Archive for the ‘Cuentos’ Category
En defensa de los clásicos
Lunes, Agosto 18th, 2008![]()
Sé que me apasiono demasiado cuando hablo de literatura. Pero, preciso es entenderlo, llevo treinta años dedicándome al oficio y mi propia obra ha sido objeto de malas interpretaciones, tergiversaciones e incomprensiones sin número. Y esto no me molesta tanto como la inexactitud al hablar u opinar sobre otras obras, perfectas, magistrales, que he amado desde siempre y que me han acompañado desde mi mocedad.
Me exaspera escuchar a un esnob, con un canapé en una mano y una copa de vino en la otra, despotricar contra Joyce sin haberlo leído, sólo porque está de moda decir que es un autor difícil; o presenciar cómo en un almuerzo un escaparatista que conoce a Shakespeare de oído coge una manzana a modo de calavera y dice “To be or not to be…” en lugar de “¡Oh, Poor Yorick…!”, que serían las palabras correspondientes a este gesto. O tempora! O mores!
Toda la ciudad conoce mi rigor, eso sí, algo vehemente, a la hora de defender la corrección en materias literarias. Por eso cuando Estrada insistió en que es Áyax y no Menelao quien abate a Pisandro en Ilíada, nadie se extrañó de que me indignara. Yo tenía razón. Lo he comprobado posteriormente. Quien desee, a su vez, hacerlo, no tiene más que acudir al Canto XIII de la obra del inmortal Homero. El caso es que Estrada insistía e insistía. Como ya sabrán ustedes, era una calurosa tarde de sábado. En la comida, ofrecida en homenaje a Viera Suárez, había otros escritores, como Bolaños y Medina. En efecto, habíamos bebido, pero sigo sosteniendo que mis facultades no se hallaban mermadas en absoluto. Nuestra conocida rivalidad literaria no tuvo nada que ver. Tampoco fue un ataque de locura, como alguien llegó a sugerir. Más bien, fue un ataque de ira, de ira incontenible ante esa desfachatez de quienes son encumbrados sin haberlo merecido; esa soberbia que, según creen, les da derecho a pisotear toda una tradición y a defender sus arbitrarias opiniones valiéndose más del carisma personal que de la razón.
Así que cuando pronunció aquella frase odiosa, aquel último escupitajo, aquel “Para ti la perra gorda, pero fue Áyax”, no pude refrenarme y le hundí en el cuello lo primero que tenía a mano. Quiso el destino que se tratara de mi estilográfica, con lo cual, le hice, quizá, un favor, ya que no se me ocurre fin paradójicamente más apropiado para un escritor, que morir por pluma ajena.
Eso fue todo. Yo no premedité nada. Pero tampoco me enajené. Fue la furia de un hombre justo la que acabó con la vida de Estrada. Nuestra rivalidad profesional no tuvo nada que ver. Y mucho menos el hecho de que Julia me hubiera dejado para irse con él. Esas cosas son soportables y superfluas. El menoscabo de los clásicos, no.
Abismo
Jueves, Agosto 14th, 2008Nadie lo engañó. Desde el momento en que la vio, supo que su boca era un abismo, su mirada un veneno, su sexo una trampa mortal.
La rondó durante semanas. Durante meses. Cuando ella, al fin, aceptó citarse con él, puso en orden sus papeles, telefoneó a sus amigos para escuchar su voz por última vez y, tras acicalarse, salió a tiempo para comprar una rosa que llevarle a su encuentro. Jamás nadie volvió a verlo.
A ella sí. Fue vista paseando por la ciudad al amanecer con una sonrisa de saciedad pintada en el rostro y una rosa, de pétalos con bordes ya algo oxidados, en la mano.
La violinista
Lunes, Agosto 11th, 2008 
Hace tiempo que amo a la violinista del parque de Los Besos Robados. Paso el día contemplándola mientras interpreta una y otra vez las piezas que le procuran las monedas justas para sobrevivir. Como un Diógenes desocupado, deambulo a su alrededor, o me tumbo frente a ella, pero, de un modo u otro, siempre ella, siempre su música, siempre sus aromas. Su pelo negro recogido para que la barbilla pueda sostener la caja del instrumento contra ese cuello y ese hombro de piel bronceada pero tersa. Su sonrisa de diosa dormida, ampliándose unos segundos si alguien deposita una moneda en el terciopelo rojo del estuche del violín. Sus ojos negros y aindiados, entrecerrados cuando ejecuta los pasajes más difíciles, al mismo tiempo que muerde su labio inferior, ese belfo carnoso que es metáfora de otros que sueño.
Ella también me ama, aunque de otro modo. Me saluda siempre con afecto, llamándome por el nombre con que me he dejado bautizar y me acaricia. A veces hasta juega a hacerme cosquillas en el vientre. Yo me abro entonces a ella y le brindo mi sexo, pero ella nunca desciende más en sus caricias.
Otras veces soy yo quien va hasta ella. Le huelo los pies y las piernas y la hago sentirse algo turbada cuando mi nariz se sitúa entre sus muslos y aspiro el aroma de su sexo, en el que adivino sus temporadas de fertilidad, de menstruaciones, de deseo. En ese momento siempre me aparta, reprendiéndome con más sonrojo que severidad, como si comprendiera que aunque ella no me dará más de lo que me da, yo no puedo evitar desear más, que es algo superior a mis fuerzas y que mi misma naturaleza me impide dominarme. De cualquier modo, mis escarceos, por supuesto, llegan justo hasta ahí. Nunca me ha dejado aventurarme más allá en el contacto. Y sé que nunca lo hará.
Todo lo más, en sus descansos, cuando se sienta en el banco a comer su sándwich, me permite tumbarme a sus pies y me regala un trozo de una loncha de mortadela, que yo trago con avidez.
Luego, mientras aún engullo, me da palmaditas en la cabeza o el lomo. Yo la miro con dulzura y doy un suspiro, apoyando el hocico en su rodilla.
Aunque nuestra forma de amar sea distinta, creo que ninguno de los dos ha sentido nunca algo que se parezca más a la felicidad.
Improbable, pero
Sábado, Agosto 2nd, 2008¿Y si de repente, un día, al despertar, la taza está en el café y el gato es del pienso y untas el cepillo en la pasta de dientes y has de usar el jabón para aclararte el rostro que previamente te has aguado?
¿Y si tu hijo viene a darte las buenas noches a las ocho de la mañana y te dice que quiere ver la televisión de los dibujos?
¿Y si todo estuviera así, al revés, y no sólo en tu casa, si miraras por la ventana y vieras a los perros paseando a sus amos y los niños llevan a sus madres en brazos, andando todos, por supuesto, hacia atrás, en esa mañana de domingo?
¿Y si tu mujer, tras darte también las buenas noches te dijera que te toca coger la lavadora del tendedero y ponerla dentro de la ropa, pero sólo después de haber planchado el electrodoméstico, of course?
¿Y si de pronto te pararas a pensar y te dieras cuenta de que sólo existen dos posibilidades: que el mundo esté al revés o que lo estés tú?
¿Y si finalmente decidieras que para el caso es lo mismo, que habrá que sobrevivir?
¿Y si fueras al cuarto de tu hijo y tomaras su libro escolar de aprendizaje de la lectura y comenzaras a aprender cómo es el mundo, recitando, muy lentamente, el abecedario: z, y, x, w, v, u…?
Nada del otro mundo
Martes, Julio 29th, 2008Lo que le ocurrió a R es tan vulgar que casi ni merece ser contado. Simplemente, su mujer le dijo que ya no le deseaba. Que el amor, si alguna vez existió, había muerto hacía mucho.
R durmió esa noche en el sofá y, al día siguiente, la miró preparar las maletas. Ya nos pondremos de acuerdo acerca de los detalles, la oyó decir. R, hombre civilizado, le deseó mucha suerte y le dio un abrazo antes de irse al trabajo.
Cuando llegó a la oficina, su jefe lo llamó a su despacho. R, que se temía lo peor (los rumores eran incesantes en los últimos días), se sentó ante su sonrisa cordial que intentaba mostrar una empatía inexistente y escuchó sus razones, sus Si por mí fuera, sus Los de arriba me están machacando y sus Pero en cuanto podamos, volveremos a contar contigo antes de recibir de sus manos un sobre. Aceptó el apretón de manos, la palmada en la espalda, el acompañamiento a la puerta, los gestos de oficiosa solidaridad de los, ahora ya, ex compañeros.
Al salir de la asesoría en la que le prepararon el papeleo fue al bar al que era asiduo. Comprobó que hoy, como siempre, le resultaba completamente indiferente a la camarera, a quien deseaba en secreto desde hacía meses. Al fin y al cabo, él no era más que un cuarentón bastante desmejorado y gris. Por no tener, no tenía ni buena conversación. ¿De qué hubiera podido hablarle a ella, tan viva en sus veintisiete años de carnes prietas que se movían de un lado a otro por el local?
Volvió a casa y dejó funcionar la televisión hasta que anocheció. A la hora de encender las luces no las encendió. Bajó el volumen del televisor y se quedó allí, con el rostro iluminado apenas por la pantalla, cuyos contenidos no lograban atraer su atención pero de la cual no podía apartar los ojos, quizá por miedo a verse a sí mismo.
Su mujer lo había abandonado. No tenía hijos. Sus padres habían muerto hacía años. Su hermana vivía a miles de kilómetros y sólo llamaba en los cumpleaños y las fiestas. Podría conseguir otro trabajo, pero sería igual de monótono y le interesaría tan poco como le había interesado el anterior. Ni siquiera tenía una vocación secreta. Nunca había querido ser pintor, ni escritor, ni músico, ni futbolista, ni actor, ni cantante. Fue al cuarto de baño, abrió el botiquín y sacó las grageas. Si las tomaba todas, junto con un vaso de whisky, ocurriría rápida y limpiamente.
Volvió al salón, puso las grageas ante él en un plato y se sirvió un J&B con agua. Después tomó papel y bolígrafo y se sentó. Pensaba escribir una nota, pero, se le ocurrió, ¿a quién?
Casi sonrió al pensarlo. Tomó un trago de whisky y cogió las píldoras y, justo cuando iba a llevárselas a la boca, escuchó el jadeo. Debía de tratarse de su vecina, la joven del piso contiguo. No era la primera vez que la escuchaba gozar, probablemente en brazos de aquellos universitarios que entraban y salían constantemente de su casa. Su placer era ruidoso y cálido. En alguna ocasión, su mujer y él la habían escuchado juntos y habían pasado de la molestia a la excitación. Ahora, R sólo sintió una extraña sombra de felicidad, mezclada con un dejo de envidia.
Fue al baño y arrojó las grageas por el retrete. Luego, nuevamente en el salón, se bebió el whisky de un trago y meditó un momento antes de escribir su nota, con una sonrisa traviesa pintada en el rostro:
Motivos para vivir
En este mismo instante, en algún lugar del mundo, hay alguien sintiendo un orgasmo.
Después apagó la tele, pegó con cinta adhesiva la nota a la pantalla, se arregló un poco, cogió las llaves, se metió la cartera en el bolsillo, salió a la calle.
Verdad
Domingo, Julio 27th, 2008![]()

Le regalaron una máquina de la verdad. Cabía en un bolsillo. Cuando su micrófono captaba una mentira en el tono de voz del interlocutor, la máquina emitía un zumbido. La probó charlando con su mejor amigo, con su mujer y con sus padres, a lo largo de un día sorprendente, lleno de descubrimientos que quizá hubiese preferido no haber hecho jamás. Al anochecer se sorprendió a sí mismo merodeando por los muelles, reflexionando sobre sus nuevos conocimientos: que su amigo le soportaba más por costumbre que por afecto, que su mujer ya no le amaba, que nunca fue un hijo deseado. Se preguntó qué podría hacer con aquellos descubrimientos y, cuando al fin dio con una respuesta, se acercó al borde y arrojó el detector de mentiras con toda la fuerza posible. El artefacto se hundió con un Plop y produjo unas ondas efímeras que se extinguieron casi al mismo tiempo que el sonido. Ahora sólo le faltaba ejercitarse en la ardua disciplina del olvido.
El remedio
Domingo, Julio 27th, 2008
No fue un homicidio. Todo ocurrió de repente, mientras recomenzaba una vez más aquella labor de costura con la que intentaba, sin lograrlo, olvidarle. Él se había ido, pero su memoria seguía ahí, en su interior, abrasándole el pecho. En ese instante, una idea le cruzó, como un relámpago, la mente: la única forma de curarse era extirparlo de su corazón. No tenía ningún bisturí a mano. Utilizó las tijeras.
La palabra dada
Sábado, Julio 5th, 2008
X obsequia a Y una palabra de afecto. Es una palabra exacta y bella, elegante y sobria mas no exenta de cierto lirismo. X la aprendió en la infancia, entre juegos de patio y lecciones de matemáticas y la guardó en un lugar privilegiado de su memoria, dándole a lo largo de su vida el uso justamente suficiente para que sobreviviese en buen estado, pero con morosidad, como si temiese gastarla, como si utilizarla demasiado pudiese agotarla, banalizarla o volverla superflua. Nunca supo bien por qué. No obstante, ahora, al regalársela a Y, X comprende que ha conservado esta palabra durante todos estos años únicamente para Y, para este preciso instante en que Y, entre el rubor y la sonrisa, recibe este regalo de belleza indefinible aunque innegable.
Por su parte, Y toma la palabra, la acaricia apenas con sus oídos, la paladea lentamente y la guarda con profunda fruición, casi con la minuciosa codicia de tiempos de estraperlo, elogiando a X su buen gusto y agradeciéndole de todo corazón el hermoso presente.
Cuando se despiden a la puerta del café donde ha tenido lugar el encuentro, X observa con entusiasmo cómo Y se aleja, su andar ensimismado, su gesto placentero. Espera hasta que Y desaparece en la boca del metro y se encamina, a su vez, hacia su casa, pensando con ilusión en que hoy por fin ha caído uno de los muchos velos que existen entre ambos, gracias a esa palabra que el azar o el destino le empujaron a conservar hace tanto tanto tanto tiempo.
En el metro, con una dulce sonrisa en los labios, Y musita la palabra recibida de X. La repite varias veces para fijarla en su mente de forma indeleble. Es una palabra flor, una palabra amanecer, una palabra ternura. Debe recordarla en cada una de sus sílabas, cada uno de los sutiles sonidos concurrentes en ella, porque faltan aún varios días para que Z llegue a la ciudad y teme olvidarla.
Consumo
Domingo, Junio 29th, 2008
Compró un televisor de plasma. Compró un dvd. Compró un aparato de música y un ordenador de última generación. Compró un ipod y una wii. Compró un nuevo auto. Compró unos zapatos, varios pares de pantalones, algunas camisas. Compró muebles de diseño, librerías de nogal, libros para llenarlas. Compró una cámara digital de fotos y otra de vídeo. Compró un viaje a Cancún y, en Cancún, compró una hora con una prostituta llamada Lía.
Al volver, abrió un fotolog dedicado a las fotos que había sacado durante el viaje. Dio paseos por la ciudad en su nuevo auto mostrando su bronceado, vestido con aquellas camisas, aquellos pantalones, escuchando canciones en su ipod y sentándose en las terrazas a jugar con su wii. También veía, de vez en cuando, su reportaje de Cancún en el plasma, reproducido en dvd, disfrutando del pulcro decorado de sus nuevos muebles, de sus nuevos libros.
Cuando comenzó a aburrirse y a tener ganas de ir de compras y a preguntarse qué le apetecía en esta ocasión, pensó que, de todas las cosas que había adquirido en los últimos tiempos, aquella hora de amor mercenario en Cancún era lo más memorable, pues lo que había comprado había sido tiempo. Tiempo y carne. Una carne y un tiempo únicos. El tiempo y la carne de Lía. Reflexionó un instante sobre el hecho de que todas las demás cosas podía disfrutarlas una y otra vez; los placeres que provocaban eran nuevamente reproducibles. Lía, en cambio, estaba lejos, en Cancún. Y, aunque comprase otro viaje, aunque volviese a encontrarla, aunque volviese a comprar otra hora (o cien horas) de placer con ella, aquello que había comprado y que fue suyo sólo durante sesenta minutos sería, para siempre, irrepetible.
Buscó su tarjeta de crédito. La observó atentamente. No se reconoció a sí mismo en el nombre del titular.
Las conciencias tranquilas
Jueves, Junio 19th, 2008
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Aparca su coche en el garaje, entre el de su mujer y el de la niña. Sube al segundo piso tras saludar (andan en el recibidor con el novio, planeando detalles de la boda), se muda de ropa y entra en su despachito. Pese a que ha sido un día duro, se siente tranquilo. El reajuste era casi obligatorio. Cada palo que aguante su vela. Él también tiene una familia que mantener. Por un momento, vuelve a pensar en la mirada de Luján. Esa mirada de cemento y sudor, reprobadora y airada. Luján la esgrimió mientras cerraba los puños, pero no se atrevió a hacer nada. Siempre hay un Luján en cada cuadrilla y ninguno de ellos se atreve nunca a hacer nada serio. Saben que no les volvería a contratar nadie en toda la provincia.
Olvida la mirada. Inicia el ordenador. Abre la página de chats donde habitualmente contacta con su sierva. Ella lleva ya un rato ahí, con las pinzas de la ropa atenazando sus pezones. Oye pasos y vuelve la pantalla. Su mujer, desde la puerta, le dice que quiere saber su opinión: los chicos no se ponen de acuerdo en si contratarán una fuente de chocolate negro o de chocolate blanco. “Las dos”, contesta secamente, y vuelve a poner su atención en el ordenador. Ella se marcha por donde vino sin decir ni una sola palabra más. Se conocen bien.
Mientras ordena a su sierva que se levante, siente una extraña sensación de frío, como si alguien se hubiera dejado abierta la ventana que hay a su espalda, la misma que siempre permanece cerrada. Cuando comienza a atar cabos ya es tarde para volverse. La sierva continúa en pie, esperando su siguiente orden.
Onírica
Lunes, Junio 16th, 2008![]()
Cuando se cansó de buscarla sin éxito, decidió soñarla. La soñó joven, pero no demasiado. De mediana estatura y cuerpo menudo y elástico. La soñó con pelo negro cortado a la garçon, con cuello de cisne, ojos pardos y labios sensuales bajo una nariz angulosa y perfecta. Le soñó un trabajo hermoso e interesante, que requiriese de una previa generosidad personal: profesora de educación especial, trabajadora social, enfermera especializada en salud mental. Le soñó gustos parecidos a los suyos, lecturas similares, pasiones cinematográficas o musicales paralelas. Le soñó los olores, un aroma entre almendra y azahar en la piel, y a miel y hierbabuena en la boca. Y la soñó en el amor. La soñó tan lujuriosa como fiel, tan lúbrica como lúdica, tan ardiente y desinhibida en el lecho como tierna y divertida después, a la hora de las confesiones y los chistes íntimos.
La soñó, en fin, perfecta, única. La soñó por completo. Tan completamente que ni siquiera se quedó sin soñarle el nombre, el pasado, la familia, los orgasmos.
Y supo tan increíblemente bello aquel sueño, que decidió conformarse y no volver a intentar el acercamiento a ninguna de aquellas mujeres imperfectas que llevaba tantos años frecuentando. Tras hacerlo cada noche durante meses, acabó soñando también con ella en la vigilia, en las pausas para el café, en los almuerzos a solas, en los viajes en transporte público, en las solitarias travesías urbanas, cerrados los ojos a cualquier mujer real, porque ninguna era (porque ninguna sería nunca) la mujer soñada. Por eso, cuando se cruzó con ella, fue incapaz de reconocerla y prosiguió soñándola.
Juego de manos
Martes, Junio 10th, 2008Para Dácil, que me llevó hasta este cuento.
Cuando no hablaba, nadie notaba su presencia. De pelo negro y profundos ojos azules, vestía, trabajaba y vivía con discreción. En la Oficina de Objetos Perdidos, aquel empleado nunca había llamado la atención de nadie, porque jamás se había destacado por nada, salvo por su eficacia, su diligencia y su imperturbable tristeza. Si alguien le hubiese observado, hubiera reparado en un hecho singular: la forma en que sus manos manipulaban todos y cada uno de los objetos cuya custodia le era destinada por los funcionarios que atendían al público. Maletas, cámaras fotográficas, paraguas, libros, carteras, pañuelos de seda con iniciales bordadas eran indistinta e indefectiblemente objeto de las caricias de las yemas de sus dedos. Luego los tocaba aún un poco más, con hábil disimulo, acariciándolos con una sola mano mientras la otra cumplimentaba la ficha correspondiente antes de que uno de sus subalternos los retirara de su mesa con destino al almacén general. Era como si el empleado buscase en aquellos contactos el consuelo de un amor inencauzable. Tampoco nadie sabía que, al cierre de la oficina, el empleado demoraba su salida y se ocultaba en el almacén donde tantas cosas perdidas añoraban a sus dueños. Y, mucho menos, que dejaba pasar las horas largas y lentas hasta el anochecer, vagando por el depósito, tomando de las estanterías esta o aquella cosa y utilizándola: leyendo alguno de los libros, prendiendo un cigarrillo con alguno de los encendedores, calzándose durante la lectura con unas pantuflas o unos zapatos. Y, sobre todo, acariciando. Acariciando todos y cada uno de los objetos que, ahora, a su alcance de sus manos, ya no estaban tan perdidos.
Y un día, una mujer celosa del orden, apareció en la oficina con anillo. Decía haberlo encontrado en los suburbios, justo al pie de la tapia del cementerio. No era de oro ni tenía piedras preciosas. Era una simple alianza de plata, sin decoraciones ni labrados. Estaba a unos metros de su mesa. Pero el empleado reconoció al instante aquel anillo de mujer que él había comprado hacía tantos años y había puesto en el dedo de una mano que adoraba. Cuando lo pusieron ante él, ni siquiera lo rozó. Se limitó a asentar la entrada y entregarlo al subalterno.
Ese día ni siquiera se molestó en disimular, más allá de lo estrictamente necesario para conseguir que nadie le evitara quedarse. No le importaban las amonestaciones, las reprimendas, los expedientes, las amenazas de despido. Sabía que ya nunca saldría de aquel lugar.
Así pues, penetró en la semipenumbra del almacén y, cuando llegó frente al anillo, lo tomó entre sus dedos y lo acarició con toda el ansia que llevaba galaxias de tiempo atesorando; con toda la inconmensurable ternura que había guardado para aquella mano que no podría volver a acariciar nunca. En ese instante, se hizo para él la oscuridad. Unas manos se habían puesto ante sus ojos y, en aquella penumbra, notó cómo sus labios dibujaban, por primera vez desde que ella partiera, una sonrisa. Con alivio, con placer, con asombro, la escuchó decir una y solo una frase, antes de dejarse arrastrar para siempre al abrazo más profundo.
Eternidad
Sábado, Mayo 31st, 2008A Juan Alberto Hernández, defensor de este cuento frente a las huestes de la correción política.
Antes de que se fuera, le dijo que lo amaba, como tantas otras veces había hecho a lo largo de todo aquel tiempo que llevaban juntos. Fueron las últimas palabras que se cruzaron. Él fue atropellado nada más salir a la calle. Sobrevivió hasta el hospital y ella recibió la noticia de que ya no había nada que hacer de labios de un joven médico que hacía turno en urgencias. Tras acompañarla a ver lo que quedaba de él, el médico le preguntó amablemente si podía hacer algo por ella. Lo miró a los ojos y, sintiendo que la eternidad de su amor se diluía en el aire, le dijo que quizá le viniera bien su compañía y que, si tenía un rato libre, podrían ir a tomar un helado. El médico dijo que no saldría hasta dos horas más tarde.
-No importa –contestó, jugando con su flequillo-. Tengo todo el tiempo del mundo.
Tratado de los lugares vacíos
Miércoles, Mayo 14th, 2008El absoluto silencio en un lugar que fue pensado para estar siempre abarrotado de gente. Esa paradójica ausencia es la expresión máxima de la tristeza. Por eso procuro frecuentar los sitios naturalmente inhóspitos, donde mi condición de isla es más lógica, menos evidente.
Otro viejo cuento con palabras nuevas
Lunes, Abril 21st, 2008(Inspirado por Sueño del aposento rojo, de Tsao Hsue-King, recogido por Jorge Luis Borges en Libro de los sueños)
Soñé que estaba ante una casa exactamente igual a la mía.
Cuando me acercaba al umbral para inspeccionarla más detenidamente (no podía ser que los rosales y los geranios del jardincito fuesen iguales hoja a hoja, pétalo a pétalo), una mujer idéntica a mi esposa me adelantó y abrió la puerta. De pronto se volvió:
-¿No piensas entrar? –me dijo.
Una vez frente a ella, la mujer cambió, sin embargo, de actitud:
-Oh, perdóneme. Creí que era mi esposo.
-Pero, si soy yo… –le respondí.
Ella, con algo de alarma, me dijo que no. Que yo me parecía bastante, pero que no era él. Ella lo hubiese distinguido entre miles de hombres idénticos a él, por el brillo de sus ojos, el destello de la sonrisa. Dicho esto, se despidió y entró en la casa.
Un momento después, me decidí a penetrar en la vivienda y, comprobé que era, también por dentro, igual a la mía: la misma biblioteca con los mismos libros en el salón, el mismo pasillo atestado de fotos enmarcadas pendiendo de las paredes, el mismo dormitorio, en cuya cama yacía un hombre exactamente igual a mí. Observé a ese otro yo que dormía, algo inquieto, mascullando algunas palabras ininteligibles.
En ese instante, la mujer idéntica a la mía entró en la habitación con la bandeja del café y me dijo:
-¿Ves? Ese sí es mi marido.
Puso la bandeja sobre la mesa de noche, le dio un beso en la frente al durmiente y salió del cuarto.
El otro se despertó y vio la bandeja a su lado y después me miró.
Entonces me desperté, al notar el beso que mi mujer depositó en mi frente antes de salir del dormitorio.
Vi la bandeja del café a mi lado, alargué la vista y vi a un hombre, idéntico a mí, que me observaba.
Aldonza
Miércoles, Abril 16th, 2008Don Quijote murió sin saber que Aldonza Lorenzo soñaba desde niña con tener un caballero andante que le diera título de señora de sus pensamientos, al cual caballero, en sus sueños, tuvo a bien poner la cara de aquel distinguido caballero cercano, de nombre Alonso y apellido Quijada, o Quesada o Quejana, que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben.
(Inspirado por un texto de Marco Denevi)
Correspondencia
Miércoles, Abril 16th, 2008En estos tiempos de impaciencia comunicativa, de incontinencia cibernética, él continúa recibiendo, cada 7 de abril, una carta de Laura. La primera la acogió con estupor y rabia, pensando en una broma pesada de algún desalmado. Pero luego abrió el sobre y leyó, en el papel azul que a ella tanto le gustaba, sus palabras de amor y nostalgia escritas en aquella letra menuda de colegiala, con los puntos de las ies formando un corazón diminuto. Poco a poco, fue acostumbrándose al insólito hecho de la anual carta de Laura, sin matasellos, en su buzón. Siempre en el mismo papel. Siempre con la misma tinta burdeos. Con el mismo trazo fino de estilográfica. Con los te amo y los tuya para siempre precediendo a la firma.
Así han pasado quince años y hoy, en lo más grave de su enfermedad, ha llegado la última. Esa carta postrera que como tal se declara y en la que anuncia que se verán pronto, que se le hará interminable la espera, pero que, al anochecer del día 9 estarán, al fin, juntos.
Ahora sabe que le quedan únicamente dos días para reunirse con ella, para fundirse con ella, para el cese de la nostalgia.
Inquieto pero reconfortado, guarda esa última misiva junto a su corazón y piensa en lo consolador que ha sido recibir aquellas cartas del mientras tanto durante todos estos años, coincidiendo con el aniversario de la muerte de Laura.
Cuento ofimático
Lunes, Abril 14th, 2008Aún lo amaba, pero ya no era lo mismo. Los años no pasan en balde y el roce hace el desgaste. Resignada, se refugió en la red (como él lo había hecho en sus tertulias) intentando hallar en chats, foros y blogs aquellos cosquilleos en la boca del estómago que él ya no conseguía provocarle. Como trabajaba desde casa, no le costaba demasiado sacar un par de horas al día para frecuentar a sus nuevas amistades telemáticas, que a veces habitaban en ciudades desconocidas, tan lejanas que para ella eran poco más que un nombre y algunos tópicos cercanos a la leyenda. Y un día apareció hector45 y ella descubrió en aquel hombre una inédita familiaridad. Como si la hubiera estado observando desde siempre. Como si se conocieran de toda la vida. Hector45, casado, de mediana edad, con hijos y desencantado como ella, pero, como ella, fiel a quien había estado a su lado tantos años, amaba los mismos libros, las mismas películas, similares estilos musicales y fue estableciendo con naturalidad los lazos de una intimidad que la hacía esperar ansiosa la hora de la mañana en que él se conectaba. Dejó de visitar otros foros y otros chats, igual que, según le dijo, había hecho hector45. Y comenzó la infidelidad. Una infidelidad sin encuentros físicos y en la que ni siquiera había cámaras, ni fotos, ni micrófonos, sino sólo palabras. Palabras que la excitaban y hacían que sus manos se convirtieran en las manos de su amante, o en su boca, o en su miembro, para celebrar las ceremonias de una pasión que hasta hacía poco no se sentía capaz de revivir. Acordaron no verse nunca. No caer en la tentación de telefonearse o pedirse más datos que los justos para saber, cada uno de ellos, que existía otra persona en el mundo. Siguieron enamorados, lascivos y tiernos en la intimidad de sus respectivos cuartos de trabajo: hector45, visitándola cada mañana; ella, esperando con ansiedad la diaria visita, la periódica conversación, el cotidiano orgasmo, la renovada sensación de placer culpable y gozo consolador. Incluso jugaron a juegos que iban un poco más allá, como la propuesta de hacer el amor con sus respectivos cónyuges a una misma hora determinada y prometerse pensar el uno en el otro, como si fuera con el telemático amante y no con la propia pareja, con quien se cohabitaba. Al principio, ella tuvo, en alguna ocasión, miedo a que su marido la descubriera, pero, finalmente, acabó descuidando esa circunstancia porque, cosas de la vida, hector45 se conectaba siempre a la hora exacta en que él estaba en la oficina.
La heroína secreta
Jueves, Abril 10th, 2008Con creciente satisfacción, el general paseó en compañía de sus oficiales por la ciudad recién conquistada, contemplando ruinas y cadáveres mientras sus soldados ultimaban el saqueo. Pensando en las odas que los poetas nacionales compondrían en su honor, no reparó en una humilde flor que, entre cascotes y miembros cercenados, había sobrevivido al fragor de la batalla. Sí la vio, en cambio, un joven teniente, destinado a ser el único poeta inmortal que aquella época convulsa daría a la nación, quien se prometió a sí misma recordarla para escribir la que, al pasar los años, sería su obra más celebrada.
Viejo cuento con palabras nuevas
Jueves, Abril 10th, 2008La policía aún investiga.
Los datos, por ahora, son los siguientes: el pintor, como acostumbraba, se encerró al anochecer para trabajar en su estudio, que disponía de un solo acceso, amén la ventana enrejada. Según sus diarios, se proponía, esa noche, dar los retoques definitivos a su última obra: “Casa de campo con puerta cerrada”. Cuando por fin se le echó en falta, fueron avisados policía y bomberos para forzar el acceso al estudio, que aún permanecía cerrado desde dentro. Sin embargo, no se halló rastro del artista. La paleta y el último pincel utilizado yacían en el suelo, con restos de pintura ya seca, ante el lienzo finalizado, como evidencias de una desaparición apresurada y, probablemente, violenta. Pero no había rastro físico del pintor o de su indeseable pero posible cadáver.
Nadie ha podido todavía arrojar luz sobre estas increíbles circunstancias, esta insólita desaparición que trae de cabeza a investigadores y agentes de seguros. Tampoco nadie se ha percatado de que en la casa representada en su óleo postrero, la puerta permanece abierta.
Evidencias
Jueves, Abril 10th, 2008Después de años de terapia, valerianas, somníferos, masajes relajantes y lecturas supuestamente soporíferas, averiguó al fin que la causa de su insomnio era el temor a no volver jamás a despertarse.
Mahmudiya
Lunes, Marzo 31st, 2008El espectro me visita cada noche desde hace algún tiempo. He llegado a aceptarlo con naturalidad, pero se me hace imposible acostumbrarme. ¿Cómo va uno a acostumbrarse a que alguien salga de las profundidades del armario en medio de la madrugada y se siente al borde de su cama?
Eso es exactamente lo que hace el espectro, una niña de unos catorce años, de apariencia persa y hermosos ojos negros. Aparece cada noche, recorre con sus pies descalzos los dos metros escasos que separan el armario de mi lecho y se sienta. Después orienta lentamente su rostro hacia mí y llora durante unos minutos, antes de regresar por donde ha venido. Nunca hablamos. Ambos sabemos que no podríamos entendernos.
El espectro no tiene nombre. Quizá si tuviera nombre nos importaría a todos y nos importaría más. Escribiríamos artículos de opinión en nuestros periódicos con ese nombre en el título, probablemente sólo el de pila, para apelar a la íntima implicación del lector en su drama. Empapelaríamos las calles y los cristales de nuestros autos con su foto. Nos pondríamos lazos de algún determinado color para recordarla. Pero no tiene nombre. O lo tiene, pero a nadie le ha interesado averiguarlo.
El espectro va vestido con los andrajos de lo que un día debió ser un pijama infantil. A través del lamparón que hay en uno de sus hombros se adivinan las quemaduras que le cubren el pecho y la espalda. Sus muslos y su entrepierna están manchados de sangre seca y oscurecida por el tiempo y el horror. Yo sé quién es y cuál es el origen de sus heridas. Sé por qué viene a visitarme cada noche. Por qué llora. Por qué sufre. Por qué siempre, justo antes de desaparecer, se vuelve nuevamente y señala con la cabeza hacia el este, intentando que recuerde que otros como ella, siguen allí, recorriendo ese corto camino que más pronto que tarde acabará convirtiéndoles también en espectros.
Sé todo eso y, sin embargo, lo olvido cada mañana.
Únicamente en la noche, cuando el silencio permite su recuerdo, esa niña existe. Aunque sólo sea en la soledad de mi cuarto. En el preámbulo a mis pesadillas. En el infierno de mi remordimiento.
Cabeza de falo
Domingo, Marzo 30th, 2008… porque te conozco bien y sé que no dejarás pasar la oportunidad. ¿Crees que no me doy cuenta? Te he observado mirarla como al despiste, pero lamiéndole bien el cuerpo con los ojos, desde los pies a los pechos, sin dejarte atrás las nalguitas, siempre prietas en esas minifaldas que se pone. Sí, hombre, no disimules con esa cara de zorrito bueno, que aquí ya sabemos quién se guinda a las gallinas.
Ella se hace la tonta, pero también te mira y sólo está esperando a que tú escojas el momento de atacarla. Al principio se resistirá, claro. Pero acabará sucumbiendo a tus besos en su cuello, a tu forma de acariciar sus caderas. Si es que siempre se te dio bien…
El único problema hubiese podido representarlo Marcos. Para ella no, por supuesto. Esas cosas acaban notándose y a todos se nos cae de maduro que Marcos no debe ser ningún portento en el terreno horizontal. Sólo hay que ver la cara de hastío que pone Liliana cuando él toma la palabra en las terrazas. Todos, incluso tú, escuchan interesados. Todos menos ella y, quizá, yo. Aunque, que conste, mi desinterés no se debe a que Marcos me aburra, sino a que me parece mucho más divertido comprobar que Liliana sigue esperando tu iniciativa.
También puede ser que me equivoque y que tú hayas adoptado ya las medidas necesarias. En ese caso, a lo mejor llevas semanas derramándote sobre ese cuerpecito de nínfula, en algún piso alquilado a medias en el sur. No me extrañaría, pero tampoco me importa pues, bien mirado, a mí todo este asunto no me toca en exceso. Ni siquiera Marcos le confiere demasiada importancia. Él seguirá al margen, queriéndola a ella y queriéndote a ti. No cambiará nada el hecho de que se entere, cosa que ocurrirá, porque a veces, en la terraza, se le ve ya un guiño de sospecha, pese a que se calle y pida otro cubata como si en realidad pidiese confesión. No me vengas con eso de qué cosas se te ocurren. Para qué disimular. Ella no dirá que no. Marcos tampoco. Busca la oportunidad esa noche en que a él le toque trabajar y tú salgas solo. Es cosa de tocar y de pasaba por aquí. Ella te recibirá en bata, nerviosa, simulando sorpresa. Tú, por tu parte, fingirás haber pensado que Marcos estaba en casa. Ella sabrá que mientes y tú sabrás que ella lo sabe, así que te dejarás convidar a una copa y ahí empezará el juego del hombre de mundo que en realidad es un tipo sensible y necesita comprensión. The rest, is silence, como dijo Guillermito. Y yo pasaré esa noche en casa, leyendo cualquier novela de Bioy, desvelada, pero no esperándote, porque no llegarás hasta que Marcos salga del trabajo y llegue al catre para encontrar a Liliana que duerme sonriente como nunca antes.
Tú entrarás y aún estaré leyendo y fumando. Simularé que acabo de despertarme pero el cenicero repleto me delatará. Mientras hago chocolate para los churros que habrás comprado por el camino, me dirás que has pasado la noche en el Babel y yo te creeré, deseosa de hacerlo, como siempre.
De Segundas personas.
Vals triste
Domingo, Marzo 30th, 2008
| …un último latido, un último dejo de color, rojo penetrante, rosa punzante, un suspiro, una niña que se aleja. V. Nabokov. Lolita. |
Sólo soy un pobre vals que vaga por la Galería Nacional a la espera de que alguien se pare a observar a mi amada y me entone ante ella. Deseo inútil, por lo demás, pues sé que ella no se percatará de mi presencia, que no podrá oírme, que nunca lograré hacerle sentir mi tres por cuatro en su interior, que jamás me bailará. Y, claro, cómo habría de hacerlo si ella es toda imagen, toda escena.
Por añadir detalles a mi martirio, diré que mi amor es la joven representada en un cuadro titulado Pubertad por Edvard Munch. Él es el causante de todos nuestros sufrimientos; él, por haberla pintado así, tan joven, tan indefensa, sentada al borde del lecho con las manos cruzadas sobre sus piernas temblorosas, con su blanquísimo cuerpo desnudo, los senos niños, la melena cayendo sobre sus hombros como las nubes negras de un mal día, los ojos grandes, desafiantes y temerosos, vacilantes pero seguros de la vida a la que su dueña despierta.
Yo llegué ya viejo al museo, un día de primavera, en los labios de un estudiante que, por aquel entonces, silbaba insistentemente mi melodía en la hora y lugar que le viniesen en gana, sin respetar la estudiosa seriedad de los usuarios de las bibliotecas, el aliento contenido de los visitantes de los centros de exposición.
Sin embargo, cuando se detuvo ante ella, quedé congelado en sus labios, incapaz de continuar vibrando en el aire, inmovilizado por la belleza inquietante de aquella pálida luna con forma de niña que encara su futuro de mujer.
Desde ese momento, olvidé todas las ajenas historias de amor de las que fui testigo, todos los salones que poblé en noches felices. Decidí permanecer aquí, apartado de conciertos, ensayos y duchas; maldigo mi popularidad. Temo que alguien vuelva a acordarse de mí y dé en tararearme, alejándome del ser querido.
Así dejo transcurrir mi existencia eterna, invadiendo a todo aquél que se para a observar a mi ninfa, e intentando en vano llamar su atención. Quisiera que me escuchase tan sólo una vez, para ser la más feliz de las partituras, el más hermoso de los sones; alejaría de ella sus miedos, sus inquietudes: la llevaría en mi danza al bello mundo al que teme acercarse, seduciéndola con la dulzura de mis notas, con la algarabía de mi ritmo. Pero sé que todo es inútil, porque Munch, ese monstruo deleznable, no puso en ningún rincón de la oscura escena un violín, un arpa, ni tan siquiera un modesto traste de guitarra que permitiese a mi adorada niña escuchar alguna de mis notas.
Sólo soy un viejo vals, vagando interminablemente por los rincones de un museo, a la espera de que alguien se pare a observar a mi amor.
De Segundas personas.
Cansancio
Miércoles, Marzo 26th, 2008
Simplemente, por agotamiento, porque se cansó. Se cansó del trabajo, del siempre es lo mismo, del para qué, si da igual. Se cansó de los cines y los teatros con aquellas amigas, tan divorciadas, tan solteras, tan de mediana edad, tan solas como ella. Se cansó de las palabras, de los libros que contaban historias apasionantes que nunca eran la suya. Se cansó de la playa los sábados, de los almuerzos en familia los domingos. Se cansó de preocuparse por su hijo adolescente y ajeno, despreocupado de ella. Se cansó de sentirse extraña y comportarse de manera políticamente correcta cuando se encontraba con su ex, y de devolverle el saludo sonriente a la jovencita con quien ahora andaba. Se cansó, asimismo, de las salidas de los viernes. De los encuentros con los salidos de los viernes, de los intercambios de números de teléfono y correos electrónicos, de los ocasionales encuentros sexuales con hombres que no tenían nada mejor que hacer ni mejor mujer con la que acostarse, aunque persistieran, uno tras otro, en reeditar el torpe andamiaje de esa ficción donde ella era algo especial y querían volver a verla. Se cansó también de recordarlo a él, que no la recordaba, que a saber dónde andaría ahora, y con cuánta barriga y cuánta calva y cuántos hijos o nietos. Se cansó de todo. Especialmente se cansó de aquella jaula de cristal que ella misma se había construido y había llenado con figuritas, reproducciones de cuadros, discos compactos, recuerdos estúpidos como caracolas y piedras recogidas a la orilla del mar, fotos de viajes anuales a sitios exóticos que no lograban mitigar la soledad y el aislamiento, imperceptibles si uno no era ella. Fue por eso por lo que se metió en la cama, cerró los ojos y se borró a sí misma del mundo. Así la encontró, cuando al fin la echó en falta, su hijo. Tumbada. En silencio. Inmóvil. Inmutable. Otros dirán que renunció a la vida. Explicaciones, cada uno tendrá la suya. Ella sólo descansaba.
Discapacidad
Martes, Marzo 25th, 2008Nunca fue aceptada como las demás. Era indefectible y minuciosamente expulsada de corrillos, grupos de juegos y festines en graneros. Le impedían participar, incluso, cuando sus hermanas devoraban colectivamente a un perro o un gato incauto que se había atrevido a hacerles frente. Y el motivo era algo de lo cual ella no tenía culpa alguna: su sordera. Para las demás, una rata sorda suponía una especie de afrenta que la naturaleza hacía a la comunidad. Así que se acostumbró a quedarse a un lado, a no seguir al resto en sus correrías, dada la dureza de los castigos que recibía normalmente.
Por eso, por miedo a las represalias, cuando las vio marchar en fila india tras aquel hombre tan extraño, no se atrevió a seguirlas. Porque, como todos sabían, las ratas de Hammelin podían llegar a ser muy crueles.
Averno
Sábado, Marzo 22nd, 2008Cuando supo que estaba en el infierno, que el averno era aquello y él lo habitaría para siempre, experimentó simultáneamente sorpresa y alivio.
No había allí torturas ni almas en pena inscritas en eternos círculos de dolor ni vejaciones inimaginables amplificadas por el dudoso don de la eternidad. Antes bien, el infierno era un pueblecito costero apacible y tranquilo, donde se encontró con queridos amigos a quienes había perdido hacía mucho. La gente paseaba divertida y cordial. Algunas mujeres lo miraban con deseo y los camareros le atendían con eficiencia y se negaban siempre a cobrar sus consumiciones. Había auditorio, cine y teatro, buena mesa, excelente conversación, plazas con cafés abarrotados de clientes donde, sin embargo, siempre conseguía mesa y entablaba relaciones enseguida. Además, no era difícil hacerse con libros y dejar morir el día tumbado en la playa, leyéndolos.
Entonces, se preguntaba, ¿en qué consistía el castigo al que se suponía destinada el alma enviada al orco?
Lo descubrió en el amanecer del tercer día, cuando despertó en la lujosa suite donde se hospedaba y constató que ella no estaba allí, que jamás volvería a verla.
Otra forma de leer
Viernes, Marzo 14th, 2008Gabinete Literario
Biblioteca en Movimiento
Otra forma de leer
El Gabinete Literario de Las Palmas de Gran Canaria, con el patrocinio de la Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas del Gobierno de Canarias, te invita a participar en Biblioteca en Movimiento, un conjunto de actividades en torno a la lectura.
Biblioteca en Movimiento cuenta en su programación con clubes de lectura, proyecciones, audiciones, encuentros con escritores, lecturas al aire libre y muchas actividades más. Una forma de conocer a otras personas con quienes compartir gustos, espacios e inquietudes y debatir acerca de tus preferencias, pero, sobre todo, una manera de acercarse de forma lúdica y amena al hecho de la literatura.
Fecha de comienzo de Biblioteca en Movimiento:
2 de abril de 2008, a las 18:00.
Lugar: Salón Rojo de Gabinete Literario.
Apertura del plazo de inscripción:
13 de marzo de 2008, en el Gabinete Literario o a través de correo electrónico: cultura@gabineteliterario.com, consignando en Asunto:
“Solicitud de inscripción Biblioteca en Movimiento”.
Las peticiones serán atendidas por orden de recepción.
Inscripción gratuita. Plazas limitadas.



