Archive for Noviembre, 2006

Mujer que olvida

Jueves, Noviembre 23rd, 2006

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Hay una mujer que olvida. Olvida las citas, las horas, los lugares. Olvida las procedencias, los destinos, los motivos por los cuales está en esa calle.

A esa hora.

Ese día.

La mujer olvida cada vez más cosas y con mayor frecuencia.

Como goza de una sólida posición económica y puede permitírselo, decide hacerse visitar por un prestigioso especialista. Hechas las necesarias indagaciones, nada preocupante, nada fuera de lo normal. Pronto para el mal de Alzheimer y los problemas de riego. Así que el doctor receta vitaminas y recomienda ejercicios mnemotécnicos.

Pero la mujer olvida tomarse las vitaminas y realizar los ejercicios. Prosigue olvidando. Y ahora olvida los cumpleaños, las filiaciones, los nombres, los rostros, dando lugar a situaciones incómodas, como la tarde en que su marido, al volver del trabajo, tiene que correr tras ella por toda la casa y, una vez la ha alcanzado, enseñarle su foto de boda para demostrarle que no es un intruso. Así continúan las cosas, de mal en  peor y dale que va.

Una mañana, al levantarse, la mujer olvida de quién es la faz que le devuelve el espejo. Se mira una y otra vez y no logra reconocer en esa cara, envejecida y triste, el rostro de la mujer de la foto que hay en la mesita de la entrada, y que sabe suya.

Ese día, la mujer que olvida recuerda por qué olvidaba. Mientras su marido está en el trabajo, llena una maleta con algunas cosas sentimental o materialmente imprescindibles y se marcha para siempre, deseando que aún no sea demasiado tarde para recordar cada detalle del rostro que ha estado intentado olvidar durante tantos años.

Sobre la mesa del comedor, la mujer deja una nota de despedida y su teléfono móvil, cuyo número olvida antes de llegar al aeropuerto.

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (y 3)

Martes, Noviembre 21st, 2006

La elección de Bartleby, que supone negarse a lo establecido viene a ser también exponente del malestar en la cultura[1], y le convierte en un precedente de la resistencia pasiva, así como en un nuevo (y más refinado) Diógenes que, con las reacciones que provoca su desobediencia, hace caer las máscaras de la cortesía y la amabilidad formales, socavando los cimientos de ese microcosmos que es la oficina del abogado. Junto a la melancolía, Melville tampoco descuida el humor como herramienta de constatación del absurdo, lo cual le acerca en otro punto más a Kafka. Recuérdese, por ejemplo, la escena en que tanto el abogado como sus subordinados comienzan a utilizar, compulsivamente y cada cual a su manera, el verbo “preferir”, verbo preferido de Bartleby. Si pensamos con Camus que una sensibilidad del absurdo recorre el siglo XX, entonces Bartleby es un personaje del siglo XX, más que del XIX; y Melville un autor con una mirada tremendamente lúcida con respecto a las cotas de alienación y atomización (de soledad y desamparo espirituales) a las que llegaría el hombre en las sociedades industriales defensoras del libre comercio bajo el andamiaje ideológico de la democracia liberal. Pero, en su denuncia, Melville, sin embargo, no optó (como, por ejemplo, hizo la narrativa francesa del XIX) por el realismo, sino que eligió escribir un relato enigmático, ambiguo, construido desde la subjetividad de los recuerdos de un personaje mediocre que no sabe (como reconoce desde el principio) realmente nada a ciencia cierta sobre Bartleby, cuya mera existencia supone el suceso extraordinario que obliga al abogado a un itinerario a través de la incertidumbre en busca de su propia conciencia. Otra parte, en cambio, viene dada por el tema. O, más exactamente, dada la técnica antedicha, que no los explicita y deja abierto el abanico de interpretaciones, los temas que trata. En cuanto a este asunto, encontramos casi de todo: desde un problema sociopolítico, a un análisis de una toma de postura ética, llegando, incluso, a tomar tintes ontológicos. Muy posiblemente, lo que mueve a Bartleby a obrar así es la constatación de la pequeñez, de la inutilidad de eso que se llama “hombre” frente al Cosmos. En el fondo, este relato nos está hablando de aquellas tres preguntas que, como observa Kant, el hombre puede llegar a hacerse pero que quedan sin respuesta cierta: la pregunta por la libertad, la pregunta por Dios y la pregunta por la eternidad. Y preguntarse por estos asuntos es preguntar qué es el hombre, cuáles son sus límites en la vida y cuáles son sus límites frente a lo infinito. No me gustaría terminar sin apuntar una última lectura surgida de la reflexión en torno a Bartleby, y que es la siguiente: si el hombre está dominado por su conciencia y experiencia de la muerte; y si la sociedad no es más que una estructura que nos garantiza una supervivencia virtual, una “máquina de inmortalidad” como la define Fernando Savater, entonces Bartleby puede ser visto como un individuo que acepta la inutilidad de ese recurso y se niega a luchar contra lo ineluctable, “desenchufándose” de esa máquina. En este orden de cosas, su “mecanismo de desconexión” sería su negativa a continuar con lo establecido. La pregunta por cómo ha llegado a esa decisión, la responde el propio narrador al finalizar el relato, cuando nos habla de la Oficina de Cartas Muertas. Bartleby, después de haber trabajado allí, sabe que todo es inútil, que nada puede salvarle, como al abogado, como a los demás empleados, como a ese simulacro que es Wall Street entero, de la destrucción, porque ni él ni ellos son más que meras sombras que se encaminan inexorablemente al aniquilamiento, a la nada, al completo vacío al que intentan resistirse en vano[2].  Por eso ha preferido no continuar luchando. Por eso se niega a perpetuar su permanencia en ese conjunto informe que lucha contra lo inevitable. Bartleby, pues, sería un individuo a quien su lucidez sume en la des-esperanza: Un hombre que ha descubierto la más terrible de las verdades y que hace un ejercicio de honestidad intelectual, rehusa mentir y espera, paciente, ahora sí, estoicamente, porque, al contrario que los demás, él sí sabe dónde está.     


[1] Es interesante reflexionar sobre el aspecto físico de la oficina y relacionarlo con la idea faucaltiana de la vigilancia en las sociedades modernas. Bartleby trabaja en un cubículo formado por un biombo, frente a una ventana que da a una pared de ladrillo, dentro del propio despacho del abogado, quien declara tenerle, así, aislado de su vista, pero sin alejarle de su voz, al contrario de los demás escribientes, a quienes el jefe tiene ante los ojos solo con abrir la puerta acristalada. En varias ocasiones, Bartleby, al verse amenazado, se refugia en su cubículo, manteniendo una posición de privilegio con respecto a sus vigilantes, pues se sustrae a la mirada de éstos. La sociedad de la vigilancia descrita, más tarde,  por Faucault tiene, por tanto, en Bartleby, un hueso duro de roer.

[2] Este fatalismo  viene a alinear a Bartleby con los personajes de las novelas y el teatro de Samuel Beckett o con la filosofía del pesimismo que domina la obra de E. M. Cioran.

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (2)

Martes, Noviembre 21st, 2006

Bartleby, el escribiente está basado en un esquema habitual (o que se haría habitual) en el cuento fantástico: un hecho maravilloso, mágico, irrumpe en medio de un orden lógico, racional, normalizado, removiendo sus cimientos, mostrando que no es tan lógico ni racional, y, finalmente, subvirtiéndolo o, al menos, amenazando con hacerlo. Pues, en efecto, Bartleby viene a ser la chispa que producirá una explosión fraternal y piadosa en el abogado (y en el mundo del liberalismo desaforado, la piedad y la fraternidad suponen, aunque ningún liberalista lo reconocería, una especie de herejía), lo cual llevará a ese personaje a una visión crítica de ese mundo del cual él mismo forma parte y del que anteriormente no tenía queja alguna. En definitiva, Bartleby, para el abogado, es el indicio de que ese mundo del orden y los convencionalismos, de la competencia y el afán crematístico no es, no ya el único, sino, tampoco, el mejor de los mundos posibles. Bartleby es el monstruo del abogado.[1] Incluso, podría llegar a pensarse, su demonio personal, una proyección de su conciencia. O, simplemente, como en Canción de Navidad, de Dickens, un espectro que viene a mostrarle sus errores. Real o imaginado, Bartleby es un personaje indudablemente alegórico, un personaje tipo que no manifiesta sus emociones y cuya personalidad no sufre cambio alguno a lo largo de la historia. De qué sea símbolo esa alegoría que Bartleby constituye, es una cuestión más controvertida, pues, como toda alegoría, se resiste tenazmente a cualquier intento de univocidad última. Podría vérsele como un ejemplo del temperamento melancólico burtoniano. O quizá podamos identificarlo como símbolo de la enorme masa de seres humanos cuya libertad y realización caen triturados por los engranajes de la maquinaria capitalista. O, sencillamente, de lo que Durkheim denomina anomia. De hecho, al final del relato, se nos cuenta que Bartleby, antes de ingresar en el despacho, había sido un empleado de la Oficina de Cartas no Reclamadas de Washington (Dead Letter Office, en inglés), de la que fue despedido por un cambio administrativo. Tal vez ésta sea una de las lecturas que interesaban al propio Melville, si observamos el lugar privilegiado que ocupa esa referencia (nada menos que la conclusión del texto) y las reflexiones del abogado narrador sobre la misma, a saber:

Cuando pienso en ello, apenas puedo expresar las emociones que me embargan. ¡Cartas muertas! ¿No suena eso como hombres muertos? Imagínense a un hombre, proclive por naturaleza y desventura, a una mortecina desesperación; ¿puede cualquier otro trabajo parecer más apropiado para acrecentarla que el de manejar continuamente esas cartas no reclamadas, y clasificarlas para quemarlas? Pues anualmente se queman a carretadas. A veces, del papel doblado, el pálido empleado saca un anillo -el dedo al que estaba destinado quizá se está convirtiendo en polvo en la tumba; un billete enviado con la caridad más diligente -al que podría aliviar, ni come ni siente hambre ya; perdón por aquellos que murieron desesperando; esperanza para aquellos que murieron sin esperanza; buenas noticias para aquellos que murieron ahogados por calamidades no aliviadas. Con mensajes de vida, estas cartas se precipitan hacia la muerte. ¡Ah, Bartleby! ¡Ah, humanidad! 

Esta circunstancia remite a otra interpretación del personaje como símbolo: la incomunicación, el aislamiento, la soledad del individuo entre la multitud[3] y, al mismo tiempo, de la resignación ante esa fatalidad. Cuando, en las Tumbas, el abogado intenta transmitirle un poco de optimismo, Bartleby replica: “I know where I am”. [“Sé dónde estoy”[4].]Frente (o junto) a éstas, cabe otra lectura, surgida del hecho de que parece ser Bartleby mismo quien elige su inactividad. En este sentido, es significativo el hecho de que su frase característica, y la que desencadena la constatación del hecho subversivo a ojos del abogado sea “I would prefer not to”. Bartleby prefiere no hacerlo. Y preferir algo implica elegir ese algo entre dos o más opciones. Así, Bartleby viene a ser un extraño símbolo del hombre que elige, lo que será el hombre sartreano condenado a la libertad, la cual, más que parabienes, trae dolor, angustia. Sin embargo, Bartleby elige la opción más desconcertante, la más extravagante e incómoda (hasta para sí mismo)[5], la menos razonable (al menos, desde el punto de vista habitual en una oficina de Wall Street).


[1] Detrás de su piedad y su conmiseración, están la inquietud, la repugnancia y el miedo. Si éstos no se encuentran explicitados, sino más bien insinuados,  en el texto, es por una mera cuestión de verosimilitud: el abogado es un hombre acostumbrado a ser pagado de sí mismo. No sería verosímil que hiciese hincapié en esos sentimientos, pese a que ciertos pasajes se refieran, como de soslayo, a ellos.

[2] Ob. cit., p. 116.

[3] A propósito de esto, me viene a la mente un inquietante relato que Poe publicara en el Burton’s Gentleman’s Magazine, en diciembre de 1840 (y que, por tanto, posiblemente Melville conociera), titulado The Man of the Crowd (El hombre de la multitud), en el que el hombre en cuestión es una encarnación del mal. Sin embargo, es curioso constatar la coincidencia entre  las primeras líneas de ese cuento con la estética de Melville: “Bien se ha dicho de cierto libro alemán que er läst sich nicht lesen -no se deja leer-. Hay ciertos secretos que no se dejan expresar. Hay hombres que mueren de noche en sus lechos, estrechando convulsivamente las manos de espectrales confesores, mirándolos lastimosamente en los ojos; mueren con el corazón desesperado y apretada la garganta a causa de esos misterios que no permiten que se los revele.”, POE, E. A.: Cuentos, Vol. I (Prólogo y Traducción de Julio Cortázar), Alianza, Madrid, 1970, p. 246.

[4] Ob. cit., p. 113.

[5] El sentido común del lector podría indicar que es su testarudez lo que hace caer en desgracia a Bartleby; que, simplemente, obedeciendo a los sencillos requerimientos del abogado, podría haber prolongado indefinidamente su status quo. Sin embargo, algo nos dice que la desgracia no es para Bartleby, ser expulsado del edificio y acabar muriendo en la indigencia, sino que, antes bien, la desgracia le ha ocurrido ya. Cuando aparece en la oficina del abogado, Bartleby es un náufrago, la víctima o, incluso,  el espectro de la víctima de una catástrofe personal.

Bartleby, el escribiente, de Herman Melville (1)

Martes, Noviembre 21st, 2006

Bartleby, el escribiente apareció por primera vez en la revista Putnam’s Monthly Magazine en 1853, bajo el título Bartleby, the Scrivener: A Story of Wall Street, que sería reducido a, simplemente, Bartleby al incluir el relato en The Piazza Tales.  La anécdota, como en los mejores cuentos, es simple y, a la vez, completamente imposible de aprehender en un breve párrafo. De intentar hacerlo, de contar, por ejemplo, que trata de un escribiente de pasado misterioso que se niega a toda actividad, o del enfrentamiento simbólico del espíritu capitalista con una figura alegórica de las filosofías de la consolación individual (la tradición crítica habla de estoicismo; yo, por mi parte, me inclinaría hacia la perplejidad, aunque, en sus enfrentamientos con la autoridad, Bartleby parece a veces más cercano al cinismo), sentiríamos que algo precioso se ha perdido.Tal vez sea mejor negarse a análisis exhaustivo alguno. Limitarse, por el contrario, a plegarse al deseo del autor: el de someter a nuevas relecturas este texto hermoso y triste, descubriendo cada vez nuevos matices e interpretaciones, a medida que Bartleby se incorpora a la oficina del abogado-narrador, para convertirse, poco a poco, en una puerta al enigma. Porque Bartleby es, sobre todo, enigma. No se sabe realmente quién es, de dónde viene, qué pretende. También se desconocen los motivos de su negativa a revisar en voz alta las copias que ha realizado, o de las posteriores a continuar copiando (por otro lado, previamente ha trabajado continuada y eficazmente). Pero no acaban ahí las preguntas: ¿Por qué Bartleby vive en la oficina, alimentándose de galletas de jengibre? O, más exactamente, ¿por qué ha tomado posesión de ese territorio fantasmagórico que es la oficina de un abogado comercial en ese gran buque fantasma que es Wall Street por la noche y en los días de fiesta? ¿Por qué rehúsa, más tarde, cuando se le expulsa del local, abandonar el edificio? Y, finalmente, ¿por qué se niega obstinadamente a aceptar la ayuda que el abogado le ofrece reiteradamente?Esta última pregunta sí posee, sin embargo, una respuesta, insinuada por el propio abogado, cuando dice: “Podía darle limosna para su cuerpo, pero el cuerpo no le dolía; era su alma la que sufría y yo no podía alcanzarla.”[1]


[1] MELVILLE, H.: Bartleby, el escribiente · Benito Cereno · Billy Budd, (Edición de Julia Lavid) Cátedra, Madrid, 1998, p. 96.

Consenso

Jueves, Noviembre 16th, 2006

Consenso

En cierta ocasión, un reloj que solía atrasar unos cinco minutos, se hartó de los desdenes y desprecios de sus compañeros (que le achacaban mala fábrica y peor funcionamiento) y decidió que él no atrasaba sino que, sencillamente, los demás relojes adelantaban, por error, unos cinco minutos, lo que se apresuró a declarar públicamente.

En general, esta afirmación sólo provocó nuevas burlas y críticas malintencionadas; pero hubo también una minoría de relojes (de la más lujosa factura) que se pararon a reflexionar sobre el asunto durante, más o menos, cinco minutos, lo que les equiparó al (ahora sólo presunto) reloj atrasado, obligándoles a reconocer que, efectivamente, la hora correcta era la suya.

Este hecho provocó que otros relojes, (algunos de ellos de fabricación en serie), se pararan, a su vez, a pensar durante unos cinco minutos. Así, la secuencia siguió su curso, descendiendo, incluso, al estrato de los peyorativamente denominados relojes madeintaiwan (ésos que intentan desesperadamente sobrevivir imitando la precisión y adorno de los relojes considerados delujo, y que, a veces, tienen que aceptar de éstos unos segundos de limosna para poder llegar a fin de mes), hasta que, un buen día, los relojes se encontraron con que ahora todos tenían cinco minutos menos y al fin se proclamó por el interés de todos y de forma consensuada, la veracidad de la afirmación del reloj que antes se consideraba atrasado.

Sin embargo, en un apartado rincón de la Selva Negra, existe un testarudo reloj decuco que adelanta unos cinco minutos y afirma, con insolencia, que sólo él marca la hora correcta y que todos los demás atrasan.

Los demás relojes, por supuesto, le desprecian.

De Ceremonias de interior.

Cerebro de mosquito

Miércoles, Noviembre 15th, 2006

Había un hombre que tenía cerebro de mosquito. De ordinario, algo superior a él le impulsaba a vagar alrededor de la gente que se hallaba a su paso, produciendo un zumbido leve pero constante y muy molesto. De vez en cuando, la tomaba con alguna persona, generalmente niños o mujeres jóvenes, de piel delicada y aspecto sonrosado. En cuanto tenía oportunidad, aplicaba su boca a las piernas o la espalda o el cuello o las nalgas de su víctima y se esmeraba en la inicua e indecorosa tarea de succionarle la sangre, actividad en la que había llegado a convertirse en todo un experto. De nada servían los manotazos y aspavientos de sus víctimas, que, en poco rato, quedaban congestionadas y doloridas, con un cuarto de litro menos de sangre y algunas ronchas de más. El hombre que tenía cerebro de mosquito tuvo una vida intensa, pero breve. Acabó con él la sangre de una de sus víctimas, una joven cuyo aspecto sano ocultaba un virus maligno adquirido mediante transmisión sexual. Consecuencias de no adoptar las debidas precauciones.

Tormento

Domingo, Noviembre 12th, 2006

Le cortaron las manos y cantó.

Le cortaron la lengua y empezó a silbar.

Le cortaron los labios y mostró sus dotes para la danza.

Le cortaron las piernas y se puso a menear la cabeza.

Intentaron cortarle la cabeza, pero se movía demasiado y ellos estaban tan cansados.

Reunión de familia

Domingo, Noviembre 12th, 2006

 

Buscando heredero, el rey concibió 33 niñas, unas con la reina, otras con diversas concubinas.

Al fin fue la reina quien, en su octavo parto, dio a luz un varón, destinado a asegurar el futuro de la patria en manos de su dinastía.

Cuando el rey murió, sus hijas se habían ya casado con diferentes grandes hombres del reino, quienes pronto entraron en pugna entre sí y con el príncipe heredero, con el fin de defender sus supuestos derechos de sucesión.

El día en que comenzó la guerra,  brutal y fraticida, las 33 hermanas cruzaron rápidas misivas y se reunieron en el antiguo palacio de invierno del Rey para trazar una adecuada estrategia.

A la noche siguiente, los 33 herederos consortes fueron envenenados en sus domicilios.

El príncipe llamó, emocionado, a sus hermanas para agradecerles el sacrificio conyugal en pro del futuro de la patria.

Las 33 princesas acudieron a palacio y rodearon a su hermano, cuando les ofreció su anillo para que ellas le rindieran la debida pleitesía.

Las princesas supieron entonces que no se habían equivocado en sus previsiones y habían obrado con sabiduría al trazar su plan, así que sacaron sus puñales, sacrificaron al heredero y proclamaron la República.

Teoría y praxis del matrimonio

Domingo, Noviembre 12th, 2006

Ante la posibilidad de que su matrimonio entre en crisis, procura informarse adecuadamente.

Lee en un libro sobre vida conyugal que las frecuentes demostraciones de afecto cohesionan la vida en común y, consecuentemente, procura comportarse de manera más afectuosa con su pareja. Debido al agobio resultante, su matrimonio entra en crisis.

Entonces lee otro libro sobre el mismo tema e infiere del mismo que un cierto distanciamiento confiado es lo más conveniente en esas ocasiones. Por tanto, se muda durante un tiempo a su casa de fin de semana y procura ver a su pareja lo menos posible, hacerle un hueco, cederle su espacio.

Poco después, su pareja comienza a sentirse sola y lejana y no tarda en serle infiel.

En otro libro, que consulta con creciente alarma, lee que la simetría es la única base posible sobre la cual edificar una sólida relación. Así que se apresura, a su vez, a cometer adulterio.

Por último, lee que una relación demasiado deteriorada tiene difícil solución y sabe, esta vez con seguridad, que lo que dice el libro es exactamente lo acertado. Por consiguiente, pide el divorcio y se compra un perro, llevando a partir de ese instante una existencia de soltería con el intermitente placer de algunas aventuras ocasionales,  en la cual se siente relativamente feliz, sobre todo desde que su pareja solicitó quedarse con la biblioteca.

Manuscrito hallado en un elevador

Domingo, Noviembre 12th, 2006

Amo los ascensores porque son un país de lo indefinido en medio de la previsible jornada. Porque suponen la indescifrable posibilidad de encontrarte con tu peor amigo, con tu mejor enemigo, con el amor de tu vida, con el hombre destinado a ser tu verdugo. Amo las miradas perdidas de ascensor, los ojos que se clavan en algún punto al azar en el suelo o en el techo, porque en realidad no son miradas perdidas, sino el reencuentro con la propia mirada. Amo las conversaciones de ascensor, en las que lo nimio se vuelve importante hasta rozar lo crucial, para sumirse luego en la niebla del olvido nada más abrirse la puerta e ingresar nuevamente en lo que creemos la realidad. Y amo también los silencios, los encantadores silencios de ascensor, adobados por el zumbido de la maquinaria. Es en esos momentos cuando más profundamente siento la humanidad de los otros, cuando de forma más clara veo la indefectible condición de hombre, agazapada tras el pudor. Pero también amo los ascensores por lo que ellos tienen de emoción y peligro, por la sempiterna sospecha de caída o atoramiento, de muerte segura o sufrimiento vago, de atraco violento o repentino contacto sexual.Amo las precarias historias de amor que transcurren en los ascensores. También los fugaces antagonismos. Los efímeros odios. Las momentáneas simpatías.Amo, en fin, los ascensores y lo que sucede en ellos. Lo que me sucede en ellos. Amo los ascensores, porque todo ascensor es amenaza de ascenso a los cielos. Porque todo ascensor es promesa de caída al vacío.

(De Ceremonias de interior).

Imprescindibilidad de la poesía

Domingo, Noviembre 12th, 2006

Inspirado por la grandiosidad del mar, el poeta compone, sentado en la arena, su poema más hermoso. Lo relee paladeando las palabras en voz queda y concluye que, en efecto, es su creación más bella, su obra más perfecta, el poema imprescindible.

Pero después observa a un niño que, en la orilla, juega a no dejarse coger por las olas, así que dobla en dos, luego en cuatro, luego en ocho la cuartilla en la que ha escrito su obra cumbre. En último lugar, rasga, lenta y cuidadosamente, el papel, deja que la brisa esparza sus pedazos por la arena y se levanta para ir a darse un baño.

Por el camino pisa, sin apenas reparar en ello, uno de los fragmentos en que se ha desintegrado su poema innecesario. 

Hombre-silla

Sábado, Noviembre 11th, 2006

   

Había oído hablar de ellos en alguna ocasión y siempre había tomado su existencia como una broma. Creo haberle contado antes que yo era un joven bastante escéptico. Pero tuve que cambiar de opinión cuando me encontré con uno. Yo hacía gestiones, como cualquier otro ciudadano (un ciudadano común y corriente, cuyo principal derecho y deber es hacer gestiones, colas y reclamaciones)  cuando, de pronto, paré los ojos en él. Era distinto a todos. Estaba allí, apartado en un rincón de la oficina municipal. Le habían puesto ante una mesa con un fajo de papeles que sellaba con diligencia y celeridad. Seguro que el corazón le latía exactamente al mismo ritmo con que su mano golpeaba el sello contra los formularios y el tampón, los formularios y el tampón, los formularios y el tampón. A mí, como le digo, ya me habían hablado con anterioridad de los hombres-silla. De lo contrario, no hubiese podido identificarle. Quizá, incluso, ni me hubiera fijado en él, ni percatado de su rara condición. Pero, pese a no creer en su existencia con anterioridad,  estaba bien informado sobre ellos, y sabía que se trataba de seres taciturnos, que nunca hablan y rara vez silban o canturrean. Pueden habitar cualquier oficina institucional, pero siempre ocupan puestos que les privan del trato con el público y el rasgo que infaliblemente les distingue del resto de los funcionarios es que, al contrario de sus colegas, los hombres-silla sí funcionan. Además (y esto es lo más interesante, lo que ha hecho de ellos una rara especie observada por los ojos furtivos de quienes buscamos la verdad), los hombres-silla sueñan, y si uno presta la atención suficiente, puede ver el sueño del hombre-silla. Por eso, nada más reconocerle, concentré mi atención sobre aquél, con el mayor disimulo posible,  aprovechando mi, hasta entonces, poco privilegiado puesto en la cola. Deseaba comprobar que quienes me habían hablado del asunto mentían o se equivocaban, pese a saber que un solo contraejemplo no serviría para falsar aquella creencia. Al comenzar mi observación, había sólo el hombre-silla con la vista fija en la mesa, y el acompasado sonido del sello en los formularios y el tampón, los formularios y el tampón. Pero, luego, comencé a apreciar una especie de borrón gaseoso, flotando en el aire, justo a unos centímetros sobre él. Progresivamente, fui distinguiendo una nubecilla verde y otra azul, que, como fuegos fatuos, se mezclaban y descomponían y que, tras separarse un poco, volvían a mezclarse nuevamente. Poco a poco, aquel ectoplasma verdiazul fue conformando, en unos minutos, el escenario y sus protagonistas. Era una playa soleada, con un mar limpísimo y en calma: una playa caribeña, con seguridad. Tumbado en una hamaca, junto a una hermosa mujer rubia, de piel color de almendra y ojos rasgados, el hombre-silla bebía algún combinado exótico, servido en cáscara de coco. De vez en cuando, la mujer se volvía hacia él y le lanzaba una caricia lánguida. Era, claro, un sueño lujoso, pero, al fin, un sueño de paz, sin demasiadas pretensiones. No era un sueño de gloria o poder, ni le representaba dominando a sus semejantes, o amo, por ejemplo, de un harén. En el fondo, aquel hombre-silla soñaba sólo con un poco de tranquilidad en un lugar agradable, junto a una mujer cariñosa. Quien esté libre de pecado… Pero nada dura eternamente. En el sueño, la mujer se incorporó y miró precisamente hacia donde yo me encontraba. En ese mismo instante, el espectro del sueño se desintegró de pronto. Cesó también repentinamente el sonido del sello golpeando los formularios y el tampón, los formularios. Ahora, el hombre silla se había vuelto hacia mí, y me miraba fijamente. Dos lucecillas tristes brillaban en sus ojos cansados, como si se quejase de no poder, ni siquiera, consolarse con sus sueños, que eran lo único realmente suyo, lo único que de verdad poseía en la vida. Avergonzado, desvié la mirada.

El Cocinero

Sábado, Noviembre 11th, 2006

Como de costumbre, y sin preocuparse de que él pudiera oírles desde la cocina (acostumbrados como estaban a la cerril indiferencia de aquel hombre melancólico y taciturno), los señores de la casa grande volvieron a burlarse de la bizquera del cocinero antes de dar la razón a sus invitados con respecto a la excelencia de sus dotes culinarias, sólo matizada por el regusto dulzón que el señor párroco había detectado en una de las salsas.

A los postres, llegó el propietario de la droguería y preguntó a los señores si el tratamiento había dado resultado. Ante la mirada de extrañeza que obtuvo por respuesta, el invitado explicó que el cocinero había visitado su establecimiento por la mañana, solicitando de su parte grandes dosis de matarratas. 

La señora de la casa repuso que no tenía conocimiento de ello y que, de hecho, hacía años que ninguna rata asomaba el hocico por la casa grande.

Todos miraron con incomodidad hacia la puerta de la cocina, un segundo antes de que doña Gertrudis dijera que se encontraba mal.

(De Ceremonias de interior)

Re-cuentos

Sábado, Noviembre 11th, 2006

Wittgenstein y Spinoza

Un comentarista (uno de los tantos comentaristas) de Wittgenstein comparaba el Tractatus con la Ética de Spinoza, diciendo, más o menos, que había algo de belleza en la frialdad con que ambos libros habían sido escritos, en la forma en que se resistían a la lectura al haber sido redactados en forma de árida argumentación.  Al leer ese comentario, comencé de nuevo a interesarme en Spinoza, a quien había intentado leer desinformadamente a los catorce años y al cual había abandonado en unos treinta minutos. Cuando, con temor, tuve que leerlo en una asignatura de tercero de carrera, descubrí que la Ética es, efectivamente, un hermoso libro, igual que el Tractatus. Y que es precisamente el método con el que fue escrito el que le confiere su belleza. Se decía sobre el Tractatus (lo decía, creo, Anthony Kenny), que uno tenía que imaginarse a Wittgenstein en las trincheras con su manuscrito en la mochila. Y sí, uno se imagina a Wittgenstein construyendo toda una ontología para ese sistema, el cual pretenderá luego destruir toda ontología posible, en medio del fragor de la Primera Guerra. Asimismo, es difícil no imaginar a Spinoza en La Haya, ajeno a la vida pública, repudiado por la Sinagoga, un hombre sin país ni religión ni idioma propios, con tantos orígenes e idiosincrasias distintas, extrayendo, con ayuda de la razón, las últimas consecuencias de la gran afirmación común a las tres escolásticas de los siglos anteriores: la de que Dios es infinito. Spinoza no era un hombre de acción, pero él también andaba metido en su propia e íntima batalla. Pero hay algo más que une a Wittgenstein y a Spinoza: si bien ambos acaban dando, irremisiblemente, en el misticismo, es la lógica, esto es, el puro razonamiento, lo que les lleva a ese misticismo. Ambos parten de la tarea de intentar despojar a la filosofía de todo aquello que no sea conocimiento cierto. Y ambos acaban tocando en la metafísica y en ese algo-más-allá de la filosofía para poder entender la realidad.Da igual que uno crea o no en Dios. Da igual que uno esté o no, de acuerdo con Wittgenstein o con Spinoza. Lo cierto es que lo que se siente ante estos libros, que parecen tan fríos, tan austeros, tan desapasionados, es en realidad lo contrario: lo ardiente, lo rico, lo apasionado, el fragoroso vibrar interior de dos hombres que quieren poner de acuerdo sus convicciones con la realidad; que intentan, en un esfuerzo que les lleva hasta los confines de la racionalidad, hallar una forma para el mundo, aunque su honestidad les cueste al fin llegar al callejón sin salida, al lugar donde al hombre no le queda ni un pedacito de esperanza al que aferrarse.