Frugalidad
28 01 2009
Comimos, pero no demasiado.
Bebimos, pero no demasiado.
Hablamos, pero no demasiado.
Hicimos el amor, pero no lo suficiente.
Categorias : Cuentos, General
Comimos, pero no demasiado.
Bebimos, pero no demasiado.
Hablamos, pero no demasiado.
Hicimos el amor, pero no lo suficiente.
Acaso sea mejor no leer a Agustín Espinosa. Al fin y al cabo, enfrentarse a su obra supone abrir las puertas de diversas estancias que, en ocasiones, no resulta cómodo transitar. Quizá sería mejor dejar esas puertas cerradas. Ignorar la atracción que ejercen sobre nosotros. Darles de lado. Fingir que no están ahí. Pero rara vez lo hacemos.
El encuentro ocurre, normalmente, con el comienzo de Crimen, porque ese título nos parece atractivo o algún amigo nos lo ha recomendado. Sea como fuere, desembocamos un buen día en esas primeras páginas donde sangre, sexo, subversión de valores, provocación y crueldad conviven en unos párrafos de impecable factura poética que son, si ciertos estudiosos no se equivocan, la primera y decidida incursión de la narrativa hispana en el surrealismo. Y en algún momento de esos pasajes, al leer por ejemplo las palabras “menstrua alba de mi crimen”, ya hemos caído en la trampa Espinosa. Estamos atrapados irremediablemente en su telaraña, de secreta aunque exacta geometría. A partir de ahí, uno ya no puede evitar frecuentarlo, seguir su estela, sufrir sus pesadillas, inmerso en el pesimismo primordial y el vitalismo exacerbado que palpitan a un tiempo en su inclasificable producción.
En El placer del texto, Roland Barthes contrapone, a los textos de placer, los textos de goce. Mientras que los primeros “están ligados a una práctica confortable de la lectura”, en los textos de goce “se desacomoda, se hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector”. Al conocer, hace unos años, estas nociones barthesianas, pensé inmediatamente en Crimen. Después en Justine, en El azul del cielo, en Malone muere y en tantos otros libros desasosegantes. Pero, primero, en Crimen. También en Lancelot 28º-7º, que busca crear una “mitología conductora” para el paisaje de Lanzarote (porque “una tierra sin tradición fuerte, sin atmósfera poética sufre la amenaza de un difumino fatal”), o en Media hora jugando a los dados, que debió haber sido una simple charla para acompañar a una exposición de José Jorge Oramas y acabó convirtiéndose en una onírica indagación en la especificidad del creador insular.
Es casi un lugar común decir que Agustín Espinosa fue hombre de su tiempo. Quizá fue más de su tiempo que ninguno de sus contemporáneos. Se aleja del regionalismo porque está convencido de que se queda en la superficie de las cosas. Cambia la tradición decimonónica por la vindicación del XVIII, “la centuria más musculada de Canarias”. Se acerca a los extremos porque los límites, como los géneros, existen precisamente para ser violados por los poetas. En su obra conviven con naturalidad el humor y la ontología, el juego y el rigor. Continuamente se pregunta (y hace que nos preguntemos con él) en qué consiste la realidad, en qué puntos del engañoso mundo sensible están esas rendijas de lo estético que se abren a ella. Receptor privilegiado de las vanguardias, indaga mediante el lenguaje en la geografía insular para reinventarla como paisaje universal; europeísta con oído atento a la isla y mirada certera para la elección de perspectivas inéditas abiertas a una multivocidad esencial. Sí, Espinosa fue, en efecto, hombre de su tiempo. Pero su tiempo ya pasó y, sin embargo, sus obras no envejecen. Antes bien, cumplen con creces uno de los requisitos que, siempre se nos dijo, han de cumplir los clásicos para poder serlo, probablemente el único imprescindible: nunca acaban de comunicarnos del todo su sentido; sus implicaciones últimas se nos escapan siempre.
Supongo que hay muchos motivos para leer a Espinosa. Quien desee buscar algunos, puede leer el excelente estudio de Pérez Corrales Agustín Espinosa, entre el Mito y el Sueño. Anoto algunos al azar: su rabiosa actualidad, su habilidad inigualable para los juegos conceptuales y lingüísticos, su impactante plasticidad, sus enumeraciones impensables, sus adjetivos sorprendentes, la provocación que late en cada línea, el hecho de que sus textos no parezcan escritos hace más de setenta años, sino pasado mañana. No obstante, yo, que he leído a Espinosa por todas esas razones, y algunas más, a lo largo de los años, pienso que, en el fondo, hay una que justifica por sí sola el hecho de leerlo y releerlo: la simple y pura fruición de gozar de una obra de belleza poética incuestionable.
Al principio le resultó un poco extraño que no le situaran en el centro de la mesa, sino que él mismo tuviera que buscarse un sitio en un extremo, acercándose a duras penas al micrófono que habría de compartir con el representante de la sala de conferencias. Pero él siempre fue hombre humilde. Incluso cuando comenzó a alcanzar cierto éxito, continuó conservando la normalidad en las formas, la amabilidad en el gesto, la sonrisa a los desconocidos que se acercaban a decirle que le conocían bien gracias a sus libros, que se sentían reconocidos en ellos y que habían pasado tantos buenos momentos gracias e él. Y sentía un gran orgullo de esa humildad; quizá el peor de los orgullos. En cualquier caso, no le molestó esa exclusión del ecuador de la mesa, pese a ser su libro el que se presentaba. Después de todo, aquella ciudad no era la suya; podía ser que las costumbres fuesen distintas. Lo que sí le molestó un poco más fue que nadie acudiera a recibirle al aeropuerto. De hecho se había perdido buscando el hotel y se le había hecho tarde, así que había venido al acto sin tan siquiera cambiarse de ropa ni darse una ducha. Ya descansaría dentro de un rato, después de la presentación, la firma de ejemplares y la cena de rigor.
Aun así, estaba contento. La pluma y la daga, el libro en el que había estado trabajando casi a hurtadillas durante diez años, mientras escribía otros que le proporcionaban el sustento, pero con la pasión de un amante obsesionado, veía al fin la luz. Le había costado convencer al editor, pero tras cuatro éxitos consecutivos, no había podido continuar negándose. Y La pluma y la daga no era más que el principio. El forjador, la segunda novela de la serie, ya tenía unos primeros capítulos y un planteamiento general. Aquella trilogía sería su Comedia humana, su En busca del tiempo perdido, su Cuarteto de Alejandría. Algo así explicaba el presentador (un profesor de aquella ciudad, que mediante correo electrónico no había parado de declararse rendido admirador suyo y que, curiosamente, no le había dirigido la palabra en ningún momento antes del comienzo del acto). Peroró durante casi media hora sobre las virtudes de la novela. Le molestó que destripara el argumento, contando que Clara acabaría siendo estrangulada por Santos, pero habló en todo momento de la obra como si se tratara de un nuevo Tristam Shandy. Incluso llegó a comparar La pluma y la daga con Santuario, lo cual, a él, le colmó de un orgullo indescriptible. Pero entonces el presentador añadió:
-Desgraciadamente, jamás llegaremos a conocer el resto. El forjador, la novela en la que me consta que trabajaba ya con denuedo, quedará, para siempre, en un mero proyecto. Habremos de conformarnos con lo que ya tenemos de él: sus libros de poemas, sus seis novelas anteriores, sus guiones de cine y su estupenda humanidad, que llenó de poesía y compromiso la vida pública de este país que tanto necesitaba, y necesita, mentes como la suya. Y, por supuesto, esta estupenda novela de la cual hemos hablado hoy, un testamento literario inigualable. Gracias a este libro, siento que su autor está hoy entre nosotros, que su presencia puebla esta sala como pueblan nuestras memorias, sus palabras. Muchas gracias.
El público rompió en aplausos mientras el presentador meneaba la cabeza con falsa modestia. Ya no le extrañó que todos se levantaran y fueran a saludar al presentador y no a él. También le resultó natural que no le concedieran la palabra, o que todos pasaran ante él sin reparar en su presencia.
Los saludos, los comentarios, los apretones de manos y las felicitaciones demoraron veinte, treinta minutos.
La sala se quedó al fin vacía. Él se levantó, cogió su maleta y se preguntó dónde pasaría la noche. Allí no conocía a nadie.

En cada cosecha, hay una naranja que contiene la sustancia del mundo. Si alguien la corta un lunes antes de mediodía, el mundo cesará.
Algunos maestros ocultistas lo saben desde siempre, pero callan, porque dada la aleatoriedad del fenómeno, la advertencia sería inútil. Saben que algún día alguien exprimirá esa naranja en el momento preciso y el mundo expirará inevitablemente.
Otros opinan que esta creencia es completamente irracional. Y no se equivocan. Es tan arbitraria e injustificada como la creencia de que existe un orden en el Universo.
Edgar Allan Poe nació el 19 de enero de 1809. Murió cuarenta años después. Utilizó bien ese tiempo: revolucionó la literatura.
Uno se encuentra con Poe casi siempre en la adolescencia. Si tiene suerte, en la espléndida traducción de Julio Cortázar, prologada con su Vida de Edgar Allan Poe. Los de mi generación y las inmediatamente anteriores, tuvimos acaso noticia primera de él por las películas de Roger Corman, que le homenajeaba constantemente. Pero, en cualquier caso, el encuentro con las Narraciones extraordinarias es crucial en la vida de todo lector. Después uno se va enterando de la fascinación que ejerció sobre Baudelaire, Rubén Darío, Horacio Quiroga y Borges, o de que aquella canción que cantaba Radio Futura, y que utilizó para enamorar a cierta joven, estaba basada en su poema Anabell Lee. Y se dice: “ya decía yo”, y se explica por qué no puede separarse de sus libros de Poe y por qué no puede olvidar algunos (o muchos) de sus cuentos: William Wilson, Ligeia, Berenice, La caída de la casa Usher, El misterio de Marie Roget, El entierro prematuro, El corazón delator, El gato negro, El tonel de amontillado, El extraño caso del señor Valdemar... Añade tu favorito.
Casi sin darse cuenta, Poe fue haciendo cosas que, tomada cada una independientemente, le harían ya fundamental para entender toda la literatura posterior, pero que, juntas, le confirman como un referente imprescindible: refundó el cuento gótico de horror, inventó el cuento de detectives y abrió la puerta para la escisión entre éste y la literatura negra, acabó de fijar la poesía trascendentalista norteamericana, reflexionó ampliamente sobre su labor narrativa. Y, por si fuera poco, dio a luz cuentos que, formalmente, estaban mucho más allá de su tiempo, que eran el germen de lo que hoy llamamos cuento literario contemporáneo.
Imposible escribir hoy sin su ironía, sin sus atmósferas opresivas, sin sus amores que van más allá de la muerte en una vaga necrofilia, sin sus personajes atormentados, sus asesinos verosímiles, sin sus pesadillas hechas realidad, al menos sobre el papel.
El 7 de octubre de 1849, Poe moría, delirante y solo, entre desconocidos, tras una agonía de varios días, en la que todos los suyos ignoraban que se encontrase. La desgracia le sobrevivió varios años, porque uno de sus enemigos vino a convertirse en su albacea literario, cubriendo su memoria con la mancha de la infamia.
Hoy hace doscientos años que comenzó su andadura sobre la faz de la tierra. Curiosamente, yo llevaba varios días recordando, insistentemente, un cuento suyo, El hombre de la multitud. No sabía por qué. Ahora, al reparar en la fecha, lo he descubierto. Mañana buscaré un rato durante el día para releerlo. Propongo a los poéticos del mundo que hagamos todos lo mismo: leamos un cuento de Poe. Ya no es 19, sino 20. Pero cualquier día es bueno para hacerlo.
No volverá a caer. Dos matrimonios rotos y unas cuantos desastres amorosos más ya le han enseñado todo aquello que ha de saber sobre el asunto. No renunciará, por ejemplo, a hacer sonar a Brahms a todo volumen, como ahora mismo resuena su cuarta sinfonía por toda la casa. Ni a sus películas de Peckimpah o Kurosawa cuando le venga en gana. Le ha cogido el truco a la soltería. Por lo demás, nunca ha faltado gente que comparta noches con él. Ese nunca fue el problema y, al menos hasta dentro de unos diez años, no lo será. Él es feliz así. O lo era. Porque ahora ha aparecido ella con sus ojos de agua y su sonrisa paralizante y tras unos cuantos encuentros, ha sentido la tentación de intentarlo otra vez. Pero no, no volverá a caer. Sabe que el infierno habita bajo ese escote. Que el dolor se esconde en ese sexo que hace sólo unas horas le acogía con calor y humedad de trópico. No volverá a intentar adaptarse. No volverá a hacer un hueco. Ni a intentar ser mejor para una persona. No volverá a sufrir el fuego del temor a perderla. Seguirá así, siendo sólo su amante. Y cuando se agote la pasión o cambien las circunstancias, simplemente, finiquitarán en un café, tan amigos y a otra cosa y a telefonearse de cuando en cuando, en onomásticas o cumpleaños. Tal vez incluso algún otro encuentro, una cena en aquel restaurante, por-lo-que-fuimos, y pasar alguna noche más haciendo el amor con esa camaradería generosa de los amantes que se conocen bien. Así que todo claro. Todo decidido. No ha sido más que un instante de debilidad al despertarse, hoy domingo, pensando en ella y echándola en falta cuando aún la almohada conservaba el olor de su cabello. Por supuesto, esperará otra semana para el siguiente encuentro. O casi. La llamará el viernes y la invitará a cenar. Hacerlo antes supondría reconocer que hay algo más que sexo entre ellos. Que está interesado de otra manera. Y eso sí que no. Le ha costado mucho descubrirse a sí mismo. Puede que su vida no sea perfecta, pero, por lo menos, nadie puede dañarle. Lo descubrió hace tiempo. Seguirá solo y tranquilo. No volverá a caer. Eso sería una estupidez, piensa mientras baja el volumen de la música, localiza en la agenda su número de teléfono y lo marca, aclarándose la garganta para poner esa voz suave que a ella tanto le gusta.
Parece que estamos en la semana de la autopromoción en Ceremonias. Lo siento. Cuando toca, toca, y actualidad manda. Mañana sábado, a las 20:30, en el Auditorio de Teror, es el estreno mundial de El álbum de fotos del abuelo, un espectáculo de la Parranda Araguaney, con Manuel Estupiñán al frente, el mago Elu Arroyo interpretando el rol principal y conmigo tomando parte en la escritura. Quedan entradas (a diez euros), pero poquitas. Si no vas, tú te lo pierdes. En todo caso, abrígate, porque en Teror hace frío.
Aquí te dejo el enlace con Giraluna. Un programa de televisión hecho con poquito dinero y mucha imaginación. Presenta Fermín Romero y me han entrevistado incluso a mí. Advertencia: la tele engorda. Sobre todo si la ves con un enorme bol de roscas, como hago yo.
Tengo delante Cuentos del Bárbara Bar, de Eduardo González Ascanio (Las Palmas de Gran Canaria, Domibari Ediciones, 2008). Como punto de partida, un aviso para navegantes: no me atrevo a calificar formalmente este libro. En principio podría parecer un libro de cuentos. Teóricamente se trata de historias independientes que comienzan y terminan entre uno y otro epígrafe. Pero no estoy seguro de que esos epígrafes señalen el comienzo de un cuento o, por el contrario, el comienzo de un capítulo. Me ocurre exactamente igual con otros libros, tan dispares como Crimen, de Agustín Espinosa, Crónicas marcianas, de Ray Bradbury o El candor del padre Brown, de G. K. Chesterton, en los que, lo que parecerían cuentos, se hallan tan íntimamente imbricados en una trama, un ambiente o unas peripecias comunes que uno tiene la sensación de que su lectura independiente les haría perder algo (o mucho) de su belleza original.
En cuanto al tema o los temas que trata esta novela o este libro de cuentos, ya habrás adivinado por el título que vas a encontrarte con un universo de personajes de muy diversa índole que coinciden en un bar. Abundarán estafadoras y estafadores, policías corruptos, ladrones y solitarios sin nombre, que, sin embargo, irán contando sus vidas, a veces en servilletas guardadas celosamente por el propietario del bar y gracias a las cuales, conoceremos ciertas historias marginales o el reverso de algunas de las centrales en el argumento. Cada uno de esos personajes tiene una historia que contar, un momento en especial que le hizo merecedor de que alguien se fijara en ella y se tomase el trabajo de escribirla, si no se trató del mismo protagonista. Esas historias, a veces contadas a través de una simple conversación que es poco más que un cuchicheo, se cruzan, se separan, corren en paralelo a las de otros, pero con frecuencia acaban convergiendo en torno a uno o dos personajes fundamentales que iremos conociendo más de cerca sólo hacia el final del libro y que no acabaremos jamás de conocer del todo. Y esos, para el resto de los personajes, son conocidos de todos los días, pero también son una leyenda, cuyo reverso humano no iremos descubriendo hasta esas últimas páginas. Sobre esos dos personajes no te desvelaré nada, pero son verdaderos filones narrativos, a quienes sorprendemos en el último cuento (o capítulo) en un momento fundamental, tanto para sus propias vidas como para la historia reciente de este país, tan lleno de bares a cuyo calor transcurren tantas anónimas biografías.
Cuentos del Bárbara Bar atrapa sin que te des cuenta. González Ascanio lo consigue con esas artes de los buenos hacedores de historias, que, cuando ya llevamos un buen número de páginas recorridas, nos descubren sin rubor que nos han tendido una trampa desde la primera, en este caso, con una frase contundente y enigmática, digna de E. M. Cioran: “¡Cada hombre es una secta!”; una trampa que, como una corriente marina, nos llevará a través de un océano hasta un momento que, personalmente (quizá porque sucede en un taxi y uno no puede dejar de recordar Noche en la tierra) a mí me evocó lo mejor del cine de Jim Jarmusch. Ese océano que es Cuentos del Bárbara Bar, está salpicado de islas en las que hay recuerdos dolorosos y esperanzas, erotismo no convencional y sentimentalismo sin complejos ni cursilería, gargantas con arena y olor a cenicero y cerveza derramada, traiciones razonables y lealtades absurdas, hules pegajosos por el ectoplasma de la grasa y mujeres maltratadas por la vida que despiertan la impotente obsesión de hombres solitarios por quienes tal vez se dejen amar.
Mientras lo leía pensaba con frecuencia en Onetti, amigo de la deconstrucción de los tópicos, de la indagación en los sótanos de las pasiones humanas, de la frase lacerante y las situaciones sin salida. Creo que a él le habría agradado Cuentos del Bárbara Bar.

Es que amaba sus manos. Adoraba, por supuesto, muchas otras cosas suyas: el pecho hirsuto, recio y acogedor a un tiempo; la sonrisa pueril y maliciosa; su mirada, y cómo esta pasaba de la inteligencia a la franca lascivia. Pero sus manos la perdían. Sus manos de pianista, grandes y tiernas, suaves y firmes, sabias y lúdicas. Amaba sus manos y lo que hacía con ellas. La forma en que enredaban los dedos en su pelo, recorrían su cuello y su espalda, manipulaban su sexo, ávido y lúbrico en cuanto ella comenzaba a fantasear con la posibilidad de que él la tocara con aquellas manos que sabían convertirla en un animal en celo; aquellas manos que en los momentos de éxtasis llevaban sus orgasmos hasta más allá de donde ella hubiera nunca imaginado, moldeando sus senos, apretando sus nalgas, borrándole la boca a caricias. Sí. Definitivamente, amaba muchas cosas en él, mas, de todas esas cosas amadas, las más amadas eran sus manos.
Era como si su cuerpo hubiera sido hecho para ser tocado por ellas. Lo sintió desde su primer encuentro: jamás un hombre la había tocado así; jamás otro conseguiría hacerlo.
No era tonta. Ni joven. Ni inexperta. Sabía que ella no era la primera. Sabía que no sería la última. Aquellas manos, aquella boca, aquellos ojos, aquel miembro, se cansarían en cualquier instante de acariciarla, de besarla, de mirarla, de penetrarla. Más tarde o más temprano, aparecería otra más joven, más atractiva, más interesante o, simplemente, menos vista, y él (como había hecho al aparecer ella), prolongaría aún sus contactos durante unas semanas, mientras iba asegurándose de que su nueva amante resultaba también satisfactoria, antes de finiquitar eso que ella llamaba relación y él, seguramente, lío.
Y, como no era tonta ni joven ni inexperta, al llegar el momento, identificó la disminución de sus citas, el vago enfriamiento de su lenguaje amoroso, el aumento de los silencios como signos inequívocos de la temida aparición de una rival. Lo dejó correr durante unos días, pero, al fin, una tarde de lunes, reflexionó sobre el hecho de que pronto se acabaría todo.
Ciertamente, no le hubiera importado demasiado salvo por el hecho ineluctable de que sus manos no volverían a hacerla morir de delicia. Podía pasar sin verlo, sin su voz de barítono, sin sus charlas, sin sus halagos, sin sus miradas, sin sus noches de sexo y su abrazo mientras buscaban el sueño. Podía renunciar a todo. No obstante, ¿qué iba a hacer sin aquellas manos? Debía tomar una decisión. Pronto. A poder ser, aquel mismo día.
Quizá porque ya lo había previsto, quizá porque era mujer de encarar los problemas de frente, no tardó más de una taza de Earl Grey en adoptar una determinación. Lo telefoneó y le dijo que iba a ir a su casa, porque debían tratar sobre un asunto. Él (confirmación de sus sospechas) estuvo de acuerdo y añadió que precisamente en esos días había estado buscando un momento apropiado para hablar con ella. Se citaron a las seis.
Tras colgar el teléfono, ella consultó su reloj: eran las cinco. Tenía el tiempo justo de arreglarse y salir en dirección a su casa, parando por el camino en el centro comercial, para comprar aquella sierra eléctrica que, además, estaba de oferta.

Si sientes la misma vergüenza, la misma indignación, el mismo horror que yo cuando ves los informativos o lees la prensa, nos vemos allá.
Ese lunes le regalaron un lápiz. De madera pintada de amarillo. De buena marca. Con mina blanda. Número 2.
En cuanto lo vio, en cuanto lo tuvo, firme y ligero a un tiempo, en su mano, supo que sería un objeto importante en su vida, y como a tal decidió tratarlo. Lo guardó en un cajón de su escritorio a lo largo de la semana. Así nadie se lo pediría para anotar cualquier tontería y lo mantendría a salvo de pérdidas, maltratos o mordisqueos desaprensivos.
El viernes lo llevó a casa oculto en su maletín. La impaciencia le impidió conciliar el sueño. Durmió a tirones. Sufrió frecuentes pesadillas y se despertó varias veces durante la madrugada, pensando que ya había amanecido. Sin embargo, el sábado por la mañana se levantó muy temprano. Esperó a que su mujer (que también trabajaba los sábados) y su hijo (que tenía partido) se marcharan para sentarse a la mesa de su cuarto de trabajo con una resma de papel de cuatro gramos comprado el día anterior casi de forma clandestina, una goma a estrenar, un afilador y su flamante lápiz nuevo.
Lo afiló lenta, cuidadosamente, disfrutando del aroma a pino crudo y grafito que se desprendía a cada giro de cuchilla, hasta obtener una punta cónica perfecta, similar a la del dibujo de contraportada que mostraban los cuadernos de caligrafía de su infancia (aquellos cuadernos Rubio de papel rústico en los que aprendió a escribir), y que según el rótulo que había bajo él, representaba a un “lápiz correctamente afilado”.
Después, supo que había llegado el momento. Exhaló un suspiro y pensó. En aquel lápiz estaban los Panchatantra y Las mil y una noches, la Ilíada y la Eneida, el Poema de Gilgamesh y la Divina comedia, todos los cuentos de Borges y todos los de Kafka, así como también estaban todas las historias de amor, de guerra, de marinerías. Todos los romances. Todas las elegías. Las conjuras de los necios. Los informes sobre ciegos. Las casas tomadas. Los desiertos de los tártaros. Los juguetes rabiosos.
Allí, entre su índice y su pulgar, apoyándose en su dedo corazón y el cuenco de su mano, se encontraban todas las ideas, todos los versos, todos los nombres, todas las palabras, todos los silencios.
Ahora (pero, ¿qué quiere decir “ahora”?) siente el lápiz insoportablemente pesado, indudablemente incómodo en su mano que ya no puede sostener en sus pobres dedos esa densidad de coloso.
Deja el lápiz sobre la mesa, a su derecha, perfectamente paralelo al lado más largo del papel y mira hacia la ventana. El tiempo pasa volando. Pronto será mediodía. Su mujer estará a punto de volver.

Ante la barbarie desatada nuevamente sobre el pueblo palestino, me he quedado sin palabras. He tenido que tomar prestadas las de Pedro Flores (hace ya tantos años y todo ha cambiado tan poco) y su poema de hace quince años, que no ha dejado de rondarme la memoria desde Nochebuena.
El sábado 10, a las 12:00, en la Plaza de las Ranas, hay una nueva concentración, convocada, entre otros colectivos, por la Comunidad Palestina y Mujeres por la Paz. Espero que nos veamos allí.
Pepe tiene en su casa una puerta para ser otro.
Cuando su matrimonio resulta singularmente tedioso, sus hijos particularmente irritantes, su oficio de visitador médico especialmente aburrido, acude a su despacho, mueve el archivador tras el cual mantiene oculta la puerta y, sin más, la cruza.
Entonces deja de ser Pepe y se convierte en Víctor, un artista plástico de mediana edad y relativo éxito de ventas y crítica, soltero, sofisticado, mujeriego y drogadicto ocasional.
Víctor, promiscuo, misógino y hedonista pero con el conspicuo atractivo que presenta la exacta combinación entre lo creativo, lo intelectual y lo físico, es amado por diversas mujeres, estados civiles y atractivos cualitativamente distintos, así que no hay tiempo de aburrirse. Después de varios días siendo Víctor, Pepe, algo resacado y con el sexo dolorido, pero con los sentidos llenos y el ánimo renovado, vuelve a cruzar la puerta, retornando así a su soporífera cotidianeidad de hombre de familia.
Desde que descubrió la puerta y sus mágicos efectos, los aceptó con naturalidad, como un don inmerecido, una dádiva del cielo. Sabe que si no hubiera hecho esto no hubiera podido soportar todos estos años, y siente que gracias a ello conserva empleo, matrimonio y cordura. Lo único que le resulta un poco extraño en toda la situación es que, al regresar, nadie parezca haberlo echado de menos durante sus periodos de ausencia.
Eso es exactamente lo mismo que inquieta a Víctor: el hecho de que sus queridas, su marchante, su camello, su portera no le pregunten dónde ha estado cuando vuelve a cruzar la puerta tras tomarse unas vacaciones de sí mismo siendo Pepe, el visitador médico, de ingresos regulares, amado por unos hijos estupendos que son la luz de su vida, casado con la mujer que él siempre soñó y cuyo cuerpo busca, sin encontrarlo, en los de sus amantes.
Desde Barcelona, gracias a ese cronopio que es José Ramón Gómez, me llega la revista de Novelpol (alias de un peligroso grupo de proselitistas de lo policiaco, detectivesco y criminal, vinculado a otros grupos e individuos sospechosos, como José Andrés Espelt y Cruce de Cables), con los textos ganadores y finalistas del II Concurso de Relatos Justo Vasco.
Añado el enlace de descarga directa del pdf: http://www.box.net/shared/0g1prjyrjy
Aún no he terminado de leer la revista, pero existen claros indicios de que vale la pena.
Vuelvo a entrar en la lectura. Si tardo más de media hora, avisa a la policía.
Suponía que tendría que ver con su infancia, con aquel pasado de hijo de cabrero en un pueblo ignominioso, donde, como solía decir, entre don Tomás el cura, don Adelino Rebollo, el propietario, y su hijo, Rebollo (que debía de tener un nombre pero a quien en sus confidencias él siempre se refirió apelándolo por el apellido: Rebollo, así a secas, como el maestro debía de mencionarle, un niño seboso, mimado y abusón), le habían amargado la existencia. Sabía eso, pero no sabía más, aparte de que a ella siempre la sacó de quicio aquella manía suya de la piedra de marras. Qué se le iba a hacer, Andrés era así, tenía esas rarezas.
Cuando se conocieron, la piedra ya estaba allí, en su cuarto de la pensión donde la beca le permitía malvivir, como pisapapeles en el escritorio mínimo en el que se quemaba las pestañas. Jamás se separó de ella mientras aprobaba curso tras curso, o se graduaba, o iba obteniendo sus primeros trabajos. Se la llevó consigo más tarde, al piso de soltero donde, en los días en que planeaban la inauguración del primer almacén, concibieron a la niña.
La piedra fue con ellos de luna de miel, pese al estupor de Marta. El día en que se mudaron a la casa nueva, intentó aprovechar la oportunidad para convencerlo de que se deshiciera de ella, pero él, como siempre, dijo aquello de que la tenía desde niño y, aunque, como era su costumbre, no explicó exactamente por qué, ella asumió, también como acostumbraba, que debía de ser especialmente significativa para él y Marta lamentó aquel nuevo intento de hacerla desaparecer.
En vacaciones, siempre la descubría allí, en un rincón de alguna de las maletas, viajando con la familia igual que sus cepillos de dientes o sus colonias. Innecesaria, fea, repugnante: la piedra vulgar de forma redondeada y el tamaño de un puño. Ni siquiera era de cuarzo o feldespato. Tampoco era una piedra volcánica o una cornubianita. No tenía una forma especialmente singular. No era más que una piedra corriente y moliente, como una de tantas que hoy día aún era habitual encontrar en el pueblucho en que Andrés se crió y al que sólo habían vuelto para ir enterrando a sus familiares. “La tengo desde niño”, fue siempre su explicación. Por más que Marta preguntara insistentemente, él no respondió nunca más que eso. Todo lo más, en alguna ocasión llegó a añadir: “Es un recuerdo”.
A lo largo de los años, Marta llegó a estar incluso celosa de la piedra, que podía ser un regalo de un primer amor, o el símbolo del recuerdo de un primer beso, una primera caricia, un primer deseo. Lo que no imaginó cuando se conocieron, fue que la piedra continuaría acompañándoles aún en la vejez. Incluso en aquel mismo viaje que hicieron para celebrar su jubilación, con el negocio en manos de los chicos. Pero mucho menos imaginó (piensa que Andrés tampoco, pero sobre eso no se atrevería ya a asegurar nada), que en la misma estación de esquí a la que habían ido a pasar esas vacaciones (las últimas para Andrés), coincidirían con aquel anciano gordo y calvo que resultaría ser, precisamente, Rebollo. Así se lo dijo Andrés, señalando con la mirada al otro lado del comedor, donde el gordo se abalanzaba sobre un pavo indefenso, rodeado de quienes debían de ser sus hijos y nietos. Unos segundos después, se excusó con ella y se levantó. Marta supuso que iría a saludar al conocido de la infancia, quien, por muy hijo de terrateniente que fuese, se alegraría del encuentro. Pero no. Andrés desapareció del comedor por la puerta que daba a las habitaciones y no volvió hasta pasados unos diez minutos.
Marta lo vio todo desde lejos: su marido, algo encorvado ya, pero siempre aquel hombre alto y fornido cuya forma de caminar aún la enamoraba, reapareciendo en la sala repleta de comensales; haciéndole un guiño cómplice y algo burlón al pasar junto a ella; avanzando sin detenerse hasta la mitad del comedor, a unos diez metros de donde su paisano se encontraba; parándose allí con algo en la mano derecha. Le dio un vuelco el corazón en el instante en que Andrés hizo una cosa de la que ella nunca le creyó capaz: gritar a todo pulmón un nombre, llamando la atención de todos los comensales, que se callaron al momento y miraron en su dirección, igual que Rebollo, el aludido, que hizo girar su enorme cabeza sobre su seboso cuello de toro e inició una sonrisa al reconocer a Andrés. Y entonces, ocurrió algo aún más inaudito: como si ocurriese a cámara lenta, la mano de su marido se alzó, tomando impulso, y arrojó hacia la cabeza abominable aquel objeto de la infancia, aquella piedra que siempre imaginó recubierta de cariño, y que, por el contrario, estaba barnizada con el amargo engrudo de la hiel.
“Te devuelvo lo que le diste a mi padre”, añadió Andrés, resignado ya a la tangana posterior, que resultó incruenta gracias a la rápida intervención de los camareros, quienes evitaron que dos de los hijos de Rebollo lo hiciesen trizas mientras sus mujeres y una hermana socorrían al otro, que no había salido tan mal parado, pues la piedra no le había dado de lleno y no tenía más que una pequeña brecha en la sien.
Mientras hacían las maletas y escuchaban las explicaciones del director del hotel (debían comprender que dado el conflicto que se creaba, y teniendo en cuenta que el agredido etc. etc.) ella decidió que no podía hacer otra cosa que apoyarle, aunque no pareciera necesitarlo, porque, cosa curiosa, observó, por primera vez en su rostro, una sonrisa de dimensiones y profundidad inéditas. La única sonrisa realmente feliz que había mostrado en su vida. Aceptaron la expulsión del hotel sin resistirse ni protestar. La única condición de Andrés, inexcusable, fue rápidamente atendida: la devolución de la piedra. La demanda de Rebollo no llegó a juicio, ya que la apoplejía de Andrés tuvo lugar solo una semana más tarde. Cuando le sobrevino, todavía conservaba aquella felicidad silenciosa.
Ahora, cuando ya casi acaba el velatorio y van a cerrar el ataúd, la viuda pide quedarse un momento a solas con el cadáver de su marido. Ruega a sus hijos, a los familiares, a los amigos que la dejen sola con él unos minutos antes de que el capellán venga decir el responso.
Por primera vez desde el fallecimiento, deja de llorar, seca sus lágrimas, se suena, saca de su bolso un objeto redondo y vulgar, una mera piedra de camino que un día debió de tocar la frente de un hombre noble (aunque años más tarde, golpeara también la de un hombre vil), y la coloca dentro del féretro, justo al alcance de la mano derecha del difunto, aquella mano que tantas veces tuvo entre las suyas, aquella que tanto la acarició, y que solo una vez se levantó para ejercer la violencia, haciendo, justo al mismo tiempo, justicia.
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