El jazz en el patio trasero

15 07 2010

Esta es una entrada indignada y requiere de ciertas explicaciones previas. Por eso será algo más larga de lo habitual. Quedan avisados navegantes y personas que llevan prisa.

Puede que se refiera a algo aparentemente poco importante, pero que es un peligroso síntoma de una forma de entender la cultura que me parece no solo obsoleta, sino injusta.

Si vives en Canarias, ya lo sabes: la semana pasada comenzó el XIX Festival Internacional Canarias Jazz & Más Heineken, o, como lo denominamos por acá, el Festival de Jazz (menos exacto, pero más corto).

Para los desinformados, o los olvidadizos: es un festival que nació de forma bastante humilde y que ha ido creciendo hasta estar incluido en los circuitos internacionales. Por él (gracias a él), han pasado por las Islas figuras señeras como Stanley Jordan, Eliane Elías, Joe Zawinnull, Bill Evans, Tete Montoliú, Kurt Elling, Danilo Pérez y Herbie Hancock o los más jóvenes Brad Mehldau, Claudia Acuña y Joshua Redman, por nombrar únicamente a unos cuantos al azar y de memoria, pues diecinueve años dan para mucho. Además, y esto es importante, durante esos días las actuaciones de los foráneos se combinan con las de estupendos músicos de aquí. Sí, las Islas serán pequeñitas, pero tienen una casta de intérpretes que ya la quisieran otros: Polo Ortí, José Carlos Machado, Kike Perdomo, David Quevedo, José Carlos Cejudo o tres de los más jóvenes, que conocieron el jazz precisamente gracias a esta cita anual: Charlie Moreno (un bajista sencillamente espectacular), Yul Ballesteros (guitarrista excelente, cuyo primer disco contaba ya con la colaboración de Joe Magnarelli y Dave Santoro, además de la aparición de Dave Samuels y Josh Dion) y Ricardo Curto (un pianista que, por cierto, ayer compartía escenario con Christian Scott Quintet y dio un impecable concierto con Javier Presa y Eduardo Fernández-Villamil).

Por si precisas más información: la mayor parte de las actuaciones del Festival son al aire libre o a precios bastante razonables y se complementan con seminarios impartidos por algunos de los músicos que nos visitan, contacto del cual nuestros intérpretes jóvenes salen muy beneficiados.

Año a año, festival a festival, concierto a concierto, los canarios nos hemos aficionado al jazz, hemos afianzado nuestros conocimientos acerca de él, nos hemos cultivado en este tipo de música (y eso supone, me atrevería a decir, cultivarnos en uno de los grandes legados culturales del Siglo XX).

A todo esto hay que añadir algo que posiblemente le interese a los políticos locales: este festival nos pasea por todo el mundo, ya que nos sitúa en la agenda de los grandes intérpretes internacionales.

Personalmente, me enorgullezco de que este encuentro se celebre aquí y presumo de él cuando amigos de fuera me preguntan por la vida cultural de mi ciudad, igual que presumo del Festival de Música de Canarias, el Festival de Ópera, el Festival de Teatro y Danza o las pasadas representaciones del Don Juan Tenorio en Vegueta. A otras muchas personas les ocurre lo mismo: están contentas y orgullosas de que en Las Palmas de Gran Canaria la cultura se encuentre en constante ebullición. El propio Ayuntamiento ostenta en sus campañas de promoción el estandarte de “Ciudad de Festivales”. Sin embargo, ayer comprobé que no todos los festivales que se celebran en la ciudad parecen enorgullecer igualmente a esta institución. Lo comprobé cuando asistí al concierto en la plaza Tenor Stagno. Ahora mismo, aunque seas de Las Palmas de Gran Canaria, puede que te estés preguntando dónde queda exactamente eso. Te lo explico rápidamente: es la explanada (en estos días circundada de obras) resultante de la ampliación del Teatro Pérez Galdós, esto es, el patio de atrás.

En los últimos años, las veladas al aire libre del Festival venían celebrándose en la plaza de Santa Ana. ¿Inconvenientes? La verdad, no se me ocurre ninguno. Ni siquiera puede alegarse aquello de los desórdenes públicos y los “juerguistas meones”, ya que en estos eventos del Festival, normalmente se reúne un público abundante, pero bastante cívico y razonable.  ¿Ventajas? Un espacio abierto, estéticamente inmejorable (la Catedral al fondo, iluminada, el barrio colombino rodeando el lugar), alejamiento de los chiringuitos con respecto de la zona de audición (en el Festival se sirven bebidas no alcohólicas o de baja graduación a precios moderados), gran capacidad, pocas molestias para los vecinos (porque, sencillamente, hay pocos vecinos y los conciertos comienzan y, sobre todo, acaban a horas razonables).

No obstante, al parecer, se ha decidido que el lugar idóneo para las actuaciones es ese patio de atrás, esa explanada que me resisto a denominar “plaza”. ¿Inconvenientes? Poca capacidad, molestias para los vecinos (que aquí son bastantes), tráfico cercano, enclaustramiento, confusión entre el espacio destinado al consumo de bebidas (repito, de baja graduación) y los asientos para el público. A todo esto, hay que añadir que los conciertos en esta ubicación comienzan a las 22:00, esto es, las diez de la noche, y no a las nueve, como sucede habitualmente en otros municipios y supongo (no puedo suponer otra cosa) que esto se debe a la obligación de respetar los horarios del Teatro Pérez Galdós (que en estos días ofrece El Holandés Errante). Si estoy en lo cierto, esto supone una humillación más a los aficionados al jazz. Me encanta Wagner (que me guste el jazz no excluye la posibilidad de que también ame la denominada “música culta”) y me llena de satisfacción vivir en una isla cuya filarmónica es capaz de hacer frente a esa partitura concreta. Pero también deseaba escuchar a Christian Scott Quintet, porque anoche era miércoles y los aficionados al jazz (como los aficionados a la ópera) también trabajamos y no podemos permitirnos trasnochar.  Me queda hablar de las ventajas de la plaza de Stagno. Haré un esfuerzo y aportaré alguna: está cerca de las paradas de guagua y de taxi, de los cajeros automáticos y de una tienda de ropa.

Ahora en serio: soy hombre de izquierdas. De mucho más a la izquierda que el PSOE. Sin embargo, voté por don Jerónimo Saavedra para que fuera alcalde de esta ciudad. Lo hice porque siempre me había parecido un hombre inteligente, culto, progresista, democrático, razonable (esto es: enemigo de arbitrariedades). Pensé, en su momento, que eso le vendría bien a esta ciudad, en la que observo cada día cómo la sociedad civil responde y se implica en cada actividad cultural que se convoca con una participación digna de un ágora ateniense (sé que alguien podría intentar negarme esto, pero suelo tener confianza en lo que veo con mis propios ojos). Cuando el Festival de Jazz (relegado durante años al parque Santa Catalina) volvió a trasladarse a la plaza de Santa Ana, pensé que se trataba, sencillamente, de un acto de justicia. Sin embargo, observo con tristeza (con franca desilusión) que, ahora que han finalizado la mayor parte de las obras de nuestra plaza más emblemática, ahora que la mayor parte de sus accesos están despejados y las Casas Consistoriales lucen con todo su esplendor, el ayuntamiento decide desterrar el jazz “al patio de atrás”.  Cualquier alcalde progresista se enorgullecería (creo) de tener un espectáculo de esta envergadura ante sus Casas Consistoriales, de permitir que se celebre con todo el fasto posible un evento que no solo divierte, sino que interesa y forma a jóvenes músicos que luego pasearán el nombre de su ciudad por el mundo entero, como ahora lo hacen Moreno, Ballesteros y Curto.

No acabo de entender los motivos de este traslado del Festival Internacional Canarias Jazz & Más Heineken al patio trasero de nuestro templo de la ópera. Absurdos, se me ocurren unos cuantos. Por ejemplo, que se pretenda que Vegueta esté vetada a los eventos laicos o que la Sociedad Protectora de Animales haya denunciado al Festival porque los perros de la plaza de Santa Ana prefieren la música folklórica y no quieren que se les obligue a escuchar música contemporánea. Plausibles (que no razonables), solamente se me ocurre uno, pero me resisto a creerlo, porque me entristece y me decepciona: que esta Ciudad de Festivales entiende que no todos tienen la misma categoría.



Bibliotecas, borregos y totalitarismos

13 07 2010

Un amigo que reside en otra isla y que está implicado, con otras muchas personas, en la apertura de una biblioteca para la cual solamente falta la colaboración (no económica, sino inmobiliaria) de un ayuntamiento que, hasta ahora, no ha hecho más que remolonear en este asunto (porque, al parecer, no le parece “interesante”) me ha hecho preguntarme por qué me parecen importantes las bibliotecas. Por una vez, y sin que sirva de precedente, me he puesto a pensar y el resultado es el texto que transcribo a continuación.

La biblioteca, de Maria Helena Vieira da Silva

La biblioteca, de Maria Helena Vieira da Silva

Borges imaginó el universo con forma de biblioteca. Lo hizo en La biblioteca de Babel, uno de sus muchos cuentos inolvidables, donde se nos describe una biblioteca compuesta de “un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio”. Esta hermosa metáfora borgeana (cuya arquitectura homenajeará Umberto Eco en El nombre de la rosa) no es exacta para quienes pensamos que el universo es caos. El hexágono es una forma geométrica demasiado perfecta. Prefiero pensar en la biblioteca humana que nos propone Ray Bradbury en Fahrenheit 451. En esa novela de 1953 se nos describe un mundo futuro en el que los inconscientes ciudadanos (ajenos a que sus autoridades están a punto de iniciar una guerra nuclear) viven pendientes de enormes pantallas caseras de televisión mediante las cuales interactúan con una programación completamente superficial, carente de todo contenido (elaborando este resumen brutal, se me ocurre que ese mundo se parece alarmantemente al nuestro). En esa sociedad los libros están prohibidos (como sabe todo dictador, los libros son peligrosos, porque hacen pensar) y la ley castiga severamente a quienes los imprimen, distribuyen, leen o almacenan. Las bibliotecas clandestinas son pasto de las llamas (el título de la novela hace referencia a la temperatura a la que arde el papel) en incendios que provocan, paradójicamente, los bomberos, y sus poseedores y mantenedores son perseguidos con toda la burocrática eficiencia de los estados policiales. Tras huir de la ciudad, el protagonista (un bombero que ha sido denunciado por almacenar y leer libros), se une finalmente a un grupo de hombres y mujeres que se han exiliado para salvaguardar los libros, en espera de tiempos mejores. Su plan es sencillo y genial: cada uno de ellos ha memorizado un libro y su misión es recordarlo y traspasar este recuerdo a un miembro de la siguiente generación, para que, tras el inminente holocausto nuclear (el fin de ese régimen analfabeto), cuando puedan volver a imprimirse libros, el patrimonio inmaterial de su contenido se conserve intacto. Esto es: cada uno de los miembros del grupo es un libro; su grupo es una biblioteca; la supervivencia de una sociedad justa implica la supervivencia de estos individuos, la cual implica la supervivencia de los libros, imprescindible para la democracia.

Frente a la probablemente infinita (y, por tanto, probablemente abominable) de La biblioteca de Babel (ese cuento estupendo que siempre me produjo un verdadero terror metafísico), esta biblioteca de Bradbury me resulta más amable, más conmovedora. En primer lugar, de modo intuitivo, estético, porque en ella no interviene la geometría. Pero, sobre todo, por el hecho de que son los seres humanos quienes la sustentan, quienes la hacen posible y la perpetúan. La biblioteca de Babel podría subsistir sin los hombres; la de Bradbury no. Y es que existe un hecho bastante evidente que, sin embargo, los poderes públicos suelen olvidar: una biblioteca sin lectores no es más que un almacén de libros.

Cuando yo era niño, las bibliotecas eran (o así me lo hicieron creer) lugares casi sagrados, míticos y solitarios, donde el saber silencioso acumulaba polvo en las estanterías y donde utilizar la palabra era casi un sacrilegio. Las bibliotecas de hoy, por suerte, son bulliciosas. Me complazco en comprobar que las bibliotecas son lugares llenos de vida, donde estudiantes y usuarios de Internet se cruzan con ociosos que leen la prensa y aficionados al cine que rebuscan en las mediatecas. Cualquier persona seria se indignará porque me parezca bien este hecho (algunos de los necios más grandes que conozco son tenidos por personas muy serias), pero eso indicará que no se ha parado a pensar en que todas esos usuarios, aparentemente interesados en asuntos extra-literarios, realizan sus actividades en compañía de libros: los ven, los frecuentan, los huelen y los rozan y, tal y como afirma la sabiduría popular, “el roce hace el cariño”. En las bibliotecas continúa existiendo la función, evidentemente primordial, de servir como lugar de conservación de libros, para que podamos leerlos, consultarlos o tomarlos en préstamo. Pero, además, la oferta se ha ampliado con múltiples actividades que agrupan a ciudadanos de todas las edades y capas sociales en torno a actividades de narración oral, clubes de lectura, talleres creativos, competiciones de juegos de mesa, exposiciones, conferencias y mesas redondas. O simplemente, son puntos de reunión. Ya que la vida bulle allí, allí se producen diarios encuentros. El lector que quiera hacer la prueba puede visitar cualquier biblioteca. Será testigo, como lo soy yo cada día, de cómo los adolescentes se hacen la corte con el pretexto del estudio, de cómo se encuentran viejos amigos que no se veían hacía años, o de cómo padres y madres jóvenes acuden a ellas acompañados de sus hijos. Las bibliotecas de hoy están vivas. Más vivas que nunca. Son un eminente centro de la vida civil. Y ello es debido a que la sociedad las reclama y las usa. Son los miembros de la sociedad civil (y no los poderes públicos) los que hacen que existan las bibliotecas tal y como cualquier amante de la difusión cultural las entiende. Los poderes públicos, sin embargo, cumplen una función (quizá debería decir la función, pues es, en mi opinión, esta su condición de existencia) imprescindible: garantizar la existencia de las infraestructuras necesarias para que toda esta vida sea posible. Y, así como he comprobado con alegría cómo por toda nuestra geografía se extiende una estupenda red de bibliotecas dependientes de todo tipo de instituciones (y gestionadas, por cierto, por personas cuya labor es inestimable, con una pasión a prueba de sueldos mínimos e inestabilidades laborales), también he comprobado con tristeza, cercana a la vergüenza ajena, que existen municipios y zonas que todavía no cuentan con su propia biblioteca. Porque nadie se ha preocupado de ello, porque se está más interesado en el bienestar económico que social, o porque se entiende el sector de la gestión pública de la cultura como algo más cercano a las actividades de “Ocio y Festejos” que como lo que realmente es: algo intangible, que no hace demasiado ruido (o, al menos, no tanto como unos voladores o un macro-concierto del último canchanchán de moda en esta temporada) pero cuya presencia es indispensable si se pretende vivir en una democracia sana en la cual sus miembros estén no solamente informados sino también formados, para que cuenten con un patrimonio intangible que les proporcione los parámetros necesarios para pensar por sí mismos y contribuir así al desarrollo y perpetuación de ese mismo patrimonio con su participación activa. A nadie se le escapa (mucho menos al totalitarismo del pensamiento único) que sin todo esto los ciudadanos no serían ciudadanos, sino simples borregos manejados a sus anchas por los poderes económicos y políticos.

No imagino el universo como una biblioteca, porque, como ya dije, la imagen que tengo del universo es caos. Pero todas aquellas herramientas que concibo para intentar poner algo de orden que me ayude a transitar por ese caos están contenidas en los libros. Por eso no concibo un mundo sin libros. Y, por supuesto, lo que jamás concebiré, es una sociedad justa (una sociedad madura, una sociedad con presente y con futuro) sin bibliotecas. Cuando recuerdo a Bradbury y su novela, un resorte que está en mi educación o en mi memoria sentimental o, simplemente en mi sentido de la estética (o de la ética), me lleva ineluctablemente a pensar que cada vez que alguien, por acción o por omisión, impide o, simplemente, obstaculiza la posibilidad de existencia de una biblioteca, está dando, consciente o inconscientemente, un decidido paso hacia el totalitarismo.



Euforias

12 07 2010

No es fácil convertirse en un hombre digno. Pero aún más difícil es continuar siéndolo. Siempre se consideró una persona razonable y cabal. Civilizada. Poco a poco, gracias a años de lecturas y de intercambio de ideas con personas inteligentes e informadas, había logrado dejar atrás su educación machista y patriarcal, convirtiéndose en un individuo tolerante, amigo del diálogo y amante de la justicia y la igualdad. Humanista convencido, detestaba las banderas, los uniformes, los nacionalismos, la violencia, la xenofobia, el conservadurismo, las reacciones manejadas por el mercantilismo deshumanizado. Pero aquel domingo, dos semanas después de haber cumplido los cuarenta y tres años, se dejó llevar por medios de comunicación, amigos y familiares, incluida su mujer, aficionada al fútbol, y se sentó ante el televisor, acompañado de sus íntimos y armado con cervezas y paquetes de papas fritas, para ver el partido de la final. Jugada a jugada, falta a falta, tarjeta amarilla a tarjeta amarilla, se fue contagiando de toda aquella euforia futbolística que acompañaba a la selección nacional en esa jornada histórica. Aquel domingo no había crisis, no había diferencias políticas, no había interpretaciones de la realidad social o geopolítica. Había simplemente, un sentimiento único (él jamás lo hubiera llamado “pensamiento”) hermanando a todos en una ola exultante que llegó a su punto álgido cuando el equipo de su país (ahora, de repente, se había convertido en ciudadano de aquel país del cual, racionalmente, se sentía únicamente súbdito) marcó el gol de la victoria.  Cuando, afónicos y ebrios, su mujer y él se retiraron a casa, sentía en su interior que algo había cambiado, pero no sabía de qué se trataba exactamente. Era como si hubiera crecido físicamente, como si fuera más alto, más ancho, más pesado. Tardaron en dormirse, comentando en la cama los momentos principales del encuentro, elogiando la deportividad de los jugadores, discutiendo la oportunidad perdida de algún delantero, la ambigüedad de alguna de las sanciones arbitrales.

Se despertó a las ocho de la mañana de un lunes en el que los informativos no hablaban de otra cosa que del triunfo. Su mujer, como acostumbraba, ya se había ido al trabajo. Él disponía de algunas horas más. Sin embargo, no volvió a dormirse. Se quedó en la cama sintiéndose grande y pesado (más grande y pesado aun que la noche anterior) y, sintiendo picor en el pecho, se llevó la mano allí para rascárselo. Entonces fue cuando vio que su mano ya no era su mano, sino una zarpa. Incluso en la semipenumbra del dormitorio, velado por la persiana, vio aquel miembro descomunal e hirsuto, con grandes y negrísimas uñas. De un salto, se levantó y observó en el espejo de la alcoba su cara en la que los rasgos originales se habían deformado hasta componer aquella terrible máscara de ojos sanguinolentos y labios groseros enmarcando unos temibles dientes amarillos. Percibió, al mismo tiempo, un hedor nauseabundo que emanaba (reconoció con terror) de su propio cuerpo. Se quedó allí parado unos momentos más, observando fijamente a esa bestia abominable que era él mismo. Finalmente, comprendió, tantos años de esfuerzo no habían servido de nada; había bastado con dejarse arrastrar una sola vez para que todo se fuera al garete. Había ocurrido y se trataba, probablemente, de algo irremediable: se había convertido en un ogro. Renunció a decir algo en voz alta para comprobar si podría reconocer su propia voz. Simplemente, eructó.



Prueba superada

2 06 2010

No he dicho esta boca es mía en estos días porque aún me estaba recuperando del Sábado Negro. Pero, por si no fuiste y te lo preguntas, todo salió como estaba previsto. Los sospechosos habituales se sometieron a un breve pero intenso interrogatorio, el Enemigo Público Número 1 confesó cómo había planeado y ejecutado sus fechorías, el delincuente más reciente declaró ante el tribunal y los aspirantes a malhechores hicieron sus primeros pinitos. Hubo, incluso, música en el patio, con la Hard Boiled Jazz Band. Y el público asistente siguió con interés todos estos hechos, participando activamente en algunos de ellos.

Aporto fotografías, cortesía de Javier Hernández.

De derecha a izquierda: Correa, Ibáñez, Hernández, Ravelo, Lozano y Martín Carbajal. Falta Carlos Álvarez, que, probablemente, estuviera haciendo la foto antes de salir corriendo con la cámara.

De derecha a izquierda: Correa, Ibáñez, Hernández, Ravelo, Lozano y Martín Carbajal. Falta Carlos Álvarez, que, probablemente, estuviera haciendo la foto antes de salir corriendo con la cámara.

Francisco Lemus, en representación de la Autoridad Competente, entregando a José Luis Ibáñez su ficha policial de Enemigo Público Número 1 (Con diseño e ilustración de Alberto Hdez)

Francisco Lemus, en representación de la Autoridad Competente, entregando a José Luis Ibáñez su ficha policial de Enemigo Público Número 1 (Con diseño e ilustración de Alberto Hdez)

Fue una jornada feliz y divertida, la del sábado. Con el parque García Sanabria nimbado de sol. Con rostros sonrientes de gente honesta que jugó, en el inicio de ese fin de semana, a ser de esos que se saltan la ley. Luego bastaron unas horas para comprobar que no es así, para iniciar la semana comprobando que, en estos días, los criminales, como tantas otras veces, llevan uniforme israelí o dan órdenes a quienes lo visten.



Una semana de abril

1 05 2010

Una semana y tantas cosas que contar, porque ha venido “cargadita” de actividades. Algunas de ellas se anunciaban en su momento aquí y en otros lugares igualmente indeseables, procelosos e incómodos. Si no he podido reseñarlas es, como ya supones, porque yo mismo estaba participando activamente en ellas. Así que voy a intentar dejar memoria de algunas, para que las recuerdes, si pudiste participar, o, en caso de que no asistieras, para que rabies por habértelas perdido y la próxima vez no las dejes pasar.

Lo primero es lo primero, y el sábado pasado, en la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, se celebró el primer Sábado Negro, y los aficionados a la novela criminal llenaron de San Telmo.

Todo comenzó con un taller de escritura denominado Corazones Delatores, en el transcurso del cual alumnos del Colegio Iberia se acercaron a la obra de Edgar Allan Poe e hicieron sus pinitos, escribiendo sus propias historias de asesinos perturbados y crímenes perfectos que al final no lo son tanto.

Taller Corazones Delatores. Foto Rayco Arbelo.

Taller Corazones Delatores. Foto Rayco Arbelo.

Después fue presentado, por parte de Oswaldo Guerra, Un rastro de sirena, de José Luis Correa. Lamentablemente, no dispongo de imágenes, pero hubo una importante asistencia de público. Es lógico: Pepe ha cosechado el fervor de muchos fans con las aventuras de Ricardo Blanco, de las cuales esta novela es la cuarta entrega.

Tras el almuerzo, muchos se perdieron la siesta para encontrarse con el maestro Raúl Argemí, el tigre de Río Negro, que fue declarado Enemigo Público 2010 por las memorables ficciones que ha perpetrado a lo largo de los años. Su ficha policial, realizada por el dibujante e ilustrador Alberto Hernández, le fue entregada por Francisco Sarmiento, en nombre de los libreros de Gran Canaria.

Letras a Tiros, un concierto leído ofrecido por Carlos Álvarez y la Hard Boiled Jazz Band (liderada por el mago de las cuatro cuerdas, Javier Presa) acercó a los espectadores al género negro, haciendo un recorrido por su historia desde los pioneros de la revista Black Mask hasta Vázquez Montalbán, pasando por Thompson, Dürrenmatt, Manchette o David Goodis, al son de la música de otros magos como Ellington, Kurt Weill y Thelonious Monk.

Y esto terminó de caldear el ambiente para Sospechosos Habituales, una mesa redonda en la que participó nuestro invitado de honor, Raúl Argemí, junto con Marisol Llano Azcárate, José Luis Correa y el propio Carlos Álvarez. Nos faltó nuestro querido Antonio Lozano, que estaba en la isla hermana encontrándose con sus lectores.Y a propósito de la isla hermana, el Sábado Negro de la Feria del Libro de Santa Cruz ya tiene fecha: el próximo sábado 29 de mayo. Delinquiremos allí de manera similar, así que si te da rabia habértelo perdido porque vives allá, no te preocupes: te llevamos el Sábado Negro al parque García Sanabria.

Pero esta semana no sólo hubo Sábado Negro. El domingo se presentó Doce campanadas, el segundo libro de Nisa Arce, publicado por La Página Joven. Y el martes, en la Biblioteca Pública del Estado, se presentó un libro no venal (esto es: tendrás que buscarlo en las bibliotecas) titulado Taller de cuentos y que recoge eso mismo: una muestra de los cuentos surgidos a lo largo de la Primera Edición de Factoría de Ficciones, el taller que realizamos periódicamente en esa misma biblioteca. Viéndolo ahora, que ya es mayorcito y come solo, el libro es una excelente muestra de la narrativas que nos vienen (alguna ya ha llegado). Como soy el coordinador no puedo echarle demasiadas flores, pero te aseguro que si le echas un vistazo, te llevarás más de una sorpresa.

Como la que me llevé yo esta semana en Fuerteventura, adonde me trasladé para impartir un taller de cuentos y microrrelatos en la Biblioteca de Corralejo, dentro de su V Semana Literaria. Para empezar, encontré un equipo humano de esos que realizan su trabajo “más allá del estricto cumplimiento del deber” y eso es siempre una alegría cuando hablamos de bibliotecas. Pero, además de eso (y esto es lo mejor), me encontré una veintena de personas esforzadas e interesadísimas en la escritura (algunas de ellas condujeron cien kilómetros para poder asistir), muchas de las cuales escribieron cuentos fascinantes (y quienes asisten al Taller de Literatura Anroart y a Factoría de Ficciones saben bien que no suelo regalar los elogios).

Aparte de todo esto, ha habido muchas otras cosas esta semana: un ameno encuentro, dentro del proyecto Leyendo por Canarias, con los alumnos del CEO Pancho Guerra, de Castillo del Romeral, las representaciones que Entretíteres ha realizado de Cliqueando, una obra que intenta informar a los más peques acerca de las ventajas e inconvenientes de las TIC, y hermosos e improvisados encuentros con autores y lectores en la Feria del Libro de San Telmo. Por ello, me he perdido cosas interesantísimas, como el encuentro con una autora a la que admiro y que siempre me provoca una sonrisa: Maribel Lacave. Más oportunidades habrá, espero.

Por lo pronto, queda día y medio de Feria del Libro. Y sólo ha sido la primera en celebrarse este año en las Islas.

Así que ya lo ves: la semana ha dado para mucho. Por eso es por lo que he tenido tan abandonado este blog. Prometo intentar que no vuelva a suceder, pero, claro, ya se sabe que nunca se sabe.



Entrada hacia mañana

22 04 2010

Esto nos ocurre a diario: cada día nos encamina hacia el de mañana (podríamos ponernos minuciosos y decir que cada minuto nos encamina al siguiente), pero la cosa es menos sutil, más tangible, mucho más física. Tan física como eso que se llama “libro” y que mañana celebra su festividad anual.

Ya que todos los años escribo más o menos lo mismo (porque me dedico a la escritura y vivo del libro y se supone que los que nos dedicamos a esto tenemos que escribir algo relacionado con ello), podría remitirte simplemente a las entradas de años anteriores. Pero, después de revisar esa ciénaga que es mi agenda de trabajo en estos días y de sopesar pros, contras, potenciales imprevistos y demás posibles disposiciones murphianas, he decidido hacer un “falso directo” y escribir y colgar hoy esa entrada que debería escribir y colgar mañana.

Tú ya sabes (porque sigues este blog) que yo soy de quienes opinan que el libro es uno de esos objetos que dan gustito (como los juguetes sexuales) y que el motivo para acercarse a ellos debería ser, en principio, la pura fruición (la utilidad, la reflexión, el conocimiento, todas esas cosas que pueden escribirse con mayúsculas, vienen después). Y en estos días (mañana se inaugura, a mediodía, la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria en San Telmo), los lectores tenemos la oportunidad de hacer en público y junto a (o con) otros, eso que normalmente hacemos en solitario. Así que, ¿por qué masturbarse cuando se puede participar en una orgía?

Mañana, como los caracoles tras la lluvia, los lectores, los editores, los libreros saldremos a la luz (esa luz que esta mañana ya hacía su ensayo general en el parque de San Telmo), mostraremos las antenitas y pasaremos sobre hojas y más hojas.  Hay quien ya ha sacado a sus libros de paseo, como el amigo Asulmarino.  Algunos, incluso, mostraremos algo más que las antenas y llevaremos una camiseta con esta imagen:

po-un-canario

Estas cosas sólo ocurren una vez al año y yo, en tu lugar, no me lo perdería. Si no puede ser, tienes diez días más para hacerlo. Además, no sólo habrá gente, sino (y esto es importante), gente haciendo cosas: talleres, espectáculos teatrales, de títeres, musicales, presentaciones de libros, mesas redondas… Y, además, hay actividades para todos los gustos, tamaños y preferencias. Exactamente igual que ocurre con los libros.

Entre otras cosas, el sábado se celebra el primer Sábado Negro, con actividades desde las once y media de la mañana hasta las ocho de la tarde (figuran detalladas en la entrada inmediatamente precedente). Es la primera vez y puede que no sea la última. No te lo pierdas, para que puedas decir a tus nietos: “Yo estuve ahí”.

Además, en días posteriores hay cosas muy interesantes, como la visita de Maribel Lacave, que viene de tan lejos como Chile pero están tan cerca de nosotros como esos lugares Donde sólo media luna.

Así que, como siempre, lo de siempre, pero, como siempre, distinto: Feria del Libro, parque de San Telmo, a partir de mañana, 23 de abril. Tonto el que no vaya.



¿Lo hacemos?

15 04 2010

El amigo Daniel Martín Castellano, después de leer una entrada de este blog, titulada Ponga un canario en su biblioteca, ha tenido la siguiente idea: crear esta imagen po-un-canario, colgarla en sus sitios web y hacerse una camiseta con ella. A mí me parece una buena idea y un buen regalo, en esta víspera de la feria del libro. Así que me apunto a colgar esta imagen que ha diseñado Dani y en próximos días me haré una camiseta con ella, para pasearla por la Feria del Libro y demás eventos. Además, le pongo otra norma al juego: haré una para mí y otra para otra persona de mi entorno, a quien la regalaré con la condición de que haga otra para otra persona. La imagen, si quieres hacer lo mismo, puedes tomarla de aquí mismo.

Se me ocurre que no estaría mal que quienes nos dedicamos a esto de emborronar cuartillas y juntar letras paseáramos esta imagen por ahí. Quizá recordaríamos a alguien que la literatura canaria también existe. Así que ya sabes, la campaña no-institucional Pon un canario en tu biblioteca ya ha dado comienzo. No tenemos presupuesto ni objetivos ni temporalización ni infraestructura. Tenemos, eso sí, ganas de reírnos y grandes dosis de socarrona y canarísima mala leche. ¿Te apuntas?



Salud y República contra la amnesia y la anemia

14 04 2010

Hoy, cuando los asesinos, encarceladores y torturadores de quienes las defendieron (y, por supuesto, su memoria, así como el prestigio y las propiedades de sus hijos y nietos) están más a salvo que nunca; hoy, cuando se toman represalias judiciales sobre quien ha querido abrir una rendija a la verdad y a la justicia, utilizando leyes de transición de hace treinta años y poniendo las instituciones del Estado al servicio de la extrema derecha; hoy, cuando las televisiones proyectan tv movies para cantar loas a las familias reales y a los zánganos de la aristocracia (porque, según ellos, son las que despiertan el interés del público, esto es, de la plebe); hoy, cuando continuamos teniendo una democracia amnésica, lo cual es lo más parecido a tener una democracia anémica; hoy, cuando nos llamamos a nosotros mismos “ciudadanos” cuando, técnicamente, no somos más que “súbditos”, me hace falta, más que nunca, tener un recuerdo para algo noble, así que este 14 de abril me viene de perlas para gritar, como cada año, pero con más motivos:

¡VIVA LA REPÚBLICA!

iiirepublica

(La foto sigue siendo la que le robé el año pasado a Manuel Benítez, no el cordobés, sino el terorense. Este año tiene una todavía más bonita, pero quizá prefieras verla en su propio blog, recién inaugurado y calentito. Se llama Asulmarino, como suena)



Más para la egoteca

10 04 2010

Alexis Ravelo: Los días de mercurio (La iniquidad II), Anroart Ediciones, 185 páginas. ISBN: 978-84-92628-61-2

Alexis Ravelo: Los días de mercurio (La iniquidad II), Anroart Ediciones, 185 páginas. ISBN: 978-84-92628-61-2

Los días de mercurio lleva unas semanas en la calle y ya han aparecido algunas críticas y reseñas, además de una entrevista en .38.

Por si tienes un rato, por si te apetece, por si no tienes nada mejor que hacer o por si quieres saber qué opiniones hay sobre el libro antes de gastarte los cuartos en él, te adjunto enlaces a las entradas de blogs y páginas webs de los artículos o sus versiones digitales. Vaya desde aquí, además, mi agradecimiento a los autores, por tratarme así de bien.

Entrevista firmada por Jokin Ibáñez en .38.

Los días de mercurio según Santiago Gil (también aparecida en Pleamar, de Canarias 7, el miércoles 7 de abril de 2010).

Alexis Ravelo escribe novelas de amor, por Javier Doreste, en Canarias Social.

Los días de mercurio en Across The Universe, por Nisa Arce.



Vergüenza

8 04 2010

Para empezar te pido disculpas, porque sé que cuando pasas por este blog no buscas actualidad política ni incursiones en la polémica pública del día. Por eso, si eres de quienes buscan alguna minificción o la reseña de un libro esta entrada de hoy no está escrita para ti, porque es una de esas raras entradas personales. Pero hay ceremonias que a uno se le imponen desde un lugar que está más allá de las intenciones y la voluntad, desde ese sitio que queda cerca del bolsillo de la camisa donde llevo el tabaco, donde siento cosas como el amor y la repugnancia, el bienestar y el dolor.

Desde ayer, lo que siento en esa zona es, principalmente, vergüenza. Sí. Vergüenza. No hay nada tan vergonzante como la impunidad de los asesinos (sean quienes fueren), como la amnesia oficial impuesta por el miedo (un miedo que, comprendo, dominaba nuestra sociedad hace treinta años, pero me parece inaudito hoy), como el ataque directo a quien ha querido contribuir a que nuestro país haga algo tan sano para un Estado que se llama a sí mismo democrático como poner nombre a quienes pueblan las fosas comunes que salpican nuestra geografía (aunque de eso haga muchos años), como reconocer que tantos miles de desplazados lo fueron injustamente (aunque ya no existan ni los medios de transporte que les movilizaron en esos éxodos), como declarar injusta la prisión, la tortura, la pena de muerte de otros miles (aunque su sufrimiento lleve décadas silenciado), como determinar quiénes fueron los culpables de esas y otras atrocidades (aunque haga mucho que han muerto, calentitos y en sus camas).  No hablemos ya de las expropiaciones forzosas que luego fueron a parar a manos privadas, ni del acoso sistemático y humillante al que fueron sometidas las familias de las víctimas, sobre todo si en algún momento hicieron algún amago de intentar averiguar qué había ocurrido con sus padres, sus hermanos o sus hijos.

(Sí, se me dirá, como decía mi padre, que en los dos bandos se cometieron atrocidades; pero creo que los muertos del “otro bando” descansan en tumbas con nombre, y han sido reivindicados hasta la sociedad, hasta por el Vaticano).

Estos crímenes de los que hablamos son, por cierto, crímenes contra la humanidad. Crímenes, por tanto, que, hasta donde yo alcanzo a entender, no prescriben y pueden ser perseguidos “en todo tiempo”.

Es curioso que esto esté sucediendo en un país que presume de democrático. Que ha luchado con todas sus fuerzas contra el terrorismo. Que apoyó con firmeza la investigación de los crímenes de lesa humanidad cometidos en Chile con Pinochet y en Argentina durante la Junta Militar. Y es todavía más curioso que el castigado por intentar investigar delitos similares en nuestro propio país sea, precisamente, el magistrado que con más energía persiguió esos delitos.

Como habrás notado, no he citado ningún nombre. No he nombrado al juez imputado. Ni al juez que le persigue (si, pienso que se trata de una persecución). Ni siquiera a quienes iniciaron el acoso con la colaboración de este último. Si no lo hago, lo digo sinceramente, es, sencillamente, por miedo. Porque esos miedos que existían en este país hace treinta años vuelven a imponerse, gracias a un sindicato sospechosamente cercano a un partido conservador y a un partido claramente antidemocrático, heredero directo de quienes “presuntamente” cometieron esos crímenes, pero sobre todo gracias a un juez que colabora activamente con estos herederos de los asesinos, con quienes representan a los que secuestraron cuarenta años de la Historia de este país, amordazándolo mientras lo saqueaban.

Así pues, lo digo una vez más, siento vergüenza. Una vergüenza infinita. Porque el doble rasero vuelve, nuevamente, a imponerse en este país que demuestra su amnesia cobarde, su insanidad absoluta, su diaria instanciación del absurdo.

La próxima entrada tendrá que ver con la literatura. Prometido queda. Hoy no podía ser: la realidad resultaba demasiado repugnante.



Ponga a un canario en su biblioteca

5 03 2010

canario

Mi querido amigo /querida amiga:

Usted, que descubrió con ojo avezado el realismo mágico antes que nadie y maneja con facilidad varias generaciones narrativas, no sólo peruanas, argentinas y mexicanas, sino también cubanas, venezolanas, paraguayas, brasileñas.

Usted, persona de hábitos sibaritas, que ha mostrado a sus amigos y amigas las excelencias de escritores de lugares como Armenia, Congo Belga, Albania, Bosnia, Turquía y Eslovaquia.

Usted, lector o lectora perfectamente al día, que ya leía a los autores suecos antes de que llegara Larsson, que ya había asistido a la edificación de los pilares de la tierra antes de que se implantara su marina franquicia catalana y ya sabía de todos los secretos vaticanos antes de que el cine los expusiera al vulgo.

¿Va a dejar pasar la oportunidad de ser el primero o la primera entre los suyos en descubrir el nuevo fenómeno literario periférico? ¿Va a permitir que sea ese compañero de oficina estirado, esa vecina “moderna”, ese cuñado pedante, o esa primita resabiada quienes le descubran a estos nuevos e interesantísimos autores?

Piense que en este mundo global, en el que todo lo excéntrico parece tan céntrico y tan explorado, en el que parecen no quedar ya flores salvajes, existe aún una literatura periférica por descubrir, la cual, sin embargo, resulta intelectualmente asequible a su idioma y su cultura sin dejar de ser un producto genuinamente exótico. Me refiero (si está bien informado, lo habrá adivinado ya), a la literatura canaria.

Repare en las evidentes ventajas: alejamiento de la Metrópoli pero cercanía intelectual; africanidad pero en español; referentes americanos pero giros léxicos mucho más familiares para el lector ibérico; crisol de culturas, pero sin necesidad de viajar a Nueva York (carísimo), en caso de querer visitar el escenario de su novela preferida. Y, en cuanto a la moda sueca, recuerde que los canarios fueron los primeros españoles en plantar su semilla en el frío norte (Muchas veces, en sentido literal. Una demanda colectiva de paternidad en los años ochenta lo demuestra).

Y una vez pensado todo esto, no piense más y ponga a un canario en su biblioteca.

Después podrá hablar de la prosa recia de González Déniz, del rico universo de Antolín Dávila, de los deliciosos bocados narrativos de Dolores Campos-Herrero, de los grises ambientes de González Ascanio y las elegantes ficciones de José Manuel Brito.

Podrá hablar, también, de temas de candente actualidad: del polémico asunto de la memoria histórica, con las novelas de Miguel Ángel Sosa Machín como excusa; del pequeño drama de las anónimas víctimas de la crisis, haciendo lo propio con las de Santiago Gil.

Podrá hacer sonreír a sus amistades con los juegos naif de Juan Carlos de Sancho. O presumir de haber constatado primero que nadie la valía de relatistas y microrrelatistas, como la joven Ángeles Jurado o la todavía más joven Judith Bosch.

Si es amante de intrigas y violencias, tiene varios escritores negros entre los que elegir: algunos autóctonos, como Correa o Ravelo; otros afincados hace años en las Islas, como Lozano o Carlos Álvarez (no confundir con el cantante lírico).

Incluso dispone usted de varios ejemplares de canarios afincados en grandes ciudades, como Sabas Martín o José Carlos Cataño (una de cuyas novelas tiene como ganancia secundaria proporcionar un tema originalísimo de conversación, olvidado entre nosotros desde Leopoldo Azancot: el erotismo y el judaísmo).

Y la poesía… Ah, la poesía. Canarias, por si usted desconoce el dato, es tradicional territorio de poetas. Puede empezar por los más jóvenes: Pedro Flores, Tina Suárez, Federico J. Silva, Alicia Llarena, Verónica García, Silvia Rodríguez (no confundir con el cantautor), Cecilia Domínguez, Marcos Hormiga… Son tantos y tan interesantes que usted podrá hablar de uno cada día sin repetirse en mucho tiempo.

Imagínese en medio de esa reunión social en la que ya hace rato que corren el vino y la cerveza, captando la atención de todos al decir: “Recuerdo un poema de un poeta de Lanzarote que…”. Se convertirá enseguida en el centro de interés de sus potenciales amantes y en la envidia de sus rivales amorosos.

Pero, ya que será el primero o la primera en descubrirlos, aproveche su ventaja. Usted, que cuando apareció Mankell olisqueó enseguida a Sjöwall-Wahlöö, no pierda el tiempo y encuentre cuanto antes a los Millares y los Padorno y los de La Torre, a Arozarena y a Isaac de Vega, a Agustín Espinosa y García Cabrera, a Alonso Quesada y Domingo Rivero.

En esta tarea (puede que algo laboriosa, pero de indudable provecho) podrá ayudarse de utilísimos estudios de Jorge Rodríguez Padrón, Eugenio Padorno, Oswaldo Guerra, Antonio Becerra o Nilo Palenzuela, entre otros, sin olvidar a la decana de los estudiosos de la literatura canaria: doña María Rosa Alonso.

Piense en cómo presumirá de haber llegado antes que nadie a los protagonistas de la nueva ola canaria; en la soltura con la que transmitirá sus conocimientos acerca del mestizaje cultural, de la influencia del paisaje en la poética insular; piense en el asombro que despertará al decir a los neófitos: “Pero si los tenías ahí, ante tus narices: justo enfrente de África. Y no los conocías”.

No espere más. Ponga a un canario en su biblioteca.

Quizá al principio le cueste un poco y tenga que dirigirle la palabra a su librero o librera de confianza, porque tal vez (pequeñas desventajas de ser un pionero) hasta dentro de un tiempo no figuren en mesa de novedades. Mucho menos en supermercados, aeropuertos o en esa cadena de negocios que llevan nombre de maniobra textil (o de gesto insultante, si usted quiere) y apellido de gentilicio británico. Esos sitios, como bien sabe, van siempre en el furgón de cola de la cultura, a remolque de lo que ya otros han descubierto. No sea vulgar. Usted tiene demasiada clase para eso. Acuda a los sitios donde re-al-men-te están los libros y solicite a alguno de los autores mencionados en este aviso (que es también advertencia) o a otros canarios que su librero acaso ya conozca.

Porque sí, ya varios editores (ellos no son tontos) han puesto los ojos en diversos canarios y los han fichado. Y, por otro lado, desde hace tiempo los distribuidores (ellos tampoco son miopes) hacen llegar regularmente a cualquier rincón de España los libros de las editoriales canarias (sí, las hay: alguna tienen incluso luz eléctrica y teléfono).

Así pues, no espere más. Que cuando Babelia o El cultural lleguen, usted lleve ya un buen  rato ahí. Conviértase en un precursor, en un pionero, en un experto. No deje que se le eche encima lo irremediable y le coja despistado lo que ya se veía venir.

No dude un instante más. Ponga a un canario en su biblioteca. Hágalo hoy y enorgullézcase mañana. No sea esta vez de los últimos en enterarse.  Hágalo sin demora. Comparta, además, este mensaje entre personas de su círculo más íntimo. No se lo envíe a todas: sólo a aquellas que lo merecen. Se lo aseguro: se lo agradecerán.

Sin otro particular que comunicarle y esperando que la información proporcionada le sea de utilidad, aprovecha para enviarle un cordial saludo:

Bernardo Betancor.

(Becario Adjunto a la Cátedra de Pirobiología y Concatenaciones Diversas de la Universidad de Patafísica de San Expósito).



Año Nuevo del Vendedor de Humo (Para un Catecismo Neoliberalista)

31 12 2009

Año nuevo que estás en la puerta,

aprovechadas sean tus crisis,

maximizado sea tu tiempo.

Despliéguese tu devenir

tanto en las bolsas como en los templos.

El ERE nuestro de cada día

dánosle hoy.

Perdónanos los intereses de nuestras deudas,

así como nosotros esperamos por los pagos de las instituciones.

No nos dejes caer en la deflación

y líbranos de pagar.

Amén.



Pequeñas alegrías

9 12 2009

Pequeñas alegrías

Sí, a veces uno se las lleva, incluso en este mundo que cada vez parece más feo y más aburrido, de vez en cuando ocurren cosas que te interesan y te producen una sonrisilla placentera. Son cosas que dan gustito y que en ocasiones (cada vez menos, hay que reconocerlo) vienen en forma de libro. Como este mes han sido dos y tienen el mismo tema, me refiero a ellas en esta única entrada, en la que intentaré ser más breve que nunca, ya entenderás por qué.

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Me llegan, al mismo tiempo, dos libros dedicados al microrrelato, la minificción, el minicuento o como quieras llamarlo. De hecho, uno de esos libros contribuye a averiguar, desde un punto de vista teórico, qué rayos son, concretamente, ese tipo de piezas narrativas minúsculas que algunos genios cultivaron premeditadamente desde el siglo pasado y unos cuantos nos empeñamos en pergeñar día tras día. El título es Los mundos de la minificción. Lo publica Aduana Vieja y está editado por Osvaldo Rodríguez, con ayuda de Juan Armando Epple y Fernando Moreno. En él figuran las ponencias que pudieron escucharse el pasado año en Las Palmas de Gran Canaria, en Minificción Literaria, unas Jornadas Internacionales de Literatura y Crítica organizadas por la ULPGC con la colaboración del Cabildo Insular. Las firman algunos escritores y estudiosos de merecido prestigio, como los tres mencionados, Francisca Noguerol, Alicia Llarena, María Isabel Larrea o Freddy Vilches Meneses, entre otros. Además, contiene una antología de minicuentos de autores de Canarias, Honduras, Argentina, Chile, Francia y Estados Unidos.

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Y, para antología, la segunda alegría: Por favor, sea breve 2. Nueve años después de la publicación de Por favor, sea breve, la escritora Clara Obligado y la editorial Páginas de Espuma (liderada por Juan Casamayor) vuelven a la carga, reuniendo microrrelatos de más de un centenar de autores bajo el signo de la hormiga y vindicando a Maximino “el Mínimo”, líder de la secta de los formicarios, “quienes hallaron en la pequeñez de la hormiga el origen del universo”. Un verdadero placer lleno de juegos, con firmas consagradas conviviendo con quienes ya están empezando a dar de qué hablar o lo harán en el futuro. Entre los más conocidos: Juan José Millas, Fernando Iwasaki (de quien te hablaré dentro de poco), Ana María Shua (de quien hablo todos los días), Juan Armando Epple (a quien releo cada semana), Pía Barros y Luisa Valenzuela (que vuelven a sorprenderme en cuanto las recuerdo), Luis Mateo Díez, José María Merino, Gabriel Jiménez Emán (el más visible de los invisibles) y hasta Ramón Gómez de la Serna. Con un excelente prólogo de Francisca Noguerol y bello como objeto como por su contenido.

Como nada es perfecto, ambos libros incluyen cuentos de cierto escritorzuelo calvo que ya conoces y al que puedes saltarte, puesto que ya has leído sus textos aquí. Pero, las cosas claras y el chocolate espeso, no es por eso por lo que escribo esta entrada, sino porque, sinceramente, estos dos libros me parecen no sólo necesarios, sino también interesantes y, por qué no reconocerlo, muy divertidos. Además, qué diantres, ambos huelen que dan gloria.



Hilaridad

14 10 2009

Sueño con una mujer. Una mujer zurda. Una mujer zurda que ríe.

Golpeando el aire con una raqueta de tenis, la mujer pasea en traje de noche por un jardín inmenso y ríe.

La sigue de cerca un anciano que lleva babero en lugar de camisa y agita las manos intentando atrapar algo invisible en el aire que hay tras ella. El anciano, barbudo y calvo, se parece a Pablo Picasso, a Ernest Hemingway, a Ben Kingsley, a Milan Kundera en un mal día.

La mujer ríe y su risa es una golondrina que los sobrevuela antes de partir a países cálidos. Vuelve a reír y su risa se transforma ahora en millones de gotas de rocío que el viejo intenta atrapar infructuosamente. Ríe otra vez y su risa es un millar de moras que flotan a su alrededor unos instantes y de las cuales él consigue atrapar un puñado, antes de entregarse a la actividad de consumirlas con fruición, una por una, deleitándose como si cada una de ellas fuera la última.

La mujer continúa andando alrededor de los parterres y riendo una y otra vez. Y sus carcajadas se convierten en pétalos de rosa azul, en bombones de licor, en colibríes, ruiseñores o conejitos que comen tréboles, en azahares lanzados a manos de bellos adolescentes.

Pero el hombre ya no la sigue en su deambular por el jardín. Se ha quedado atrás, bajo un flamboyán, dándole la espalda, comiendo moras.

Ya no es un anciano. No está encorvado. Cuando se vuelve, sus arrugas han desaparecido. Su barba cana y rizada es ahora un uniforme manto de color azabache.

La mujer cesa de reír. Sus carcajadas se convierten  en una luminosa sonrisa. Deja de caminar y le mira con hermosos ojos color miel en cuya profundidad se adivina un paraíso esmeralda.

Ahora están uno junto al otro, pese a que ninguno de los dos ha hecho el menor movimiento (cosas de los sueños) y la mano de la mujer suelta la raqueta (que queda suspendida en el aire) para posarse levemente sobre la mejilla del hombre, que ríe con la alegría despreocupada de un niño, cada vez más ruidoso, cada vez más joven.

Al despertar, me pregunto si ella reiría para mí. En todo caso, tras inspeccionar concienzudamente mi rostro en el espejo, decido que ha llegado el momento de recortarme la barba.



Un fogonazo: Veinticuatro horas en la vida de una mujer

1 10 2009

Por si andamos despistados: Stefan Zweig es un escritor austríaco nacido en 1881 y fallecido en Brasil en 1941, adonde había llegado huyendo del nazismo y donde se suicidó junto a su mujer, tras la caída de Singapur, pues no deseaban vivir en un mundo dominado por el totalitarismo.

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(Nota macabra: Cuando buscaba una foto del autor para mostrarla aquí, me encontré con una terrible, en la que vemos su cadáver y el de su esposa, cuando acababan de envenenarse, en su cama de la ciudad de Petrópolis. Nunca me gustó esa foto. Prefiero pensar a ese hombre en la plenitud de su militancia pacifista.)

Fue muy prolífico y muy popular en su momento y es muy célebre, entre otras cosas, como biógrafo. Vale la pena leer sus biografías de Magallanes, María Estuardo o Fouché, el secretario de Napoleón (sí, ese que según las malas lenguas, “consolaba” a Josefina durante las largas ausencias de Napoleón). Pero sus obras más célebres (y en mi opinión, más deliciosas) son sus cuentos (si puedes encontrarlo, no te pierdas “Leporella”) y sus muchas novelas cortas, que Acantilado está editando desde hace varios años. Te sonará una de ellas, Carta a una desconocida (hay dos versiones cinematográficas, además de muchas cursis imitaciones. La primera de las adaptaciones es un clásico imprescindible del maestro Max Ophuls), pero también firmó muchas otras, como esta que te traigo hoy: Veinticuatro horas en la vida de una mujer.

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Está ambientada en la época de entreguerras en la Costa Azul. La anécdota es sencilla: En un hotel de vacaciones, la huida de una mujer casada con su amante provoca un escándalo y, posteriormente, una agria polémica  entre los huéspedes, en la cual el narrador defiende el punto de vista de la adúltera. A raíz de ese enfrentamiento, una anciana dama  que también se hospeda allí, le cuenta, tras muchos reparos, una secreta, breve e intensa pasión vivida muchos años atrás, hacia un joven jugador arruinado con quien se encontrara en Montecarlo. La mujer, entonces viuda reciente, de mediana edad y posición elevada, se verá, casi sin darse cuenta, envuelta en una aventura en la que, más que actuar, se deja arrastrar por las circunstancias por primera (y única) vez en su vida. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es una historia que habla sobre la naturaleza de la atracción y el enamoramiento, sobre la transgresión de los convencionalismos sociales, sobre la generosidad personal y sobre lo que ocurre cuando cabeza y corazón no se ponen de acuerdo.

Repito: la anécdota es sencilla. Seguro que otros contaron antes esta historia. Puede que muchos más la contaran después. Pero apuesto mi ejemplar ilustrado de La metamorfosis a que nadie la ha contado como Zweig.

Tres motivos para leer a Zweig: la elegancia de su estilo, su habilidad en el tratamiento de la psicología de los personajes y su diestro manejo de la intriga novelesca. Veinticuatro horas en la vida de una mujer es, en fin, un centenar de páginas de la más alta literatura, uno de esos libros que se convierten en algo inolvidable, un fogonazo de extremada belleza en medio de la plúmbea oscuridad.

Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Barcelona, Acantilado, 2007, 102 páginas.



Amores en la guagua: virus mutantes de larga incubación

28 09 2009

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Pues sí, parece que no sólo la gripe A arrasa, sino que el argumento de los amores en transporte público también es un virus mutante y peligroso, de, en ocasiones, larga incubación y de resistencia a prueba de libros de Raymond Queneau.

Hace un tiempo, yo pasé por lo mismo. Después le ocurrió a Emilio González Déniz y otros imprudentes que no se habían vacunado. Ahora acaba de caer un buen amigo, que explora el interior de la pluma.

¿Quién será el siguiente? ¿Acaso tú?



Hazme el favorcito

13 09 2009

Ceremonias, como sabes, es el blog personal de un escritor. Ese escritor es plenamente consciente de que los textos que publica en este sitio son susceptibles de ser citados o reproducidos por otros bloggers (o bloguers, o blogueros, o como hayamos convenido en denominarlos). Pero una regla no escrita, mas saludable, de estas cosas de las blogosfera es que lo educado es citar la fuente del texto e incluir un link, lo cual, amén otras ventajas, facilita el conocimiento de nuevos blogs a los usuarios de tu sitio.

Así que si, en algún momento, te apetece o te es útil utilizar alguna de las entradas de Ceremonias para tu blog (Ojo: para tu blog; en papel, ni se te ocurra) eres libre de hacerlo. Pero, por favor, compórtate de forma educada: cita la procedencia e incluye un link a este sitio.

Gracias por anticipado.



Ni bajo el agua

2 09 2009

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Hoy hace exactamente tres años que colgué mi primera entrada en Ceremonias. Fue Contestación, que posteriormente apareció, como tantas otras de estas ceremonias, en Algunos textículos.

Tres años de blog: 159 cuentos, 34 recuentos, medio centenar largo de noticias y algunos desórdenes; 1.919 comentarios y unas 63.200 visitas (comencé a contarlas a finales del año pasado), no solo desde todo el Archipiélago y el resto del país, sino desde lugares tan lejanos como Bélgica, Alemania, Suiza, Marruecos, Honduras, Panamá, Estados Unidos, México o Argentina.

Tres años de blog y, mientras tanto, seis libros, unos cuantos talleres para adultos, decenas de talleres infantiles, varios espectáculos teatrales, un programa de televisión, trabajo diario, duro y absorbente, enseñándome, día a día, que tengo que seguir aprendiendo y debo aprender a hacerlo mejor. Siempre.

Tres años de blog y un montón de nombres que no intentaré escribir aquí porque son tantos que se me olvidaría alguno: tantos blogueros amigos echando una mano para difundir los cuentículos de este pobre grafómano; tantos amigos nuevos que llegaron para quedarse; y tantos otros que ya estaban ahí pero que no han fallado jamás. Incluso alguno que estuvo todo el tiempo que pudo, pero no consiguió quedarse hasta hoy, porque la muerte es caprichosa, aunque sabe lo que se hace y suele llevarse a los mejores.

Ceremonias cumple tres años. Ya come solo y pide el pis. Si eso ha sido posible es, sobre todo, gracias a ti, que lo visitas de vez en cuando y cuidas de que goce de buena salud.

Confieso que alguna vez, durante este tiempo, pensé en cerrar el quiosco y callarme. Pero hubo dos poderosos motivos que me lo impidieron. El primero, la presencia constante de esos amigos que menciono más arriba, tu misma presencia, entrando a ver qué cuento hay esta semana, cuál es la última obsesión del amigo Ravelo o de qué libro se ha enamorado ahora. El segundo, menos agradable y, no obstante, igual de poderoso: el hecho de que los enemigos (que haberlos, haylos siempre) no se llevarían precisamente un disgusto si de repente esta mosca cojonera decidiera guardar silencio. Alguna vez intentaron embaucarme regalándome un cursillo de buceo. Pero se equivocaban: no me voy a callar ni bajo el agua.

Hay Ceremonias (espero) para rato. Aquí espero tus visitas y tus comentarios.

Yo, como desde hace tres años, te ofreceré lo único que tengo: pequeñas píldoras para leer rápido y pensar despacio.

Y, para conmemorar el aniversario, te regalo esta, que lleva por título:

Cuentículo ciento sesenta

Me pediste silencio. Ahí lo tienes, todo tuyo; guárdalo bien. Yo, si no te importa, continuaré hablando.



Para hallar la felicidad en el siglo XXI

5 07 2009
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Foto: http://carrero.es/increibles-fotografias-e-imagenes/2228

Deje de fumar (exceptuamos los cigarros puros, por motivos de elegancia y distinción).

No trasnoche (no hay necesidad de cerrar todos los bares de la ciudad, ni de pasear bajo la luna).

Deje de consumir estupefacientes.

Levántese temprano (las primeras horas del día son las más importantes).

Deje de sumarse a causas minoritarias.

Deje de leer libros escritos por gente que se ha muerto.

Haga voto útil.

Reenvíe masivamente todo correo electrónico en el que se pida su apoyo a la defensa del medio ambiente, la adopción de cachorritos, la erradicación del hambre en el mundo, la paz, la libertad o cualquier otra causa tan justa como abstracta.

Deje de participar en iniciativas no virtuales de apoyo a la defensa del medio ambiente, la adopción de cachorritos, la erradicación del hambre en el mundo, la paz, la libertad o cualquier otra causa tan justa como abstracta (se evitarán, especialmente, manifestaciones y otras acciones colectivas).

Deje de leer clásicos (basta con que los compre y los muestre en sus anaqueles; cualquier resumen será suficiente para dar cuenta de su contenido y podrá fingir que los ha leído, ahorrándose auroras de dedos rosáceos y mentidos robadores de Europa).

Interésese por el fútbol.

Entérese de todo lo relacionado con el fútbol.

Deje de flirtear (en todo caso, puede desear secretamente, pero no flirtee. El onanismo moderado es buena solución en caso de tentación irresistible).

Ame el fútbol (cualquier otro deporte en el que sus compatriotas compitan como nunca y pierdan como siempre es susceptible de ser amado; lo importante es pertenecer a algo que le permita sufrir impunemente).

Hágase un plan de pensiones.

Deje de decir lo que piensa y comience a pensar en lo que dice. La sinceridad y la franqueza están sobrevaloradas.

Deje de una vez los estupefacientes.

Deje de leer libros que no lee nadie.

Acuda al gimnasio.

Elija alguna persona confiable que esté dispuesta a sacrificar una sexualidad libre a cambio de una periodicidad razonable en sus encuentros sexuales.

Deje de pensar en el presente.

Lábrese un futuro.

Deje de leer libros que le hagan plantearse preguntas. Lea los libros de los que todos hablan, los publicitados en las bolsas de papel de las ferias del libro. Seguro que son más placenteros y menos incómodos que esas cosas que usted lee. Lea a Osho, a Jorge Bucay, a cualquier tratadista de Feng Shui, Tai Chi, I Ching, Reiki o asunto similar. La novela histórica también es buena opción, pero solo si trata temas de extremado interés: construcción de catedrales, amantes de Alejandro Magno, poetisas griegas que jamás existieron. Olvide a Yourcenar. Olvide a Robert Graves.

Piense en el futuro.

Cásese con esa persona confiable que esté dispuesta a sacrificar una sexualidad libre a cambio de una periodicidad razonable en sus prácticas sexuales.

Cambie pasión por cariño; intensidad por extensión; comprensión por deseo.

Crea firmemente que “democracia representativa” y “democracia” son sinónimos exactos. Confunda liberalismo con libertarismo. Sea tolerante, aun con los intolerantes (todo el mundo tiene derecho a intentar imponer sus convicciones a los demás, particularmente las éticas y religiosas. Y no se empecine en querer llegar a objetivas verdades históricas. Todo es relativo: incluso la ignominia, incluso el genocidio. Deje de preocuparse por el pasado. Piense en el futuro).

Sea razonable.

Tenga sentido común.

Piense en el futuro.

No se enamore. Amar es peligroso.

Defienda a las minorías (sobre todo si son las que detentan el poder económico; a las demás, apóyelas solamente en público y hasta cierto punto, especialmente si sus intereses entran en contradicción con los de las minorías que detentan el poder económico).

Oculte sus prejuicios tras un discurso adecuado (por ejemplo, aunque sea machista o machisto, puede permitirse dar patadas o patados al diccionario o diccionaria; lo importante es que nadie pueda acusarle de serlo).

Piense en el futuro (siempre hay un camino a la derecha).

Deje de creer en la lucha de clases (las clases no existen: como ya se le ha indicado, todo es relativo, hasta la ignominia).

Las posibles contradicciones internas en su discurso pueden fácilmente soslayarse (existen múltiples recursos, desde la falacia a la elevación de la voz), así que no se preocupe demasiado por lo que digan esos progres.

Ni se le ocurra enamorarse.

Ya se le ha advertido.

Piense en el futuro.

Evite los espejos.



Negativa

18 05 2009

He pensado tanto y me han hecho pensar tanto; he enamorado tanto y me han enamorado tantas veces con sus palabras que he decidido negarme a pensar que ese caudal de versos y humanidad se ha agotado. Me niego rotundamente. No voy a hacer el panegírico de Mario Benedetti. Eso implicaría aceptar que ha muerto y mi sentido común me inclina a no creerlo, hoy que está más vivo que nunca, cuando hasta quienes le ignoraban minuciosamente se ven obligados a constatar el innegable hecho de su grandeza desde las páginas de sus grises tabloides.

Inserto, eso sí, un hermoso y breve poema que apareció hace treinta años en Cotidianas. Confieso que he elegido al azar. Había tanto y tan bello donde escoger, que opté por que fuera la suerte la que decidiera con qué versos recordarle.

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Botella al mar

El mar un azar

VICENTE HUIDOBRO

Pongo estos seis versos en mi botella al mar

con el secreto designio de que algún día

llegue a una playa casi desierta

y un niño la encuentre y la destape

y en lugar de versos extraiga piedritas

y socorros y alertas y caracoles.

Mario Benedetti



Ejercicios de estilo

16 05 2009
Raymond Queneau

Raymond Queneau

En 1947, Raymond Queneau, surrealista, patafísico y miembro del Oulipo (grupo de investigaciones de literatura potencial), a quien el mundo debe, entre otras cosas importantes, la desternillante Zazie en el metro, publicó el inagotable Ejercicios de estilo, donde cuenta una misma anécdota, por lo demás, bastante pedestre, con 99 estilos diferentes.

La inspiración le había llegado a Queneau, según atestigua en el Prefacio a la edición de 1963, tras escuchar una interpretación del Arte de la Fuga, pensando en la obra de Bach “como construcción de una obra por medio de variaciones que proliferaran hasta el infinito en trono a un tema bastante nimio”.

En esa misma edición, Quenau añadía una lista de ejercicios de estilo posibles que él no había ejecutado y que lanzaba como propuesta al lector.

Caligrama de Carelman para la edición ilustrada de "Ejercicios de estilo"

Caligrama de Carelman para la edición ilustrada de "Ejercicios de estilo"

Hace unas semanas, en una de las sesiones de Factoría de Ficciones, tocamos el tema de este libro y leímos algunos de los ejercicios de Queneau. Luego surgió la propuesta, por parte de Andrés Sánchez Sanz, uno de los talleristas, de sortear algunos epígrafes de esa lista de ejercicios de estilo posibles entre los participantes de nuestro taller, para que cada uno elaborara un texto a partir de la premisa que le hubiera tocado en suerte. Los resultados fueron variados y divertidos. Hubo quien incluso elaboró caligramas y collages. Como homenaje a Raymond Queneau (a quien, creo, no se conoce suficiente en nuestro ámbito y nuestra época), inserto a continuación mi propio texto, escrito a partir de la premisa “Reglas de un juego”.

Para jugar al Juego de la Línea S

 

El juego se desarrollará en el autobús de la Línea S, preferentemente atestado y en horas de mediodía.

El objetivo del juego será encontrar y ocupar el último asiento libre.

Los jugadores subirán al vehículo ataviados de las más variadas formas.

Una vez alcanzado el objetivo se premiará al ganador con la posesión del mencionado asiento (por supuesto, sólo hasta el fin del trayecto. Los participantes se abstendrán, especialmente, de intentar desatornillarlo de sus anclajes con el fin de llevárselo a casa).

Obtendrá diez puntos adicionales aquel jugador de menos de treinta años que lleve sombrero de fieltro con cordón en lugar de cinta y abrigo llamativo. Sin embargo, si este jugador es cuellilargo y respondón, esos diez puntos se reducirán a ocho.

En el caso de que exista sospecha de que el jugador ha obtenido la victoria realizando maquiavélicas maniobras de distracción (por ejemplo, la de provocar una discusión con otro jugador, de mediana edad, a quien haya acusado de empujarlo) se le amonestará posteriormente con severidad la Plaza de Roma, frente a la estación de Saint Lazare, afeándole, además, cualquier fallo en su indumentaria, tal como la ausencia de un botón en su estrafalario atuendo.

 



Cronopios sueltos por la calle Torres

10 05 2009
Foto: Nayra Pérez

Foto: Nayra Pérez

Calle Torres, en Las Palmas de Gran Canaria, hace unas semanas, en el trancurso del concurso de escaparates literarios, convocado por el Cabildo. De pronto, acercarnos al escaparate de Soda Sola, porque nos habían dicho que estaba dedicado a Cortázar. Y allí, efectivamente, diversas ediciones de Rayuela, de Bestiario o de Los autonautas de la cosmopista, pero también, y sobre todo, esta rayuela colorida prolongando el escaparate hacia la calle, o la calle hacia el escaparate. No sabemos con exactitud si se debe al buen gusto de quienes regentan el negocio o si los cronopios, esas criaturas verdes y húmedas, han vuelto a hacer de las suyas. En cualquier caso, se rumorea que el alumnado del cercano colegio de Las Dominicas han agradecido mucho esta excepción lúdica. Hoy me llega esta foto, por cortesía de Nayra Pérez y aprovecho para mostrarla para solaz de cortazarianos y rayuelistas empedernidos. Uno no puede evitar pensar que a Cortázar le hubiera gustado el sencillo homenaje y que, sin duda, habría sacado unas cuantas fotografías.



Deconstrucción

2 04 2009

Escher: Relatividad (1953)

Escher: Relatividad (1953)

 

Ahí. Sé que estás ahí. Leyendo cada una de estas palabras. Motivando que hayan sido escritas. Trayéndolas a la existencia con tu sola mirada.

Lees la palabra “ahí” y la palabra “ahí” empieza a ser un lugar que no existía hasta que tú decidiste, con tus ojos, que lo fuera. Y tu ahí es un cuarto de hotel, el salón de tu casa, un estudio, un dormitorio, tu puesto de trabajo o una biblioteca, a horas de avión, a un paseo en barco o a minutos de guagua de donde yo uní tres letras para decir “ahí”.

Y ahí es sencillamente ahí, o no tan sencillamente, porque es el país que habitas, robando instantes que te permitan leer y no ser tanto tu oficio, tus obligaciones, las cosas que han de hacerse porque toca.

Pero si “ahí” es, entonces también hay un aquí. Y ese aquí soy yo rompiéndome la cara contra una página en blanco que va dejando de serlo mientras escucho a Wagner (podría haber sido Tom Waitts, Björk o Bach, pero hoy es Wagner y Parsifal), dejando entibiar el café porque quiero llegar a ti, inexplicable, absurda, desesperadamente. Por tanto, hay un ahí y hay un aquí, y ese aquí soy yo buscándote, intentando tentarte, convencerte, al menos durante unos minutos, unas líneas, unas cuatrocientas palabras, de que somos más que eso que los otros piensan que somos.

Así que vuelvo a escribir, y tú vuelves a leer: Ahí.

Y desaparecen las horas de avión, los ratitos de barco, los minutos de guagua. Tu cuarto de hotel, tu salón, tu dormitorio, tu puesto de trabajo, tu biblioteca ya no están ahí, sino aquí. Ya no estamos separados, sino juntos, y somos hermanos, amantes, compatriotas en ese país de la palabra donde ahí y aquí no existen más que como palabras, como “ahí” y “aquí”, meras excusas para unirnos en el instante, para que mi mano que escribe y tu mirada que lee se fundan en este presente eterno, instaurado por la palabra “ahora”.

Da igual que ahora sea ayer para ti y, para mí, mañana. Yo escribo “ahora” y tú lees ahora.

No hay esperas ni distancias. Quizá yo he muerto ya y quizá aún no has nacido. Pero eso no es más que una ilusión, una impostura en ese otro mundo en el que eres un oficio, unas obligaciones, unas cosas que han de hacerse porque toca. Eso es mentira y ambos lo sabemos. Ambos sabemos que ahora es ahora; que ahora, ahí, es aquí; que ahí y aquí, es ahora.

 



Mar de fondo

9 03 2009
ggb01
Gregorio González: Mar de fondo (Detalle) 
De lo que no se puede hablar, hay que callar.
Ludwig Wittgenstein: Tractatus Logico-Philosophicus, Prop. 7.

 

parece que logras verla

 pero entonces ya no está

salta de aquí

hasta allá

igual que llega

se va

hay quien la llama vida

hay quien la llama mar

 



Oficio de león

7 03 2009

reyleon

 

Soy incapaz

de amar con serenidad.

Mi pasión es feroz,

cruel,

despiadada.

Lleva la marca de la piel,

de la carne.

Lleva impresos

los signos más externos

de las zonas más secretas

de tu alma.

 

Desgarraré, si te acercas, tu corazón;

lo devoraré entre mis fauces.

 

Inevitable riesgo de mi condición predadora:

la probabilidad

de un corazón de gacela en mal estado.

Corrupto,

enfermo,

o, simplemente,

envenenado.

 

Venenos hay muchos:

relojes,

calendarios,

falsas fidelidades,

listas de boda,

nimias traiciones al atardecer,

verdades a medias,

embustes completos,

frialdades repentinas,

orgasmos fingidos,

descontentos fatuos.

 

Corazones y venenos.

Gajes del oficio de león.

 

Sé que moriré 

víctima de tu corazón de gacela,

mas me extinguiré saboreándolo.



Penúltimo deseo

2 10 2008

 

No quiero que estés aquí   

          cuando me alcance la muerte

          para cerrar estos ojos

          que habrán dejado de mirarte. 

No quiero que estés aquí

          para amortajar este cuerpo,

          inútil si no has de volver

          a sentirlo contra el tuyo. 

No quiero, cuando me alcance la muerte,

          que cruces estas manos

          que no podrán ya

          de nuevo acariciarte. 

No quiero que recibas

          los más sentidos pésames  

          de los más asentados pusilánimes,  

          los abrazos amigables  

          de mis inolvidables enemigos,  

          las sonrisas cariñosas  

          de quienes nos negaron el saludo. 

No quiero que estés aquí 

          cuando me alcance la muerte;  

          cuando su hálito convierta  

          en desaliento mi aliento  

          y un médico levante acta   

          del cese de mis funciones. 

Cuando me alcance la muerte   

         no te quiero junto a mí. 

No quiero que estés entonces.         

                                                                 Pero, hasta entonces…



Justificación de la existencia

1 10 2008

Nunca tendré hijos que dulcifiquen mi carácter y me colmen de orgullo.

Ni seré aclamado por las masas en las amplias alamedas.

Nadie contará mis hazañas en largos poemas épicos o floridas biografías.

Esta raza de mediocres conmigo se acabará.

No amasaré fortunas especulando en la Bolsa.

Ni salvaré a mi país de la invasión extranjera, del desorden interior.

Nadie pondrá flores cada año sobre mi tumba.

Mi paso por el mundo pocas huellas dejará.

Nunca ganaré millones y fama.

Ni me dedicarán su tiempo críticos, comentaristas o telediarios.

Nadie se percatará de haber compartido alguna vez el aire conmigo.

Todo lo que de hombre tengo, en podredumbre dará.

Pero nada importa,

                              porque, una mañana, al despertar, descubrí

                              que habías dormido junto a mí.



Los héroes

30 09 2008

Gorgonas solteronas

urden

sustos para los amantes.

Mezquinos diosecillos

les planean

vagos desencuentros.

Pútridas arpías

se cagan

en sus sábanas.

A veces

aparece

un Ulises, un Hermes, un Teseo

que lavan las sábanas

o ahuyentan el miedo

y hacen coincidir lugares y momentos.

Otras veces

andan ocupados

volviendo a su chalé

o testando Reeboks voladoras

o en íntimas ferias taurinas

(esas cosas que suelen hacer los héroes a jornada completa)

y los amantes deben

resignarse a los designios

de esas cifras de lo inmundo,

esas máscaras del azar o del destino,

ya sin héroes ni paladines,

abandonados a su suerte y a sí mismos,

a sus propias manos y la liberación que late en ellas

agazapada.



Muros

30 09 2008

Hacer caer los muros

o pasarte la vida arañándolos. 

Averiguar quién eres realmente

o continuar viviendo esa mentira que llamas yo

Ver tu verdadero rostro

o seguir aferrado a esa mascarada

que te devuelven los espejos

y las fotos de primera comunión. 

Vivir sin temor al sufrimiento

o sobrevivir en la cómoda

ficción de tu mazmorra. 

Derribar los muros

que te protegen y te ciegan,

dejarte llevar por el fabuloso caos que es la vida

o persistir en ese simulacro de orden que es tu prisión.



Deberes para hoy

28 09 2008

 

Recuperar los nombres de las cosas
o, más exactamente, aplicar viejos nombres a las cosas nuevas
                                     y crear nuevos nombres para las viejas cosas.
Sacar el mar del armario.
Reflexionar seriamente sobre lo que esconden tus sábanas,
                                                     lo que oculta tu camisa.
Averiguar cómo era el rostro que me devolvían ayer los espejos.
Comprobar que los enemigos siguen siendo los mismos
               (ayudarse, en esta tarea, de prensa, radio y televisión).
Tomar un melocotón de la cesta.
Oler el melocotón.
Constatar que nada huele mejor en el mundo
               (Salvo tu piel).
Telefonearte y decirte que nada huele mejor en el mundo
               que un melocotón recién tomado de la cesta
               (Salvo tu piel).
Escribir al enemigo más íntimo para agradecerle que lo sea
               (Nada hay peor que no saber contra quién se lucha).
Volver a recuperar los nombres de las cosas.
Constatar que, nuevamente, las cosas se ocultan tras los nombres, inasibles.
Reanimar el ánimo paseando por el parque.
Comprobar que mi árbol continúa estando allí.
Volver a casa y ordenar la biblioteca.
Caminar tras la idea del río.
Desordenar la biblioteca.
Releer a Heráclito, a Manrique, a Conrad, a Borges, a Yeats.
Abandonar la biblioteca en desorden con la satisfacción del deber cumplido.
Perseguir por el pasillo una baba del diablo que va a dar en la mesilla del teléfono.
                               Y citarme contigo.
Comprobar que la cama está hecha.
Comprobar que el amor no está hecho.
Deshacer la cama
                                para hacer el amor.
Reavivar tu llama.
Revivir en ti.
Reinventar nuestros ritos.
Retomar mi caída al cálido infierno de tu sexo.
Reconocerme en tus gestos.
Olvidar las palabras aplicadas a las cosas.
Empezar de nuevo.