Juego de manos
Para Dácil, que me llevó hasta este cuento.
Cuando no hablaba, nadie notaba su presencia. De pelo negro y profundos ojos azules, vestía, trabajaba y vivía con discreción. En la Oficina de Objetos Perdidos, aquel empleado nunca había llamado la atención de nadie, porque jamás se había destacado por nada, salvo por su eficacia, su diligencia y su imperturbable tristeza. Si alguien le hubiese observado, hubiera reparado en un hecho singular: la forma en que sus manos manipulaban todos y cada uno de los objetos cuya custodia le era destinada por los funcionarios que atendían al público. Maletas, cámaras fotográficas, paraguas, libros, carteras, pañuelos de seda con iniciales bordadas eran indistinta e indefectiblemente objeto de las caricias de las yemas de sus dedos. Luego los tocaba aún un poco más, con hábil disimulo, acariciándolos con una sola mano mientras la otra cumplimentaba la ficha correspondiente antes de que uno de sus subalternos los retirara de su mesa con destino al almacén general. Era como si el empleado buscase en aquellos contactos el consuelo de un amor inencauzable. Tampoco nadie sabía que, al cierre de la oficina, el empleado demoraba su salida y se ocultaba en el almacén donde tantas cosas perdidas añoraban a sus dueños. Y, mucho menos, que dejaba pasar las horas largas y lentas hasta el anochecer, vagando por el depósito, tomando de las estanterías esta o aquella cosa y utilizándola: leyendo alguno de los libros, prendiendo un cigarrillo con alguno de los encendedores, calzándose durante la lectura con unas pantuflas o unos zapatos. Y, sobre todo, acariciando. Acariciando todos y cada uno de los objetos que, ahora, a su alcance de sus manos, ya no estaban tan perdidos.
Y un día, una mujer celosa del orden, apareció en la oficina con anillo. Decía haberlo encontrado en los suburbios, justo al pie de la tapia del cementerio. No era de oro ni tenía piedras preciosas. Era una simple alianza de plata, sin decoraciones ni labrados. Estaba a unos metros de su mesa. Pero el empleado reconoció al instante aquel anillo de mujer que él había comprado hacía tantos años y había puesto en el dedo de una mano que adoraba. Cuando lo pusieron ante él, ni siquiera lo rozó. Se limitó a asentar la entrada y entregarlo al subalterno.
Ese día ni siquiera se molestó en disimular, más allá de lo estrictamente necesario para conseguir que nadie le evitara quedarse. No le importaban las amonestaciones, las reprimendas, los expedientes, las amenazas de despido. Sabía que ya nunca saldría de aquel lugar.
Así pues, penetró en la semipenumbra del almacén y, cuando llegó frente al anillo, lo tomó entre sus dedos y lo acarició con toda el ansia que llevaba galaxias de tiempo atesorando; con toda la inconmensurable ternura que había guardado para aquella mano que no podría volver a acariciar nunca. En ese instante, se hizo para él la oscuridad. Unas manos se habían puesto ante sus ojos y, en aquella penumbra, notó cómo sus labios dibujaban, por primera vez desde que ella partiera, una sonrisa. Con alivio, con placer, con asombro, la escuchó decir una y solo una frase, antes de dejarse arrastrar para siempre al abrazo más profundo.

Junio 11th, 2008 at 2:22
Resulta que, ocasionalmente, me bajo a la biblioteca y me pongo a hacer lo mismo que este tipo en su almacén. Toqueteo los libros, saco uno y leo unas líneas, cambio otro a su verdadero lugar, hasta hablo, bajito, con ellos: “¡caramba!¿pero tú estás aquí?”. Después de un buen rato, reclamado por las obligaciones, tengo que irme, y lo hago un poquito triste.
Junio 11th, 2008 at 4:32
Gracias! Me ha traído a la mente muchos recuerdos bonitos. Es triste, pero con un final felíz: la calma absoluta.
Junio 11th, 2008 at 6:15
¡Snif!…
¿Seguro que no tenía nada grabado? ¿ni un epitafio?
Junio 11th, 2008 at 6:53
jejejej y un poco racano, de plata, sin decoraciones ni labrados ni nada. No entiendo como pudo reconocerlo. Con los ojitos del corazón que se le partía justo en ese momento lo sé…ya ya es que hoy no tengo ganas de llorar. Dos besos Sr. Ravelo
Junio 13th, 2008 at 8:04
Qué bonito! Me pregunto, quién irá tras los anillos de Saturno cuando un cuatro de septiembre del año 2009 desaparezcan.