Zoologías 3

12 03 2010

Siempre me preocupó el hecho de no recordar mis sueños, porque mi terapeuta me decía  que eso se debía a un exceso de represión por parte del yo consciente. Según él, debía anotar detalladamente, en cuanto despertara, todo lo que consiguiera recordar. Un cuaderno o una grabadora en la mesilla de noche resultarían útiles para ese cometido. Pero, por la mañana, no conseguía recordar absolutamente nada. Eso me llenaba de una angustia indecible.

Pero, hace unos días, precisamente en la sala de espera de este mismo terapeuta, leí un artículo sobre el mosquitonírico. Ahora me siento más tranquilo.

Según el artículo, leído en una revista científica digna de crédito, el mosquitonírico (Chironomus Somni) es un mosquito no hematófago, frecuente en Europa, África y Asia. Revolotea por los dormitorios esperando la fase REM (sospecho que debe de ser muy respetuoso: nunca se acerca en la fase DELTA, ese momento mágico en el que, según los místicos, el microcosmos del humán es bañado por la luz de la conciencia universal). Entonces, se introduce en los sueños del durmiente y hurta algunas imágenes, determinados olores, fragmentos de pesadillas con los cuales se alimenta. Al despertar, el huésped no guarda memoria de la intervención de este particular parásito (me resisto a llamarlo así, más bien lo veo como uno de los miembros de una relación simbiótica), pero tampoco recuerda los fragmentos de sueños de los que ha sido despojado su subconsciente.

En 1994, estudiosos de la Universidad de Siam lograron capturar y estudiar detenidamente a un mosquitonírico. Diseccionado el sujeto, un potente microscopio reveló a los expertos el asombroso contenido de su vientre: bailarinas ciegas, apariciones de Lenin sobre el teclado de un piano, frailes de ocho brazos, hombres con cabeza de gallina que reían estruendosamente, aviones de caramelo, jarras de leche recién ordeñada derramándose sobre hermosos cuerpos adolescentes, rinocerontes con gafas, camisones grises cubriendo los horribles torsos de ministros octogenarios, teatros de la ópera abarrotados de borregos que defecaban en los patios de butacas, armarios que encerraban un mar tras sus puertas e infinidad de genitales de ambos sexos y variadas tonalidades y formas, pero todos hirsutos, desmesuradamente grandes e indefectiblemente amenazantes.

Los psicólogos dirán lo que quieran. Podrán recomendar hasta la saciedad que intentemos recordar nuestros sueños, que tengamos siempre papel y lápiz en la mesilla de noche o una grabadora preparada para intentar recordar esas erupciones nocturnas de la parte más profunda del volcán de nuestra identidad. Yo sé (ahora lo sé) que es un mosquitonírico, y no mi terapeuta, quien me salva de la locura.



Zoologías 2

2 03 2010

Los buitres medianeros europeos suelen tener un vuelo torpe y corto, que jamás se alza más allá de los 20 metros de altitud, con frecuentes aleteos y encontronazos habituales cuando vuelan en manada, nada que ver con el alto y plácido vuelo del quebrantahuesos o del buitre calvo. El colorido de sus plumas es pobre, oscilando entre el gris perla y el marengo. Aparte de eso y de su torpeza, en poco más puede distinguírsele de cualquier otro carroñero alado, salvo en una particularidad que asombra a los estudiosos: no permiten bajo ningún concepto que ninguna otra ave ascienda más que ellos. Cuando algún ave rapaz (con frecuencia un águila o azor) invade inconscientemente su territorio, esperan hasta el descenso del intruso, motivado por la captura de una pieza o el necesario descanso, para lanzarse sobre él y picotearle las alas.



Zoologías 1

2 03 2010

En el cementerio de Almendral de Ríoseco existe aún una colonia de gusanos testúdicos, especie que, como es sabido, se alimenta exclusivamente de materia gris. No obstante, algunos expertos en medio ambiente han expresado su preocupación por la supervivencia del testúdico, al conocer el proyecto de implantación de un nuevo centro comercial en la localidad.



El pan nuestro

27 01 2010

Pan_Rustico

Cuando era joven, el panadero no salía casi nunca. Levantarse en plena noche para trabajar no deja demasiado tiempo para diversiones. Pero una vez, a los veinte años, fue invitado a la boda de un primo lejano. Allí la conoció. Se llamaba Estela y bailó, bebió y conversó con él hasta el fin de la fiesta. El panadero volvió a su casa acariciando el trozo de papel en el que ella había anotado su número de teléfono con un lápiz de ojos. La llamaría al día siguiente. La invitaría al cine. Sería la madre de sus hijos.

El alcohol, el sudor y los números apuntados en trozos de papel con lápiz de ojos no son una buena combinación. El panadero pasó la mañana siguiente intentando descifrar los originarios guarismos aletargados en aquel borrón. Y la tarde telefoneando a familiares y amigos que habían asistido o podían haber asistido a la boda. Todo fue inútil. Nadie la conocía. Nadie la recordaba. Nadie había reparado en ella.

En la madrugada, mientras amasaba, se lamentó de su suerte: sus panes llegaban a toda la ciudad, casi a cada casa. Pero él no era capaz de localizar a aquella mujer fascinante. Si él pudiera viajar con aquel pan y franquear cada puerta de cada edificio de cada calle hasta dar con ella… De pronto, sin apenas pensarlo, escribió su propio nombre y su número de teléfono en un papel. Completó el billete con una sencilla frase, “Llámame, Estela”, y, doblándolo cuidadosamente, lo agregó a la masa. Hacia el amanecer, cuando comenzaron a llegar los repartidores, no sabía en cuál de aquellas barras iba el mensaje. Eso resultaba indiferente. La ciudad no era tan grande, pero, aunque lo hubiese sido, el mensaje, si había de llegar a su destinataria, llegaría. Era cuestión de estadística o de destino o, sencillamente, de suerte.

Durante semanas, durante meses, realizó la misma operación. Luego pasaba la tarde pendiente del teléfono. La llamada nunca era para él. O, si lo era, se trataba de alguno de sus primos o de los amigos del barrio.

Los meses se convirtieron en años, pero la costumbre no varió jamás. Metódica, secretamente, el panadero introducía cada día en la masa un papel con su nombre y su teléfono y un único, exacto e infaltable mensaje: “Llámame, Estela”.

En ocasiones, el panadero se decía que era momento de cesar en la búsqueda. Pero ¿y si precisamente era ese el día en que la nota debía llegar a manos de Estela? Esa pregunta le aterraba. En otros momentos, fantaseaba con los posibles receptores: un niño que comía el bocadillo en el recreo, una ancianita que hacía sopas de pan, otra mujer también llamada Estela que procuraba que su marido no llegase a ver el papel, un señor circunspecto que se indignaba y bajaba a protestar a la panadería o le telefoneaba directamente a él, advirtiéndole (iracundo como sólo un señor circunspecto puede llegar a estarlo) que iba a denunciarle a las instituciones sanitarias.

Pero jamás llamó nadie. Pasó el tiempo y el panadero encontró una mujer a la que aprendió a querer. Se casó y tuvo dos hijos. Se divorció de aquella misma mujer y aprendió a no quererla. Sus hijos crecieron y le dieron algún nieto. Y él continuó, cada día, introduciendo en la masa la nota con su nombre, su número (ahora de un teléfono móvil) y aquellas dos palabras. Ya sin esperanza. Ya por costumbre. Como un rito, una pequeña superstición que, al fin y al cabo, le había traído suerte en casi todo, menos en lo único en lo que realmente la necesitaba.

Hoy, al salir del trabajo, se ha encontrado con su primo en un puesto de flores. Es su aniversario de boda. Tal día como hoy, hace 35 años, el panadero y Estela se conocieron. Mañana hará 35 años que la busca infructuosamente. Tal vez sea el momento de dejarlo. Pero también hoy, justamente hoy, al abrir la puerta de casa, suena el teléfono móvil. El panadero lee la pantalla. Llaman desde un número que no tiene grabado en la memoria del aparato. El corazón le da un vuelco. No obstante, justo antes de descolgar, se mira instintivamente en el espejo de la entrada, reflexiona un momento y rechaza la llamada.



Miopía

31 12 2009

gafas

Me reprendes porque duermo con las gafas puestas. Inútil sería decirte que lo hago para no perderme ni un solo detalle de tu rostro cuando apareces en mis sueños.



La piel de Judas (Un cuento no navideño)

23 12 2009

JudasKiss

Por supuesto, tú mismo lo dijiste, no era fácil, pero aun así me pediste que procurara hacerlo. Claro que no me resultaba sencillo, y menos a dos días de Navidad: después de tantos años, de tantos favores, de haber sido precisamente yo quien te colocó donde ahora estás, no era fácil meterme en tu piel, cuando eras precisamente tú quien me incluía en eso que hoy llaman expediente de regulación de empleo y que es, en román paladino, la patada en el culo de toda la vida. Sin embargo, en cuanto salí de tu despacho me hice el firme propósito de intentarlo. Al fin y al cabo, como repetiste una y otra vez, fuiste mi pupilo todos estos años, yo te enseñé todo lo que sabes, yo te convertí en el hombre que eres. Tantas copas, tantas cenas, tantos fines de semana de cacería solos tú y yo, allá arriba, en esos montes cuya sombra se perfila contra el cielo estrellado. Incluso apadriné a tu hija y luché con los de arriba por defenderte cuando corriste el riesgo de pasar por lo que ahora estoy pasando yo. Sí, fuiste capaz de recordarme incluso aquello, cuando salvé tu empleo arriesgando el mío, cosa que no has sido capaz de hacer tú. Lo has edulcorado con la idea de poder gozar de la jubilación teniendo todavía edad para disfrutar de la vida; con las horas que podré dedicar a Lola y a los nietos; con la posibilidad de hacer ese viaje a Egipto con el que ella soñó siempre. Y quizá tuvieras razón. Eso fue lo que pensé: quizá tenga razón y todo esto sea bueno para mí. E, inmediatamente: tengo que intentar ponerme en su pellejo.  Para eso, lo primero era lo primero. Por eso volví atrás y te propuse que cenáramos juntos, para celebrarlo. Mientras recogías tus cosas, te mostraste algo sorprendido, ¿lo recuerdas? Te sorprendiste y me dijiste que ya organizaríamos algo por todo lo alto con el resto de la oficina. Sólo cediste cuando repuse que no, que prefería algo discreto y que eras el único amigo verdadero que me quedaba ya en la empresa.

Un rato más tarde nos dirigíamos en mi coche al restaurante de las afueras que yo había descubierto recientemente, ese al que nunca llegamos, y tú procurabas darme conversación mientras yo recordaba un cuento de Edgar Allan Poe que transcurría en una noche de Carnaval. Navidad, Carnaval, qué más daba. Me decía a mí mismo que nuestra amistad no podía ser una simple mascarada, que debía de haber existido algún momento en el que me apreciaste sinceramente. Aunque ya no importaba, en estos instantes en que la noche se iba cerrando sobre nosotros y las viviendas escaseaban a los lados de la carretera. Poco después fue cuando le ocurrió algo al motor y hube de parar en el arcén, en la carretera que bordeaba un barranco oscuro como conciencia de obispo. Te dije que no sería nada, pero vaya sí lo era, pensé en el momento en que abría el maletero para sacar herramientas y el chaleco reflectante. Cuando volví sin ellos, tú, inclinado ante el capó abierto te extrañaste un poco. Te lo noté en la cara. Te preguntaste por qué volvía sin el maletín de herramientas y sin el chaleco, pero no tuviste tiempo de expresar tu estupor, porque para ese entonces yo ya había hundido en tu garganta el cuchillo de montería. Y ahora estás aquí, en el patio de esta misma casa donde tantos fines de semana pasaron juntas tu familia y la mía, colgado del mismo gancho donde desollamos más de un jabalí, sanguinolento y ridículo como ellos, mientras yo intento vestirme de ti, meterme en tu piel que aún conserva cierta elasticidad, ponerme, de una vez por todas, en tu pellejo.



La buena convivencia

11 12 2009

Los espíritus han habitado siempre esta casa en la que vivo. Hasta ahora, gozábamos de una simbiosis conveniente para ambas partes. Era una especie de pacto tácito, pero jamás vulnerado: ellos no se manifestaban jamás en mi presencia, sino cuando yo salía o en las raras ocasiones en que podía permitirme viajar. A cambio, yo les procuraba alimento. Como es bien sabido, los fantasmas se alimentan de las cosas más repugnantes: el dolor, la decepción, el remordimiento, la nostalgia, la melancolía, la vergüenza. Cualquier jirón de miseria les resulta nutritivo.

Pero ahora soy feliz y hace tiempo que ayunan. El hambre les enoja y por eso ese frío repentino que inquieta el descansillo o la niebla blanda y hedienta que se arrastra por el corredor chirriando al rozar contra las baldosas.

Cualquier otro hubiera optado por mudarse. No obstante, algo en mi carácter suele tender al empecinamiento. Así que aquí estoy, aguantando los quejidos provenientes del interior del armario, las luces que se encienden o apagan solas, los portazos intempestivos, el llanto de ese bebé tras la puerta del trastero, hasta que se hagan a la idea y decidan ser ellos quienes emigren o el nuevo estado de cosas se imponga de manera definitiva y mueran, finalmente, de inanición.



A solas con Roco

4 12 2009

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De entre todas las costumbres de Roco, la que más le agradó siempre era aquella que tenía de dormir en la cama con él, a sus pies. Sólo interrumpida por sus idas a la cocina, para comer o beber agua, la presencia del animal allí, dándole calor en la oscuridad del dormitorio, en medio de aquella otra oscuridad, más angosta y gélida, de la casa, le reconfortaba del goteo incesante de la cisterna, le tranquilizaba tras el sobresalto de los crujidos de los muebles. Siempre le extrañó la casa. Le provocaba temores estúpidos, aprensiones absurdas, inmotivados escalofríos repentinos, la irracional sensación de estar siendo observado desde la penumbra del pasillo. Por eso, cada vez que afloraban sus miedos, llamaba al perro o, simplemente, lo buscaba con la mirada o con la mano.

Esa madrugada, al despertar de la pesadilla, asomó la cabeza sobre el embozo y observó en el edredón el bulto de Roco, como siempre, junto a sus pies. De pronto, notó el aliento de un hociquillo frío, una lengua haciéndole cosquillas en el empeine. Lejos de incomodarle, eso le sosegó aún más, mientras encendía la luz de la mesilla y volvía a abrir el libro para intentar dormirse. Comenzó a leer y, como si temiera constituir un motivo de distracción, el animal dejó de lamerle y se le arrimó algo más. Se sintió tremendamente tranquilo al notar el lomo contra los dedos de sus pies, la respiración constante, el pelaje suave y tibio.  Notó cómo el sueño regresaba, cómo le pesaban nuevamente los párpados. Se volvió hacia la mesilla para dejar sobre ella el libro y volver a apagar la luz. Entonces, justo cuando pensaba en lo agradable que era el tacto del perro, vio asomar por la puerta del dormitorio la figura mansa de Roco, que regresaba de la cocina. Al verle se sobresaltó. Después, Roco, en lugar de subir a la cama, se le quedó mirando con una tristeza indecible, con algo parecido a la compasión.



Gone With The Rain

1 12 2009

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Era la mujer más dulce del mundo. Nunca imaginé que, precisamente por eso, nuestra relación no sobreviviría al otoño. Cuando comenzó a llover y le pedí que nos quedásemos en el parque, me miró completamente aterrorizada, intentando correr a guarecerse.

-Da igual que nos mojemos. No estamos hechos de azúcar –insistí, aferrando su mano.

-Tú no –acertó a decir antes de que el aguacero se la llevara de mi lado para siempre.



Para abordar el Pequod

8 11 2009

“Llamadme Ismael”, dijo la joven señora Ahab, convenientemente travestida, antes de enrolarse  en aquel barco en cuyo alcázar sabía al hombre que la fascinaba, obsesionado por todo aquello que no fuera ella.



Revival

28 10 2009

Fue una sorpresa encontrármelo este martes, en medio del ajetreo matinal de la zona de los bancos, mientras yo me dirigía a hacer una gestión y él, simplemente, no sé adónde, aunque ahora lo imagino. Alguna vez, hace mucho, Tomás y yo desarrollamos una leve amistad, una relación tibia entre solitarios. Los divorciados recientes que éramos entonces mitigaban el vacío de las alcobas en el otro vacío, más amable y etílico, de la barra del Roxy. Solíamos vernos los miércoles o los jueves, en aquel local decadente donde pasábamos varias horas bebiendo con algún otro parroquiano o solos, esnifando cocaína y pidiendo a Berto que pinchara canciones de Pink Floid, Supertramp, los Rolling o los Creedence mientras charlábamos sobre lo humano y lo divino, intentando olvidar que a ambos nos esperaba una cama fría donde intentaríamos dormir unas horas antes de ir a trabajar. Los fines de semana no nos veíamos, porque siempre había un asadero o una cena con amigos de verdad, una salida al campo, una obra de teatro, con suerte una querida. Nunca intercambiamos números de teléfono o direcciones de correo electrónico. Ni siquiera supimos jamás nuestros apellidos. Yo sabía que era abogado, que había tocado la batería en un grupo de rock y que tenía un hijo o una hija a quien veía cada dos fines de semana. Poco más. Nuestro contacto era Berto y nuestro territorio común el Roxy. Y, sin embargo, creo que nos apreciábamos sinceramente y que él disfrutaba tanto de mis charletas sobre libros y cine (esos saberes de Trivial Pursuit que los demás confunden con erudición) como yo con sus anécdotas sobre los juzgados y sus conocimientos sobre la era dorada del rock sinfónico.

No obstante, eso había ocurrido hacía algunos años. Luego habíamos ido dejando la cocaína, la soltería y, finalmente, el Roxy. No recuerdo si fue él o si fui yo el primero en abandonar aquellos hábitos; sólo que cuando comencé a verme con Laura los encuentros en lo de Berto fueron haciéndose más esporádicos, más breves, más desganados, hasta que un día caí en la cuenta de que llevaba semanas sin ir al Roxy y que no tenía ganas de volver por allí, no porque me resultara desagradable, sino porque ya no sentía necesidad de hacerlo.

No solía pensar en Tomás, pero le recordaba con simpatía. Por eso cuando nos encontramos anteayer por la mañana en la zona de los bancos, me alegró reconocer en él al pelirrojo del traje gris que agitaba su mano en la acera de enfrente. Estaba algo más pálido, algo más hinchado, pero, por lo demás, era el mismo cuarentón de sonrisa afable y gesto abierto. Crucé la calle (el banco al que iba está en esa acera) y, tras el abrazo, intercambiamos algunas frases amables, rememorando una vieja intimidad que realmente jamás tuvimos. Me preguntó por mi vida y yo le pregunté por la suya. Al parecer, estaba más tranquilo que nunca. Todo le iba sobre ruedas y se sentía equilibrado, centrado. Ya no bebía ni perseguía lolitas ni iba al Roxy. De hecho, me pidió que, si pasaba por allí, diera recuerdos suyos a Berto. Le dije que yo tampoco iba hacía mucho y que, si por casualidad él lo hacía, le saludara también de mi parte. “El tiempo lo pone todo en su sitio”, me dijo poco antes de que nos separáramos. Fui yo quien se marchó, porque se me hacía tarde para mis gestiones. Él se quedó allí, parado entre la gente que iba y venía.  Pero, cuando había caminado unos metros en dirección al banco, me volví y no pude verle. Sencillamente, ya no estaba allí. Ahora pienso que quizá nunca había estado.

He pensado durante varios días en ese encuentro. En el hombre que fui y en el hombre que soy, justo ahora que empiezo a tener esta crisis con Laura. En aquella frase, por lo demás nada insólita: “El tiempo lo pone todo en su sitio”.

No sé exactamente lo que me impulsó a hacerlo, pero anoche me excusé con Laura y fui al Roxy. Por el local no habían pasado los años: las mismas guitarras eléctricas y los carteles de grupos de Rock decorando las paredes. El neón negro, ya pasado de moda en los viejos tiempos, con el nombre del local sobre la barra. La pesada figura de Berto moviéndose entre la caja registradora y la cabina incrustada delante del office. Me reconoció al instante. Algo más le costó recordar mi nombre. Pero conservaba frescos todos los demás detalles. Para él, yo era cerveza o etiqueta negra con agua sin gas, chistes políticos, libros que él no había leído y Money y Wish You Were Here. No había demasiada clientela, así que, en mi honor, Berto se permitió pinchar a Pink Floid y servirse un chupito de Jack Daniel’s para acompañarme. Durante un rato, charlamos sobre cómo le iba el negocio, sobre cómo me iba a mí. Luego pasamos a los viejos tiempos, que ambos recordábamos con fingida nostalgia. Finalmente, le hablé del encuentro con Tomás y le di recuerdos suyos. Al principio, pensó que le estaba tomando el pelo. Así me lo dijo. Eso me dejó completamente desconcertado. Quizá Tomás y él habían tenido algún desencuentro, alguna discusión, alguna cuenta sin pagar que había enfriado sus relaciones.

-No –dijo-. Tomás y yo siempre nos llevamos de puta madre. Lo que no puede ser es que le hayas visto. Tienes que haberte confundido.

-¿Cómo me voy a confundir? –insistí-. Era Tomás. El de siempre.

-¿Tomás el abogado? ¿El que tocaba la batería?

-Sí.

-Pues no puede ser.

-¿Y por qué no?

Durante unos momentos pareció buscar las palabras adecuadas para responderme pero, de pronto, pareció recordar algo, fue al office y volvió unos momentos después con un periódico algo estropeado que puso ante mí. Lo había abierto por la página de las esquelas y, señalándome una con el dedo, me pidió que leyera. Aunque yo nunca había sabido sus apellidos, todos los datos coincidían. No cabía duda. Además, por si la había, la fotografía de tamaño carné mostraba el rostro de Tomás, el mismo rostro regordete (ahora menos pálido, menos sonriente) del hombre con quien yo había conversado el martes por la mañana. Miré la fecha del periódico: era del viernes pasado.

-Parece que fue un cáncer –decía Berto mientras yo intentaba atar cabos, con los ojos clavados en el papel-. Me enteré así, por la prensa, porque hacía años que no venía. Pero fui al velatorio, y le vi metido en la caja. Así que tienes que estar equivocado. No puede ser de otra manera.

-Eso es cierto: no puede ser de otra manera. Tengo que estar equivocado –le dije al fin, porque las otras explicaciones eran tan imposibles como abominables.

En este mismo instante, tengo esa esquela ante mí. Berto me permitió recortarla y llevármela para tener así al menos un dato verificable al que aferrarme. Porque, aunque sé que es imposible, que Tomás murió la semana pasada, también que el martes por la mañana vi a ese mismo Tomás, le di un abrazo y conversamos durante unos minutos. La miro ahora que Laura acaba de marcharse dando un portazo tras la enésima discusión, una de las tantas que presagian el principio del fin. Y yo me pregunto por qué vi el martes por la mañana a ese hombre que un día compartió su soledad conmigo. Por qué precisamente yo y por qué precisamente ahora que estoy a punto de ingresar nuevamente en el territorio que ambos explorábamos juntos. Ahora que, como siempre, las piezas del puzzle se van colocando. Ahora que, como siempre, el tiempo lo pone todo en su sitio.



Lavanderas

21 10 2009
Renoir. Las Lavanderas

Renoir. Las Lavanderas

Siempre me pareció poderosamente cautivadora la imagen de las lavanderas en el río, sus cuerpos arrodillados en la orilla remojando, restregando, retorciendo. Yo bajaba cada mañana a la ribera a observar sus evoluciones de ninfas rurales ignorantes de sí mismas, ajenas a la espectacular belleza que se extendía desde sus grupas a sus manos laboriosas, para subir luego a los escotes que alguna gota de agua tenía el privilegio de salpicar antes de descender por el valle existente entre sus pechos. Ese fue durante años mi pasatiempo favorito, hasta que un mal día la mayor de ellas se percató de mi presencia y me arrojó al rostro un frasco de lejía. No creo que esa fuera su intención, pero el líquido alcanzó mis cuencas, dañándome irreparablemente las pupilas. Desde entonces, mi pasión por las lavanderas no es la misma. No es que hayan dejado de parecerme una hermosa estampa, pero ya no paso las horas muertas espiando sus evoluciones. No sé. Quizá, sencillamente, lo que ocurre es que las miro con otros ojos.



Volvieron a estar allí

20 10 2009

Como ya sabrás, si sigues este blog, ayer tuvo lugar el III Memorial Dolores Campos-Herrero, una jam session de microrrelatos que Matasombras organiza cada año por estas fechas. Esta pequeña fiesta de la minificción (o la brevería, como prefería denominarla Dolores) resultó particularmente emocionante este año. A sala llena, tras la proyección de un vídeo de Campos-Herrero leyendo en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria en 2006, la jam comenzó con varios micros de la autora de Santos y pecadores por parte de Marisol Campos-Herrero.

Después, fue la sorpresa continua: una treintena de autores de ambos sexos, todas las edades y tendencias. Desde los más veteranos a los más jóvenes, desde los procedentes del periodismo a los más cercanos a la lírica, todos tuvieron a bien traer y compartir sus textos, haciendo que la ficción cabalgara a lomos de sus palabras por el patio de la sala Cuasquías. Anoche, allí, mientras se compartían cervezas y vinos, se escucharon textos de Dolores Campos-Herrero, Lisandro Rodríguez, José Manuel Brito, Antolín Dávila, Nayra Pérez, José A. Luján, Puri Santana, Isabel Suárez, Eduardo González Ascanio, Juan Carlos Domínguez Siemens, Michel Jorge Millares, Judith Bosch Molina, Maite Figueira, Sara Godoy, Juan Carlos de Sancho, Pepa Marrero, Guadalupe Alemán, Ruymán J. Jiménez, Moisés Morán Vega, César Socorro, Pepe Oribe, Antonio Vega, Teresa Delgado, Rayco Arbelo, Fernando Adrian Mítolo, Belkys Rodríguez, Juanjo Mendoza, Menchu Pérez Reyes, Pedro Kepa Hernando y Aquiles García. Hubo otras personas que quisieron venir pero a quienes les fue imposible en el último momento (viajes, trabajos, lejanías, pequeños problemas de salud), como Carlos Álvarez, Ángeles Jurado, Emilio González Déniz, Carlos de la Fe, Pepe Olivares, Maribel Lacave.

Quizá lo más hermoso de la noche fue constatar la pequeña avalancha de nuevos autores (algunos leían en público por primera vez) que vienen empujando fuerte de esta forma estética tan popular y tan poco comprendida.

A todos ellos (nuevos y consagrados) tanto Antonio Becerra como yo (esos dos espectros que aún somos Matasombras) deseamos darles las gracias, por su presencia y por demostrar  una vez más que, en medio de un mundo que a veces es algo gris y ajeno, aún nos queda algo para el mañana: la palabra.



Hilaridad

14 10 2009

Sueño con una mujer. Una mujer zurda. Una mujer zurda que ríe.

Golpeando el aire con una raqueta de tenis, la mujer pasea en traje de noche por un jardín inmenso y ríe.

La sigue de cerca un anciano que lleva babero en lugar de camisa y agita las manos intentando atrapar algo invisible en el aire que hay tras ella. El anciano, barbudo y calvo, se parece a Pablo Picasso, a Ernest Hemingway, a Ben Kingsley, a Milan Kundera en un mal día.

La mujer ríe y su risa es una golondrina que los sobrevuela antes de partir a países cálidos. Vuelve a reír y su risa se transforma ahora en millones de gotas de rocío que el viejo intenta atrapar infructuosamente. Ríe otra vez y su risa es un millar de moras que flotan a su alrededor unos instantes y de las cuales él consigue atrapar un puñado, antes de entregarse a la actividad de consumirlas con fruición, una por una, deleitándose como si cada una de ellas fuera la última.

La mujer continúa andando alrededor de los parterres y riendo una y otra vez. Y sus carcajadas se convierten en pétalos de rosa azul, en bombones de licor, en colibríes, ruiseñores o conejitos que comen tréboles, en azahares lanzados a manos de bellos adolescentes.

Pero el hombre ya no la sigue en su deambular por el jardín. Se ha quedado atrás, bajo un flamboyán, dándole la espalda, comiendo moras.

Ya no es un anciano. No está encorvado. Cuando se vuelve, sus arrugas han desaparecido. Su barba cana y rizada es ahora un uniforme manto de color azabache.

La mujer cesa de reír. Sus carcajadas se convierten  en una luminosa sonrisa. Deja de caminar y le mira con hermosos ojos color miel en cuya profundidad se adivina un paraíso esmeralda.

Ahora están uno junto al otro, pese a que ninguno de los dos ha hecho el menor movimiento (cosas de los sueños) y la mano de la mujer suelta la raqueta (que queda suspendida en el aire) para posarse levemente sobre la mejilla del hombre, que ríe con la alegría despreocupada de un niño, cada vez más ruidoso, cada vez más joven.

Al despertar, me pregunto si ella reiría para mí. En todo caso, tras inspeccionar concienzudamente mi rostro en el espejo, decido que ha llegado el momento de recortarme la barba.



Viajes perfectos

6 10 2009

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Soñó que por fin conseguía tomar ese vuelo al Caribe. La travesía transcurría con tranquilidad. El tiempo era sereno. Las turbulencias, mínimas. El interior del avión era más amplio, más confortable de lo habitual. Todo era perfecto. Faltarían unos minutos para llegar a su destino cuando se percató de la desaparición de los auxiliares de vuelo, quienes hasta ese momento se habían comportado de manera refinadamente amable. Poco después, escuchó, con pavor, la voz del comandante que surgía de los altoparlantes diciendo:

-Señores pasajeros, esto es una grabación…



Indignación

6 10 2009

Hay un señor bajito que se indigna. Se indigna por las pintas de los jóvenes de hoy, por sus modos inciviles, por su lenguaje degradado, por sus impúdicas demostraciones de afecto en público. Se indigna por las ancianas, que cotorrean incesantemente en los mercados o guardan silencio mirándole con húmedos ojos de cachorrillo cuando no encuentran asiento en la guagua y él sí. Se indigna por esa acera que el ayuntamiento nunca arregla y por las obras públicas que jamás-cesan-de-terminar-de-acabar.

Y le indignan sus vecinos. Le indignan porque cierran sus puertas o porque las mantienen abiertas; porque escuchan a Javier Solís o a Alfredo Kraus; porque canturrean coplas mientras friegan los platos o se empeñan en alimentar y cuidar canarios, gatos, perros, loros o cualquier otro bicho inmundo que no sirva más que para comer, ciscarse, armar escándalo o transmitir enfermedades (las peceras no suelen indignarle, pero sí le indigna la desagradecida indiferencia de los peces). También le indignan sus vecinos ancianos, que esperan como vírgenes edulcoradas la semanal y ruidosa peregrinación de hijos y nietos, pero no le resultan tan indignantes como los vecinos jóvenes y su persistente hábito de hacer el amor. A propósito, y dicho sea de paso, le indigna el desmesurado crecimiento de la población, las abortistas, las píldoras anticonceptivas, los diafragmas, los preservativos, el coito oral y el onanismo.

Pero las cosas que más le indignan no provienen de la vecindad, sino del exterior.

Le indignan la televisión, los fumadores, la clase política, los sindicatos, los conciertos al aire libre, la patronal, los conductores, los desheredados, los ciclistas, la clase media, los patinadores, el clero, los funcionarios, los inmigrantes y los de aquí.

Sus ataques de indignación son cotidianos, explosivos, expansivos. Cada mañana despierta con su diaria semillita de  sorda indignación contra algo o alguien, y la indignación va creciendo en su interior durante el día. Por la tarde, nada más llegar del trabajo, corre a su ordenador y escribe. Escribe largas cartas de queja, con profusión de mayúsculas, negritas y subrayados. Redacta manifiestos, confecciona archivos de Power Point e incluso graba vídeos reivindicativos, en los que denuncia con nombre y apellidos (cuando los sabe) a los causantes de su indignación. No tiene pruebas, pero no duda en acusarles, porque él-sabe-que-le-asiste-la-razón. Luego los envía masivamente (mantiene contactos con muchas otras personas, tan indignadas como él, que contribuirán a su difusión), los cuelga en las redes sociales y en alguno de sus numerosos blogs (que firma, eso sí, con pseudónimo).

Estos trabajos le dejan exhausto pero despiertan en él tal entusiasmo que, cuando llega la noche, con la satisfacción del deber cumplido, se dispone a llamar a su mujer para contarle sus últimos progresos en el liberador ejercicio de la indignación.

Pero no llega a hacerlo, porque, cuando está a punto de pronunciar su nombre, recuerda que ella ya no está. Lo que no consigue recordar, por más que lo intente, es cuándo se fue, en qué preciso instante decidió desaparecer. No consigue averiguar si su marcha ocurrió poco antes, o bien poco después, del momento en que él adquirió la costumbre de indignarse.



Imperfecciones 5

1 10 2009

lobo

Ahora vivimos los tres juntos y se supone que deberíamos ser felices. Pero, qué quieres que te diga, no me siento a gusto. Para empezar, estos dos son unos cerdos. Tienen la casa hecha un sindiós. Se ciscan en cualquier lado, desordenan mis libros y mis sellos. El otro día, vomitaron sobre mi ejemplar de las Sátiras de Juvenal. A la hora de comer, como soy el más tonto (eso es lo que insisten en afirmar), siempre voy el último en el reparto y tengo que conformarme con unas migajas. Mira cómo me he quedado. En los puros huesos.  Estoy de los nervios, además.Ya no puedo dedicar las veladas a leer o a ordenar mi colección de sellos, porque se pasan la sobremesa cantando y bailando como si toda la semana fuera un eterno sábado, como si existiera algún motivo en este mundo para ser feliz. Y, por la noche, la estancia se llena con sus ronquidos y otros ruidos (y olores) aun más desagradables, que son como la peor de las plagas. Como la casa había sido pensada para un solo habitante, el sofoco, el hedor, la incomodidad, en suma, son constantes, insoportables. Me paso la noche saliendo de la casa, entrando en el bosque, vagando por aquí y por allá, sumido en mis recuerdos y en mis pensamientos. Sé que se dice que soy el más tonto de los tres (probablemente lo sea), pero algo hay en esta cabeza. A veces me pregunto, por ejemplo, quién ha fabricado todas esas estrellas. O (esto puede que te sorprenda), pienso en ti. Sí, amigo mío, pienso en ti y me pregunto en por qué estamos hechos así: tú para perseguirnos, nosotros para huir. Fantaseo con la posible existencia de otro mundo, un mundo paralelo en el que tú seas tú y nosotros seamos nosotros, pero en el que tú no intentes hacernos daño y nosotros no temamos tu presencia. Sin embargo, sé que es una tontería. Después de todo, soy el más tonto de los tres. En este mundo, las cosas son como son. Y supongo que no hay más mundos que este. Cuando regreso a la casa, en los pocos instantes en que consigo conciliar el sueño antes de que me despierte un gruñido o una ventosidad, sueño con mi casa, mi verdadera casa, aquella humilde choza donde fui tan feliz. En fin, como ves, no eres el único que ha salido perdiendo. Están acabando conmigo. No aguanto más. Me están sacando de quicio y sé que pronto enloqueceré e intentaré cortar por lo sano. Estoy a punto de hacer una barbaridad. Pero, al fin y al cabo, son mis hermanos. Hay algo ahí, en mi interior, que me dice que en el último instante sería incapaz de consumar el crimen. Así que he pensado en esta solución. Mañana por la noche, aprovechando mi insomnio, me ausentaré, como tantas otras veces, internándome en el corazón del bosque. Te dejaré una llave bajo el felpudo. Podrás entrar y devorarlos con tranquilidad: sin testigos, sin prisas, sin más inconveniente que la posible saciedad. Volveré por la mañana y daré parte a la autoridad, que ya había sido informada de los antiguos sobresaltos que nos causaste. Nadie sospechará nada. Sé que esta forma de hacer las cosas no es, posiblemente, la mejor, pero piénsalo bien. Presenta ciertas ventajas: tú conseguirás casi todo lo que quieres. Yo, aunque no vuelva ya jamás a tener mi choza, no tardaré en acostumbrarme a habitar sin compañía esa hermosa casa de piedra que fue pensada sólo para uno.



Imperfecciones 4

27 09 2009

fuego

El caballero entra victorioso en la capital del reino, a lomos de su noble corcel, con la doncella a la grupa y la cabeza del dragón arrastrada por la mula de su escudero.

El rey concede al caballero la mano de la doncella. Los esponsales se celebran rápidamente, con pompa, fasto y boato dignos de tal ocasión.

En la noche de bodas, tras retirarse a sus aposentos, la doncella y el caballero ocupan el tálamo y consuman, como es costumbre y santo deber, el matrimonio. Después, agotado, el caballero se sume en el más profundo y dulce de los sueños.

De madrugada, sin embargo, unos sollozos quiebran su descanso. La recién desposada está en un rincón de la alcoba, mirando el hacha en la que arde un fuego que le recuerda al aliento de su único y verdadero amor.



Ilusionismo

15 09 2009
Houdini

Houdini

Realmente, aquel ilusionista no había tenido demasiado éxito en los últimos años. Había ido envejeciendo al mismo ritmo que sus trucos. Sus palomas, sus conejos, sus bastones que se convertían en flores ya no impresionaban a nadie. Los naipes ya no eran su plato fuerte, porque aquellas manos eran más lentas, más temblorosas. Ahora había otros magos más jóvenes, más espectaculares, que combinaban gags humorísticos con rápidos números en los que atravesaban paredes o escapaban de trampas mortales.

Ya no le llamaban para amenizar cumpleaños infantiles ni para colorear fiestas en residencias de ancianos. Vio caer contrato tras contrato. El último local que aún solicitaba regularmente sus servicios cerró poco antes del invierno. Fue hacia el final de la primavera cuando decidió intentar el asalto al banco. Él no era un criminal. Nunca pensó que la pistola se dispararía en el forcejeo con el vigilante.

Durante meses confió en que los tribunales escucharan sus súplicas. Pero la justicia es ciega. Y en los países con pena de muerte suele ser, además, sorda.

Tras el rechazo de la última apelación, el ilusionista pidió al párroco de la prisión que le hiciera el favor de traerle sus libros. Pasó sus últimas semanas en su celda, dedicado al concienzudo estudio de sus viejos volúmenes de magia.

Finalmente, llegó el día en que le situaron en la cámara sellada. El ilusionista no se resistió. No pronunció unas últimas palabras implorando piedad. No lloró ni clamó al cielo. Se dejó tumbar en la camilla. Las sustancias letales comenzaron a penetrar en su organismo, sus ojos se cerraron y quedó definitivamente inerte mostrando una extraña sonrisa de placidez.

Nadie le había acompañado en vida y nadie lo haría ahora. Había donado su cuerpo a la ciencia. Una vez se hubieron marchado autoridades y testigos, los guardias entregaron el cadáver al Hospital Universitario, donde, esa noche, dos celadores contemplaron, asombrados, cómo el ilusionista se levantaba y, atravesando la pared, salía de la cámara para no regresar jamás.



Compañía

15 09 2009
Remedios Varo: La despedida

Remedios Varo: La despedida

Él estaba solo. Ella también. Decidieron que la mutua compañía ahuyentaría sus soledades.

Ahora viven juntos. Pero no se hacen compañía. Continúan siendo un hombre y una mujer irremediablemente solitarios.

En ocasiones, no es fácil dejar de ser lo que se es.



Hazme el favorcito

13 09 2009

Ceremonias, como sabes, es el blog personal de un escritor. Ese escritor es plenamente consciente de que los textos que publica en este sitio son susceptibles de ser citados o reproducidos por otros bloggers (o bloguers, o blogueros, o como hayamos convenido en denominarlos). Pero una regla no escrita, mas saludable, de estas cosas de las blogosfera es que lo educado es citar la fuente del texto e incluir un link, lo cual, amén otras ventajas, facilita el conocimiento de nuevos blogs a los usuarios de tu sitio.

Así que si, en algún momento, te apetece o te es útil utilizar alguna de las entradas de Ceremonias para tu blog (Ojo: para tu blog; en papel, ni se te ocurra) eres libre de hacerlo. Pero, por favor, compórtate de forma educada: cita la procedencia e incluye un link a este sitio.

Gracias por anticipado.



Amores perfectos

9 09 2009

Era la pareja perfecta: una mujer de espuma que abrazaba y se dejaba abrazar, temblando de placer al ritmo de mis caricias. Mis manos se deslizaban por sus hombros y su espalda. Luego dibujaban costados y caderas para ascender hasta unos senos  niños, antes de volver a bajar hacia el vientre. Pensé que el contacto sería eterno. Pero aquella mujer de ensueño se derritió como el azúcar cuando volví a abrir el agua caliente. Ese es el inconveniente de las relaciones perfectas: permanecen confinadas entre los límites de lo efímero.



Ni bajo el agua

2 09 2009

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Hoy hace exactamente tres años que colgué mi primera entrada en Ceremonias. Fue Contestación, que posteriormente apareció, como tantas otras de estas ceremonias, en Algunos textículos.

Tres años de blog: 159 cuentos, 34 recuentos, medio centenar largo de noticias y algunos desórdenes; 1.919 comentarios y unas 63.200 visitas (comencé a contarlas a finales del año pasado), no solo desde todo el Archipiélago y el resto del país, sino desde lugares tan lejanos como Bélgica, Alemania, Suiza, Marruecos, Honduras, Panamá, Estados Unidos, México o Argentina.

Tres años de blog y, mientras tanto, seis libros, unos cuantos talleres para adultos, decenas de talleres infantiles, varios espectáculos teatrales, un programa de televisión, trabajo diario, duro y absorbente, enseñándome, día a día, que tengo que seguir aprendiendo y debo aprender a hacerlo mejor. Siempre.

Tres años de blog y un montón de nombres que no intentaré escribir aquí porque son tantos que se me olvidaría alguno: tantos blogueros amigos echando una mano para difundir los cuentículos de este pobre grafómano; tantos amigos nuevos que llegaron para quedarse; y tantos otros que ya estaban ahí pero que no han fallado jamás. Incluso alguno que estuvo todo el tiempo que pudo, pero no consiguió quedarse hasta hoy, porque la muerte es caprichosa, aunque sabe lo que se hace y suele llevarse a los mejores.

Ceremonias cumple tres años. Ya come solo y pide el pis. Si eso ha sido posible es, sobre todo, gracias a ti, que lo visitas de vez en cuando y cuidas de que goce de buena salud.

Confieso que alguna vez, durante este tiempo, pensé en cerrar el quiosco y callarme. Pero hubo dos poderosos motivos que me lo impidieron. El primero, la presencia constante de esos amigos que menciono más arriba, tu misma presencia, entrando a ver qué cuento hay esta semana, cuál es la última obsesión del amigo Ravelo o de qué libro se ha enamorado ahora. El segundo, menos agradable y, no obstante, igual de poderoso: el hecho de que los enemigos (que haberlos, haylos siempre) no se llevarían precisamente un disgusto si de repente esta mosca cojonera decidiera guardar silencio. Alguna vez intentaron embaucarme regalándome un cursillo de buceo. Pero se equivocaban: no me voy a callar ni bajo el agua.

Hay Ceremonias (espero) para rato. Aquí espero tus visitas y tus comentarios.

Yo, como desde hace tres años, te ofreceré lo único que tengo: pequeñas píldoras para leer rápido y pensar despacio.

Y, para conmemorar el aniversario, te regalo esta, que lleva por título:

Cuentículo ciento sesenta

Me pediste silencio. Ahí lo tienes, todo tuyo; guárdalo bien. Yo, si no te importa, continuaré hablando.



Filtraciones

24 08 2009

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Tras escuchar la noticia, apagó el televisor. En unos segundos comenzaría a sonar su móvil. Los de la oposición ya estarían aprovechando para criticar al Gobierno por la filtración, indignados ante la ausencia de cautela del Ministerio.

Desde niña le había producido una indescriptible inquietud la idea de tener un ángel de la guarda. Pensar en que hubiese día y noche un ser junto a ella, acompañándola en todo momento, siendo testigo de todas sus acciones y aun de sus pensamientos le producía, antes que bienestar, escalofríos, porque, aunque creía firmemente en la posibilidad de su existencia, no estaba tan segura de que su ángel de la guarda estuviera allí para protegerla. La cicatriz de su barbilla (columpio a los cinco años), la de su rodilla (bicicleta a los doce) y la de su corazón (Efraín Rodríguez, de 2º de BUP a los quince años) la habían inclinado siempre a pensar que su cometido era otro muy distinto.

Por eso, cuando entró a trabajar directamente a las órdenes del Ministro, se hizo el firme propósito de pensar lo menos posible en la información que manejaba, por si la teoría que había ido formulando a lo largo de los años era cierta. Ahora estaba segura. Ahí estaba la prueba. Nadie más que ella y el Ministro sabían lo del informe Sarabia. El Ministro era el menos interesado en filtrarlo. Y ella no lo había hecho. Así que, definitivamente, era cierto: los ángeles de la guarda existen. Pero su propósito no es guardarnos (en ese caso, el de los Kennedy, por ejemplo, era un absoluto incompetente), sino manejar información privilegiada y hacer uso de ella para sus propios fines.

Imaginó a su ángel de la guarda reuniéndose en secreto con el del candidato opositor y los de los rivales de Sarabia para traficar con su información privilegiada. Ni siquiera habrían tenido que buscar un parking solitario o un discreto cuarto de hotel. La reunión se habría celebrado en el éter, sin interrupciones ni testigos. Ventajas de ser los J. Edgar Hoover de la Creación, la KGB del Universo, los paparazzi de Dios.



In Paradisum

24 08 2009

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Sabio con espíritu mesiánico inventa mecanismo que permite a los elevadores ascender a los cielos. Realiza una prueba con primates. Dos mandriles pasan a engrosar, ese mismo día, las filas de los querubines, serafines y demás coristas celestiales. Noticia del invento del enésimo botón se hace pública. Fabricantes de ascensores incorporan de serie el botón del enésimo piso (o botón celeste). En poco tiempo, los cielos se pueblan de paralelepípedos de diversos colores y dimensiones, que atraviesan verticalmente el éter transportando a miles de ciudadanos de fe inquebrantable. Problemas de superpoblación en el Paraíso provocan la queja formal de las autoridades vaticanas en el nombre de Dios. Preocupadas por la posibilidad de despertar la Ira Divina, las autoridades de los países afectados (aquellos cuya población puede permitirse el elevado coste del enésimo botón) prohíben terminantemente el uso del artefacto. Aun así, plataformas ciudadanas exigen su derecho a ascender al Reino de los Cielos, sin escatimar en medios para la consecución de sus fines, incluidos el uso de la violencia o de la música de Fauré. El conflicto civil está servido. Se impone la Ley Marcial en todas las grandes capitales. Fauré es declarado indeseable. La primera noche, algunos contestatarios insisten en emprender el vuelo. Aquí y allá, sobre las grandes capitales, se observa a diversos elevadores alzándose más allá de las azoteas en actitud de franco desafío. Cuando están a punto de alcanzar las nubes, son derribados por misiles tierra-aire disparados por dispositivos antiaéreos. El ascenso a los cielos por esta vía, más tradicional, no resulta un espectáculo agradable y disuade a los últimos díscolos. Los botones celestes son desinstalados. Las fábricas de ascensores entran en crisis. El crecimiento demográfico del paraíso vuelve a sus niveles habituales. El sabio con espíritu mesiánico es defenestrado. Se permite volver a interpretar a Fauré en las grandes capitales, salvo su In Paradisum. Un niño filipino se despierta, aterrado, al sentir, flotando sobre su cama, la presencia de un mandril alado que aporrea una lira, insistiendo en un grito gutural que pretende ser el arrullo de su ángel de la guarda.



Espíritus

21 08 2009

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Últimamente sus sueños son literarios. Se sueña paseando con James Joyce y Ezra Pound por Trieste, charlando con Borges sobre las Kenningar, compartiendo vinos y cigarros con Cortázar y Carol Dunlop en un apartamento en el que suena un disco de Lester Young, acompañando a Katherine Mansfield a una reunión con T. S. Elliot, Keynes y Virginia Woolf (que mira a la neozelandesa con una superioridad que no consigue ocultar su envidia). A veces, Rulfo le cuenta el argumento de esa novela que jamás escribió, mientras atraviesan la noche del D. F. en un taxi desvencijado o frecuenta cafés en las espectrales y bellas calles de Praga con Franz Kafka y Max Brod. Suele despertarse completamente desconcertada. No sabe quiénes son esas personas o por qué conoce sus nombres y sus idiomas. Ni siquiera entiende cómo puede saber hasta el más mínimo detalle de sus biografías y de esos lugares en los que jamás ha estado. Ella es analfabeta. Jamás viajó. Esos nombres, esos libros que mencionan, esas ciudades, deben de ser imágenes de espíritus enviadas por los dioses para torturarla por alguna de sus malas acciones. Pero a esas horas no hay tiempo para plantearse ese tipo preguntas. Hay que levantarse e ir encendiendo el fuego, para que se cueza el mijo mientras ella alimenta a los animales.



Pausa

19 08 2009

tampax

Cuando ella se fue, su vida social menguó en poco tiempo. Probablemente su carácter desabrido contribuyó a ese marasmo. No lee demasiado y su principal distracción es la televisión, que enciende en cuanto llega a casa para hacerse creer a sí mismo que no está tan solo. Por eso el contenido de sus sueños es eminentemente televisivo: chicas de un anuncio de tampones bailando melodías insoportables con sonrisas de dentista psicópata y el mismo contoneo que les produciría una crisis de escozor vaginal, pilotos de automovilismo con menos cuello que un muñeco de nieve y el mismo encanto que un listín telefónico conduciendo un utilitario, soniquetes irritantes antes de que una joven recomiende un tubito de laxante que la hace estar tranquila, tipos cachas mostrando la tableta de chocolate mientras susurran el impronunciable nombre de un perfume, membrillos que llaman idiota a todo aquel que no se haya dejado robar su dinero por un banco de color chillón. Lo que no acaba de entender es por qué sólo sueña con anuncios. A veces, antes de dormir, se hace el firme propósito de soñar con divertidas comedias, documentales históricos o clásicos del cine negro. Pero no hay modo, no lo consigue. Su descanso, ahora que está solo, se ha convertido en una constante, proteica e implacable pausa publicitaria.



Presupuesto limitado

18 08 2009

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Sus sueños eran de bajo presupuesto. Cuando soñaba que conducía, el coche nunca era de alta gama, sino un 600 o un Renault 4L. Incluso una vez se soñó pilotando un triciclo. Sus sueños eróticos eran con rameras de todo a cien, de senos vacíos y trasero inexistente. Nunca soñó que caía al abismo; soñaba con tropiezos al bajar las escaleras. Ya se había acostumbrado a sus ensueños de serie B, la noche en que soñó con que era un famoso director de cine. Al principio creía que era, nada menos, que Stanley Kubrick. Pero, en el sueño, se miró al espejo y se murió de vergüenza. Llevaba un ridículo jersey de angora. No era Kubrick; era Ed Wood.



Superproducción

18 08 2009

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En sus sueños ganaba infaliblemente en la ruleta, las tragaperras, el sorteo de la ONCE, la lotería y demás juegos de azar. El yate de sus sueños recalaba en los principales puertos del Mediterráneo y su jet privado estaba siempre llevándole de París a New York, donde despilfarraba concienzudamente un capital inacabable que ganaba sin sudar. Los hombres le envidiaban y las mujeres le deseaban en medio de grandes banquetes a los que invitaba a todo aquel que se cruzaba en su camino. Las masas le aclamaban a su paso por las grandes alamedas y alfombras rojas se desplegaban a sus pies. Así fue durante años. Por eso enfrentaba felizmente cada día, con una dulce sonrisa en su semblante matinal.

Hasta que un mal día abrió los ojos empapado en sudores fríos. No recordaba cómo había comenzado el sueño de esa noche. Pero se había traído a la vigilia una imagen espantosa: el terrible y pálido rostro de un severo inspector de hacienda.



Sueño embarazoso

15 08 2009

embarazo

Hombre soltero y nostálgico tiene sueño erótico con antigua amante. Como se trata de un sueño, el hombre decide no usar precauciones. Exactamente tres meses más tarde, el hombre se encuentra por la calle con su antigua amante. Charlan, se cuentan las vidas, se elogian los aspectos, quitan importancia a los estragos del paso del tiempo. Se preguntan en qué andan. Él, en lo de siempre. Ella, en cambio, tiene una buena noticia, un cambio en su vida. Está embarazada. Sí, de tres meses.