos; él, por haberla pintado así, tan joven, tan indefensa, sentada al borde del lecho con las manos cruzadas sobre sus piernas temblorosas, con su blanquísimo cuerpo desnudo, los senos niños, la melena cayendo sobre sus hombros como las nubes negras de un mal día, los ojos grandes, desafiantes y temerosos, vacilantes pero seguros de la vida a la que su dueña despierta.

Yo llegué ya viejo al museo, un día de primavera, en los labios de un estudiante que, por aquel entonces, silbaba insistentemente mi melodía en la hora y lugar que le viniesen en gana, sin respetar la estudiosa seriedad de los usuarios de las bibliotecas, el aliento contenido de los visitantes de los centros de exposición.

Sin embargo, cuando se detuvo ante ella, quedé congelado en sus labios, incapaz de continuar vibrando en el aire, inmovilizado por la belleza inquietante de aquella pálida luna con forma de niña que encara su futuro de mujer.

Desde ese momento, olvidé todas las ajenas historias de amor de las que fui testigo, todos los salones que poblé en noches felices. Decidí permanecer aquí, apartado de conciertos, ensayos y duchas; maldigo mi popularidad. Temo que alguien vuelva a acordarse de mí y dé en tararearme, alejándome del ser querido.

Así dejo transcurrir mi existencia eterna, invadiendo a todo aquél que se para a observar a mi ninfa, e intentando en vano llamar su atención. Quisiera que me escuchase tan sólo una vez, para ser la más feliz de las partituras, el más hermoso de los sones; alejaría de ella sus miedos, sus inquietudes: la llevaría en mi danza al bello mundo al que teme acercarse, seduciéndola con la dulzura de mis notas, con la algarabía de mi ritmo. Pero sé que todo es inútil, porque Munch, ese monstruo deleznable, no puso en ningún rincón de la oscura escena un violín, un arpa, ni tan siquiera un modesto traste de guitarra que permitiese a mi adorada niña escuchar alguna de mis notas.

Sólo soy un viejo vals, vagando interminablemente por los rincones de un museo, a la espera de que alguien se pare a observar a mi amor.

 

De Segundas personas.

Cansancio

Miércoles, Marzo 26th, 2008

 

Simplemente, por agotamiento, porque se cansó. Se cansó del trabajo, del siempre es lo mismo, del para qué, si da igual. Se cansó de los cines y los teatros con aquellas amigas, tan divorciadas, tan solteras, tan de mediana edad, tan solas como ella. Se cansó de las palabras, de los libros que contaban historias apasionantes que nunca eran la suya. Se cansó de la playa los sábados, de los almuerzos en familia los domingos. Se cansó de preocuparse por su hijo adolescente y ajeno, despreocupado de ella. Se cansó de sentirse extraña y comportarse de manera políticamente correcta cuando se encontraba con su ex, y de devolverle el saludo sonriente a la jovencita con quien ahora andaba. Se cansó, asimismo, de las salidas de los viernes. De los encuentros con los salidos de los viernes, de los intercambios de números de teléfono y correos electrónicos, de los ocasionales encuentros sexuales con hombres que no tenían nada mejor que hacer ni mejor mujer con la que acostarse, aunque persistieran, uno tras otro, en reeditar el torpe andamiaje de esa ficción donde ella era algo especial y querían volver a verla. Se cansó también de recordarlo a él, que no la recordaba, que a saber dónde andaría ahora, y con cuánta barriga y cuánta calva y cuántos hijos o nietos. Se cansó de todo. Especialmente se cansó de aquella jaula de cristal que ella misma se había construido y había llenado con figuritas, reproducciones de cuadros, discos compactos, recuerdos estúpidos como caracolas y piedras recogidas a la orilla del mar, fotos de viajes anuales a sitios exóticos que no lograban mitigar la soledad y el aislamiento, imperceptibles si uno no era ella. Fue por eso por lo que se metió en la cama, cerró los ojos y se borró a sí misma del mundo. Así la encontró, cuando al fin la echó en falta, su hijo. Tumbada. En silencio. Inmóvil. Inmutable. Otros dirán que renunció a la vida. Explicaciones, cada uno tendrá la suya. Ella sólo descansaba.  

Discapacidad

Martes, Marzo 25th, 2008

Nunca fue aceptada como las demás. Era indefectible y minuciosamente expulsada de corrillos, grupos de juegos y festines en graneros. Le impedían participar, incluso, cuando sus hermanas devoraban colectivamente a un perro o un gato incauto que se había atrevido a hacerles frente. Y el motivo era algo de lo cual ella no tenía culpa alguna: su sordera. Para las demás, una rata sorda suponía una especie de afrenta que la naturaleza hacía a la comunidad. Así que se acostumbró a quedarse a un lado, a no seguir al resto en sus correrías, dada la dureza de los castigos que recibía normalmente.

Por eso, por miedo a las represalias, cuando las vio marchar en fila india tras aquel hombre tan extraño, no se atrevió a seguirlas. Porque, como todos sabían, las ratas de Hammelin podían llegar a ser muy crueles.

Averno

Sábado, Marzo 22nd, 2008

Cuando supo que estaba en el infierno, que el averno era aquello y él lo habitaría para siempre, experimentó simultáneamente sorpresa y alivio.

No había allí torturas ni almas en pena inscritas en eternos círculos de dolor ni vejaciones inimaginables amplificadas por el dudoso don de la eternidad. Antes bien, el infierno era un pueblecito costero apacible y tranquilo, donde se encontró con queridos amigos a quienes había perdido hacía mucho. La gente paseaba divertida y cordial. Algunas mujeres lo miraban con deseo y los camareros le atendían con eficiencia y se negaban siempre a cobrar sus consumiciones. Había auditorio, cine y teatro, buena mesa, excelente conversación, plazas con cafés abarrotados de clientes donde, sin embargo, siempre conseguía mesa y entablaba relaciones enseguida. Además, no era difícil hacerse con libros y dejar morir el día tumbado en la playa, leyéndolos.

Entonces, se preguntaba, ¿en qué consistía el castigo al que se suponía destinada el alma enviada al orco?

Lo descubrió en el amanecer del tercer día, cuando despertó en la lujosa suite donde se hospedaba y constató que ella no estaba allí, que jamás volvería a verla.

Otra forma de leer

Viernes, Marzo 14th, 2008

Gabinete Literario

Biblioteca en Movimiento

Otra forma de leer 

El Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria, con el patrocinio de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Gobierno de Canarias, te invita a participar en Biblioteca en Movimiento, un conjunto de actividades en torno a la lectura.

Biblioteca en Movimiento cuenta en su programación con clubes de lectura, proyecciones, audiciones, encuentros con escritores, lecturas al aire libre y muchas actividades más. Una forma de conocer a otras personas con quienes compartir gustos, espacios e inquietudes y debatir acerca de tus preferencias, pero, sobre todo, una manera de acercarse de forma lúdica y amena al hecho de la literatura.

Fecha de comienzo de Biblioteca en Movimiento:

2 de abril de 2008, a las 18:00.

Lugar: Salón Rojo de Gabinete Literario.

Apertura del plazo de inscripción:

13 de marzo de 2008, en el Gabinete Literario o a través de correo electrónico: cultura@gabineteliterario.com, consignando en Asunto:

Solicitud de inscripción Biblioteca en Movimiento”.

Las peticiones serán atendidas por orden de recepción.

Inscripción gratuita. Plazas limitadas.

MAGIA DE LOS LABIOS

Sábado, Marzo 8th, 2008

Le basta el desdén. Por eso no la escucha cuando le escupe insultos inimaginables, frases furiosas que contienen, en cada palabra, una vejación; él prefiere recibir cada sílaba y ponerla en sus propios labios, para convertirlas luego en besos que vuelan hacia ella.

 

Elecciones

Viernes, Marzo 7th, 2008

Sé que deseas que escriba un cuento sobre lo que le ocurrió a Bartleby antes de llegar a Wall Street, pero, si puedo elegir, preferiría no hacerlo.

El día de la verdad

Miércoles, Marzo 5th, 2008

En cierta ocasión fue instituido en mi país el Día de la Verdad. Sólo se celebró esa vez y, hechas las oportunas averiguaciones, las autoridades lo abolieron inmediatamente. Ese día, los trabajadores confesaron a sus jefes que trabajaban lo menos posible. Y los jefes confesaron que sus plusvalías permitían estos y cualesquiera otros holgazaneos. Los maridos declararon a sus esposas lo poco que las deseaban ya, lo gordas o flacas que se habían puesto, lo mucho que les gustaba la vecinita de turno. Las esposas respondían que no soportaban su aliento, que no disfrutaban desde hacía mucho del sexo con ellos, y detallaban (con referencias a edad, atributos y pericia sexual) infidelidades habidas o soñadas. Los adolescentes se declaraban a sus profesoras. Los profesores explicaban a sus alumnos quiénes de entre ellos podían considerarse favoritos y quiénes insoportables. Los bancos tuvieron que cerrar a media mañana, cuando sus empleados y directores explanaron a los clientes sus métodos para amplificar la usura. En pocas horas, las ciudades se sumieron en un desorden de gentes que se insultaban y agredían o se abalanzaban unas sobre otras en el desencadenamiento de un deseo contenido durante años. Las fuerzas del orden hicieron su aparición, pero ordenaron poco, porque no consiguieron disimular su miedo y nadie hizo caso a sus indicaciones. Amistades de años, familias extensas, acuerdos comerciales, clubes sociales y cordiales relaciones entre colegas de oficio se rompieron para siempre al filo de mediodía.

Al día siguiente, para salvar a la nación del caos, fue instaurado, por Real Decreto, que entró inmediatamente en vigor, el Día del Olvido.
Yo no te encontré el Día de la Verdad. Te busqué, pero no apareciste. Supe, por tus amigos, que andabas escondiéndote de mí. Por eso me di cuenta de que era mejor esperar al día siguiente. Entonces aproveché para olvidarte.

Suya

Martes, Marzo 4th, 2008

La quería con avaricia y se volvió ambicioso.

Ya no bastaban los momentos de placer que ella le proporcionaba. Quiso, además, su constante deseo.

Ella dejó de hacer el amor con su marido.

Tampoco se dio por satisfecho. Ahora reclamó el monopolio de su amor.

Ella le amó de forma exclusiva.

Pero no bastaba. Deseó, además, todo su afecto, su atención diaria y constante.

Ella se separó, rompió con sus padres, olvidó a sus hijos. Los niños la vieron por última vez cuando salía arrastrando una maleta. No se volvió a mirar ni un solo instante.

A partir de ese día ambicionó su cordura. Comenzó a tratarla de forma cruel y dominante. La vejaba en público, le afeaba cada gesto, cada palabra. Acabó por anularla totalmente.

Ella lo soportó todo con sumisión.

Sin embargo, nunca era suficiente.  De hecho, aquella misma mansedumbre le resultaba repugnante. Decidió explorar las más extremas fronteras de la ignominia. Una noche, regresó a las cuatro de la madrugada con una mujer sórdida y brutal, extraída, con seguridad, de un prostíbulo.

La sacó a empujones del lecho para yacer con aquella sucia e improvisada amante. Justo en el momento del orgasmo, comenzó a sentir su carne abriéndose en las puñaladas que ella, completamente fuera de sí, le asestaba una y otra y otra vez.

Al parecer, murió con una sonrisa en los labios, porque había conseguido también apoderarse de su odio. Ella era, al fin, completamente suya.

Transición

Martes, Marzo 4th, 2008

Para defenderla de comunistas, judíos y francmasones, el Líder gobernó la Patria con pulso firme durante cuarenta años. A su muerte, con el fin de evitar revanchas y desórdenes, fue promulgada la Ley de Amnesia General en todo el Estado.

Aún sigue en vigor, y el estado del Estado es ahora lamentable: los padres no reconocen a sus hijos, los abuelos no recuerdan quiénes son. La gente vaga ensimismada por las calles, intentando recordar un número de teléfono, una dirección, alguna letra de su propio nombre que les permitan volver a casa. Los libros de Historia se han convertido en artículos de lujo.

Uno de los ministros que redactaron aquella Ley, sospecha que no eran ésos los resultados que esperaban al idearla, pero no está seguro; no consigue recordarlo con claridad.

Con piel de cordero

Viernes, Febrero 29th, 2008

-Lo de la abuela es pan comido. Me conoce desde hace años y nos abrirá sin desconfiar. Luego es solo cuestión de esperar un poco y la niña será nuestra.

-No las tengo todas conmigo. Nos vieron venir hacia aquí. Puede que nos descubran.

-No, si después las descuartizamos. Desgarraremos esa caperuza que lleva siempre y la dejaremos en el sendero que lleva hacia el bosque. Siempre habrá un lobo al que echarle la culpa –sentenció el primer leñador, tomando el atajo sin añadir una palabra más. El otro, cogiendo su hacha, le siguió.

Prolegómenos

Viernes, Febrero 29th, 2008

Vio pasar hace un rato a los leñadores en dirección al bosque. Y la bestia está ahí, a la espera. Sabe, por tanto, que todo ocurrirá como debe ocurrir. Lo sabe. Así como conoce los detalles: cuál será la conversación, cuál el aparente engaño. Por eso no siente miedo cuando, mientras se acerca, observa el bulto oscuro agazapado tras los primeros árboles.

Sin embargo, el animal permanece inmóvil, mirando en otra dirección. Puede que sea más torpe de lo normal o que ande distraído. Quizá tenga que darle un empujoncito. Agarra bien la cesta y echa hacia atrás la caperuza con un rápido movimiento de cabeza. Debe asegurarse de que el depredador se percate del denso olor a piel adolescente.

Persistencia

Sábado, Enero 19th, 2008

Lo mató porque lo detestaba y no soportaba pasar en su compañía cuarenta horas de cada semana.  No resultó difícil. Simplemente, practicó algunas modificaciones en el mecanismo de seguridad del andamio. Todos pensaron que había sido un accidente. Pero las cosas no resultaron ser como él había esperado: Desde que lo liquidó, no consigue librarse de su presencia. Ni siquiera los fines de semana.

Propósitos

Martes, Enero 1st, 2008

Cuando se pregunta a sí mismo, dice que la culpa es suya y sólo suya. La cosa ocurrió así:

El 30 de diciembre se propuso dejar de fumar, limitar el alcohol a los sábados y vísperas de fiesta, suprimirse los dulces y las carnes rojas, hacer algo de ejercicio y comer dos piezas de fruta cada día. Se propuso dejar de flirtear con mujeres y acostarse sólo con la suya. Ser más cariñoso y comprensivo. Ayudar más en casa, ver en alguna ocasión las películas por ella elegidas.

Se propuso, asimismo, dejar de leer viejas novelas policíacas: pasarse al ensayo político y sociológico, a los libros que trataban asuntos de candente actualidad, a las novelas de tema histórico.

Se propuso, igualmente, estar al día con sus acreedores, ser más parco en dispendios, abrirse un plan de pensiones, ahorrar algo de dinero. Dejar de votar a partidos minoritarios de izquierda y hacer voto útil, votar a uno de los dos partidos mayoritarios, a uno cualquiera, porque, eso sí, eran mismo perro, distinto collar.

Y, por qué no, trabajar un poco más. Hacer horas extra. Traerse trabajo a casa. Colaborar más con sus jefes. Procurar ganarse a fuerza de sonrisas ese ascenso que hace años espera.

El 2 de enero, al volver del trabajo, cuando descargó en el ordenador las fotografías de la fiesta de nochevieja, se buscó en todas y cada una de ellas sin lograr encontrarse.

Había, sí, un individuo vestido con su ropa y calzado con sus zapatos, abrazando a sus amigos, bailando con su prima Maribel, besando a su mujer con un gorrito de cartón en la cabeza. Pero, sin duda, aquel hombre no había fumado; no había comido ni bebido en exceso; no había coqueteado con la sobrina de Paco ni con la ex mujer de José Luis. Y, además, tenía una cara que no era la suya.

Tras repasar una y mil veces la colección de fotografías, acudió, con creciente alarma, al espejo del cuarto de baño y descubrió, donde debía estar el suyo, el rostro de borrego adoctrinado del impostor.

Meditó un instante. Hizo un corte de mangas a la imagen del espejo, buscó en el bolsillo de su americana un paquete de cigarrillos que recordaba haber olvidado allí y encendió uno mientras iba a la despensa donde, según recordaba, aún quedaba media botella de ron.

Pero el ron se le atragantó y el cigarrillo (que, por otra parte, le supo a mierda de cabra) le hizo toser.

Volvió al espejo. El impostor seguía ahí. No podía culparle. Él mismo le había abierto la puerta.

Desde entonces, ha intentado expulsarlo de mil y una maneras, pero nada que hacer. Ha adelgazado y sus niveles de colesterol y transaminasas son los de un bebé. Hace poco ascendió y se le ve más saludable que nunca. Su mujer, sus padres, sus jefes están encantados. No paran de elogiar ese cambio operado en él.

Lo terrible es que no saben que cada elogio es como un alfiler clavado en el ojo, como un salivazo en la cara, porque no es que haya cambiado él, sino que es todo él quien ha sido sustituido por otro, un otro absurdo y vacuo al que detesta y a quien él mismo conjuró con aquellos insípidos propósitos.

 Cuando se acuesta (sobre las diez cada noche) echa de menos al hombre que fue, pero el otro, ese tirano satisfecho que no es él, llegó para quedarse. Como sea. Para siempre. 

El otro lado del tiempo

Domingo, Diciembre 9th, 2007

        Para Reyes Bolaños y Héctor Suárez, este textículo sobre la belleza y la memoria.

Un hombre toca el piano en un club que seguramente fue un sitio elegante hace quince o veinte años. Toca mal, obviando calderones, falseando sostenidos, perdiendo la cadencia al intentar realizar algún alarde o filigrana que vienen a constatar sus limitaciones como intérprete. 

De pronto, de entre la veintena de clientes que le ignoran con minucioso alboroto, se alza una voz que pide “Toque algo triste, maestro”, ostentando el inequívoco gangoseo del alcohol, la burla y el desprecio.

El hombre que toca el piano mira alrededor, emite un leve suspiro y ataca la Gymnopédie nº 1, de Eric Satie. Ejecuta esta pieza como nunca antes, como jamás después. Un ángel de recuerdo atraviesa el local batiendo sus alas cansadas.

Cuando la última nota se extingue entre el silencio general que repentinamente se ha desplomado sobre la concurrencia, el pianista observa las lágrimas que bañan los rostros de los parroquianos, cada uno de los cuales ha sentido durante los instantes precedentes nostalgia de un particular momento de su vida: el olor a lápiz y a sudor en una clase de primaria, el largo cabello ondeando al viento de Raquel en el setenta y cuatro, el primer beso recibido de Mario, con aparato dental, ojos brillantes y una maletita colegial de hule estampada de flores, una siesta dormida en la plúmbea paz de la casa de tía Nené en San Marcos… Cosas así, tan bellas y dolorosas al otro lado del tiempo.

El pianista contempla esos recuerdos y algunos más en los ojos de su mudo auditorio. Los observa y, por un instante, siente una mezcla de orgullo victorioso y satisfacción culpable.

Nadie aplaude. Nadie mueve un músculo. El camarero, recordando a una antigua amante, deja escapar un hipido que viene a romper el lamentable silencio.

El hombre que toca el piano le mira unos segundos, se vuelve nuevamente hacia el teclado y se arroja sobre él con un ragtime, obviando calderones y equivocando sostenidos, pero con la inasible sensación de haber hallado, en algún rincón de una partitura, una justificación a su existencia.

Fe de Ratas

Sábado, Noviembre 24th, 2007

En la página de mis memorias dedicada a mi encuentro con la rata, donde dice “miedo” debe decir “asco”.

Pecados por cometer

Lunes, Noviembre 12th, 2007

-Ser un hombre mejor -dijo el viejo, apoyándose en la barra- es, por una parte, ser un hombre realizado, y, por la otra, ser un hombre honesto. Para ser un hombre honesto es necesario evitar hacer o pensar aquello de lo cual puedas avergonzarte ante ti mismo.

Paró un instante de hablar, para seguir con la mirada el taconeo de una joven de firmes andares que acababa de pasar en dirección al comedor y, tras tomar un sorbo de vino, prosiguió, diciendo:

-Pero, en ocasiones, para realizarte, debes abrir las puertas a actos o pensamientos deshonestos. Así que, en realidad, es imposible ser un hombre mejor. Se es el hombre que se es durante todo ese tiempo que llamamos vida. Después ese tiempo se acaba y tanto da que no te hayas realizado como que hayas sido deshonesto contigo mismo. Uno sólo puede liberarse de los pecados que ha cometido. El pecado que nunca cometiste, será siempre un pecado por cometer.

            

Gutav Klimt. Desnudo.

Si uno no quiere

Sábado, Noviembre 10th, 2007

No es que me odie a mí mismo. Sin embargo, tengo que reconocer que últimamente no me caigo muy simpático. Suelo quedar en verme en el centro y me dejo colgado. Me hago llamadas telefónicas a altas horas de la madrugada sólo para estorbarme el sueño y, cuando me cruzo conmigo mismo en el pasillo, tiendo a poner el codo o a intentar un traspiés. Me hago faenas de todo tipo, como contar en público lo de mis hemorroides o lo de aquel gato que atropellé sin compasión, con la excusa de evitar un accidente.

A veces la confrontación se hace inevitable, y me echo en cara las iniquidades de las que me sé culpable, haciéndome a bocajarro las preguntas más comprometedoras: ¿Es que te costaba mucho llamar a Beatriz aquel sábado del 98 en que sabías que se estaba rompiendo el alma de dolor? ¿Cuándo vas a devolverle a Luis los cincuenta euros que le debes desde el año pasado? ¿Por qué no dejas ya de acostarte con Lucía? ¿No ves que podría ser tu hija? Y, sobre todo, ¿cómo fuiste capaz, pedazo de imbécil, de dejar escapar a Marta, que es la única mujer que te ha querido y te querrá, la única que realmente ha valido la pena en esa mascarada tibia que tú denominas pomposamente “mi vida sentimental”?

En ocasiones, incluso, me robo el dinero que me queda para el taxi de vuelta a casa a las tres de la madrugada, cuando ya estoy completamente borracho, y me obligo a recorrer kilómetros y más kilómetros por la larga avenida que bordea la costa, entre el ruido del mar y el de los autos que pasan enfebrecidos. Es entonces cuando tengo las peores discusiones, porque me rebelo contra los ataques y entablo largas luchas que suelen acabar en episodios de violencia física y, cualquier noche de éstas, nos acabarán llevando, a mí y a mí mismo, a caer hacia el asfalto, justo cuando pase un camión.

Y no es que me odie a mí mismo. Pero la idea de continuar conviviendo conmigo hasta lo que se suele considerar una edad razonablemente longeva se me antoja en los últimos tiempos de una crueldad intolerable. Por eso escribo esto aquí y ahora, por si en una de éstas ocurre una desgracia. Para que todo quede en orden. Para que no se culpe a nadie.

ECO

Sábado, Noviembre 10th, 2007

          Siempre sucede lo más secretamente temido.
Cesare Pavese. El oficio de vivir.

Porque amar es una responsabilidad que ya no está dispuesta a asumir, decide, para evitar nuevos sufrimientos, protegerse contra ellos.
Tiene veintitrés años. Es joven y hermosa. Siempre habrá alguien dispuesto a acompañarla unas horas o unos días. Pero no volverá a confiar nuevamente en ningún hombre; a amarle o a compartir su dolor y alegría; a preocuparse por, o a sentir con él.
Pasan los días arrastrando a los años, y llega la mañana en que en la imagen que le devuelve el espejo no hay ni juventud ni hermosura.
De pronto, recuerda vagamente a uno de sus amantes de antaño. Aquél que le pidió que le permitiera estar siempre junto a ella y a quien alejó concienzudamente, desdén a desdén, desprecio a desprecio.
Por un instante, le echa de menos y no puede evitar que su cuerpo sienta nostalgia de él y diga su nombre en voz alta.
El eco de las habitaciones vacías le responde.

Seriedad

Viernes, Noviembre 9th, 2007

Hay un hombre que compra sonrisas. Lleva meses recorriendo la ciudad con un maletín, abordando a todo aquel ciudadano sonriente y ofreciéndole una importante cantidad de dinero por su sonrisa. Pasado un rato más o menos largo (dependiendo de edad, clase social o educación) el hombre se va, llevando en su maletín la sonrisa del ciudadano, que, algo más acomodado, aunque ahora muy serio, se dirige a hacer un depósito en el banco. 

Poco a poco, el hombre que compra sonrisas (que, por cierto, en sus ratos libres, dirige un banco) va apropiándose de todas las de la ciudad. Llega un momento en que la gente vende la sonrisa del abuelo, la del bebé o, incluso, la del hijo aún nonato. Al fin, un día los habitantes se despiertan sin una sola sonrisa y deciden hacer algo. El concejo municipal se reúne en el banco con el hombre que compra sonrisas y le propone comprarlas nuevamente y devolverlas a sus legítimos propietarios. El hombre responde que lo haría gustoso, pero ya no están en su poder. Las ha deshidratado y vendido a una cadena de televisión nacional, para insertarlas en sus programas humorísticos.

El concejo sale cabizbajo y serio y da la mala noticia a los ciudadanos.

El hombre les mira desde la ventana de su despacho, abre su caja fuerte, donde están todas las sonrisas que ha comprado, de la primera a la última. Las contempla y se siente satisfecho. Ahora, en la ciudad, todos son personas serias; personas dignas de crédito.

Escher. Oeil, 1946

Escher. Oeil. 1946.