Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (2)
Bartleby, el escribiente está basado en un esquema habitual (o que se haría habitual) en el cuento fantástico: un hecho maravilloso, mágico, irrumpe en medio de un orden lógico, racional, normalizado, removiendo sus cimientos, mostrando que no es tan lógico ni racional, y, finalmente, subvirtiéndolo o, al menos, amenazando con hacerlo. Pues, en efecto, Bartleby viene a ser la chispa que producirá una explosión fraternal y piadosa en el abogado (y en el mundo del liberalismo desaforado, la piedad y la fraternidad suponen, aunque ningún liberalista lo reconocería, una especie de herejía), lo cual llevará a ese personaje a una visión crítica de ese mundo del cual él mismo forma parte y del que anteriormente no tenía queja alguna. En definitiva, Bartleby, para el abogado, es el indicio de que ese mundo del orden y los convencionalismos, de la competencia y el afán crematístico no es, no ya el único, sino, tampoco, el mejor de los mundos posibles. Bartleby es el monstruo del abogado.[1] Incluso, podría llegar a pensarse, su demonio personal, una proyección de su conciencia. O, simplemente, como en Canción de Navidad, de Dickens, un espectro que viene a mostrarle sus errores. Real o imaginado, Bartleby es un personaje indudablemente alegórico, un personaje tipo que no manifiesta sus emociones y cuya personalidad no sufre cambio alguno a lo largo de la historia. De qué sea símbolo esa alegoría que Bartleby constituye, es una cuestión más controvertida, pues, como toda alegoría, se resiste tenazmente a cualquier intento de univocidad última. Podría vérsele como un ejemplo del temperamento melancólico burtoniano. O quizá podamos identificarlo como símbolo de la enorme masa de seres humanos cuya libertad y realización caen triturados por los engranajes de la maquinaria capitalista. O, sencillamente, de lo que Durkheim denomina anomia. De hecho, al final del relato, se nos cuenta que Bartleby, antes de ingresar en el despacho, había sido un empleado de la Oficina de Cartas no Reclamadas de Washington (Dead Letter Office, en inglés), de la que fue despedido por un cambio administrativo. Tal vez ésta sea una de las lecturas que interesaban al propio Melville, si observamos el lugar privilegiado que ocupa esa referencia (nada menos que la conclusión del texto) y las reflexiones del abogado narrador sobre la misma, a saber:
Cuando pienso en ello, apenas puedo expresar las emociones que me embargan. ¡Cartas muertas! ¿No suena eso como hombres muertos? Imagínense a un hombre, proclive por naturaleza y desventura, a una mortecina desesperación; ¿puede cualquier otro trabajo parecer más apropiado para acrecentarla que el de manejar continuamente esas cartas no reclamadas, y clasificarlas para quemarlas? Pues anualmente se queman a carretadas. A veces, del papel doblado, el pálido empleado saca un anillo -el dedo al que estaba destinado quizá se está convirtiendo en polvo en la tumba; un billete enviado con la caridad más diligente -al que podría aliviar, ni come ni siente hambre ya; perdón por aquellos que murieron desesperando; esperanza para aquellos que murieron sin esperanza; buenas noticias para aquellos que murieron ahogados por calamidades no aliviadas. Con mensajes de vida, estas cartas se precipitan hacia la muerte. ¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad!
Esta circunstancia remite a otra interpretación del personaje como símbolo: la incomunicación, el aislamiento, la soledad del individuo entre la multitud[3] y, al mismo tiempo, de la resignación ante esa fatalidad. Cuando, en las Tumbas, el abogado intenta transmitirle un poco de optimismo, Bartleby replica: “I know where I am”. [“Sé dónde estoy”[4].]Frente (o junto) a éstas, cabe otra lectura, surgida del hecho de que parece ser Bartleby mismo quien elige su inactividad. En este sentido, es significativo el hecho de que su frase característica, y la que desencadena la constatación del hecho subversivo a ojos del abogado sea “I would prefer not to”. Bartleby prefiere no hacerlo. Y preferir algo implica elegir ese algo entre dos o más opciones. Así, Bartleby viene a ser un extraño símbolo del hombre que elige, lo que será el hombre sartreano condenado a la libertad, la cual, más que parabienes, trae dolor, angustia. Sin embargo, Bartleby elige la opción más desconcertante, la más extravagante e incómoda (hasta para sí mismo)[5], la menos razonable (al menos, desde el punto de vista habitual en una oficina de Wall Street).
[1] Detrás de su piedad y su conmiseración, están la inquietud, la repugnancia y el miedo. Si éstos no se encuentran explicitados, sino más bien insinuados, en el texto, es por una mera cuestión de verosimilitud: el abogado es un hombre acostumbrado a ser pagado de sí mismo. No sería verosímil que hiciese hincapié en esos sentimientos, pese a que ciertos pasajes se refieran, como de soslayo, a ellos.
[2] Ob. cit., p. 116.
[3] A propósito de esto, me viene a la mente un inquietante relato que Poe publicara en el Burton’s Gentleman’s Magazine, en diciembre de 1840 (y que, por tanto, posiblemente Melville conociera), titulado The Man of the Crowd (El hombre de la multitud), en el que el hombre en cuestión es una encarnación del mal. Sin embargo, es curioso constatar la coincidencia entre las primeras líneas de ese cuento con la estética de Melville: “Bien se ha dicho de cierto libro alemán que er läst sich nicht lesen -no se deja leer-. Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios que no permiten que se los revele.”, POE, E. A.: Cuentos, Vol. I (Prólogo y Traducción de Julio Cortázar), Alianza, Madrid, 1970, p. 246.
[4] Ob. cit., p. 113.
[5] El sentido común del lector podría indicar que es su testarudez lo que hace caer en desgracia a Bartleby; que, simplemente, obedeciendo a los sencillos requerimientos del abogado, podría haber prolongado indefinidamente su status quo. Sin embargo, algo nos dice que la desgracia no es para Bartleby, ser expulsado del edificio y acabar muriendo en la indigencia, sino que, antes bien, la desgracia le ha ocurrido ya. Cuando aparece en la oficina del abogado, Bartleby es un náufrago, la víctima o, incluso, el espectro de la víctima de una catástrofe personal.

Agosto 9th, 2007 at 20:54
KISIERA UN RESUMEN DE SU OBRA MOBY DICK
Agosto 11th, 2007 at 3:18
Querida Leslie: Sospecho que eres estudiante y deseas ahorrarte la lectura de Moby Dick. Mi artículo no pretendía ser un resumen de Bartleby, el escribiente, sino una reflexión sobre él. Te aconsejo que no lo utilices como resumen o tus profesores te cogerán haciendo trampas. En cuanto a resumirte Moby Dick, lo siento, pero me niego. Este blog intenta fomentar la lectura. Facilitarte ese resumen sería hacer exactamente lo contrario. Esta época del año es buena, como cualquier otra, para que te hagas con un ejemplar de esa novela (no le tengas miedo, es divertidísima y fascinante) y la disfrutes. Puede que se te haga un poco larga, si tienes la edad que sospecho que tienes, pero si te esfuerzas un poco, el día de mañana sabrás que el esfuerzo valió la pena.
Un abrazo.
Mayo 21st, 2008 at 5:22
Me encanto la reflexión del relato, es muy acorde a como debo desarrollarlo (desde el punto que solo se es libre cuando no se puede elegir, porque el hacerlo siginifica estar atravesado por convencionalismos, esas regularidades que al romperse ponen en crisis el programa de “normalidad”).
De nuevo, muy bueno.
A todo aquel que no haya leido esta obra, es muy recomendable hacerlo, mas todavia porque es muy corta y se lee rapido, no la desaprovechen.
Exitos!